Nina_Ricci
Usuario (Argentina)

APRENDIENDO A AMAR Ganar terreno al odio Acá les dejo un artículo muy interesante para pensar el amor en los tiempos actuales. Que lo disfruten!! Por Abraham Godínez Aldrete Freud dice que el odio es más antiguo que el amor. Nuestro primer impulso es odiar al otro; por lo tanto, amarlo requiere un trabajo subjetivo. Si consideramos que el psicoanálisis es un tratamiento sobre el amor, estas cuestiones son fundamentales en una cura: ¿cómo es posible hacer una experiencia amorosa? ¿Cómo puede el amor ganarle terreno al odio? Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa… —Julio Cortázar Lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia. Somos indiferentes cuando ignoramos el deseo del otro: sólo sé de mí, ignoro al otro. ¿Qué entendemos por ignorar el deseo del otro? Podemos hacer la pregunta de un modo positivo: ¿Qué significa reconocer el deseo del otro? Cuando no hay otro el mundo es el espejo de nuestros sueños. Se trata de una experiencia imaginaria de fusión. Ésa es la experiencia del enamoramiento. Cuando estoy enamorado le atribuyo al ser amado todo lo que yo había estado esperando. Construyo una alucinación amorosa de la cual me siento dichoso: en aquél del que estoy enamorado proyecto mis sueños amorosos. Envolvemos al amado con el celofán de nuestras fantasías. El estado del enamoramiento es similar al estado del hipnotizado: no hay un yo-diferenciado. Se trata de un sueño despierto en el que mi singularidad está dormida. Quisiéramos que el sueño durara siempre, porque despertar es doloroso. El amado es una imagen mágica (elaborada entre lo simbólico y lo imaginario) de lo ya perdido; luego, surge la duda con asomo de angustia: ¿Encontraría a la Maga?, pregunta Cortázar al inicio de Rayuela. Cuando despierto miro al otro como sujeto. Aquél del que estoy enamorado no es un objeto en donde proyecto mis sueños. No hay correspondencia perfecta entre mi deseo y el suyo: me doy cuenta de su deseo. El otro emerge en lo que no se espera, en lo que no se quisiera. El otro difiere a mis expectativas. La decepción y el dolor son los primeros nombres del otro: no soy todo para aquél que amo. La realidad es diferente a los sueños: no soy lo único que desea el otro. Mientras que mi partenaire me dice sí, aún no hay otro. Puede haber enamoramiento, pero aún no hay otro. En el momento en que aquél del que estoy enamorado me dice no, surge la otredad del otro: el otro difiere de mí. El principio del amor es esta negación: “La positividad misma del amor está en su negatividad”, dice Lévinas [2006: 50]. El amor surge de una demanda frustrada: el deseo del otro no se adecua a mi petición. No hay fusión, sino disparidad. Ahí surge el odio. Primero hay indiferencia; luego, odio. Cuando despierto miro al otro como sujeto. Aquél del que estoy enamorado no es un objeto en donde proyecto mis sueños. No hay correspondencia perfecta entre mi deseo y el suyo: me doy cuenta de su deseo. El otro emerge en lo que no se espera, en lo que no se quisiera. El otro difiere a mis expectativas. La experiencia del odio consiste en atribuir al otro la causa de mi mal. Cuando el otro me dice no acontece en mí la soledad. La experiencia original del ser humano con la soledad es la del desamparo: si el infans está solo, se muere. Vivimos porque alguien deseó nuestra existencia: nos alimentó, nos cubrió del frío… Cuando el otro me dice no siento que no me desea. Desamparado, siento que muero. Odio porque siento que agonizo. La culpa de todo lo que me sucede es del otro. No cumplió con lo prometido: desearme a mí, siempre, sólo a mí. Parecía que éramos Uno; ahora, me deja solo y abandonado. Mi cuerpo y mi existencia se convierten en una experiencia dolorosa y decepcionante. Se derrumba mi castillo: me quedo sin reino. Paso de rey a mendigo. Vago por el desierto. ¿Por qué tengo tanta sed? ¿Por qué el sol quema en la nuca? ¿Por qué mis pies están cansados? Porque el otro así lo quiso, me abandonó: maldito sea. Ése es el momento de los reclamos, de los reproches, de los golpes, de los insultos, de los dramas, de los llantos… Hay quienes no reclaman, pero tratan de apagar su sed con tequila; quienes no reprochan, pero pretenden saciar su hambre con chocolates; quienes no odian, pero insisten en hacer surgir sus sueños paradisiacos con psicotrópicos. Otros más duermen y duermen; hay quienes