Pabliski75
Usuario (Argentina)

1.Escucha Música 2.Dibuja,no hay nada mas entretenido que dibujar 3.Busca el significado de tu nombre y apellido,quien sabe puede ser muy interesante 4.Alquila películas y míralas a la noche 5.Inventa tu propia comida 6.Dúchate, puede que no sea divertido, pero te entretendrá un rato. 7.Hazle bromas a tus amigos. 8.Ve al cine. 9.Convoca carnavales de bombitas de agua. 10.Sal a caminar. 11.Lee un libro 12.Alimenta a tu mascota 13.Jala del Fideo,clavate la paja o masturbate mira como te deja 14.Siéntate, y recuerda esos buenos tiempos. 15.Escribe una historia, del género que quieras, y puedes escribir lo que quieras sin límites. 16. mira el techo...nunca sabes que te puedes encontrar 17. Saca tu bicicleta y ve a dar una vuelta. 18. Pasea tus mascotas. 19. Trata de aprender a hablar al revés 20. Alquila películas de terror y míralas acompañado de amigos. 21. Piensa si habría vida en otros planetas 22. Ordena tu cuarto. 23. Imagina como serías sí fueses una estrella de rock. 24. Si tienes cámara, haz un documental de cómo es vivir en tu barrio. 25. Arrascarse la cabeza 26. Convoca torneos de un juego en la play con tus amigos. Por ej: Fútbol, carreras de autos, Tenis, Golf, etc. 27. Practica trucos de magia y sorprende a tus amigos. 28. Piensa en lo pequeño que eres tu comparado con todo el universo 29. Cambia el fondo de escritorio de tu computadora. 30. Busca las raíces de tu apellido. 31. Aprende algún arte marcial. 32. Trata de construir algo con solo madera y clavos 33. Busca en youtube como robar mails. 34. Pinta de colores tus focos de luz 35. Juega juegos de carreras online. 36. Ordena tu guardarropa. 37. Riega tus plantas. 38. Fíjate hasta cuanto puedes aguantar sin respirar bajo el agua. 39. Trata de aprender maneras de abrir un auto sin las llaves, y arrancarlo sin las llaves. 40. Planta flores. 41. Haz esculturas con arena. 42. Ve a un bar. 43. Enséñale fotos cómicas tuyas a tus amigos. 44. Poda tus árboles con formas extrañas. 45. Métete, si tienes, en tu pileta. 46. Convoca carreras de tortugas. 47. Si tienes bolitas de vidrio, haz un laberinto con madera. 48. Busca y juega Guerras de pinturas. 49. Ordena tus cubiertos. 50. Haz tu propio circo de marionetas con medias.
Desperté de mi desmayo de nuevo en el cuarto, atado a la cama, con la música estruendosa en mis oídos y mi doppelganger parado sobre mí, cacareando. Ya no se veía como un ser humano, sus facciones estaban torcidas y sus ojos estaban hundidos en sus cuencas, como los de un cadáver. Era mucho más alto que yo, pero encorvado, sus manos estaban retorcidas y las uñas parecían garras. Yo estaba, en pocas palabras, cagándome de miedo. Traté de alejarlo, pero no podía concentrarme. Él se rió y golpeó ligeramente la intravenosa en mi brazo. Traté de liberarme de las correas, pero estas no se movieron. “Creo que te están bombeando mercancía de la buena. ¿Cómo está tu cabeza? ¿Toda revuelta?” Se acercaba a mí mientras hablaba. Sentí náuseas, su aliento olía a carne podrida. Traté de concentrarme, pero no pude desvanecerlo. Las siguientes semanas fueron terribles. De vez en cuando, un doctor venía y me inyectaba o me obligaba a tomar píldoras. Me mantenían mareado y desenfocado, e incluso me dejaban alucinando. Mi doble seguía presente, burlándose constantemente, interactuando con, o quizá causando mis alucinaciones. Soñaba que mi madre estaba allí, regañándome, y luego el tulpa le cortaba cuello y su sangre me bañaba. Era tan real que podía saborearla. Los doctores nunca hablaron conmigo. Les rogué, grité, lancé indirectas, hice preguntas. Nunca me respondieron. Quizás habían hablado con mi tulpa, mi monstruo personal, no estaba seguro pues estaba tan drogado y confundido que podía haber sido tan sólo otra ilusión, pero recuerdo haber hablado con ellos. Me empecé a convencer de que él era el real y yo la copia. Él me lo repetía a veces y otras sólo se burlaba de mí. Otra cosa que deseaba con todas mis fuerzas que fuera tan sólo una alucinación era que él podía tocarme. Más que eso, podía lastimarme. Me picaba con el dedo y me pellizcaba si sentía que no le prestaba suficiente atención. Una vez apretó mis testículos y los apachurró hasta que le dije que lo amaba. En otra ocasión, rasgó mi antebrazo con sus garras, aún tengo la cicatriz. Casi todos los días me convenzo de que me lastimé a mí mismo y que sólo aluciné con que él era el responsable… casi todos. Unos días después, mientras me contaba una historia acerca de cómo iba a descuartizar a todos mis seres queridos, empezando por mi hermana, cuando se detuvo bruscamente. Una mirada quejumbrosa cruzó su rostro y tocó mi cabeza con la mano, como mi madre lo hacía cuando tenía fiebre. Se quedó quieto un instante y luego sonrió. “Todos los pensamientos son creativos” me dijo, y salió por la puerta. Tres horas más tarde, me pusieron una inyección y me desmayé. Desperté sin las correas, temblando, llegué a la puerta y la encontré abierta. Caminé hacia el pasillo vacío y luego corrí. Tropecé más de una vez, pero logré bajar las escaleras y salir al estacionamiento del edificio. Allí me colapsé, llorando como un niño. Debía seguir mi camino, pero simplemente no podía hacerlo. Eventualmente llegué a casa, aunque no recuerdo cómo. Cerré la puerta y empujé un ropero contra ella, tomé una larga ducha y dormí por un día y medio. Nadie vino a buscarme en la noche ni al día siguiente, o el siguiente. Había terminado y pasé una semana encerrado en esa habitación, aunque me pareció un siglo. Me había aislado tanto de mi vida anterior al tulpa que nadie notó que me había ido. La policía no encontró nada. El centro de investigación estaba vacío cuando lo registraron, el papeleo no tenía sentido y los nombres eran seudónimos. Incluso el dinero que recibía era aparentemente irrastreable. Me recuperé tanto como pude. No salgo mucho de mi casa y tengo ataques de pánico cuando lo hago. Lloro mucho, pero no duermo mucho y mis pesadillas son terribles. ‘Se terminó’ me digo a diario… y sobreviví, uso la concentración que esos bastardos me enseñaron para convencerme. Y funciona… a veces. Pero creo que hoy no. Hace tres días recibí una llamada de mi madre, había ocurrido una tragedia. Mi hermana había sido la última víctima de una serie de asesinatos, según la policía. El responsable atacaba a sus víctimas y luego las destazaba. El funeral fue esta tarde. Supongo que fue un servicio tan adorable como puede serlo un funeral. Creo que estaba un poco distraído, pues todo lo que podía escuchar era música viniendo de un lugar distante. Era disonante y terrorífica, que sonaba como vibraciones y gritos… y un módem conectándose. Aún la sigo escuchando, ahora un poco más fuerte.
