JuanpabloG73
Usuario (Colombia)

El soberano de la cultura prehispánica Mochica, ha sido comparado con el faraón egipcio Tutankamón El arqueólogo peruano Walter Alva, quien descubrió la tumba del Señor de Sipán, en 1987, señaló que para este trabajo se han utilizado las técnicas de la antropología forense. Alva, quien dirige el Museo Tumbas Reales de Sipán, en la región Lambayeque, en el norte del Perú, precisó que en esta tarea colaboraron expertos brasileños y representantes de la universidad peruana Garcilaso de la Vega. Un trabajo similar ya fue realizado por expertos brasileños para reconstruir los rostros de los santos peruanos Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres, y del español San Juan Masías, quien vivió y predicó en Lima . El brasileño Cicerio Moraes, quien participó en la reconstrucción de los rostros de los santos , informó a inicios de este mes que en julio pasado visitó Lambayeque para conocer a Alva y hacer los análisis correspondientes. En declaraciones recogidas por la emisora RPP Noticias, Moraes aseguró que también se trabajaba en la impresión en 3D de un busto del Señor de Sipán, que será donado a la región Lambayeque para que pueda ser conocido por los visitantes nacionales y extranjeros. La presentación del rostro del Señor de Sipán es considerado un momento histórico en la arqueología peruana, ya que será la primera vez que se conocerá la fisonomía más cercana a la real de este dignatario de la cultura Moche o Mochica, que se desarrolló en la costa norte de Perú entre los siglos I y VIII de nuestra era.
Para hacer una analogía sobre lo que significa la Guerra de Afganistán para Estados Unidos, el historiador Christian Appy —autor de numerosos libros sobre conflictos y docente de la Universidad de Massachusetts— utiliza el concepto de ‘fin’ y recuerda cómo se usó en otras épocas, en que esa idea era ansiada por la mayoría. “Puede imaginarse lo que será / tan ilimitado y libre / desesperadamente en busca / de alguna mano extraña / en una tierra desesperada”. Recordando las letras de la canción The End (El Fin), de The Doors, el académico asegura que Vietnam debió haber sido una advertencia para Estados Unidos sobre los peligros de embarcarse en una guerra prolongada y compleja, en la que los finales llegan como un rotundo fracaso celebrado con alivio. “El fin de esa guerra —un tiempo de devastadora derrota para Estados Unidos y alivio, si no liberación— ofrece un indicio de lo que puede venir cuando otros finales lleguen a nuestros truncados conflictos en el Medio Oriente”, afirma en su artículo “Cómo convertir una pesadilla en un cuento de hadas: ¿tendrán Irak y Afganistán el mismo libreto final que Vietnam?” (2015). “Cuando el fin llegue a la Guerra de Afganistán, mentiras piadosas, amnesia intencionada y revisionismo rampante están destinados a sucederla, mientras que los restos de búsqueda de la verdad quedarán por ser vistos. Tristemente, una canción con ya casi 50 años podrá ser el mejor lugar para empezar”, sentencia. Puede que Afganistán no haya sido ese fracaso rotundo, y que haya tenido una justificación mucho mayor —entre tantas otras diferencias con la fallida experiencia estadounidense en las selvas de Indochina—, pero sí hace que los estadounidenses recuerden la inútil perpetuidad de Vietnam.Enésima Afganistán El pasado 6 de julio, el presidente estadounidense, Barack Obama, tuvo que frenar uno de sus planes más acérrimos y decididos: el retiro de tropas norteamericanas de tierras afganas. “La situación de seguridad sigue siendo precaria. Aunque han mejorado, las fuerzas afganas de seguridad todavía no son lo suficientemente fuertes. Los talibanes siguen siendo una amenaza. En algunos casos han ganado terreno”, dijo en rueda de prensa. Con esto, decidió que 8.400 efectivos estadounidenses permanezcan en dicho país hasta el final de su mandato, como carta de seguridad en caso de que el escenario nuevamente empeorara. Un mes después, el 25 de julio, un informe de la Misión de Naciones Unidas para Afganistán confirmaba esa realidad. Los datos de víctimas civiles en el conflicto, tanto de muertos como de heridos, revelan que 2016 está siendo el peor año desde que en 2009 empezaron a recolectarse datos. Al menos 1.601 personas murieron y 3.565 resultaron heridas durante los primeros seis meses del año. El estudio se publicó apenas dos días después de que un atentado del Estado Islámico —un nuevo y aterrorizante actor en esta guerra— dejara 80 muertos y 231 heridos en la capital, Kabul (23 de julio). El 20 de agosto, tras fuertes y prolongados enfrentamientos, los talibanes se hicieron con el control de Janabad, crucial para su predominio en la región de Kunduz, ya que la conecta con el resto del país. Con mayor autonomía tras el gradual proceso de retirada de tropas de EE. UU. y la Otan, pero con menos experiencia y conocimiento militar, las fuerzas afganas han tenido sendos problemas no solo en cuidar