se suicidan. El odio hacia el otro puede volcarse contra sí mismo. Es el momento de los navajazos en el cuerpo, de los choques violentos, de las bancarrotas, de actos autodestructivos. También puede ser el momento en que me humillo para que me maltraten: el odio que siento por ti, lo vuelco sobre mí. Golpéame, insúltame, pero no me dejes. Cuanto más amo más necesito al otro; cuanto más lo necesito más me duele su ausencia, más me desespera no controlar su deseo. La experiencia amorosa es compleja porque en ella emerge la soledad. Soledad no sólo es estar solo: soledad es estar necesitado del deseo del otro y que ese otro no responda. En la indiferencia no hay soledad. En el estado de ebriedad, en los efectos de los psicotrópicos, en el sueño o en el enamoramiento no hay soledad, pero tampoco hay experiencia amorosa. Cuanto más amo, más solo me siento. Y entonces nos preguntamos: ¿cómo pasar de la indiferencia y del odio hacia la experiencia amorosa? ¿Cómo aprender a amar? Hacemos esta pregunta en el mismo sentido en que Jacques Derrida [2006: 15] se preguntaba cómo aprender a vivir. Faltamos a la cita de este modo : amar, por definición, no se aprende. Ni de amor a uno mismo ni del amor por el amor. Sólo del otro y por la muerte. El amor, como la soledad, no se aprende. Tan sólo podemos esperarlos. Juntos. Intentar enseñarnos el uno al otro a amar, en una inquietud compartida y en una difícil soledad. Mientras morimos, aprendemos a amar. Aprendemos a amar aprendiendo a habitar nuestra soledad; así, acontece nuestro ser mortal. No hay amor puro: la experiencia amorosa es mezcla de odio, dolor, placer, soledad, pérdidas, muerte… Para evitar el dolor, podemos abandonar la esperanza amorosa, pero nos convertimos en seres indiferentes, tristes, aburridos… Después de la muerte de Dios tenemos el reto de abordar el amor de distintos modos. El amor como un discurso de valor religioso, sacro, heterosexual, con el deseo de procreación, de fidelidad eterna, ya no tiene fuerza vinculante, ya no organiza las relaciones eróticas. El cristianismo ya no dicta los modos de hacer lazos amorosos. Es necesario aprender a amar de diferentes maneras. Aquí escribimos una posibilidad: la del psicoanálisis, una entre millones. En el cristianismo importa el sacrifico como promesa de eternidad, no el deseo. En oposición al amor religioso, la experiencia psicoanalítica ofrece la posibilidad de trabajar con la propia subjetividad para crear un tiempo propicio que done un amor que reconozca el deseo, el sexo y la muerte: no es posible la posesión del otro, la fusión en un ser y el vínculo amoroso eterno; hay que reconocer el deseo del otro, la singularidad del partenaire y la posibilidad (siempre presente) del fin. En el siglo pasado el psicoanálisis se permitió definir el amor adulto como un amor que se reconoce en la diferencia sexual. Este amor no es un atributo exclusivo de la pareja heterosexual, sino del reconocimiento de que el partenaire es un otro deseante: su deseo no se agota conmigo. La diferencia sexual no es sólo una diferencia anatómica, sino un estado de abierto a la alteridad sexual del otro. En el consultorio escuchamos los modos en que el amor se ha vuelto imposible. Algunos sostienen vínculos en la indiferencia o en el odio. En ocasiones se conservan vínculos de propiedad o se deniega el deseo sexual. Hay muchos matrimonios que abandonan la actividad sexual y se refugian en el goce de los hijos: tratan a sus niños como zonas erógenas de las cuales no pueden desprenderse. El placer conyugal se desplaza al amor familiar que se convierte en un amor incestuoso. El amor en la diferencia sexual es el amor cuya condición es el deseo. Francisco Pereña [2006] dice que en la incondicionalidad no puede haber deseo porque el vínculo se convierte en mandato: hay exigencia, atosigamiento, reclamos. La incondicionalidad promueve el odio. En la incondicionalidad se rechaza el deseo sexual; no hay encuentro. En la incondicionalidad el vínculo se hace de temor, de culpa, de amenaza, de castigo. Cuando decimos que amamos —y nos aman— incondicionalmente podemos descansar un rato porque sentimos que hemos logrado lo que parecía imposible: la presencia total del otro. Sin embargo, luego vemos que (poco a poco) el vínculo se convierte en una crueldad cotidiana que va destruyendo al otro. La incondicionalidad acaba con la