PASAJERO74
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Registrate y eliminá la publicidad! Estimados Taringueros: Les dejo un cuento de mi autoría. Espero que les guste. Les pido que me manden cualquier tipo de opinion. Si les gustó , aburrio ,les parecio entretendio , etc.Les pido que presten atención a las palabras que están en letra naranja. Si les copa, les puedo seguir mandando cuentos , en los cuales esa mujer tomará mucha importancia. Saludos del Pasajero 74. La Burla de los Muertos Una luz tenue enfoca el depósito de cadáveres. El silencio de la noche es cómplice de lo aterrador del lugar. Dos muertos yacen en el suelo. Están cubiertos por bolsas negras. Una rata hambrienta husmea los cuerpos en descomposición. Los difuntos conducían un auto horas atrás. Se han transformado en carroña fría. Tienen aspecto de residuos sin importancia. Ya no sonríen, no hablan, no sueñan, son pedazos de carne fétida. Serán usados para un experimento maquiavélico. Méndez y Salves serán los encargados de divertirse con su muerte. Quintana, con su moral religiosa, reprueba las actitudes de sus compañeros: en varias ocasiones ha conspirado contra ellos. Nadie le ha creído. No puede entender el comportamiento de sus colegas. Las autopsias diarias afectaron sus mentes. Siendo estudiantes inexpertos y temerosos, se comportaban con normalidad. A Salves, siempre le molesta descubrir la causa de la muerte de un niño, en cambio a Méndez lo entristece el deceso de los ancianos. Varios años seccionando cuerpos los han hecho perversos, siniestros, diabólicos. Siguen manteniendo el respeto a niños y ancianos pero, desprecian a personas que ellos creen desagradables. Ni ellos saben la razón de su maldad. Con risas de hienas festejan el salpicar de la sangre, aúllan como lobos. Quintana intenta detenerlos mediante amenazas y denuncias y, de nada sirve, las ignoran. Con desdén, le exigen que no moleste en la fiesta. ¡Que se retire a rezar a su Dios misericordioso! Les encanta el intercambio de cabezas. Implantar brazos femeninos en un hombre. Separar los dedos de mujer con uñas largas y filosas y usarlos de dardos en un blanco. Otra de sus peculiares costumbres es despojarlos de sus prendas y vestirlos con algún atuendo particular. Les gusta disfrazar a un hombre obeso con un tutú de bailarina clásica. Sosteniéndolo entre ambos, lo hacen bailar en puntas de pies e imaginan los bullicios y aplausos de las sombras. Al aburrirse de jugar al póquer eligen muertos al azar. Los sientan en una mesa con sus cinco cartas y los insultan si alguno obtiene póquer de ases. -El fiambre se me lleva la guita a la tumba - suele exclamar Salves. -¿Qué cartas tendrá el desgraciado?- Gruñe con ironía Méndez. Con sus locuras se sienten justicieros en sus rituales. Aborrecen encontrar un muerto de facciones bellas y le desfiguran su rostro, insertándole una nariz puntiaguda o grandes orejas. -¡Así qué te creías muy lindo Dorian Gray! ; Ahora te vas a ir al nicho como un monstruo - dicen con un tono juzgador y severo. A los hombres altos los convierten en petisos y a los petisos en jugadores de básquet. Son coleccionistas de ojos y en un frasco los atesoran "como canicas" de distintos colores. Los pasos de Méndez y Salves provocan un malestar imaginario en los muertos. Quisieran resucitar como lo hizo Lázaro de su tumba. Escapar de la tortura que se avecina. La rata que rodea los muertos huye con rapidez al escuchar los pasos de los dementes. Salves ilumina con una linterna los cadáveres y Méndez procede a destaparlos. Estudian qué presagio promete la noche. Son dos jóvenes de unos treinta años. El fuerte impacto del automóvil no los ha demacrado. Un golpe seco en la cabeza fue suficiente para estar en la morgue. -¿Qué podemos hacer con ustedes? - dice Salves. -La verdad, me estoy aburriendo de repetir lo de siempre - agrega Méndez. -¿Por qué no… realizar un buen paseo en la ambulancia de Quintana con los amigos? - Insinúa Salves -Continúa, continúa que me gusta la idea – Dice asombrado Méndez. -El muy idiota se olvidó las llaves - Insiste Salves intentando persuadir