territorios bajo su control, sino en retomar los que los talibanes han ido invadiendo. La imagen también vuelve a traer recuerdos de lo ocurrido en Vietnam tras la denominada “vietnamización” de la guerra. Así, las fuerzas del gobierno pasaron de controlar el 70 % del territorio al 65 % en los últimos cuatro meses, según un informe militar del Pentágono citado por el diario El País de España. El periodista estadounidense Bill Rogio, editor de The Long War Journal (El Diario de la Larga Guerra), es más pesimista y sostiene que mientras que un quinto del territorio del país está en manos de los talibanes, su influencia es visible aún en medio Afganistán. Empresa fatídica Los talibanes —como movimiento extremista armado, en control de un territorio— se resistieron a desaparecer durante 15 años que cumplirá la Guerra de Afganistán el 7 de octubre. Sin importar el poder de fuego de la alianza gobierno - Otan, la tecnología militar, y su respaldo internacional, los extremistas que alojaban a Al Qaeda en 2001 mantienen su control directo sobre numerosas zonas del país. ¿A qué se debe el fracaso de la lucha? EL COLOMBIANO abordó con expertos estos y otros interrogantes. “En primer lugar, se debió al fracaso de la consolidación de un Estado democrático afgano por el abandono de la comunidad internacional tras el fin de la invasión soviética en 1989. También es el fruto de peleas tribales y sectarias dentro del país. En tercer lugar, el ascenso de los radicalismos islámicos en distintas regiones. Y por último los errores de la denominada “Guerra contra el terror” en territorio afgano”, afirmó Víctor de Currea-Lugo, docente de la Universidad Nacional y experto en conflictos internacionales. El imam Julián Zapata, cofundador del Centro Cultural Islámico, coincidió: “Afganistán es un país de una fuerte diversidad cultural y étnica, eso en principio hace muy difícil estabilizar todo en un solo sistema. Pero más allá de eso, hay un elemento de radicalización de las madrasas (escuelas islámicas), controladas por la ideología salafí - wahabí, con el apoyo de distintos países, lo que da una base de apoyo a los talibanes”. “En principio Occidente respaldó a esta ideología extremista en Afganistán con el pretexto de combatir y expulsar de allí al comunismo de la Unión Soviética (1979 - 1989). Pero las potencias no se dieron cuenta de que venía algo peor. Ahora que los occidentales los combaten, los servicios secretos de países como Pakistán y Arabia Saudita han sido señalados de apoyar directamente a los salafistas”, agregó Zapata. Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, el gobierno estadounidense no tuvo muchas dificultades en decidir la invasión sobre Afganistán, ante la magnitud de los crímenes planeados y perpetrados por Al Qaeda y la negativa del gobierno talibán a entregar a su máximo líder, Osama Bin Laden. No obstante, ambos expertos tienen claro que no se previó en Washington un escenario como el de hoy, o al menos dicha idea no pesó en las consideraciones. Aprovechando el vacío de poder, y la incertidumbre que nunca se fue completamente de distintas zonas del país, el Estado Islámico tiene hoy influencia y hasta control de algunos lugares. “Sin duda aprovechan que no hay un Estado de derecho y social, ante el fracaso de la promesa de Occidente de estabilizar dicho país”, señaló De Currea-Lugo. Nunca se arrancó la raíz 15 años después de iniciada la intervención de EE. UU. y sus aliados en Afganistán, se señala el apoyo de distintos actores financieros oscuros como una de las principales razones de la perpetuación del terror talibán en tierras afganas. En el principio, lo que ahora es una obviedad, no se tuvo en cuenta ni tuvo carácter prioritario. “Los talibanes nunca fueron vencidos por una razón muy sencilla. La ideología que les dio origen nunca fue enfrentada. No importa el nombre que se le coloque a los distintos grupos extremistas que están allá hoy (incluido el Estado Islámico). Si no se aborda el apoyo que reciben en financiación e ideología —desde emiratos y reinos árabes—, no se ataca el origen del problema. Mientras no se haga eso, no se garantiza el éxito de cualquier pacto entre las tribus del país para estabilizar el territorio”, consideró Zapata. Para el experto, la mayor prueba de que la financiación y adoctrinamiento es la raíz del problema es que “el salafismo no es la secta islámica mayoritaria en Afganistán, ya que en dicho país los hanafis (sunitas moderados) son muchos más”. “Por lo tanto, es evidente que ser minoría no es un problema para ellos cuando cuentan con cuantiosa financiación y suministro de armamento desde el exterior”, advirtió. EE. UU. entró a esta guerra con justa causa, pero como con los demás escenarios de la “Guerra contra el terror”, no supo cómo bloquear el millonario apoyo que ese demonio recibía. Afganistán es tal vez la prueba reina de ese error de cálculo, una vieja advertencia de lo que el mundo vive hoy.
