Ivanflowers
Usuario (México)
Soy un escritor amateur, espero les agrade este pequeño relato. Julio y Lila Ese día no debió levantarse, lo mismo pensó Julio. Tal vez debió quedarse en cama, ver algunas películas de animación japonesa que tanto le agradan, y relajarse sobradamente. Sin embargo ese día salió para encontrarse con Lila. Días atrás, tal vez años atrás, habían pactado verse los fines de semana, y éste, como los pasados fines de semana de los últimos 7 años, saldrían a ejercitarse y saciar sus ganas de verse. Ese día, como otros tantos, salió con tiempo suficiente para llegar temprano y con un libro en mano – costumbre bastante apreciada por Julio- al encuentro con Lila. El lugar del encuentro era la biblioteca Vasconcelos, lugar bastante significativo para Julio, llegándolo a considerar su segundo hogar. Lugar bastante cuadrado para los gustos arquitectónicos de Julio, pero ciertamente, más acogedor que su propio hogar. Caminaba Julio, envuelto en sus pensamientos y lleno de alegría, ya que vería nuevamente a Lila después de un largo invierno. Moría de ganas de platicar, de escuchar a Lila narrar sus andanzas en Venezuela y darle un abrazo después de tan largo viaje. Sin embargo, ese día, no fue un buen día. Cuando Julio llegó al encuentro con su amada, encontró un mar de personas. Ninguna brillaba como Lila. “Un mar opaco de gente” pensó Julio, y Lila no se veía por ningún lado. “Ella nunca llegó, nunca bajó del avión, es más, nunca partió. Se quedó en Venezuela” Se repite Julio una y otra vez al recordar aquel día. Después de esperar la aparición de Lila, esa aparición siempre sorpresiva y fantasmal, como si el sol asomara en lontananza del mar, brillante y coqueto entre tanto azul opaco, Julio mostró desesperación. Esperar duele, eso lo sabía , desear duele. Deseó tanto la llegada de Lila, que cuando llegó no fue como un sol asomándose a lo lejos. La miró, ella lo miro indiferente y le dijo: -......................................... - dijo Lila. -....................................................... - regreso el saludo Julio, que estaba un poco desconcertado ante la poca brillantez de Lila. Ella se encontraba apagada, sus ojos eran como dos ciruelas, negras y sin brillo. No se leía nada, más que un negro opaco donde uno se puede perder fácilmente tratando de encontrar señal de vida. Con un movimiento de la mano, recuerda Julio, Lila le indicó que se formara porque tenía que resellar su credencial de la biblioteca, una forma de ponerse al tanto en México, después de su viaje por Sudamérica. Julio recordaba fielmente cada detalle de aquel día. Por alguna razón no recordaba las palabras. Cada una de las palabras que vibraron en la linda boca de Lila y que se hicieron átonas en el corazón de Julio. Julio no entendía muy bien lo que sucedía. Terminaron de sellar la credencial de Lila. Ella lucía un poco desvelada y manifestaba malestares. De pronto ella propuso algo: - .................... - dijo Lila- ........................................ - prosiguió después de hacer una pequeña pausa. Julio no entendió nada de lo que Lila enunció, pero aceptó con un movimiento de su cabeza. Lila se ciñó al brazo de Julio y salieron los dos juntos de la biblioteca. Lentamente Julio fue bajando el brazo, como si perdiese su fuerza, sin embargo lo hizo con maña, para tomar la mano de Lila. Así caminaron ese día, agarrados de la mano, los dos, juntos, pero no unidos. A pesar de estar tomados de la mano se sentían indiferentes. Con indiferencia llegó el autobús que esperaban, se sentaron indiferentemente, Lila se recostó agotada y soltó la mano de Julio. Uno mirando a la gente y otro a la ventana. Distintas formas de ver la vida y distintas direcciones, ambos tan indiferentes. Julio se sintió un poco ahogado y recurrió a una pregunta para tomar aire. -¿........................... ?