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LEC001

Usuario (Argentina)

Primer post: 7 abr 2009
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Un mal día - Relato breve
ArteporAnónimoFecha desconocida

Después de preparar el desayuno a los chicos, ordenar la casa y escuchar las noticias en la radio, la vecina de al lado sale a hacer las compras. Una vez en el mercado, se horroriza al ver que los precios han aumentado considerablemente. Luego de tomar lo necesario y quejarse entre dientes, se dirige a la caja donde atiende un hombre de rasgos orientales. La vecina paga y se queja: -¡Qué barbaridad! ¡No puede ser que las cosas aumenten así! -Me extraña que diga eso -responde el comerciante-. En el sistema en que vivimos, teniendo en cuenta las variables macroeconómicas y de acuerdo con la teoría de John Maynard Keynes, esto es algo absolutamente lógico. No entiendo por qué se sorprende. La vecina de al lado, confundida y un poco molesta, se retira sin saludar y le comenta a un anciano que sale del mercado junto a ella: -Estos coreanos siempre tienen una excusa para aumentar los precios. -Chinos en todo caso, a juzgar por los caracteres de la marquesina -corrige el anciano-. Si se fija bien, verá que los caracteres chinos y coreanos son francamente diferentes entre sí; pero supongo que su xenofobia no hará distingos entre los unos y los otros. Que tenga usted un buen día. El hombre sigue su camino y la vecina, oscilando entre la extrañeza y la ofuscación, casi olvida que antes de volver a su departamento debe ir al kiosco de revistas. Vuelve sobre sus pasos y cruza la avenida. -Buenos días –saluda al llegar al kiosco, mientras mira por sobre su hombro a un sujeto que pasa a su lado. Luego, bajando un poco el tono de voz, dice al vendedor: -¡Hay que andarse con cuidado, don Pérez! ¡Últimamente anda cada negro por este barrio! No vaya a ser cosa que le roben. -Pero ¿qué está insinuando, señora? -dice Pérez, un tanto indignado-. Adjudicar una conducta delictiva a un tipo físico determinado es apoyar una teoría insostenible que, además de ser racista, hace años se ha comprobado que es falsa. Dicho sea de paso, no es usted precisamente aria pura. -No, bueno –dice ella sonrojándose-. Yo decía negro de alma. El hombre le entrega la revista que ella aún no ha pedido, mientras acota: -Es bastante osado eso de atribuirle un color a algo abstracto como el alma, a algo que ni siquiera sabemos si existe, aunque Platón ya se refiriera a ella hace unos dos mil quinientos años en su célebre diálogo “Fedón”. Supongo que lo suyo se tratará de una metáfora. -Si, claro –responde secamente la vecina a la vez que paga el importe exacto. Se va muy rápidamente y, caminando también muy rápidamente, se dirige a su edificio. Al entrar, encuentra en el hall a sus vecinas del noveno y del segundo piso, que esperan el ascensor. Luego de los saludos de rigor y de una breve espera, suben las tres al aparato que las transportará a sus respectivos pisos. La primera parada es en el segundo. Baja la mujer que allí vive y las otras dos siguen subiendo. -¡Esta mujer está cada día más gorda! –comenta la vecina de al lado, sonriente y buscando complicidad. -“Lo esencial es invisible a los ojos” -retruca solemnemente la del noveno y agrega: -Ya lo decía Antoine de Saint-Exupéry. -¿Antuán de qué? -De Saint-Exupéry ¿No leíste, por casualidad, “El principito”? -No -riéndose-. Lo último que leí fue “Platero y yo”. Y porque me obligaron a leerlo en la escuela. -Además –sigue la del noveno, ignorando la acotación-, no te lo tomes a mal, pero vos no sos exactamente una top-model como para andar criticando a las demás. “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no adviertes la viga que hay en el tuyo?” En ese momento llegan al piso en el que vive la vecina de al lado, quien está visiblemente enojada. Baja del ascensor y, cuando está por cerrar la puerta, pregunta con ira: -¿Y eso quién lo dijo? -San Mateo lo atribuye a un tal Jesús, que habría vivido durante las tres primeras décadas de nuestra era. Algunos, incluso, creen que es el Mesías. La vecina de al lado cierra la puerta con violencia y camina velozmente hacia su departamento mientras piensa que, evidentemente, todos sus vecinos tienen un mal día. Una vez dentro y ya más relajada, se alegra al darse cuenta de que aún es temprano y que entonces tendrá tiempo para dedicarse a leer la revista “Caretas” hasta la hora del almuerzo. Además, por la tarde no tendrá ninguna necesidad de salir, así que podrá quedarse tranquilamente a ver sus dos programas favoritos: “Espías de la farándula” y “Amor desesperado”; al menos hasta que vuelvan los chicos del colegio y haya que prepararles la merienda. Luis Colucci Mayo de 2007