En junio de 1972, una mujer apareció en el hospital Cedro Senai en nada más que un vestido blanco cubierto de sangre. Esto no debería ser demasiado sorprendente, la gente a menudo tiene accidentes cerca y viene al hospital más cercano para la asistencia médica. Pero había dos cosas que causaron a la gente el deseo de vomitar y escapar de terror. El primero, es que ella no era exactamente un humano. Era algo parecido a un maniquí, pero tenía la destreza y la fluidez de un ser humano normal. Su cara, era tan impecable como los maniquíes, sin cejas ni maquillaje. La segunda razón por la cual la gente vomitaba o escapaba de terror, es que ella tenía un gatito apretado en medio sus dientes, sus mandíbulas apretaban de una manera tan fuerte al pequeño gatito al punto donde ningunos dientes podrían ser vistos, la sangre salía a chorro hacia fuera sobre su vestido y en el piso. Ella entonces lo sacó de su boca, lo abandonó y se desmayo. A partir del momento ella fue tomada a un espacio de hospital y limpiada antes de ser preparada para la sedación, ella se mostraba completamente tranquila, inexpresiva e inmóvil. Los doctores lo habían pensado mejor refrenarla hasta que las autoridades pudieran llegar y ella no protestó. Ellos eran incapaces de conseguir cualquier clase de respuesta de ella y la mayor parte de empleados se sintieron demasiado incómodos para mirar directamente ella por más que unos segundos. Pero cuando el personal intentó darle el calmante, ella se defendió con la fuerza extrema. Dos miembros de personal que la dominaban con su cuerpo se elevaron encima de la cama para sostenerla, su expresión estaba en blanco. Ella giró sus ojos impasibles hacia el doctor masculino e hizo algo insólito. Ella rió. En cuanto lo hizo la enfermera gritaba y quedando en shock se desmayo, ya que en la boca de la mujer no eran dientes humanos, solo unos puntos largos y agudos. Era demasiado el tiempo que la mujer tenia los dientes así que al incrustárselos en sus labios no sentía ningún dolor, el doctor la miró fijamente durante un momento antes de la petición ” Qué mierda es usted? ” Ella se libero de los doctores que aun la sostenían espantados, todavía sonriendo. Había una pausa larga, la seguridad había sido alertada y podría ser oída bajando el vestíbulo. Como ella los oyó, se lanzó adelante, hundiendo sus dientes en el cuello del Doctor, arrancando su yugular y dejándole caerse al piso, muriéndose… sobre el piso, él se ahogó sobre su propia sangre. Ella se levantó, su mirada era peligrosa como la vida descolorida de sus ojos. Ella se inclinó más cerca y susurró en el oído del Doctor muerto. “Yo…Soy. Dios.” Los ojos de los demás doctores llenos de miedo la miraron… ella muy calmada alejándose para saludar a los agentes de la seguridad. Cada vez que alguien mira sus dientes, se convierte en su bocadillo. La enfermera que sobrevivió el incidente la llamó “la Inexpresiva” y nunca más se supo de ella.
Darío venía de la finalización de una fiesta costumbrista en alguna casa cercana. Estaba totalmente borracho, a más de tres mil kilómetros de su hogar, solo y sin ningún céntimo en los bolsillos. Había sido su opción, no tenía el dinero para hacer ese viaje a Chiloé, nadie lo acompañaría tampoco; pero había estado todo el año planeando la travesía, soñando con el lugar, juntando la plata suficiente —una enfermedad de su madre lo había dejado sin esos ahorros—, y no había obstáculo posible que pudiera impedir el logro de su objetivo. La gran isla de Chiloé era su meta; un lugar mitológico, un santuario para tipos como él, amantes de la magia negra, del heavy metal más místico y pesado, fanáticos de Lovecraft, Machen y Hoffmann, seguidores de dioses nórdicos, devoradores de historias fantásticas y del Infierno y del más allá. Un crédulo con alma aventurera. Tomó algunas de sus cosas, las más necesarias, las metió en una mochila y enfiló hacia la carretera, y por ella, a aventones de conductores voluntariosos llegó a los cuatro días a Chiloé; tierra de supersticiones y tradiciones fabulosas. Ahora, en ese preciso momento, sumergido en la infinita noche, estaba en la misma carretera —separada apenas por un par de kilómetros de mar del continente—, apenas mantenido en pie a consecuencia de la borrachera, con su mochila cargada a los hombros y una lluvia torrencial cayéndole encima. Caminaba torpemente, arrastrando sus pies en dirección al norte, hacia el albergue donde estaba alojado en Ancud. De cuando en cuando se detenía y miraba hacia atrás buscando algún vehículo que pudiera llevarlo. A través de sus anteojos, traslúcidos por las gotas de agua, veía muy poco, pero le bastaba para descubrir que en la oscuridad que reinaba a sus espaldas no había nada. Durante una hora no había visto ni siquiera una miserable carreta en esa torrencial soledad. Había estado en la cabaña de unos lugareños rematando la fiesta, el hogar de unos auténticos chilotes, personas hospitalarias y conversadoras como sólo las hay en las localidades rurales, y entre un trago y otro de fuerte «licor de oro» le relataron misteriosas y fantásticas historias de la isla; justo lo que Darío quería oír. El Caleuche, el Trauco, la Pincolla, seres y leyendas mitológicas que lo deslumbraban, que desde niño lo atraían como un imán. «Amigo, aquí nunca hay que andar solo en la noche», le decían los borrachos campesinos, «suceden cosas, se aparece el Diablo botando azufre y fuego por el hocico, se cruzan perros y niños con colmillos y ojos rojos, espíritus de mujeres que se vengan de los caminantes solitarios, y brujas come hombres». Pero cada advertencia a él le fue como un desafío, una invitación a lo desconocido y fascinante. Mientras caminaba por la orilla de la carretera miraba hacia sus costados. La lluvia producía un ruido extraño sobre el bosque de pinos altos y de matorrales espesos, ruidos en la negrura que lo confundían y le recordaban las historias que los campesinos le habían relatado. Pero él no se amilanaba, al contrario, muy dentro de él se propiciaba el deseo de que ocurriera un contacto con lo desconocido; ésa era la razón por la que estaba en Chiloé. No obstante, anhelaba con fervor que algún vehículo pudiera llevarlo —el frío ya calaba sus huesos, y sus manos congeladas no podía meterlas en los bolsillos del pantalón por el temor a caerse al suelo sin lograr sacarlas de ahí a tiempo—. Su estado etílico era lamentable, y ni el chapuzón al que lo sometía la lluvia era capaz de despertarlo de su despreocupado letargo. Caminaba zigzagueante por la vera de la vía guiado por las marcas blancas en el piso, de lo contrario hubiera podido caminar en mitad de la carretera sin darse cuenta por la ceguera de su miopía, acrecentada notoriamente por los estragos del alcohol y sus anteojos cubiertos de agua. Percibía movimientos vagos en dirección a los árboles, movimientos de algo que se ocultaba de repente asociado a ruidos de ramas crujiendo. Darío no miraba de lleno, lo hacía de reojo, como aparentando no interesarle el asunto, o quizás, no notarlo. No veía nada concreto. Todo en su visión era un borrón oscuro, un panorama abstracto. La carretera hacia delante apenas era una gruesa línea negra que se perdía en el horizonte de una pendiente, una pendiente que por poco tocaba las grises y densas nubes que cubrían todo el cielo, y por donde los rayos moribundos de la luna atravesaban penosamente. Adelante no se veían casas, máquinas, personas ni animales, y hacia atrás indudablemente no los había. Darío estaba solo en ese paraje gótico, húmedo y bullicioso. Sospechaba que las sombras en movimiento que advertía eran ilusiones por efecto del alcohol y de su fértil imaginación, pero no lograba sacarse de la cabeza esas inquietantes y absorbentes cavilaciones fantasmales que lo iban consumiendo poco a poco. Los ruidos eran de algo grande, tan grande que se podían escuchar a pesar del sonido escandaloso del aguacero. Darío estaba asustado; se sentía observado. Alguien o algo lo seguía y eso le producía un temor escalofriante. Sus miradas hacia atrás buscando en la carretera una luz salvadora se hicieron más regulares, más constantes, inquietas. Lo que no logró la lluvia lo estaba logrando el miedo, su cuerpo y su mente lentamente se iban desintoxicando, llevándolo a la triste lucidez. Hubo un ruido sobrecogedor, y el susto que estuvo a punto de matarlo de la impresión lo sintió como a la misma muerte susurrando su nombre al oído. Fue un trueno fulminante que estalló muy cerca de él, y después vinieron otros, cada trueno lo desarmaba más, cada trueno aumentaba sus ganas de orinar, sus latidos