- Preguntó Julio con tono cariñoso. -......................... - Contestó un poco azorada Lila. El resto del camino fue silencioso y vertiginoso. Por la ventana se veía el pasar de figuras que se distorsionaban, poco reales y concisas, justo como el momento que vivían Julio y Lila, esos minutos que se convirtieron en horas, tan diferentes a lo que había sido años atrás cuando su amor ardía. Esos minutos insoportables que no tenían razón. Ese camino fue como subirse en un columpio y dar la vuelta completa ,rápidamente una y otra vez. Mareado bajó Julio, Lila mostraba pasos firmes y con la misma firmeza le hizo una señal de alto a Julio antes de bajar del autobús. Julio no entendió el repentino movimiento. Lila permanecía impávida frente a el, cuando de su boca se escuchó un murmullo, como si quisiera salir de ella una palabra atorada. - ¡Ya no te amo, no me sigas!- enunció Lila. Julio enmudeció, pero comprendía todo. Se escuchó el agudo sonido que anunciaba el cierre de las puertas del autobús. Las puertas se cerraron entre el y Lila. Claramente, Julio entendía todo, no entendía palabra de Lila, porque no estaba en la misma frecuencia que el. El la amaba, ella ya no. Las últimas palabras sinceras de ella las logró entender. Fue su último gesto de amor. Ese día no debió levantarse de la cama, lo mismo pensó Julio... La imagen la tome de este blog http://evafajardo.blogspot.mx/2011/03/dos-manos-dos-lecturas.html Mis demás escritos http://www.taringa.net/Ivanflowers/posts
“La regla es reír” Él es Beto -me gusta recordarlo con ese mote-, o era Beto, ahora se hace nombrar Doctor Alberto Sánchez Villaseñor, jefe de gobierno de ciudad Durita. La historia de Alberto -¡disculpen!- la historia del honorable Dr. Alberto jefe de gobierno de ciudad Durita, es tediosa, aburrida, cuadrada; no quisiera aburrirles con tantos adjetivos descalificativos, así que resumiré la vida del Dr. Alberto en una sola palabra: triste. Con razón de la triste vida del Dr. Alberto, dirigiremos nuestra atención en la historia de Beto, una historia que llega a mi mediante aires nocturnos que soplan en la cabecera de mi cama; aires que traen recuerdos, sueños, alegrías y risas, sobre todo risas. Ésta es la historia de Beto, el buen y risueño Beto. Cuando aún éramos pequeños, Beto y yo jugábamos todas las tardes; corríamos, gritábamos, saltábamos, creábamos las historias más locas que nunca nadie antes -o después- pudo haber imaginado. La imaginación de Beto era un mar de nubes interminables, siempre tomando formas imprevistas, unas veces pequeñas y simpáticas, otras veces enormes, oscuras y complejas, pero siempre llenas de ingenio, aventura y diversión. ¡Como me divertía en compañia de Beto! Hasta la manera en que vestía era hilarante. La escuela era divertida con Beto en ella, siempre llegaba con una aventura y un disfraz diferente. Armaduras, vestidos extraños, un traje de musgo, gorros, maquillaje, incluso un día llegó a la pequeña escuela rural a la que asistíamos, vestido como una niñita. Beto era el alma de la clase, su imaginación no tenía límites. Sin embargo, a los adultos les parecía poco divertido, lo catalogaban como payaso, un sin futuro, un chico que requería atención especial. Me molestaba que profesores y en general adultos, se refirieran a él como “un niño sin amor” , pero a Beto no le molestaba ni un poco. Beto siempre se metía en problemas con los adultos por su estrepitosa -estrepitosa según los adultos- forma de ser. Uno de los mayores problemas que enfrentó , fue cuando en plena misa, intentó bajar de aquel fetiche en forma de cruz, al personaje en él