posibilidad amorosa. Así como la condición de la existencia es la muerte, la condición del encuentro es su negativa: la soledad. No puede haber amor si no hay soledad. Cuando el amor se convierte en incondicionalidad la soledad deja de ser el punto de partida y se muda en condena y odio: hay reproches, guerra fría, campo de batalla constante. El deseo sexual es incompatible con el amor incondicional. Aceptar el sexo es aceptar la soledad: el otro puede desearme o no. En el deseo, el amor es una petición siempre renovada. El amor es placentero cuando los dos lo desean: quieres, quiero, queremos… Para pedir y aceptar la posibilidad de la negativa el amor requiere abandonar las imágenes narcisistas de sí mismo: “Amar lo otro implica no amar nunca lo Uno”, dice Lucía Etxebarria [2005]. Cuando el deseo es la condición del amor, entonces ya no se ama por obligación; sin embargo, la fragilidad abre un espacio de incertidumbre y de angustia: el otro puede dejar de desearme. El problema no es que el otro pueda faltar, sino que nos adelantamos a ese fin. Al adelantarnos imaginamos escenas terribles; entonces nos precipitamos en la posesión. En la época actual, era narcisista por excelencia, la experiencia amorosa es cada vez más difícil: la petición amorosa se mira como cuando se ve una mosca nadando en la sopa. No queremos saber nada sobre el amor porque sabemos que el amor es la experiencia de la fragilidad y de la vulnerabilidad. Hoy hay múltiples cópulas genitales, pero se evita la demanda amorosa. El amor sin deseo se convierte en odio y el deseo sin amor en indiferencia. Pese a la época, cuando aceptamos amar con fragilidad y deseo, entonces la experiencia amorosa acontece entre azar y destino. Elegimos a nuestra pareja según la historia de nuestras pérdidas que hacen inscripciones en el inconsciente; a la vez, azarosamente, encontramos a alguien y quedamos prendidos a su piel. Poco a poco aprendemos a renunciar a la posesión. Perdemos para desear de nuevo. La contingencia juega con el destino. En los ritmos de aproximación y de separación emerge el erotismo. Por más que guardan una relación compleja, no hay mayor placer que conjugar amor y deseo. Con-jugar amor y deseo significa jugar con lo imposible: el amor trata de fijar al deseo y el deseo corre siempre muy lejos… Cuando el deseo es la condición del amor, entonces ya no se ama por obligación; sin embargo, la fragilidad abre un espacio de incertidumbre y de angustia: el otro puede dejar de desearme. El problema no es que el otro pueda faltar, sino que nos adelantamos a ese fin. Al adelantarnos imaginamos escenas terribles; entonces nos precipitamos en la posesión. Es importante reconocer nuestras fantasías primarias: más allá del modo de proceder del otro intuimos su deseo más allá de nosotros. El punto de partida del odio es la soledad y el dolor; sin embargo, el odio se engrandece con una imaginación interpretativa que se alimenta de nuestros fantasmas. Imaginamos que el otro nos quiere hacer daño: me excluirá, me incorporará, me castrará, me abandonará. Por ello necesitamos trabajarnos, elaborarnos, reconocernos. Cada uno requiere conocer su historia, sus fantasías, su carácter… Es ineludible mirar al otro más allá de sí mismo. Aprender a amar es hacer del amor una experiencia de la alteridad. Se asiste a un psicoanálisis porque nadie aprende a amar solo. Sólo cuando puedo dejar de atribuirle al otro la causa de mi mal (interpretación realizada desde mi fantasma), puedo saber que mi odio en realidad es mi dolor de existir. La sed no es culpa suya; la sed es mi cuerpo. Tengo sed desde que existo. Si recuerdo la experiencia de mi cuerpo sediento me doy cuenta de que los labios de aquél de quien estoy enamorado me calman, pero el dolor no es causa suya. En ello la experiencia poética es importante. Poesía rima con fantasía: el poema conjuga mis fantasmas. El amor se recrea en la ficción del lenguaje porque las palabras son el hogar de los huérfanos. Las palabras permiten matizar las imágenes absolutas del fantasma. A propósito, Lyotard [1979: 316] dice esto: El discurso no es poético porque nos seduzca, sino porque además nos descubre las operaciones de la seducción y del inconsciente: engaño y verdad juntos; fines y medios del deseo. De este modo, nuestro placer poético puede rebasar en mucho los límites fijados por nuestros fantasmas y así