a su amigo. -¿Pero cómo hacemos? Vacila Méndez. -Sencillo, mirá lo que tengo. -Salves mostrándole las llaves del olvidadizo señor incorruptible. -No estaría nada mal, ¿qué te parece una vuelta por el Abasto, tomar algunas cervezas y piropear hermosas mujeres? - Aprueba la idea Méndez, agregando un incierto desenlace. Secuestran a los jóvenes muertos y los arrastran a la ambulancia de Quintana. Evitando ser vistos por alguien, sientan a los difuntos en la parte trasera del auto. Una mujer joven y hermosa pasa por el lugar. Salves sin razón alguna habla con ella. Los acomodan inclinados en los asientos y buscan que no caigan hacia delante. Salves enciende el motor. Sintoniza Lohengrin de Wagner. Entre risas y algarabía emprenden el tragicómico viaje. -¿Querés una cerveza flaco? - Salves dirigiéndose a uno de los muertos. - Contestá, sos mudo querido, nada de timidez acá, hoy estamos de joda y a joder se ha dicho.-Méndez hablándole al cadáver. A gran velocidad pasean los cuatro amigos. Cada tanto, se detienen en algún semáforo. Improvisan poesías al ver jóvenes bellas. Los cadáveres parecen sonreír ante el romanticismo de sus torturadores. Nace una anormal amistad. Se unen la vida y la muerte. La locura y la paz eterna. Al tomar la avenida Corrientes, uno de los cadáveres se tumba hacia delante. Su mano queda tendida entre los médicos, parece señalar algo llamativo. -¿Qué carajo viste finado? -pregunta Salves desatendiendo el volante y siguiendo la indicación de la mano. Observa un auto destrozado. -¡Cuidado con el camión boludo! -Grita desesperado Méndez. La advertencia no llega a tiempo. La ambulancia de Quintana se estrella contra un viejo acoplado. La policía forense confirma que sus cuatro integrantes han fallecido. El auto desecho que parecía señalar el cadáver, era su propio auto. En él, horas antes, moría junto a su amigo. Los cuatro hombres sin vida son trasladados a la morgue. Quintana será el encargado de realizar las autopsias. Los rostros de los jóvenes parecen tranquilos. Dan el aspecto de aguardar un sepelio decente. - ¡Salves, qué lindo tipo que eras!, ¡Méndez tus piernas son muy largas! - Grita Quintana con un bisturí ansioso por cortar.
PALABRAS ESCONDIDAS Al atravesar el umbral de la puerta principal, la señora Etchegaray, sintió una abrumadora nostalgia por un sitio que nunca conoció. La ambulancia retiraba el cuerpo sin vida del señor Sánchez de Córdoba. Los vecinos husmeaban detrás de la verja sorprendidos con la reciente muerte del anciano. La señora Etchegaray se preguntaba cómo podía extrañar una habitación, un comedor y una cocina que sólo estaban en su imaginación. Todo estaba ordenado y, como intuía la anciana, el clima del lugar era de una absoluta soledad de años. Sólo la cama de la habitación estaba desordenada, fue ahí en donde murió Sánchez de Córdoba, dicen que en un sueño. A un costado, un gran armario con centenares de libros ordenados por autor y obra. Un espejo biselado, mostraba un escritorio con una vieja máquina de escribir con una hoja a medio escribir. Era un párrafo corto, su último párrafo antes de acostarse y morir. Abajo un cesto de basura estaba repleto de papeles destrozados. Un vaso de vidrio marcaba la comisura de los labios del último trago La señora Etchegaray acarició la maquina. Decidió revisar los cajones del hombre que amaba. Al abrir el primer cajón encontró cartas, infinitas cartas, así en el segundo y en el tercero. Todas se dirigían a ella, cartas de amor y poesías. El anciano solitario también la amaba y la mujer descubría el secreto luego de treinta años. En un segundo descubrió que ambos se querían, pero ahora la ambulancia lo llevaba con lentitud a una morgue. Treinta años después y ni una sola palabra. El amor se escapaba, moría sin haberse revelado. El día que el señor Sánchez de Córdoba llegó a la calle Sucre, en el barrio de Belgrano, los vecinos apenas pudieron reparar en él. Estaban asomados por las ventanas asustados. La revolución Libertadora invadía con sus aviones la Plaza de Mayo. Las radios desconcertadas, les pedían a las personas que no salieran