El destino de 4.325 niños bajo el amparo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), y que hoy están a la espera de ser adoptados, se ha vuelto objeto de una gran controversia nacional. Una disputa que el miércoles se puso al rojo vivo con la aprobación, en primer debate, del proyecto de ley que pretende convocar un referendo para que el constituyente primario decida quiénes pueden y quiénes no pueden adoptar en Colombia. La iniciativa, de autoría de la senadora liberal Viviane Morales, busca adicionar al artículo 44 de la Constitución –que se refiere a los derechos fundamentales de los niños– el siguiente texto: “La adopción es una medida de protección del niño que busca garantizarle el derecho a tener una familia constituida por una pareja heterosexual en los términos explícitos del artículo 42 de esta Constitución, es decir, por un hombre y una mujer unidos entre sí en matrimonio o unión marital de hecho, con el cumplimiento de los demás requisitos establecidos en la ley”.Las posiciones a favor y en contra de este proyecto –que de llegar a las urnas y ser aprobado implicaría la prohibición de adoptar para las parejas del mismo sexo y las personas solteras, separadas o viudas– también han entrado al terreno de la viabilidad y conveniencia de redefinir las condiciones de adopción mediante un referendo. La iniciativa ya pasó el examen en la Comisión Primera del Senado y tiene plazo hasta el 20 de junio del 2018 para ser debatido en tres instancias más –en el Senado y la Cámara–, antes de ir a revisión final de la Corte Constitucional. Esta última corporación dio en noviembre del año pasado vía libre a la adopción por parejas gais, al apoyar una ponencia según la cual “la adopción de niños por personas con orientación sexual diversa, en general, y por parejas del mismo sexo, en particular, no afecta por sí misma el interés superior del menor, ni compromete de manera negativa su salud física y mental o su desarrollo integral”. La senadora Morales se opone a lo anterior y defiende la participación ciudadana como un derecho fundamental –en este caso avalado por más de 2,2 millones de firmas–. Y la apoyan personas como la procuradora delegada de Infancia y Adolescencia, Ilva Myriam Hoyos, quien afirma que el referendo “es una vía legítima” para buscar una reforma constitucional en un tema que involucra a las familias. En la misma línea está el senador Alfredo Rangel, del Centro Democrático, quien señala que “este es un asunto que no deben resolver los jueces, sino el pueblo, a través de sus voceros en el Congreso o expresando su voluntad mediante el referendo”. En la posición contraria están abogados y exmagistrados de la Corte Constitucional, como el expresidente de esa corporación Jaime Córdoba Triviño, quien argumenta que los derechos fundamentales, como el de un niño a tener una familia, no pueden ser sometidos a refrendación. “La iniciativa constituye un retroceso en la jurisprudencia definida por la Corte Constitucional en materia de derechos fundamentales de la población LGBTI, el concepto de familia y los derechos de los menores a tener una familia (...) –dijo el exmagistrado–. No se puede sujetar un tema de derechos fundamentales a una decisión mayoritaria que además contraviene la jurisprudencia que acaba de ser reiterada por la Corte en la sentencia sobre el plebiscito (de la paz), en el sentido de que a través de los mecanismos de participación popular no se pueden poner en juego tales derechos fundamentales”. ste argumento es compartido por César Rodríguez Garavito, director del centro de estudios políticos y jurídicos Dejusticia, quien agrega que un eventual referendo “sería un resultado infortunado para la garantía de los derechos constitucionales, porque implica la posibilidad de que unas mayorías desconozcan los derechos de los propios niños y de unas minorías de forma explícita y deliberada”. En ese sentido, la senadora Claudia López, del Partido Verde, opositora del proyecto de Morales, señala que “no se pueden utilizar los elementos de la democracia para destruir la democracia o discriminar a los ciudadanos”. La autora del proyecto resalta, sin embargo, que el referendo “no violaría ningún derecho fundamental porque (el ejercicio de) la adopción no es un derecho”. Y en cuanto al derecho de los niños a tener una familia, precisa que ese es justamente el foco de la discusión, pero que este debe ajustarse a la Constitución.