podemos hacer esa cosa tan extraña: aprender a amar. El placer del juego altera el juego del placer. Y así la fusión es inesencial. El poema puede introducir imágenes en el lector, pero sólo lo hace desolidarizándolo de sus imágenes fantasmáticas y abriéndole el laboratorio de las imágenes, que son la formas. Seguimos a Lyotard con Winnicott: “El placer del juego altera el juego del placer”. El amor es una intersección de zonas de juego. La vida duele, pero queremos jugar. El amor es posible cuando los amantes pueden ampliar su espacio lúdico. Cuando una relación se petrifica es necesario voltear las cartas y barajar de nuevo. En ese movimiento podemos perder seguridad, pero ganamos disfrute. Para ampliar nuestras zonas de juego se requiere abandonar la tierra natal. Aprender a amar es desaprender los modos en que el amor se ha enajenado en nuestra historia. Nuestra historia amorosa nace en la familia; aunque el amor sexual es diferente al amor filial. El goce sexual está fuera de la cuna: la tierra extranjera es el espacio del encuentro. Sólo los adultos (aquellos que han abandonado a su padre y a su madre porque ya no pretenden ser los niños maravillosos de antaño) pueden hacer del deseo sexual el placer del amor. Freud decía que el psicoanálisis nos permite amar mejor: se historiza el amor y se sabe que es imposible. Empero, hay que intentarlo una y otra vez, incansablemente. Ése es el deseo. Escribimos aprendiendo a amar porque nunca aprendemos del todo. Somos ignorantes; nunca sabemos sobre el deseo del otro, pero lo podemos reconocer a través de nuestra angustia. Lo intentamos. Sin fusión, el deseo es el poro por el que respira Eros; también, por el que goza y llora. No hay amor completo porque el deseo es su posibilidad. No hay Uno porque hay alteridad. Así, queremos seguir jugando: cuanto menos posesión, mayor placer. Cuando el deseo del otro se nos escapa, el cuerpo nos duele y la existencia nos asfixia. Aun así, el otro no tiene la culpa de su retirada: aprendemos a reír en nuestro llanto.
Jorge Luis Pellegrini es médico psiquiatra y escritor. Fue vicegobernador de la provincia de San Luis, ex director de Salud Mental en Chubut, ex Subsecretario de Salud Pública, Director de Salud Mental y Director del Hospital Escuela de Salud Mental de San Luis. Por su trabajo en ésta última institución fue que obtuvo el premio mundial Geneva 2005 por promover los Derechos Humanos en Psiquiatría. Fue invitado como profesor a universidades europeas y latinoamericanas. En 1993 hizo de la apertura de hospitales psiquiátricos un debate cultural en el país. Tiene un amplio trabajo realizado sobre alcoholismo y creó los Grupos Institucionales de Alcoholismo o como los reconocemos en pocas letras: Grupos GIA. Luego de su participación en el 9º Congreso Argentino de Acompañamiento Terapéutico en Rosario, Cordobapsi no aguantó algunas preguntas y las liberó sobre este disertante transformador de las concepciones de salud mental. La situación cordobesa, el negocio del manicomio y las universidades necesitadas de reformas, fueron algunos de los tópicos que intercambiamos. ¿Cuál es su opinión sobre la oferta en salud mental en el territorio cordobés? No…yo no tengo opinión clara sobre esto. Si, conozco todos los institutos, conozco también el trabajo que ha hecho la diputada Liliana Montero que me ha parecido excelente. He estado en Bell Ville, he estado en Oliva. Bueno conozco los cuatro. Y creo que en general, me parece que la salud pública de Córdoba le debe a su pueblo una profunda reforma de las instituciones de salud mental, garantizando excelencia académica, con un presupuesto adecuado y por respeto no solo de los pacientes, de los trabajadores, de los familiares y de toda la comunidad. Toda práctica que se perpetúa en el tiempo, supone algunos beneficiarios. ¿Quiénes supone usted son los beneficiarios de la institución manicomio? Mira tenemos que arrancar con dos definiciones. Primero, el manicomio es producto de una decisión política. No es un tema de los médicos, es una decisión política. Y es una decisión política que se traduce en una cuestión donde mueran las palabras…ese es el presupuesto. La provincia y la nación siguen presupuestando –y en el presupuesto del 2014 está- dinero para sostener los manicomios. Más aún, la nueva ley de salud mental nacional de la cual se habla es una ley que no ha