del corazón, las inspiraciones y exhalaciones de sus pulmones, y aceleraba sus pasos trémulos sobre el pavimento. La luz de los relámpagos lo hacía ver imágenes tenebrosas a sus costados, formas que se movían y se escondían en un segundo, sombras de entes de otro mundo. Se apuró y miró una vez más hacia atrás; su alegría fue deslumbrante, había una luz muy cercana, dos faros en el tempestuoso mar de penumbras. Un vehículo se acercaba como un sereno buque a rescatar al náufrago… Darío se detuvo a esperarlo, sus pupilas clavadas en los faroles de ese auto lo tranquilizaron, lo esperó con impaciencia, percutiendo una tonada nerviosa con su pie derecho en el charco de agua bajo sus zapatos. Pero la balsa salvadora no llegaba, se acercaba sí, pero no llegaba, parecía detenida, parecía interminable el trayecto que los distanciaba, en su imaginación le daba la impresión de una embarcación a la deriva en una tempestad perfecta. Una desesperación ingobernable fue haciendo víctima a sus funciones, se acomodaba el pelo con violencia, se rascaba la cara y el cuerpo sin parar, zapateaba el piso como un loco; la intolerancia lo devoraba, un arrebato de ira lo hacía su esclavo. Y de improviso, un ruido a sus espaldas de unas rápidas pisadas furiosas sobre la hierba lo hicieron estallar. Era como el sonido de un león agazapado lanzándose sobre la presa; Darío dio un alarido potente y lastimero, y salió corriendo en busca de los luceros del auto que venía hacia él. Corrió apenas unas decenas de metros, las luces estaban realmente próximas. Era un automóvil grande y antiguo, de un color muy oscuro. Le hizo señas y el coche que venía muy lentamente se detuvo a su lado. ¡Ya estaba salvado! Hizo un intento sobrehumano para controlar sus nervios y calmar el impetuoso torrente que pujaba por sus venas. No valía la pena contar lo que había sucedido, era muy posible que no le creyeran y se expondría al ridículo gratuitamente; de cualquier manera ya estaba a resguardo. Se acercó a la ventanilla totalmente opacada por las gotas de lluvia, apenas abierta un centímetro, y habló hacia el interior con su timbre levemente agudizado. —Bubue… nas noches…, vo… voy a Ancud. ¿Me llevaría? Se escucharon unas risas burlonas y roncas; una voz muy fuerte contestó: —Súbase. Darío abrió la puerta y se sentó en el asiento delantero, cerró la puerta de inmediato y el auto lentamente retomó su marcha. Se sacó los lentes y secándolos con sus ropas mojadas los guardó en un bolsillo de su chaqueta mientras le decía al conductor: —He estado casi dos horas caminando y no pasó ningún auto, me estaba muriendo de frío… Gracias por llevarme. —Y miró hacia su potencial interlocutor esperando recibir una respuesta. Darío no podían creerlo, su pesadilla continuaba, estaba en manos de los designios del Infierno, el mismo Satanás jugaba con su vida. No había conductor, no había nadie, el vehículo se gobernaba por sí solo. Por un acto reflejo intentó abrir la puerta para arrojarse, pero ésta no cedió. Su espanto lo obligó a levantarse de su asiento y pegar su espalda a la puerta como un gato engrifado, miraba hacia el espacio vacío del chofer con sus ojos reventándose de la impresión, trataba de entender qué pasaba, pero no había explicación alguna, el auto lo conducía sin dudas un ser inmaterial invisible a su vista, un espíritu del reino de las tinieblas, era un auto fantasma así como el Caleuche es un barco con una tripulación de espectros. Pero su horror no terminó ahí, en un momento, una mano asomándose por la ventanilla del vehículo tomó el volante entre las profundas carcajadas macabras de una voz de ultratumba; la mano pálida como la de un muerto, de dedos larguísimos, huesuda, la mano de un cadáver putrefacto, guió el volante. Darío en un estado de completo pánico se orinó en los pantalones; sentía deseos de gritar, pero la voz no le salía, estaba mudo del terror. La mano después desapareció. Darío no podía moverse, estaba paralizado en absoluto, su respiración era como la de un indefenso conejo que cae en la cruel trampa de metal de un imfame cazador. Ya con la horrible visión fuera de su vista intentó mirar por el parabrisas hacia donde lo llevaban, por muy siniestro que fuera su destino él necesitaba saberlo. Se colocó los lentes nuevamente, pero nada se veía por la lluvia. Después de unos instantes de nerviosa observación notó la blanca barrera de contención de una curva, y determinó que aún estaba en la carretera. Eso lo serenó unos instantes, sólo hasta que la mano volvió a hacer su horripilante aparición sumiendo a Darío en la desesperación más dolorosa que había vivido en sus veintitrés años de existencia. Su vejiga volvió a funcionar descontroladamente mojando sus ropas de un calor urticante. Mientras la extremidad de ultratumba estuvo presente, Darío no movió un músculo y aguantó su respiración con la intención de no llamar la atención del espíritu maligno. Cuando ésta se hubo retirado, limpiando la nubosidad del vidrio con su manga, trató de mirar por el parabrisas de nuevo, y una luz de esperanza alumbró su alma: al costado derecho de la carretera divisó la preciosa lumbre de una posada… ¡Claro!, la posada la conocía, la había visto al pasar en la mañana. Ésa era su única salida, ésa era su última alternativa de vivir; su salvación estaba en ese restorán caminero. Intentó una vez más abrir la puerta sin resultados, forzó la manilla sin moverla un milímetro, estaba muy nervioso, sus manos temblaban incapacitando sus movimientos, la excitación hacía estragos en sus pensamientos y en sus inestables reflejos; tenía que salir del vehículo ahora o moriría ahí mismo. La puerta no tenía el seguro donde lo buscaba, la tanteó por el costado con sus dedos, buscándolo; la cubierta de cuero era gélida, de una temperatura ártica. Para desgracia de Darío, la cadavérica mano hizo otra grotesca aparición y esta vez, después de mover el volante, se abalanzó con sus abiertos dedos esqueléticos sobre él justo en el preciso momento en que la puerta cedía. Darío cayó al pavimento golpeándose fuertemente la cabeza y espalda, y dando un grito desgarrador, un alarido que congeló la noche, rodó por una pequeña pendiente sobre la hierba mojada; empapado se levantó y emprendió la huida despavorido, cayendo varias veces al piso entre las burlescas carcajadas de los espíritus, deslizándose en forma patética sobre el agua acumulada, y levantándose nuevamente sin mirar atrás, gateando a veces, arrastrándose también, vomitó todo el excelente curanto del almuerzo antes de entrar corriendo y gritando a la posada. Los pocos parroquianos en el lugar se quedaron pálidos y rígidos pegados a sus sillas, espantados por el alboroto. Darío, en el centro de la estancia de piso de madera, chillaba frases ininteligibles llorando de terror; un hilillo de sangre se confundía con el agua que mojaba su rostro. El dueño del lugar se acercó y trató de tranquilizarlo, cosa que logró después de dos colmados vasos de pisco puro. A los minutos, ya más sereno, sentado en una silla alta junto al mesón de atención, rodeado de todos los presentes, que en total sumaban doce personas, Darío contó su escalofriante experiencia. Al terminar, ellos dudaron; algunos lo dieron por loco y los otros le creyeron a medias, aunque más por el estado de alteración que tenía que por la historia en sí, ya que era desconocida para ellos una manifestación espectral de ese tipo. Nadie había escuchado de un auto fantasma rondando por esos lares, era algo demasiado moderno para pertenecer a Chiloé. Los doce jueces discutían al respecto, juzgando el relato de acuerdo a sus apreciaciones y experiencias personales, mientras Darío bebía —por cuenta de la casa— un vaso tras otro. En un momento se abrió la puerta de la posada con un fuerte y seco ruido, apagando las voces de los debatientes de golpe y dejando apenas un incómodo campanilleo en el aire. Las miradas se fijaron en la entrada por donde ingresaron dos forasteros vestidos con impermeables negros. Venían mojados por la lluvia, eran muy altos, se veían cansados y sus rostros severos. Acercándose al mesón, atravesando como levitando el completo silencio de ese espacio asfixiante, el más alto, delgado y pálido, mirando fijamente a Darío, le dijo a su acompañante con una voz ronca y fuerte, como pretendiendo que los presentes escucharan cada palabra: —¡Mira!, ahí está el imbécil que se subió al auto cuando lo estábamos empujando. Lo siguiente que recuerda Darío fueron las carcajadas estruendosas que duraron eternamente mientras estuvo ahí, y sus punzantes ecos que hasta hoy día aún retumban en sus oídos.