de sus hogares. Las madres gritando, recogían a los últimos niños que jugaban en la vereda; estaban aterradas por el estruendo de las bombas y los tiros que se oían desde el centro de la ciudad. Sánchez de Córdoba, inmutable, sin prestar atención a la locura colectiva, observó el cartel de su nueva casa que decía: alquilado. Vestía un traje negro pinzado y un sombrero de fieltro. Una larga barba blanca cubría su rostro y en su mano llevaba un portafolio, que parecía pesarle. En otra llevaba una pluma antiquísima. Una mujer joven y hermosa que pasaba por el lugar, lo miró sin entenderlo. Sánchez de Córdoba sin razón alguna le obsequió la pluma. Dio un suspiro y miró al cielo. Vio una y otra vez, a los aviones que se dirigían a un lugar incierto para él. Buscó en sus bolsillos las llaves y abrió la puerta principal. Antes de entrar miró, sin saber por qué a la casa del frente. Una mujer lo miraba con curiosidad, ella no parecía tener miedo a las bombas y tiros de Aramburu y Rojas, no le importaba que la radio “El Mundo” dijera que el General Perón estaba desaparecido. Sólo le intrigó la presencia del nuevo vecino, que ahora con sus dos manos se agachaba a levantar el pesado portafolio. Se miraron por unos instantes. El hombre bajó la mirada y antes de cerrar la puerta, volvió a mirar a la mujer, que seguía mirándolo. La señora Etchegaray tenía treinta años. Desde la muerte de su padre se había acostumbrado a la soledad. Sólo se relacionaba con sus compañeros de trabajo y algunos vecinos. Muchos hombres deseaban conquistarla de distintas maneras, pero ella parecía cerrada a recibir cualquier propuesta. No conoció el amor y le temía. Las radionovelas de las tres de la tarde en radio Belgrano, con la voz de Oscar Casco, Fernando Ciro, Hilda Bernar, eran su único acercamiento al amor. Hasta que Sánchez de Córdoba llegó a su vida. Esos actores que la conmovían desde un aparato, tomaban vida viendo a su vecino. Él la retrotraía a esas tardes. La imaginación, que era una medicina hermosa por aquellos años, le hizo pensar que tal vez su vecino fuera el personaje principal de las radionovelas. Sánchez de Córdoba, resultó ser para todo el barrio un perfecto mal educado, un arrogante y un soberbio. Nunca se dignaba a saludar a nadie. Cada vez que salía de su casa con rumbo desconocido, escondía sus ojos celestes bajo la punta de su sombrero ladeado. Ni siquiera se dignaba a preguntar por la salud del pequeño Brunillo, que por una picardía de niños, una tarde de verano había perdido una de sus piernas al quedar atrapado por las ruedas del tranvía. La joven Etchegaray ya se acostumbraba a los reproches de todos contra ese hombre hermético, casi siniestro, pero por dentro sufría ante las críticas hacia el hombre que ella amaba. Su corazón se estremecía cada vez que Sánchez de Córdoba salía de su casa. Él al verla, levantaba su brazo derecho, se sacaba su sombrero y con la otra mano la saludaba. Desde el primer día que lo vio, ella sentía que ese galán imaginario, sólo estaba en este mundo para dirigirse a ella. No quería pensar en sus actitudes de hombre infame. Pasado unos meses, la joven comenzó a esperarlo en la puerta de su casa, con sus vestidos acampanados y su rodete ajustándole el pelo castaño. El hombre llegaba con su maletín, ignorando todo, pero antes de entrar, repetía la escena de siempre, se sacaba el sombrero y saludaba a la joven mujer. Ella no volvió a oír la radio, sólo esperaba la salida y la llegada de ese hombre misterioso que nunca tomaba la decisión de cortejarla, de dirigirle la palabra. La joven Etchegaray se moría por hablarle, saber todo sobre su vida, pero la actitud machista y conservadora de la época, la reprimían a cruzar la calle y hablar con ese señor extraño. Sánchez de Córdoba encerrado en su casa, con las persianas bajas, se quedaba horas mirando cada vez que la mujer salía a regar los geranios, o regresaba de su trabajo. El whisky lo acompañaba en esos momentos. La amaba, pero cómo decirlo. Cómo acercarse y decirle que desde que la había visto su soledad había desaparecido. Cómo decirle que cada noche, esa