reglamentado el artículo dedicado al presupuesto. Por lo tanto está claro que esa ley no tiene presupuesto y que eso es producto de una decisión política. La otra cosa es que los manicomios no son para los locos, sino que son para los locos pobres. Y es una institución que tiende a enmascarar y cubrir la pobreza, la desocupación y el delito. Por lo tanto, si parto de estos dos criterios, creo que aparecen claros quienes son los beneficiarios de sostener estas instituciones. Creo que en primer lugar, son los laboratorios internacionales de productos medicinales que le cuestan al Ministerio de Salud de la Nación Argentina 1.800 millones de dólares por año. Ahí tienes un beneficiario. Por lo tanto, si se quiere realmente transformar las instituciones de encierro, lo primero que hay que resolver es una industria farmacéutica nacional no dedicada al lucro sino al servicio del pueblo. ¿Cree usted que la desmanicomializacion es una causa tenida en cuenta en la formación de los profesionales de salud mental? Yo no hablo de desmanicomializacion, creo que es un término poco feliz porque sigue girando alrededor del manicomio. Antes porque no estaba y ahora porque creen que no va a estar más. Yo no conozco ningún manicomio que se haya cerrado en la Argentina. Y con este tema de la desmanicomializacion llevamos 20 años. Creo sí que hay que TRANSFORMAR las instituciones de encierro. Creo sí que hay que dar una oportunidad a los trabajadores y profesionales para realizar una práctica actualizada científicamente, para formarse permanentemente para respetar los derechos humanos pero no sólo de los pacientes. Porque se habla mucho de los derechos humanos de los pacientes pero yo también tengo derechos humanos y el principal de ellos en el campo de la salud pública es hacer la medicina que yo quiero y no ser vigilante de candado. Los profesionales también tienen derechos, los trabajadores también, los familiares también y el pueblo argentino también tiene derechos. El pueblo argentino tiene derecho a saber que se hace con el dinero que se presupuesta y se entrega a los manicomios. La cama que ocupa mensualmente un paciente en el Borda, le cuesta al pueblo argentino 6800 pesos. Yo quiero saber, en que se gasta ese dinero. Si tuviéramos que pensar en objetivos o próximas intervenciones para mejorar lo que sería la salud mental en Argentina… No no. no hay que mejorarla, hay que transformarla. Lo que tenemos no tiene nada que ver con hacerlo. Porque hablamos de salud mental y a los treinta segundos estamos hablando de enfermedades. Por lo tanto la Universidad también tiene que dar cuenta de que profesionales forma. Las Facultades de Psicología tienen que explicar si forman psicólogos o forman psicopatólogos. Y muchos institutos o instituciones ni siquiera eso, forman psicoanalistas o forman cognitivos conductuales y además forman estudiantes que una vez que tienen el diploma en la mano no les sirve para nada porque desconocen la realidad sanitaria argentina; porque desconocen la clínica. ¿Cómo es posible que en la Facultad de Psicología de Córdoba en primer año sea optativa “Entrevista Clínica”? Que eso es lo principal, si vos no sabes hablar con un paciente ¿qué haces? Ahora, esa es optativa y es obligatoria la Epistemología de la Epistemología. Es decir sacarlos a los estudiantes de la realidad. ¿Por qué? Porque la Universidad pública ha dejado de ser pública y ha dejado de ser gratuita. Es mentira. Cuando los estudiantes terminan tienen que empezar a hacer seminarios pagos que están coordinados por los mismos docentes que los tuvieron como estudiantes en la facultad. Entonces a mí me parece que hay que decir las cosas como son, que ha llegado la hora de una nueva reforma universitaria como en el 18. Que no se pueden seguir formando profesionales en el campo de la salud mental como se forman. Yo quiero saber qué se hace con el presupuesto universitario porque se habla de aumento universitario pero nunca explican a dónde va a parar. Y no explican sobre todo la trenza de profesores que se han enquistado en el poder de la Universidad Nacional. Gracias Dr! Acá les dejo un video, para que conozcan un poco más acerca del Dr. Pellegrini y la interesante experiencia realizada en San Luis, en tema de salud mental. link: http://www.youtube.com/watch?v=ShLwxnqVJvU link: http://www.youtube.com/watch?v=BOn1D59Q1mc Gracias x pasar!