Durante el verano del 2003, una serie de eventos en el noreste de los Estados Unidos, que involucraban a una extraña criatura humanoide, despertaron el interés de medios locales antes de que se suscitara un abrupto 'apagón informativo'. Muy poca información quedó intacta, pues la mayoría de los registros en línea y escritos acerca de la criatura fueron misteriosamente destruidos. En el área rural de Nueva York, varios testigos contaron historias sobre una criatura de origen desconocido. Se presentó un amplio abanico de reacciones en los testigos; desde terror e inquietud a niveles traumáticos, hasta un sentido casi infantil de curiosidad y jugueteo. Si bien las versiones publicadas ya no existen, los recuerdos permanecen aún presentes. Muchos de los involucrados siguen buscando respuestas a lo ocurrido. En 2006 se acumularon cerca de dos docenas de documentos a lo largo de cuatro continentes, con fechas entre el siglo XII y el presente año. En la mayoría de los casos, las historias fueron idénticas. He estado en contacto con un miembro de este grupo y he podido obtener pequeñas partes de un libro próximo a publicarse, llamado "The Rake (El Rastrillo)": Nota de Suicidio: 1964. "Mientras me preparo para tomar mi vida, siento necesario mitigar cualquier dolor o culpa que pueda provocar mediante este acto. No es culpa de nadie más que de Él. La primera vez, desperté y sentí su presencia. La segunda, desperté y lo vi. La tercera, desperté y escuché su voz, y vi sus ojos. No puedo dormir por miedo a lo que pueda pasar la próxima vez que lo encuentre. No puedo despertar jamás. Adiós." Hallado en la misma caja de madera había dos sobres vacíos dirigidos a "William" y "Rose", y una carta personal sin sobre: "Querida Linnie, recé por ti. Dijo tu nombre." Extracto de un diario (traducida al español): 1880 "Experimenté un gran terror. He experimentado el terror más grande. El más grande y terrible de todos. Veo sus ojos cada que cierro los míos. Son huecos. Negros. Me vieron y me perforaron. Su mano mojada. No dormiré. Su voz… (texto ininteligible). El Diario de un Marinero: 1691 "Vino a mí en un sueño. Desde los pies de mi cama sentí una sensación. Se llevó todo. Debemos volver a Inglaterra. No debemos volver aquí por órdenes de El Rastrillo." Transcripción del testimonio de una testigo: 2006 "Hace tres años, acababa de regresar de un viaje a las Cataratas del Niágara con mi familia por el 4 de julio. Estábamos exhaustos luego de conducir todo el día, así que mi esposo y yo pusimos a los niños en la cama y nos fuimos a dormir. A las 4 am, me desperté pensando que mi esposo había ido al baño. Aproveché para jalar las sábanas, despertándolo en el proceso. Me disculpé y le dije que pensé que se había levantado de la cama. Cuando me vio, suspiró y retiró sus pies de la orilla de la cama tan rápido que su rodilla casi me tiró. Me agarró y no dijo nada. Luego de ajustar mi vista a la oscuridad por medio segundo, fui capaz de distinguir qué causó la reacción. Al pie de la cama, sentado y viéndonos de lejos, había lo que pensé que era un hombre desnudo, o un gran perro sin pelo de algún tipo. Su posición era perturbadora y no natural, como si hubiese sido golpeado por un automóvil o algo así. Por alguna razón, no me dio miedo, pero me preocupó su condición. En este momento, estaba bajo la asunción de que debíamos ayudarlo. Mi esposo estaba viendo sobre su brazo y la rodilla, doblado en posición fetal, ocasionalmente viéndome antes de seguir viendo a la criatura. En un movimiento veloz, la criatura rodó al lado de la cama, y se arrastró rápido en una posición similar a la de un cojo a lo largo de la cama hasta que estuvo a poco menos de 30 cm. del rostro de mi esposo. La criatura estuvo silenciosa por 30 segundos, viendo solo a mi esposo. La criatura entonces puso una mano en su rodilla y corrió al pasillo, en dirección a los cuartos de los niños. Grité y corrí para encender la luz, intentando detenerlo antes de que hiriera a mis hijos. Cuando llegué al pasillo, la luz del cuarto era suficiente como para verlo agachado y jorobado a unos 6 metros a la distancia. Volteó lentamente y me miró, cubierto de sangre. Encendí la luz y vi a mi hija, Clara. La criatura corrió por las escaleras mientras mi esposo y yo corríamos para ayudar a nuestra hija. Estaba muy lastimada y habló por última vez en su corta vida. Dijo –Él es el Rastrillo. Mi esposo chocó su auto esa noche, mientras intentaba llevar a nuestra hija al hospital. No sobrevivieron. Como vivíamos en una ciudad pequeña, las noticias llegaron rápido. La policía ayudó un poco al principio, y el diario local tomó mucho interés en ello. Como sea, la historia jamás fue publicada, y la nota nunca tuvo seguimiento en las noticias locales. Por varios meses, mi hijo Justin y yo nos quedamos en un hotel cercano a casa de mis padres. Después de que decidimos regresar a casa, comencé a buscar respuestas por mí misma. Eventualmente encontré a un hombre en otra ciudad vecina que tuvo una historia similar. Entramos en contacto y comenzamos a hablar de lo ocurrido. Conocía a otras dos personas que habían visto a la criatura que ahora llamaremos El Rastrillo, en Nueva York. Nos tomó a los cuatro casi dos años de buscar en internet y escribir cartas para obtener una pequeña colección de lo que creíamos que eran registros del Rastrillo. Ninguno dio detalles, historia o seguimiento. Una jornada involucraba a la criatura en sus primeras 3 páginas, y nunca mencionada de nuevo. El diario de un marinero no explicaba nada del encuentro, diciendo que el Rastrillo les ordenó largarse. Fue la última entrada del diario. Había, como sea, varias instancias en que la visita de la criatura era una en una serie de visitas a la misma persona. Muchas personas mencionaron que el Rastrillo les habló, mi hija incluida en esos testigos. Esto nos llevó a preguntarnos si El Rastrillo nos había visitado anteriormente, antes del último encuentro. Puse una grabadora digital cerca a mi cama y la dejé corriendo por toda la noche, cada noche, por dos semanas. Oía con interés los sonidos cada día que me despertaba. Para el final de la segunda semana, estaba acostumbrada al sonido usual del sueño mientras oía el audio a 8 veces la velocidad normal (esto me tomó cerca de una hora diaria). El primer día oí algo diferente, era una voz aguda, estridente, era El Rastrillo. No estaba lo suficientemente claro como para transcribirlo. No había dejado que nadie lo oyera, todo lo que sé, es que lo oí antes, y ahora sé que habló cuando estaba sentado frente a mi esposo. No recuerdo haberlo oído en ese momento, pero por alguna razón, la voz en la grabadora inmediatamente me lleva de vuelta a ese momento. Los pensamientos que debieron pasar por la mente de mi hija me hicieron enojar. No he visto al Rastrillo desde que arruinó mi vida, pero sé que ha estado en mi habitación mientras dormía. Sé y temo que un día despertaré para verlo allí de pie, viéndome fijamente."