clavado. Mientras las ancianas graznaban las antiguas oraciones en latín, y los arrepentidos cristianos se golpeaban el pecho, Beto escalaba el retablo para bajar la cruz. Claro es que Beto no tenia nada de que arrepentirse, sin embargo aquellas fervientes personas se sintieron sumamente ofendidas. Cuando se le preguntó la razón de su acto, inocentemente contestó: -Aquel personaje no merece sufrir, no entiendo por qué ,mientras él esta clavado allá, yo estoy divirtiéndome… quiero que se divierta conmigo-. Lamentablemente, nadie entendió su argumento y lo tacharon de hereje. Beto se torno en sinónimo de problemas, para el entonces, pequeño pueblo. Como yo estaba sumamente apegado con mi amigo, los problemas que a él le azotaban, en mi azotaban al doble ya que mis padres eran del tipo de adultos rectos, que no entienden nada, a menos que se trate de dinero, posesiones o posiciones sociales. Beto y yo crecimos riéndonos pese a las adversidades. Pronto nos encontramos en el colegio estatal, con 18 años cumplidos y miles de risas. ¿Adultos riéndose? Eso si era sorpresivo. A pesar de estar creciditos, la magia de la niñez permanecía fresca en nosotros. Desafortunadamente, la edad está en relación directa con la seriedad, madurez y pulcritud. Beto y yo rompíamos con tan rígida ley y a los, aún adultos para nosotros, les parecía insoportable, tanto así que nos echaron a los dos del colegio. Cuando los padres de Beto se enteraron de la expulsión , decidieron internarlo en una escuela militar. Afortunada o desafortunadamente mis padres no se enteraron, ya que se encontraban fuera del pueblo y cuando regresaron, regresaron en cajas negras y con mucha gente llorando. El Día del funeral de mis padres, yo me encontraba ausente, irritado, agotado, pensando, como los adultos: en mi futuro económico. Beto entró en mi habitación, y me dijo: - ¡Venga vamos a jugar!- yo le dije que la gente no jugaba en los funerales, que la gente moqueaba y lloraba aunque no sintiera ganas de hacerlo, que era como una regla. Beto insistió ante mi renuencia: -¿Estas triste por que la muerte se llevo a tus padres?- Me cuestionó. La pregunta me pareció absurda, ¿Quién no estaría triste si fallecieran sus padres? -Vamos a matar a la muerte. ¡Anda levántate! Ella se llevó a tus padres, vamos a matarla para recuperarlos. Será como un juego, la regla no es llorar sino reír. ¿Qué dices jugamos?- La propuesta me fascinó porque en esos momentos tenía sed de venganza, sin embargo sólo era un juego sin malicia. Pronto nos encontrábamos los dos corriendo y riendo por las calles, fingiendo disparar, con un arma invisible a la muerte. ¡ahí está! ¡dispara, mátala! ¡corre que nos alcanza la muerte! ... ¡que divertido es jugar a matar a la muerte! Ese día dormí tranquilo y sólo, sólo porque desaparecieron para siempre mis padres y Beto. Hoy he vuelto a ver a Beto, me cuesta reconocerlo, por ello la dicotomía entre Beto y el honorable señor Alberto. Parece que a Alberto se le olvido el juego de “mata a la muerte”. Ahora tiene en sus espaldas a muchos hombres que resguardan celosamente su seguridad, ahora usa un chaleco antibalas, ahora ya no ríe. Parece que a el honorable Doctor Alberto Sánchez Villaseñor, jefe de gobierno se ciudad Durita, se le olvido ser Beto. P.D Espero les haya gustado este pequeño cuento. No soy escritor, pero me gusta escribir las cosas que pienso de una forma creativa y sugestiva. El ver como es que han crecido mis amigos y que adquieren mayores responsabilidades y con ello nuevas actitudes es lo que me llevó a escribir este cuento. Que tengan buena noche