A veces decimos "todos somos iguales"..pero no termina siendo mas que un clichè , pues lo decimos pero no lo demostramos.En esta oportunidad les dejo un video sin desperdicios, se llama EL CIRCO DE LA MARIPOSA. Permite reflexionar sobre muchas cosas, pero fundamentalmente sobre la importancia de incluir a un sujeto en el colectivo social, VIENDO sus capacidades (todos las tenemos!) aun teniendo limitaciones (TODOS EN ALGUN PUNTO SOMOS DISCAPACITADOS PARA ALGO)...En todos hay algo q puede ser propiciado si se tiene paciencia, pero sobretodo si creemos en las capacidades y logros de esa persona. link: http://www.youtube.com/watch?v=WPey7ace294

Acá les dejo una breve monografia que realice para un seminario, de la carrera de Psicología (U.N.C). Si bien tiene cuestiones teóricas, posee una reflexión para pensar la salud mental dentro del marco capitalista. Al final les dejo un link sin desperdicios, sobre la experiencia realizada en San Luis por el Dr. Jorge Luis Pellegrini, a quien tuve el agrado de tener como profesor durante el trascurso del seminario que les mencione.Tal experiencia tiene que ver con la desaparición de los manicomios y el abordaje de la "locura" a partir de la transformación del Hospital de Salud Mental. “Si uno va a la iglesia y habla con Dios, eso se llama rezar. Si sale uno de la iglesia y le dice al policía de la esquina que Dios ha hablado con uno, eso es Esquizofrenia”. Thomas Szasz.Introducción:En la presente monografía se intentará hacer una lectura crítica de la situación de la Salud Publica en la Argentina y de la Salud Mental en particular, abordando el tema del uso y abuso de psicofármacos como otra forma, además del manicomio, de “opresión” y de intento de paliar el malestar subjetivo de los enfermos. Se tendrá en cuenta, para tal análisis, las políticas de Estado y las situaciones sociohistóricas que siempre enmarcan y determinan los modos de abordar las distintas problemáticas en el campo de la Salud.Desarrollo:El problema de la atención en Salud Mental proviene desde hace siglos atrás y por lo tanto no resulta un problema nuevo. José Ingenieros (2005) relata las condiciones paupérrimas en que se trataba la locura, ya en el siglo XIV, con hospitales que no tenían ni médicos ni boticas, con lo cual la mayoría de los enfermos debían ser tratados a domicilio, aumentando de esta forma la atención por parte de curanderos; también relata las condiciones infrahumanas que acontecían en el Hospital General de Hombres y el Hospital General de Mujeres, ambos a principio del siglo XIX, y funcionando como un verdadero depósito de alienados, donde los locos no eran atendidos sino “gobernados” por un capataz, el cual los golpeaba si desobedecían, se los encerraba en calabozos, celdas, utilizaban cadenas, cepos, etc, es decir, todo tipo de dispositivo de encierro que se justificaba a través de la idea de “peligrosidad”. Por otro lado, es importante remarcar que siempre las circunstancias económicas y sociales son determinantes de muchas decisiones que se toman en el plano de las políticas de Salud Pública en general, pues como bien señalaba Ingenieros (2005) en la época de Rivadavia hubo grandes innovaciones en la administración sanitaria, basadas en la idea de asistencia pública como deber de solidaridad social, ideas que fueron olvidadas una vez que comenzó la tiranía de Rosas, donde todos los servicios públicos quedaron desamparados, no solo hospitales sino también escuelas y cárceles, pues para el gobierno de Rosas era conveniente disminuir los gastos del Tesoro Público y que tales instituciones se mantuvieran con la escasez de socorros que la ciudad podía proporcionar. Es posible entender, por lo tanto, que los problemas en Salud Mental tienen que ver fundamentalmente con el deterioro que se viene produciendo en el campo de la Salud Publica en general, con las demandas en salud y con las formas de atender tales demandas. Actualmente estamos inmersos en un contexto capitalista donde las leyes de la oferta y la demanda son las que rigen en todos los ámbitos, y la salud no es la excepción, pues ésta se ha convertido en un producto más a adquirir: la salud se convirtió en un servicio, quien tiene plata accede a ella. Tal forma de concebir a la salud, ya no como un derecho colectivo que debiera