Se supone que la hora de dormir debe ser un momento feliz para un niño cansado, pero para mí era una experiencia aterradora. Mientras algunos niños pueden quejarse por ser enviados a la cama antes de que hayan terminado de ver una película o jugar su videojuego favorito; cuando yo era un niño, la noche era algo que me causaba verdadero terror. En algún lugar de mi mente, lo sigue siendo. Como alguien que ha sido instruido en las ciencias, no puedo demostrar que lo que me pasó fue objetivamente real, pero puedo jurar que lo que experimenté fue terror genuino. Un miedo que en mi vida, me alegro de decir, nunca ha sido igualado. Voy a relatarles todo lo mejor que pueda; tómenlo como quieran. Yo estaré contento con sólo sacarlo de mi pecho. No puedo recordar exactamente cuándo inició, pero mis problemas para conciliar el sueño parecían relacionarse con el hecho de haber sido trasladado a un dormitorio propio. En ese entonces tenía ocho años de edad y hasta ese momento había compartido una habitación con mi hermano mayor. Como es perfectamente comprensible para un niño cinco años mayor que yo, mi hermano finalmente pidió una habitación para él solo y, como resultado, se me entregó un cuarto en la parte trasera de la casa. Era una habitación pequeña, estrecha, y sin embargo extrañamente alargada, lo suficiente como para alojar una cama y un par de muebles, pero no mucho más. Realmente no podía quejarme; incluso a esa edad, comprendía que no teníamos una casa grande y no tenía ningún motivo válido para estar decepcionado, puesto que mi familia era tanto amorosa como protectora. Fue una infancia feliz… durante el día. Una ventana solitaria daba a nuestro jardín trasero, nada fuera de lo común, pero incluso durante el día, la luz que se colaba en esa habitación parecía casi vacilante. Mientras que mi hermano recibió una nueva cama, a mí me dieron la litera que solíamos compartir. Aunque me sentía mal por tener que dormir a solas, estaba emocionado ante la idea de poder dormir en la cama de arriba, lo cual me parecía algo realmente audaz. Desde la primera noche, recuerdo una extraña sensación de malestar abriéndose paso desde lo más profundo de mi mente. Me tumbé en la cama de arriba, observando mis figuras de acción y mis coches regados sobre la alfombra azul. Mientras se desarrollaban batallas y aventuras imaginarias entre los juguetes del piso, no podía evitar sentir que mis ojos estaban siendo lentamente arrastrados hacia la litera de abajo, como si algo se moviera en el rabillo del ojo. Algo que no quería ser visto. La cama estaba vacía, hecha impecablemente con una manta azul oscuro que cubría parcialmente dos almohadas blancas algo flácidas. No reflexioné más sobre ello en aquel momento, era un niño, y el ruido de la televisión de mis padres deslizándose por debajo de mi puerta me envolvía en una cálida sensación de seguridad y bienestar. Me quedé dormido. Cuando te despiertas de un sueño profundo porque escuchas que algo se mueve o se agita, te puede tomar unos segundos el darte cuenta de lo que está sucediendo realmente. El velo del sueño se cierne sobre tus ojos y oídos, incluso cuando estás lúcido. Algo se movía, no había ninguna duda al respecto. Al principio no estaba seguro de lo que era. Todo estaba oscuro, casi completamente negro, pero entraba suficiente luz desde afuera como para distinguir los contornos del estrecho y sofocante cuarto. Dos pensamientos aparecieron en mi mente simultáneamente. El primero era que mis padres seguían en la cama, porque el resto de la casa estaba a oscuras y en silencio. El segundo pensamiento se concentró en el ruido. El ruido que obviamente me había despertado. Mientras las últimas telarañas del sueño se desvanecían de mi mente, el ruido tomó una forma más familiar. A veces el más simple de los sonidos puede ser el más desconcertante: una brisa fría meciendo un árbol, los pasos de un vecino incómodamente cerca, o en este caso, el simple sonido de sábanas revolviéndose en la oscuridad. Eso era, sábanas revolviéndose en la oscuridad como si un durmiente perturbado estuviera tratando de ponerse cómodo en la cama de abajo. Me quedé inmóvil, reteniendo el pensamiento de que el ruido era o mi imaginación, o tal vez sólo mi gato buscando en donde pasar la noche. Fue entonces cuando noté la puerta, cerrada como lo había estado antes de que me quedase dormido. Quizá mi madre había venido a verme y el gato se había escabullido en mi habitación. Sí, eso debió de haber sido. Me volví hacia la pared, cerrando los ojos con la vana esperanza de que pudiera volver a dormirme. Mientras conciliaba el sueño, el movimiento de debajo de mí cesó. Pensé que había espantado a mi gato, pero pronto me di cuenta de que el visitante en la cama de abajo era menos mundano que mi mascota tratando de dormir y mucho más siniestro. Como si hubiera sido molestado, descontento por mi presencia, el durmiente perturbado comenzó a revolverse y girar violentamente, como un niño haciendo un berrinche en su cama. Podía oír las sábanas torcerse y girar con una ferocidad cada vez mayor. El miedo se apoderó de mí entonces, no en la misma manera sutil en que lo había experimentado un momento antes, sino que ahora era potente y sobrecogedor. Mi corazón se aceleró y mis ojos se dilataron, escudriñando la oscuridad, casi impenetrable. Dejé escapar un grito. Como la mayoría de los niños hacen, instintivamente llamé a mi madre. Podía escuchar pisadas desde el otro lado de la casa, pero en cuanto di un suspiro de alivio porque mis padres venían a salvarme, la litera de repente empezó a temblar violentamente como si estuviera siendo sacudida por un terremoto, chocando repetidamente contra la pared. No me atreví a saltar de la cama por temor de que la cosa de abajo se me acercara y me atrapara, llevándome hacia la oscuridad, así que me quedé allí, con los nudillos blancos atrayendo las sábanas hacia mí como un manto de protección. La espera me pareció una eternidad. La puerta finalmente -y gracias a Dios- se abrió de golpe, dejándome inmóvil bajo la luz, mientras que la litera de abajo, el lugar de descanso de mi visitante no deseado, permanecía vacío y silencioso. Yo lloraba y mi madre me consolaba. Lágrimas de miedo y luego de alivio corrían por mi cara. Sin embargo, a pesar de todo el horror, no le dije por qué estaba tan asustado. No puedo explicarlo, pero era como si supiera que lo que sea que hubiera estado en esa cama volvería al hablar de ello, o al pronunciar una sola sílaba acerca de su existencia. Si eso era así en verdad, no lo sé, pero cuando era niño sentí como si esa amenaza invisible se mantuviera cerca, escuchando. Mi madre se acostó en la cama vacía, prometiéndome que estaría allí hasta la mañana. Eventualmente mi ansiedad se calmó, el cansancio me obligó a dormir de nuevo; pero permanecí inquieto, despertando continuamente con el sonido de sábanas revolviéndose. Recuerdo que al día siguiente quería ir a cualquier parte, estar en cualquier parte, excepto en aquella habitación estrecha y sofocante. Era sábado y pasé la tarde jugando afuera muy contento con mis amigos. Aunque nuestra casa no era grande, tuvimos la suerte de tener un extenso jardín en la parte posterior. Jugábamos allí a menudo, pues gran parte se había dejado crecer y podíamos ocultarnos en los arbustos, escalar el enorme árbol de sicomoro que sobresalía por encima de todo, y fácilmente imaginar que estábamos en una aventura fantástica, en alguna tierra exótica salvaje. Aunque todo era muy divertido, ocasionalmente dirigía mi mirada a esa pequeña ventana; ordinaria, delgada, inocua. En el exterior, el exuberante entorno verde de nuestro jardín acompañado de las caras sonrientes de mis amigos no pudo extinguir la sensación que recorría mi espina dorsal. La sensación de que había algo en esa habitación observándome jugar, esperando la noche cuando estuviera solo, entusiasmadamente lleno de odio. Puede sonarles extraño, pero cuando mis padres me dejaron solo de nuevo en esa habitación por la noche, no dije nada. No protesté, ni siquiera inventé una excusa de por qué no podía dormir allí. Simplemente entré en la habitación disgustado, subí los pocos escalones hacia la cama de arriba y luego esperé. Ahora que soy adulto estoy contando a todos acerca de mi experiencia, pero incluso a esa edad me sentía casi tonto de hablar de algo para lo que en realidad no tenía evidencias. Estaría mintiendo, sin embargo, si digo