Bienvenidos Buenas noches. Quisiera compartir, aunque tal vez compartir sea una palabra incorrecta. Tal vez lo que quisiera es hacer de ustedes, Taringueros lectores, espectadores de una conversación inedita entre dos grandes de la literatura; Jorge Luis Borges y Juan José Arreola. Porque en esa posición me coloqué mientras leía esta conversación, con los músculos un poco tensos, que a veces se relajaban por las risas que me provocaban la picardía y el intelecto de ambos personajes, y una atención provocada por las hipnóticas palabras que se cruzaron entre estos dos grandes. Sin más que agregar les presento el artículo tal como lo leí. Esta conversación entre Jorge Luis Borges y Juan José Arreola proviene de un cassette que el propio Arreola grabó al momento de su encuentro con Borges, cuando éste visitó México en 1978. Arreola tenía la costumbre de llevar consigo una grabadora en la que registraba pasajes tanto de su propio discurso como de los diálogos con otras personas. Amante de la espontaneidad y la improvisación, como él mismo lo explica en cierto momento de esta charla, no solía informar a nadie que las palabras estaban registrándose en una cinta. Este parece ser el caso, pues evidentemente Borges habla sin que pueda decirse que sepa algo al respecto, y el propio Arreola, cuando se han despedido, explica a Rafael Alzérica tal vez que es algo planeado de antemano por él. La primera parte de la conversación tiene lugar en el hotel Camino Real, un día antes de que grabaran una entrevista televisiva que sería difundida poco tiempo después. Borges y Arreola están rodeados de gente entre muchos otros, Felipe Ehrenberg, que dibuja, y Rafael Alzérica, que tuvo un papel relevante en las gestiones para que la entrevista fuera posible, y esbozan las líneas de lo que será la entrevista formal. La segunda parte tuvo lugar en el sitio donde se filmó la entrevista, mientras Borges y Arreola esperaban a que los técnicos de televisión por fin estuvieran listos. Dada la naturaleza de la grabación, hay momentos en que resultó imposible reproducir alguna frase sin caer en el riesgo de falsear su sentido. Para evitar esa suerte de traición, las pausas indicadas con corchetes corresponden a pasajes inaudibles o de dudosa claridad. La generosidad de Alonso Arreola, nieto de Juan José, hace posible que ofrezcamos a nuestros lectores esta conversación inédita, a la que, por supuesto, no hace ninguna falta adjetivar. Luis Tovar Arreola: A ver, Rafael, dile quiénes estamos aquí: Yo soy Arreola. Yo soy Felipe Ehrenberg; estoy dibujando sencillamente. Yo soy Rafael Alzérica y nada más los voy a escuchar. Arreola: Aquí estoy yo y soy, como le dije al entrar, José Arreola. Borges: Sí, éste sigue siendo Arreola. A: Todavía no he perdido la identidad. (...) En la televisión mi plan es no preparar nunca nada, y menos con usted, que ya tenemos un antecedente en San Diego, otro de México, y tantas cosas que usted me ha enseñado. B: Bueno, yo estoy enseñando y aprendiendo. A: Sigue aprendiendo, eso es, y se dice que la mejor manera de aprender es enseñar; entonces solamente... B: Cierto, he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras. A: Bueno, y hay cosas que nos son comunes; a tantos de entre nosotros. La única cosa que tenía... B: Lo de Reyes... A: Lo de Reyes, y ciertos poetas de América Latina, ciertos poetas de España que hemos frecuentando usted y yo; usted con la ventaja que me lleva en conocimiento y algunos cuantos años... B: Sobre todo en tiempo, siempre soy el mayor de los interlocutores; es un triste privilegio... A: Bueno, podemos empezar con una cosa que me importa mucho... B: Podemos empezar con Góngora y Quevedo... A: Y también con algo que me importa mucho, que hace unos días... Usted sabe que en México... B: Todos los temas son infinitos. A: Y quisiera nada más un punto de partida para abarcar