mujer era la musa de sus poesías y cuentos más perfectos. Cómo decirle todo esto, si desde su nacimiento no escuchaba, no hablaba. Él siempre fue “el sordito”, “el mudo”, del que todos se burlaban apenas lo conocían. Nadie sentía compasión por él. Quería que la magia quedase intacta ante la joven. Al enterarse de su condición ¿no perdería ella el interés? ¿Por qué no dejar todo así? ¿Por qué no dejar pasar el tiempo y amarse de esa forma cobarde, pero sin disgustos? Treinta años después ya era un anciano de setenta años y la señora Etchegaray tenía sesenta. Ni un sólo día habían cesado los saludos y las miradas. La mujer esperó toda su vida a ese personaje de ficción escapado de una radio, lo esperaba porque algún día le hablaría, algún día su protagonista de la radio le hablaría al oído. La ambulancia se perdía y la mujer seguía abriendo carta por carta, en ellas se enteraba de las poesías que el hombre de su vida le había dedicado. No sabe cuánto tiempo pasó, pero leyó una por una. No entendía por qué ese amor tan fuerte nunca fue vivido. Se sentó en su escritorio. Al lado de la maquina de escribir, quedaba el vaso de whisky a medio tomar. Con lágrimas tomó la hoja de la máquina, tal vez lo último escrito: “La he amado por siempre, sólo soy un pobre hombre que no la merece, sólo mis cartas de amor saben cuánto la he amado. Quisiera poder decirle todo lo que la amo, hablar con usted en un viaje que perdure siglos. Sólo rendirme ante la belleza de su rostro. Creo que la magia existe y algún día, emprenderemos esos caminos juntos. He sido temeroso, pero de amor. Mi alma estará siempre con usted. Amo el beso que nunca le di, amo sus caricias que nunca llegaron, amo a nuestros hijos que por algún lado corren y ríen. Gritan, hablan, son felices…” El párrafo terminaba en esos puntos suspensivos. La señora Etchegaray guardaría por siempre esas cartas y juraba leerlas una y otra vez hasta emprender ese viaje. Guardó cada una en su sobre. En el portafolio que tanto pesaba las escondió como un tesoro. ¿Por qué el galán de sus sueños, el de la radio, no le había hablado ni siquiera una vez? Al abrir la puerta de la casa sintió un cosquilleo en sus oídos. Se dio vuelta y vio que se había olvidado de guardar la hoja de la maquina de escribir. Al acercarse las letras se fueron esfumando hasta quedar la hoja en blanco. Otra vez sintió un cosquilleo en su oído. “La he amado por siempre, sólo soy un pobre hombre que no la merece, sólo mis cartas de amor saben cuánto la he amado. Quisiera poder decirle todo lo que la amo, hablar con usted en un viaje que perdure siglos. Sólo rendirme ante la belleza de su rostro. Creo que la magia existe y algún día, emprenderemos esos caminos juntos. He sido temeroso, pero de amor. Mi alma estará siempre con usted. Amo el beso que nunca le di, amo sus caricias que nunca llegaron, amo a nuestros hijos que por algún lado corren y ríen. Gritan, hablan, son felices…” Era su voz, esa voz que siempre quiso escuchar. Abrió el portafolio y al abrir cada carta, las letras desaparecían. Sólo quedaba un papel vació amarillento y la voz que resonaba por toda la casa, diciéndole los poemas más hermosos. SALUDOS DE PASAJERO 74- SIR GEORGE
Los niños jugaban a atrapar la luz. Yo me escondí detrás de sus inocencias, ya que estaba acorralado. Mi enemigo se acercaba. Arrojé el puñal para no ser descubierto. Algo extraño sentí en mi cuerpo. Traté de ocultar mi herida. Los pequeños formaron un círculo concéntrico y quedé en el medio de la ronda. Vi pasar a mi perseguidor. Estaba a salvo con los pequeños y su juego. Si juego… Sus pequeñas manos lograron arrástrame y pasearme, y en vano fue mi resistencia. Les grité ante lo inexplicable, -¡qué me dejaran tranquilo! y desaparecieron. El alarido alertó a mi contrincante. Se acercó y supe que estaba indefenso. Bajé la cabeza esperando el disparo final. Ante mi asombro él atravesó todo mi ser. Siguió caminando buscando el puñal que yo había tirado. Guardó el arma y exclamó: -¿Dónde está su cuerpo? Otra vez se formó la ronda de niños y supe que ya era parte del aire. JORGE REBOREDO