que esa fue la razón principal; todavía sentía que esa cosa se enfurecería con que siquiera hablara de ello. Es curioso cómo ciertas palabras pueden permanecer ocultas de tu mente, sin importar cuán flagrantes o evidentes sean. Una palabra me llegó esa segunda noche, cuando estaba acostado en la oscuridad solo, asustado, consciente del cambio en el ambiente; un engrosamiento del aire, como si algo más lo hubiera desplazado. Al escuchar los primeros movimientos ocasionales de la ropa de cama de abajo: el primer incremento ansioso en mi ritmo cardiaco. Esa palabra, una palabra que había enviado al exilio, se filtró a través de mi conciencia, liberándose de toda represión y tallándose a sí misma en mi mente. «Fantasma». En cuanto ese pensamiento vino a mí, me di cuenta de que mi visitante no deseado había dejado de moverse. Las sábanas de la cama yacían tranquilas y quietas; pero habían sido reemplazadas por algo mucho más aterrador. Una lenta, rítmica y áspera respiración escapaba de la cosa de abajo. Me podía imaginar su pecho subiendo y bajando con cada respiración sórdida, sibilante y confusa. Me estremecí, y deseé, más allá de toda esperanza, que se fuera sin incidentes. Entonces algo inconfundiblemente escalofriante sucedió: se movió. Se movió de una manera diferente que la de antes. Cuando se agitaba en la cama parecía inmotivado, descontrolado, casi animal. Este movimiento, sin embargo, fue impulsado por la conciencia, con propósito, con un objetivo en mente. Pues esa cosa que yacía en la oscuridad, esa cosa que parecía estar decidida a aterrorizar a un niño, tranquilamente y con indiferencia, se sentó. Su dificultosa respiración se había vuelto más ruidosa ahora que sólo un colchón y unas cuantas tablillas delgadas de madera separaban mi cuerpo de ello. Me quedé inmóvil, mis ojos se llenaron de lágrimas. Un miedo que las meras palabras no pueden expresar ni a ustedes ni a nadie corría por mis venas. Me imaginé cómo luciría esa cosa sentada ahí, escuchando desde debajo de mi colchón, esperando obtener la más mínima señal de que estaba despierto. La imaginación entonces se convirtió en una realidad desconcertante. Comenzó a tocar las tablillas de madera sobre las que mi colchón se sostenía. Parecía que las tocaba con cuidado, llevando lo que me imaginaba que eran dedos y manos a lo largo de la superficie de la madera. Luego, con mucha fuerza, hizo presión entre dos tablillas, en el colchón. Incluso a través del relleno, se sintió como si alguien me hubiera metido violentamente sus dedos en mi costado. Dejé escapar un alarido, y la sibilante y temblorosa cosa en la cama de abajo respondió a ello haciendo vibrar la litera, como lo había hecho la noche anterior. Una vez más fui bañado en luz, y allí estaba mi madre, amorosa, preocupándose por mí como siempre lo hacía, con un abrazo reconfortante y palabras tranquilizadoras que eventualmente atenuaron mi histeria. Por supuesto, ella me preguntó qué era lo que me pasaba, pero no pude decirle, no me atreví a decirle. Simplemente dije una palabra una y otra y otra vez. «Pesadilla». Este patrón de acontecimientos continuó durante semanas, quizá meses. Noche tras noche me despertaba con el sonido de las sábanas revolviéndose. Gritaba cada vez, para no darle a esa abominación tiempo para tocarme y «sentirme». Con cada grito la cama se sacudía violentamente, deteniéndose con la llegada de mi madre, quien pasaría el resto de la noche en la cama de abajo, aparentemente ignorante de la fuerza siniestra que torturaba a su hijo por las noches. En varias ocasiones me las arreglé para fingir estar enfermo y pensé en otras razones no-del-todo-ciertas para dormir en la cama de mis padres, pero la mayoría de las veces estaba solo en ese lugar durante las primeras horas de cada noche. Con el tiempo puedes desensibilizarte hacia casi cualquier cosa, sin importa cuán terrible sea. Me había llegado a dar cuenta de que, por la razón que fuera, esa cosa no podía hacerme daño cuando mi madre estaba presente. Estoy seguro de que lo mismo se aplicaría con mi padre, pero por más amoroso que él fuera, despertarlo de su sueño era casi imposible. Después de unos meses me había acostumbrado a mi visitante nocturno. No confundan esto con una amistad sobrenatural, yo detestaba la cosa. Aún le temía sobremanera, ya que casi podía sentir sus deseos y su personalidad, si se le puede llamar así; una personalidad llena de un odio perverso y retorcido que me anhelaba, tal vez sobre todas las cosas.
No pondre imagenes ya que no encuentro para poner.Esta es la Creepypasta que me asusto un poco. Los 94 años de mi abuela habían llegado a su fin, la conocí desde muy niño por la razón de que vivíamos en la misma casa. Su herencia claramente estipulaba que aquella casa quedaba a mi nombre, pero que por respeto debía dejar los cuadros y muebles donde estaban. Siempre que de niño iba al segundo piso a llevarle una sopa a mi abuela cuando estaba enferma, pasaba por el pasillo mirando al suelo para no tener que ver el horrible cuadro colgado en la pared. El cuadro de una anciana de mirada penetrante. Nadie nunca me contó algo de ella, pero como exigía la herencia, no debía mover el espantoso cuadro de su lugar. Un día como cualquier otro, me levanté a preparar mi desayuno, y casi me llevo un susto con el cuadro. Veía a la nada con una mirada tan tétrica… parecía que había cambiado el gesto que mostraba normalmente, frunciendo el ceño, como intentando ver algo a lo lejos. Era sumamente espantosa. En medio del susto, sólo reaccione echándole una sábana encima, que quedó colgando de tal forma que cubría el cuadro. Durante todo el día me pasé por el pasillo sin tener que ver ese rostro mirándome. Ya al caer la noche, pude escuchar un ruido muy sigiloso. Al salir al pasillo para ver de dónde había provenido el ruido, pude notar que la sábana se había caído. Mi corazón dio un vuelco. Ahora el rostro de la anciana me estaba sonriendo de una manera macabra, mostraba sus malgastados dientes y se notaban exageradas arrugas en su rostro. Realmente no sabía por qué mi abuela apreciaba tanto a ese cuadro, y me intrigaba más que ella no lo encontrara horrible. Fue un martes por la mañana cuando casi me da un infarto por algo que llegué a ver. Estaba desayunando mi clásico café y empanedado de pollo, al momento que noté una cabeza asomándose por el extremo de la puerta para verme. Pegué un grito que se debió de haber escuchado en toda la cuadra, a la par que la cabeza se escondió rápidamente. Salí al pasillo a ver qué era lo que había pasado, pero no vi nada: nada aparte de ese horrible cuadro, que de nuevo había cambiado los gestos de su rostro. Estaba seria. Yo sabia perfectamente que esa cabeza que había visto era la de esta mujer; no sé cómo, pero había estirado su cuello para vigilar lo que hacía. La noche siguiente decidí hacer algo más inteligente. Coloqué una cámara delante del cuadro, con la intención de comprobar si era de éste de donde salió la cabeza, o si en verdad el cuadro hacía movimientos extraños. La dejé grabando tres días, en los cuales salí fuera de Lima a otro departamento de mi país. Al tercer día, subí directamente al segundo piso para ver las condiciones del cuadro y de la cámara. El cuadro cambió una vez más, ahora estaba enojada, tenía una expresión llena de rabia y de furia, sus ojos brillaban de odio… ¿por qué? Pasé a revisar lo que había capturado mi cámara en los tres días que estuve ausente. El primer día no hubo movimiento alguno hasta que cayó la noche, pude ver claramente cómo la cabeza del cuadro miraba a los lados, quizá revisando si había alguien cerca, y después vi cómo estiraba su cuello y salía del cuadro. El cuello se estiraba y estiraba mientras la cabeza de la anciana recorría todas las habitaciones, curioseando. Cuando finalmente volvió a su postura, cambió su expresión a la de una sonrisa. A la mañana siguiente pude verla repetir el mismo procedimiento, sólo que ahora después de haber vuelto a su posición normal, empezaba a moverse más. Estaba saliendo del cuadro. Al salir completamente, vi que era una mujer extremadamente alta, ¡era el doble de mi estatura!; tenía que caminar agachada para no chocar con el techo. Pero su altura no se debía al tamaño de su cuerpo en sí, sino a que su cuello estaba estirado exageradamente. La anciana se paseó en toda la casa, buscando algo… gritando el nombre de mi abuela mientras sollozaba. Al regresar al cuadro