a estos poetas y a una serie de temas suyos y de cosas que ahora van siendo cada vez más mías. Acabamos de celebrar aquí el día de muertos. Tengo quince días en meditaciones y he vuelto a sus ideas, y a las ideas a propósito de la inmortalidad y del estar aquí o el estar allá y de un más allá o de un no más allá y de la permanencia, la idea de la eternidad, de dónde surgió; y le quiero contar que desde antenoche sabiendo que venía usted, yo quería... B: No podemos ser un gato, el gato es un simulacro que concede al tiempo un arquetipo eterno... A: Y se acuerda usted de "La calavera, el corazón secreto..." B: Ah pero claro, pero eso es mío... A: Entonces a partir de eso, creo, tengo una vaga sospecha... ese soneto, ya después le voy a contar... B: Qué razón tiene... nunca he usado la palabra calavera. B: Y ahí está, y en México celebramos las calaveras, la calavera es una de las realidades más mexicanas que puede haber... B: Bueno, hay ese trabajo de Lessing, que dice que el esqueleto como símbolo de la muerte data desde la Edad Media... Los antiguos tienen una idea de Eros con la antorcha invertida y que luego viene a ser otro símbolo del esqueleto que no es antiguo, como el de... A: No, es de la danza de la muerte; sobre todo Holbein y el panteón de los inocentes en París, el de Françoise Villon, donde viene el pasaje en el testamento, uno de los más terribles que venga a propósito de la idea de la muerte. Bueno, como acabamos de celebrar aquí con toda clase de calaveras de azúcar de dulces y de panes de muerto... B: Están jugando con los símbolos de la muerte. A: Exacto, a partir de ese hecho, era la única prevención, digamos, el único antecedente, y como Quevedo está metiendo la muerte hasta los huesos... B: Si quiere podemos ver si existe o no... A: Bueno. B: Yo diría que es una sensación. A: La única cosa que le quería hablar a usted... B: Todo es posible, sí. Que nos quedáramos muertos mientras estamos hablando, y que no nos diéramos cuenta. A: Eso sería lo más hermoso. B: Macedonio Fernández dijo una cosa que yo voy a citar mañana, dijo que morirse era lo más sencillo y grande que podía pasarle a un hombre. Está tan seguro de la inmortalidad. A: Es precioso. B: Morirse es lo menos importante que puede pasarnos. A: Oiga, ¿y los papeles del recién venido? ¿De dónde le vendría la idea del recién venido a Macedonio? "Recién venido"; en quién pensaría... B: Seguro pensaba en él mismo y en la idea de que todos seríamos como forasteros en un mundo que no comprendemos, supongo que la idea sería esa, ¿o no? (...) Creo que después fue una idea más interesante (...) bueno, esto es una frase de mi hermana, que a lo mejor cito mañana... A: De Nora. B: Sí, de Nora. Los chicos, dice, estos turistas. Es muy lindo. Además, la palabra "turista" siempre se usa despectivamente y ahí no, al contrario. A: Le voy a decir, de todo corazón, la práctica personal es no preparar nada porque cuando dos personas tienen muchos intereses, tienen muchas cosas que saber... B: Yo creo que si preparamos algo, mañana vamos a ser como ecos mecánicos y un poco frustrados y falsos y vamos a abundar sobre todo en erratas y en olvidos... A: "Abundar en erratas..." Me acuerdo muchísimo de Carlos Argentino, que tenía esa frase, ¿cómo es? Pero también abundaba en, ¿cómo dice?, en ociosas exactitudes, en ociosas referencias y toda la cosa esa de Paul Ford y demás. Pero la idea es exacta, tanto, que ni siquiera le adelanto la idea que me ha inquietado mucho en los últimos días y que yo creo que usted la tiene muy bien desarrollada en sí mismo y en muchos pasajes de los libros, pero como es una idea de las últimas cuarenta y ocho horas la quiero manifestar, pero mañana, mejor, para que usted no