garantizar el Estado, involucra a aseguradoras y laboratorios, quienes son básicamente los únicos beneficiados en esta forma perversa de atender la salud en general, y la salud mental en particular. La Salud Pública en Argentina tuvo épocas muy favorables y que tendían a la atención de toda la población, sin exclusión de quienes no tenían los recursos para la asistencia, tal es la época en la que el Dr. Ramón Carrillo funda el Sistema de Salud Pública en 1946, sentando las bases de toda una red de servicios que hasta el momento no había. De este modo, la salud pública pasaba a formar parte de toda la población, basada en tres principios: equidad, gratuidad y universalidad. Y dentro del campo específico de la Salud Mental hay tres hechos que son determinantes durante el año 1957, a saber: la creación del Instituto Nacional de Salud Mental, la creación del Servicio de Psicopatología en el Hospital de Lanús (fundado por el Dr. Goldemberg) y la creación de la carrera de Psicología de la UBA. Tales hechos afirman la necesidad de tratar la salud mental afuera del manicomio, tratando las enfermedades psíquicas de la comunidad y abordando también tareas de prevención, sumando a otros actores como los Psicólogos, y no solo los Psiquiatras.Retomando la asistencia de la Salud Mental, es la política y el gobierno de turno quienes determinan las formas de asistencia y las maneras de abordar las demandas; en la época de los `90 comienza una política neoliberal basada en el recorte del gasto público, la privatización, la focalización del gasto social público con el objetivo de remercantilizar el bienestar social (Laurell, 1992); actualmente la salud mental responde a dicha lógica de mercado, pues solo pueden atenderse los locos que tienen la plata para pagar una internación o comprar un psicofármaco, y es ahí donde está la ganancia de los laboratorios y de los tratamientos en el manicomio, utilizando la polimedicación sin tener en cuenta paralelamente una trabajo de psicoterapia y descuidando por completo el contexto social del que el enfermo emerge, es decir, descuidando qué es lo que lo enferma. Es importante buscar un enfoque de acción que incluya una Gestalt básica, como lo es la ecología en que se mueve el individuo que está funcionando como emergente del conflicto (Fiasché, 2003)Cuando no es el chaleco de fuerza, es el chaleco “químico”, con el cual se busca medicalizar el padecimiento de los enfermos, por ello es que, como plantea Basaglia (1999), en las instituciones manicomiales no hay cuidado sino “custodia” del paciente, y no hay ideología de cura sino “ideología de castigo”, castigo para el que es diferente. En ese marco, se hace necesario pensar la Salud Mental y la transformación del modo de atender a sus demandas teniendo en cuenta las políticas que determinan la estructura social del momento, pues es imposible pensar en una transformación descontextualizada; al respecto Basaglia (1999) opina que “el enfermo tiene en su interior toda la problemática social, que está íntimamente ligada con la lógica del sistema social en que vive”, la locura nos revela cuestiones sociales que están presentes pero de las cuales no se habla y es necesario tenerlas presentes a la hora de transformar los modos de abordar la locura, y siguiendo a Basaglia, la idea de cambiar la institución, es también lograr que “la locura sea un problema de todos”, y que el loco sea aceptado, ya no siendo alguien diferente. En ese sentido el desafío es poder oponerse al poder que ha adquirido en este último tiempo el sector privado y luchar para que el Estado se haga cargo de la salud como el derecho colectivo al que todos debemos poder acceder, recuperando los tres principios de la Salud Pública, y no que la salud sea un servicio al cual solo acceden los que tienen plata o recurso económico.Todo ello sirve para pensar en la importancia de que el Estado intervenga con políticas públicas adecuadas que respondan a las necesidades de la población, específicamente en este caso con la población que padece una enfermedad mental. Sin políticas pensadas para el bienestar y la salud del pueblo, lo único que aparece son lógicas lucrativas, tal como señala Enrique Capella (Comunicación personal, 10 de junio de 2011) la “pastilla” para el estilo de vida y para aliviar