su expresión era una llena de odio —la que mantenía actualmente—. Fue entonces que me harté. Me decidí por botar ese horrible cuadro; pero justo cuando lo retiré de la pared, la anciana sacó sus brazos a través del cuadro para ahorcarme. Sus dedos se clavaban en mi cuello a la par que me quitaban el aire, me estaba matando, no podía respirar. Estaba a punto de dejarme vencer cuando me liberé de milagro y arrojé el cuadro. La anciana regresó sus brazos dentro del cuadro y siguió mirándome con odio, ahora desarreglada. Llamé de inmediato a mi padre para contarle lo sucedido. Sabía que no me creería, pensaría que me estaba drogando… no fue así. —Hijo, ese cuadro… la anciana de ese cuadro, era tu bisabuela —me dijo mi padre a través del celular que nos comunicaba. —¿Mi bisabuela? ¡Eso no importa ahora, ¿no escuchaste lo que te dije?! —Lo sé, es que… ella murió de una manera peculiar —me dijo con dificultad mi padre—. Ella sufría de una depresión horrible. Un día no pudo más con su soledad y se ahorcó. Esa noticia me impactó. Está bien, que mi bisabuela se ahorcara era algo extraño, y en parte triste, pero ella quiso matarme y me costaba explicarle a mi padre lo que me sucedía. Le iba a colgar y buscar otra solución hasta que me contó una última cosa. —Lo raro de ese cuadro, hijo, fue que lo pintó tu abuela el mismo día en que tu bisabuela se ahorcó, exactamente antes de que lo hiciera —me explicó mi padre—. Bueno, fue a petición de tu bisabuela que ella lo pintó, pues según ella, a través de ese cuadro la cuidaría mientras viviera de cualquier persona que le quisiera hacer daño… Hijo, ¿hay algo que- Le corté el teléfono. Fácilmente podría decir que hubo un problema en la linea. Corrí al pasillo con ligereza. El cuadro estaba vacío, el rostro de mi bisabuela no estaba. Sentí en ese momento una respiración helada a mi espalda. Ahí estaba ella. La anciana, extremadamente alta, ángel protector de mi abuela. Me miró unos segundos con esos ojos llenos de odio, llenos de maldad, llenos de venganza. Ese cuadro veía todo, lo sabía, estoy seguro de que vio cómo yo le subía a mi abuela una sopa, una sopa cargada de veneno, y cómo hacia caso omiso a los gritos de ayuda que emitía en su agonía. Ella sabía quién era el responsable de la muerte de mi abuela, y puede que mi abuela lo sospechaba, puede que ésa sea la razón de por qué me demandó en la herencia que mantuviera el cuadro en la casa, puede que… La anciana empezó a ahorcarme, sentí que mi respiración se cortaba hasta que empecé a escuchar pasos en la casa que se acercaban a las escaleras. Mi bisabuela volvió rápidamente al cuadro con esa expresión de odio en su decrépito rostro. Era mi hermana que llegaba a casa, me había salvado la vida. Le pedí que tomara el cuadro y lo guardara en el sótano. Y mientras se lo llevaba, pude ver a mi bisabuela haciéndome señas de muerte. Nunca más volví a entrar al sótano, e incluso años después de estos sucesos, podía escuchar por la noche el ruido de la manija del sótano siendo forzada, en vano, como si alguien quisiera salir de ahí.
Esta historia lleva circulando algún tiempo en diversos blogs y foros. En 2005, un bloguero anónimo, identificado sólo por el sobrenombre de Al1 abrió un blog en el dominio AngelFire donde invitaba al público en general a participar en una búsqueda para encontrar 9,000 libras esterlinas que había enterrado en algún punto del Reino Unido. El desafío constaba de una serie de pistas que irían apareciendo de una en una. La primera pista consistía en una historieta dibujada a mano, y de acuerdo con Al1, en estos dibujos estaba la clave para encontrar la segunda pista. Algunas personas, movidas por la curiosidad, comenzaron a seguir el juego de Al1 e intentaron llegar a la segunda pista sin éxito. El reto habría quedado en el olvido de no ser porque semanas más tarde, un usuario de YouTube que se hacía llamar Fortress, comenzó a indagar el significado de las pistas y a subir a su canal sus primeros hallazgos. Por lo que sabemos, Fortress pudo o no completar el reto y reclamar el efectivo. En este video, se relata la travesía de Fortress y algunas de las teorías sobre el enigma detrás del misterioso reto de Al1. link: https://www.youtube.com/watch?v=H_eIgKiThac

La historia de Edward Mordake es una de las más escalofriantes y aterradoras muestras de lo que una malformación al nacer puede deparar. Edward fue concebido con una segunda cara en su nuca, una cara que le susurraba… La historia de Edward Mordake (o Mordrake según otras fuentes) es una de las más tristes y enigmáticas de la medicina moderna. Edward nació en algún lugar de Inglaterra en el siglo XIX y se cuenta que su familia era una de las más ricas de la región. Su padre estaba especialmente ilusionado con su nacimiento ya que ansiaba tener un heredero varón que pudiera continuar con la tradición familiar, ya que anteriormente había tenido dos hijas. Pero la suerte no estuvo de parte de la familia Mordake ya que a pesar de que Edward era un niño, tal y como siempre habían soñado, había algo insólito y escalofriante en el recién nacido… En su nuca podía apreciarse una segunda cara de menor tamaño y distintos rasgos a la original. Con el tiempo el rostro posterior empezó a revelar su diabólica naturaleza, ya que aunque era incapaz de hablar o comer, se podía observar como sonreía cada vez que Edward lloraba o sentía dolor. Además, seguía con los ojos a las personas que pasaban por detrás de Edward y movía los labios como si estuviera hablando, aunque no emitía ningún sonido… o al menos ninguno que pudiera escuchar otra persona que no fuera Edward. Su insólita “maldición” llevó a Edward a recluirse en su habitación, no permitiendo que nadie pudiera verle, ni siquiera su familia. Sin embargo Edward se convirtió en una persona muy culta y refinada ya que era un ávido lector y un músico con un gran talento. Pero lo más aterrador de su gemelo demoniaco era que según Edward, la chica (pues era un bello rostro femenino el que “decoraba” la parte posterior de su cabeza), le susurraba por la noche y no le permitía conciliar el sueño. Según Edwar su “gemela diabólica” nunca dormía y le susurraba en un lenguaje que parecía salido del mismo infierno. Edward aseguraba que estaba “cosido a un demonio” y solicitó a varios cirujanos que le separaran del terrible rostro femenino que le atormentaba, incluso aunque eso le costara su propia vida. Pero ningún médico consideró posible efectuar dicha “extracción” y Edward tuvo que resignarse a vivir con un demonio en su nuca. Hasta que un día, su sufrimiento fue tan grande, que aprovechando el descuido de las personas que estaban a su cargo consiguió un veneno que le sirvió para acabar con su vida cuando tan sólo tenía veintitres años. Tras su muerte dejó una nota de suicidio en la que agradecía a sus padres y hermanas por el cariño que le habían dado y les pedía perdón por el daño y dolor que su muerte les pudiera causar. Así mismo les hizo una última petición: Que le arrancasen a su cadáver la cara del demonio que le había atormentado en vida, para que no pudiera continuar con sus demoniacos susurros en la tumba, y que la destruyeran. También solicitó ser enterrado en tierra baldía, sin ninguna cruz o lápida que pudiera marcar el lugar en el que descansaría eternamente su cuerpo sin vida. Tal vez Edward tuviera miedo de que su “gemela diabólica” le pudiera encontrar de nuevo. NOTA: La historia de Edward Mordake apareció por primera vez en el libro “Anomalies and Curiosities of Medicine” editado en 1896, como un escalofriante caso de duplicación craneofacial (Diprosopus) y aunque no hay mucha documentación del caso, ni historial médico de Edward, muchas personas dan su historia por cierta. Lo cierto es que médicamente hablando el caso es extremadamente controvertido ya que los gemelos siameses siempre son del mismo sexo, ya que han sido el resultado del mismo óvulo fecundado (monocigóticos) que se divide en las primeras fases (cuando sólo es un cigoto). Esto no descarta al 100% que la historia de Edward Mordake sea cierto, puesto que la “gemela malvada” al no disponer de órganos reproductivos bien habría podido ser realmente un hombre con rasgos más afeminados. Lo que si que es cierto, es que la historia de Edward ha sido fuente de inspiración para personajes del cine como Quirinus Quirrell (de la saga Harry Potter), un personaje que tenía en su nuca un “gemelo malvado” llamado Voldemort.