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Relato breve: El Silencio
ArteporAnónimo4/7/2009

El silencio Cuando hoy a la mañana salí de mi edificio para ir a trabajar, en la puerta de entrada me topé con mi vecino del quinto piso. No me sorprendí cuando no me saludó, por el contrario, hubiera sido sorprendente que lo hiciera, ya que jamás decía siquiera “hola”. Yo tampoco lo saludé; tiempo atrás, al no verme correspondido, yo también había omitido esa norma de cortesía hacia él. “Es un troglodita”, pensé, y salí a la calle. Contando las monedas para el viaje, caminé hasta la parada y estuve ahí en el preciso momento en que llegaba el colectivo. Al subir, el chofer marcó el importe del boleto sin que aún yo se lo hubiese solicitado. El hecho podía deberse a dos motivos: el primero, rápidamente descartado por mí, suponía la posibilidad de que el veterano conductor me recordara y conociese mi habitual destino, debido a que viajo por esa línea desde hace años, a la misma hora y con una frecuencia casi diaria. El segundo y, a mi juicio, el más factible, era que marcara el importe de acuerdo a una precaria estadística que indicaría que la mayor parte de los pasajeros suelen solicitar boletos del mismo importe. Coloqué las monedas justas en la máquina y salió de ella, impreso, el escaso papelito blanco. El vehículo estaba repleto y se hacía difícil avanzar entre el gentío; el piso ostentaba una humedad ligeramente resbaladiza y, por eso, perdí el equilibrio, empujando a un hombre de bigotes y pelo entrecano. Le hice un elocuente gesto de disculpa con la cabeza, enfatizado por un movimiento conciliador de mi mano derecha y obtuve por respuesta un silencio y una mirada inquisidora. Una señora mayor muy bien vestida subió y, avanzando a manotazos entre la multitud, accedió a un asiento que le cedieron y por el que no dio las gracias. En la corrida apoyó bruscamente su pie derecho sobre algo blanduzco, que resultó ser ni más ni menos que mi pie izquierdo. Ni un gesto hubo en su cara, ni una palabra salió de su boca. El viaje a mi trabajo suele ser largo, pero esta mañana pareció serlo más aun; el clima estaba muy pesado y más especialmente dentro del colectivo, donde la temperatura amenazaba ser unos grados superior a la del mundo exterior. Los pasajeros soportaban el viaje con estoicismo, mientras miraban por las ventanillas un tanto empañadas por dentro y muy sucias por fuera, y se esforzaban por aferrarse a los pasamanos. Luego empezaron a bajarse algunos y la atmósfera se fue volviendo poco a poco más respirable. Frente a mí se desocupó un asiento y me senté en él. Sentada a mi lado, junto a la ventanilla, una chica escuchaba música, los auriculares conectados por un extremo a sus oídos y por el otro a un iPod, mientras dejaba errar la mirada en dirección a la calle. Al rato se levantó, pero antes hizo algunos gestos como para darme a entender que tenía que bajarse y que yo debía hacerme a un lado para dejarla pasar: cambió su posición en el asiento, se acomodó ligeramente el pelo, guardó algo en su cartera, miró con atención la altura de la calle por la que transitábamos y luego dirigió su mirada a mí, pero no dijo una palabra. Me levanté para dejarla pasar y lo hizo en silencio. Unas pocas cuadras después, por fin, llegué a mi destino y bajé del colectivo. La situación se me había vuelto intolerable. ¿Acaso todos habían perdido el habla? Pienso que a esa altura hasta a mí me habría costado romper el silencio y que, aunque lo hubiese intentado, no habría salido una palabra de mi boca. Caminé unos pasos por la vereda, que estaba tan llena de gente que parecía una prolongación del colectivo. Entonces, no lo pude resistir: un tipo pasó a mi lado y, sin previo aviso, le pegué una terrible trompada en la mandíbula. Quedó aturdido, porque no le di tiempo a reaccionar; pero cuando se repuso del shock me gritó: - ¡La puta que te parió! Y yo salí corriendo sin poder disimular la sonrisa. Luis Colucci

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