los malestares de la vida actual, como una solución mágica o respuesta inmediata…la medicalización de la vida cotidiana . Tal situación, al igual que el manicomio, no responde a las necesidades del paciente; al respecto Basaglia (1999) opina: “es solamente en el momento en que confío en el enfermo y que éste confía en mi, cuando puedo utilizar cualquier técnica, cuando puedo utilizar fármacos, porque pienso que son un medio terapéutico para el enfermo, pero cuando utilizo fármacos sólo porque son funcionales para la institución, no curo a nadie”. Esa es la idea de pensar el uso racional de fármacos, utilizándolos para corregir o disminuir los síntomas en una primera instancia, para luego abordar a esa persona desde una psicoterapia, con acompañamiento terapéutico, estableciendo redes sociales y todo aquello que sirva para conectarlo nuevamente con la realidad (Enrique Capella, comunicación personal, 10 de junio de 2011). Es decir, el mal uso o abuso de los psicofármacos sólo sirve para la opresión, para ocultar lo que la locura devela. Finalmente, he citado al principio del trabajo la frase de Thomas Szasz (1999) porque sirve para pensar en aquellos “pacientes involuntarios” que son colocados en ese rol, siendo tratados como si realmente estuvieran enfermos, en ese sentido Szasz habla de enfermedades funcionales porque con el diagnóstico y tratamientos se oculta lo que realmente son: prisioneros. Similarmente, Basaglia (1999) dirà que los diagnósticos no pueden utilizarse para la opresión del prójimo, ni utilizar lo diferente para imponer la desigualdad. Es importante tomar estas consideraciones y actuar con prácticas que tiendan a la emancipación de los sujetos, actuando para favorecer la salud y reforzar los aspectos más sanos de tales personas y la comunidad en general.Bibliografía: Basaglia, F. (1999) Razón, locura y sociedad. Ed. Siglo Veintiuno.Fiasché, A. (2003) Hacia una psicopatología de la pobreza. Ed. Madres de Plaza de Mayo.Ingenieros, J. (2005) La locura en la Argentina. Ed. Buena vista.Laurell, A.C (1992) Estado y políticas sociales en el neoliberalismo. Fundación F. Ebert.
Acá les dejo una reflexión que nos leyó una profesora de la facu,y que por suerte encontré en un blog para poder compartirla desde acá. El bambú japonés No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: "¡Crece, maldita seas!". Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada, al menos apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla...durante los siete primeros años, a tal punto que un cultivador inexperto estará convencido de haber comprado semillas estériles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas...la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!. ¿Tarda sólo seis semanas en crecer? La respuesta es no: se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que llegará después. En la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno, y que éste requiere tiempo. Quizá por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados a corto plazo abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente de que sólo llegan al éxito aquellos que luchan de forma perseverante y saben esperar el momento adecuado. De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creeremos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), recordemos el ciclo de maduración del bambú japonés. Y no bajemos los brazos ni abandonemos por no ver el resultado esperado, ya que sí está sucediendo algo dentro de nosotros: estamos creciendo, madurando. La paciencia es un hábito que cuesta adquirir, pero si vamos poco a poco, gradualmente, caminando nuestro sendero, lograremos ese éxito y lo lograremos de una manera sólida, sin fisuras. El triunfar, tanto a nivel personal como profesional, requiere altas dosis de paciencia y perseverancia. Conlleva mucho tiempo y dedicación, y sólo nosotros somos capaces de asimilar esos hábitos porque nos lo proponemos como reto personal. Hay un viejo dicho que dice que la prisa nunca ha sido buena consejera; seamos perseverantes y busquemos ese éxito: haciendo las cosas bien y esperando, llegará a nosotros, seguro. Fuente: http://motivalia.blogspot.com/2007/12/reflexiones-el-bamb-japons.html

link: http://www.youtube.com/watch?v=SqpuSflpIg8què coreografia q se mandaron, eh?