Introducción: Existe el aparente rumor de que en Facebook hay un perverso usuario de nombre “Default”. Unos dicen que es un peligroso y esquivo asesino en serie, otros creen que hay una secta satánica detrás de la cuenta, y los más imaginativos piensan que el mismo Diablo se esconde tras el perfil, o que quizá se trata del Anticristo, que ha llegado y comienza su gran plan de destrucción con lo que para él sería un preludio de pequeñas travesuras sangrientas. Siempre te hará pensar que eres su víctima número 666, como para infundirte terror, haciendo que lo asocies con el número del Anticristo, de La Bestia. Sea quien (o quienes) sea quien esté detrás de la cuenta, aquí presentamos la historia que le dio fama y se esparció por la web. La experiencia de un chico que posiblemente esté muerto: Supongo que todos ustedes tienen abierto el Facebook en este momento, o al menos la mayoría. Cuando terminen de leer mi experiencia, seguramente ninguno dejará abierta su cuenta, porque estarán temerosos de que ese siniestro ser pueda haberse enterado de que ya lo conocen, y esté observándolos, deseoso de palpar su miedo, o tal vez su sangre… Mi historia es la siguiente: Era un día como cualquier otro de esos en que entras al Facebook y te pones a ver el inicio, a ver si alguna golfa desconocida de esas que agregas ha puesto una foto provocativa, si alguien tiene alguna noticia interesante o un comentario que te haga pensar, o si las típicas páginas de chistes han puesto alguna cosa hilarante con los memes de Yaoming, de Forever Alone, de Trollface u otro, o algo inesperado que te saque algunas carcajadas. Así estaba yo; pero, después de haber visto como catorce páginas cómicas, me aburrí y quise cerrar sesión, pero justo en ese instante me llegó una solicitud de amistad. “Default quiere ser tu amigo”… ¿Default?, ¿quién se pone un nombre tan raro?, ¿acaso era emo, gótico, o uno de esos “tan darks que cagan murciélagos”? Llevado por la curiosidad, en vez de rechazar la solicitud, entré a su perfil y vi que tenía un montón de fotos de gente mutilada, degollada, brutalmente asesinada… En teoría ya debían haberle cancelado la cuenta por infringir las normas, pero actualmente es muy común encontrar chicas que suben fotos que rayan en el porno o tipos que quieren llamar la atención y ponen cuerpos destrozados y otras cosas gore. El tal “Default” pertenecía a la segunda categoría, pero quizá era el presidente de algún club de trastornados o algo así, porque se pasaba tanto que ya tuve algo de miedo y creí que estaba ante uno de esos sádicos que en cualquier momento pueden sacar su bestia interna. Ahora bien, dentro de toda esa carnicería humana hubo algo que me dejó intrigado y perturbado: en cada imagen sangrienta había solo una víctima, ésta tenía un número en la piel, su identidad (el nombre de usuario de Facebook y el nombre real con apellidos) en la descripción y, si se veían todas las fotos en conjunto (me di el trabajo de verlas…), ningún número se repetía y los números iban desde el 1 hasta el 665. Era curioso, porque con una víctima más se habría completado el número del Anticristo. Por un momento temí que Default fuera un auténtico criminal, pero después me tranquilicé al pensar que se trataba de algún troll perverso que manejaba muy bien el Photoshop y conocía las web gore como la palma de su mano. En todo caso ya no quise ver más, denegué la solicitud de amistad y cerré el Facebook. Algunos minutos después, recordando que tenía una tarea y que ya alguien debía haberla hecho y me la dejaría copiar, volví a abrir mi cuenta de Facebook y revisé el chat en busca de aplicados o copiones que se me hubiesen adelantado. Yo para ese momento ya ni pensaba en Default, pero el condenado “stalker” me había mandado cincuenta (literalmente) solicitudes de amistad. De seguro el infeliz ya tenía sus métodos para hacer tan rápidamente esas artimañas cibernéticas: ahora sí había logrado irritarme, pero lo ignoré, conseguí que alguien accediera a conseguirme la tarea, y me senté a esperar. Minutos después me sentí feliz al ver que tenía un mensaje (no había ninguno), creyendo que se trataba de la tarea; pero no, no era la tarea sino un mensaje que decía “Default 666” y que tenía adjuntada una foto mía en que aparecía mutilado, tirado en el suelo, con las vísceras al aire, una charca de sangre alrededor, una descripción con mi nombre de usuario y mi nombre real (que no sé cómo consiguió el tipo), y el número 666 escrito en mi piel… Créanme que me desmayé del susto cuando vi eso… Al reponerme del terror inicial, lo primero que hice fue comenzar a buscar a las supuestas víctimas en Facebook y en internet. No pude encontrarlas a todas, pero encontré a casi todas en Facebook y, buscando en Google, me enteré de que algunas de esas personas habían muerto (en la mayoría de casos se decía que fueron asesinadas, en los otros no se mencionaba la causa pero supuse que era asesinato), en tanto que, de aquellas que no pude verificar que estuviesen muertas, tampoco pude verificar que estuviesen vivas… Por otro lado, en muchos de los casos de las personas cuyos perfiles encontré en Facebook, pude ver la lista de amigos (algunas personas no dejaban ver la lista si no eras amigo o amigo de un amigo) y comprobar que allí no estaba Default, lo que me invitaba a pensar que habían negado la solicitud… Ahora no sé qué hacer: estoy deprimido, paso casi todo el tiempo encerrado en mi cuarto, dejé los estudios y estoy con psiquiatra y psicólogo… Me he despedido de todos, les he dicho que moriré asesinado de forma atroz y sangrienta. Nadie me cree pero yo sé que Default vendrá por mí, así que me he sentado a esperar la muerte. Tú no vayas a negar la solicitud de amistad de Default: si ya has denegado la solicitud, despídete de tus padres, de tus amigos, compañeros de curso y vecinos; si todavía no has recibido la solicitud y la llegas a recibir, entonces acéptala, o morirás…