tenga tiempo de pensar porque a mí me importa mucho lo que es la improvisación, que la palabra sea simultánea al pensamiento, el pensamiento debe ser simultáneo a la palabra... B: Sí, yo creo que eso decía Schopenhauer, que hay escritores que escriben sin pensar, hay escritores que piensan para escribir, escritores que piensan y por eso escriben y que eso es lo mejor. Yo creo que no, lo mejor es que sea un proceso paralelo. Creo que sí, es decir, cuando uno esté pensando, uno esté hallando las palabras. A: Ahora, hay una cosa importante también, cuando uno empieza a hablar y tiene que hablar, naturalmente se pone a pensar porque si no se cae, se cae del alambre. Yo pertenezco al género de los que hablan para pensar. En cuanto empiezo a manejar términos del lenguaje el pensamiento acude. Oiga, ¿se acuerda de aquella boutade de André Gide? "Crea una forma bella, porque una idea más bella todavía vendrá a habitarla." Pero, ¿sabe?, André Gide ahí un poco hace verdaderamente una boutade. La forma bella se crea, Borges, como una nostalgia. Ya existe interiormente la posibilidad de ser una forma bella.. B: Muy bien, seamos platónicos... A: Ah pero le voy a contar mañana o pasado... (...) A: Mañana le quiero contar, o pasado, en la próxima o en la siguiente conversación, el soneto que escribí a propósito de su soneto "La calavera, el corazón secreto", el verso que dice "soy un hombre que escribe en un cuarto de una casa". Hice un ejercicio retórico, puramente retórico a partir de Borges y Quevedo. Cómo puedo decirle... B: Lo había olvidado ese poema... es la primera persona que me lo recuerda... A: Ahora le voy a decir cómo va porque se lo voy a decir mañana, esto es sólo un pasaje... B: ¿Cómo es? La calavera, el corazón secreto... A: Pero no me acuerdo. "El golpe de la sangre que no veo..." B: Claro, sí, del esqueleto que no veo... A: Del esqueleto, sí, y es más, al final es más raro: "ser un..." B: Y luego yo me refiero a la espada del coronel Borges, de mi abuelo, y digo: "soy también la memoria de una espada". A: "Soy también la memoria de una espada." Y otra cosa, mire, a propósito de dos o tres sonetos vamos a platicar porque también en cierta calle hay una casa, se acuerda usted, con su timbre y su número trece y un aroma, un olor a perdido paraíso. La nostalgia de una vida más bella. Creo que usted se acuerda de El otoño de la Edad Media, donde se habla de la nostalgia de una vida más bella. ¿Por qué el hombre ha podido o querido suponer que puede haber un paraíso perdido, que puede haber una vida mejor? B: Bueno, qué raro que usted me hable de eso. Estaba pensando en un diálogo bastante difícil donde Adán está pensando y reconoce que verdaderamente el paraíso no era para tanto pero a él le gusta pensar que era muy divino porque lo ha perdido. Lo que realmente no importa. Y que es exagerado por los poetas después, me recuerda un poco a Milton, pero era el paraíso o era con cualquier otra cosa. A: No se imagina, Jorge Luis, cómo he estado de cerca en estas tres últimas semanas. Nada más le voy a decir unas líneas del soneto que escribí por usted, que dice: "Cómo puedo decirme a mí quién soy si de Quevedo y Borges el atuendo verbal dice burlando, ¿estás yaciendo? Lugar de tiempo en el espacio estoy, estoy aquí conmigo el día de hoy en monótonas líneas describiendo esta nada. Palabras sin estruendo avisan en silencio a dónde voy." Viene de Borges y de Quevedo. Ya en el programa se lo voy a decir completo... B: Entonces no he escrito yo en vano mis sonetos... A: ¡Por dios santo! B: Si fue un estimulo... A: Bueno, usted sabe que fueron desde 1942 los libros, pero el primer encuentro con Jorge Luis Borges ocurrió en la Revista de Occidente en 1924. B: Ah, claro. A: El artículo aquel. B: Sobre Quevedo. A: Se lo publicó Alfonso Reyes. Yo creo que él lo dio a la revista o la revista directamente. B: Vamos a resolver hoy que lo publicó Alfonso Reyes. No cuesta nada modificar el pasado. A: Acaba de decir usted una cosa que me importa mucho: la modificación del pasado. B: Claro, es la materia más plástica que hay. A: Hay un psicólogo teólogo, Víctor Frenkl, que ha dicho una cosa que me parece muy bella no sólo dentro del ámbito cristiano-católico, sino más allá de él, que dice: "El arrepentimiento modifica el pasado." B: No, el que dijo eso fue Oscar Wilde. A: ¿Me lo dice mañana eso? Es precioso. B: Oscar Wilde, Oscar Wilde. Es lindísimo. A: Sí porque Oscar Wilde era un hombre muy profundo. Pero usted ya lo dijo una vez. B: Oscar Wilde era un hombre... Uno se encuentra con ideas asombrosas. Todo está dicho con tal elegancia, con tal diligencia que... (...) B: Pero claro, fue un hombre extraordinario Wilde, y lo que él dijo que había puesto su genio en su vida y su talento en su obra, o mi talento en la obra de mi genio y mi vida, pero uno siente ese genio en él, es más allá de los argumentos de las comedias o de las páginas así, un poco decorativas de Dorian Grey; se siente que era un hombre extraordinario... A: ¿Se acuerda del original de su ensayo cuando dice por qué Chesterton, que era un hombre tan hecho, tan fuerte, tan católico, tan todo, nos lleva al mundo de la pesadilla? Y a pesar de los hábitos de la desdicha y del mal, la obra de Wilde respira una felicidad. B: Una inocencia. A: Ese es uno de los misterios que también debemos rozar un poco. B: Es que Wilde es tan bueno. (...) Lo que yo publiqué fue una traducción del Príncipe feliz. A: Increíble lo del Príncipe feliz, El gigante egoísta, El ruiseñor y la rosa, La creación. Bueno, yo creo, Jorge Luis Borges, que ya no vale la pena que le quite más tiempo y que estemos más tranquilos para mañana, porque lo único que quiero es que a pesar de que esto sea una cosa que nos reúne, un canal de la televisión, quiero que todo aparezca, y ya me doy cuenta de que usted así lo quiere también. Que sea una conversación pura entre nosotros dos. B: Va a ser un placer, podemos olvidarnos de la televisión incluso. A: Nos olvidamos totalmente. B: Claro. A: Yo me marcho para que usted esté lo más tranquilo posible, mañana en el Castillo de Chapultepec, y conste que no nos va a ajustar el tiempo. ¿Se acuerda en San Diego? Empezamos a las seis de la tarde y terminamos a las dos de la mañana la primera plática, cuando nos encontramos. B: Una amiga mía me dijo una vez: "Nos conocimos en tal fecha, empezamos a hablar y desde entonces has seguido, desde entonces no te has callado." A: Y yo voy a seguir hablando con usted aunque usted se marche de México. B: No, pero no pensemos en eso. Yo estoy aquí venturosamente en México. A: Y mañana vamos a estar en el Bosque de Chapultepec y verá usted que es un viento más puro que el que está por aquí alrededor del hotel. Pues créalo, que es una nueva felicidad, y quiero darle muy grandes saludos de una muchacha que lo conoció conmigo y que paseó con usted y que hicimos un viaje juntos en coche, mi hija Claudia. Una muchacha que estaba cerca de usted en el automóvil. B: Claro, sí, yo sin duda le dije, como siempre digo, siempre repito eso, que si quiere puede llamarse Gladys, que es el mismo nombre de la forma celta, Gladys es Claudia. Pero creo es mucho más lindo Claudia. A: Claudia. B: Gladys es la forma que le dieron en Gales al nombre Claudia, note que son casi iguales: Gladys/Claudia. A: Pues no se imagina la alegría que le dio saber que está usted en México. B: Usted dígale que le mando muchos afectos y que siga llamándose Claudia y que no se ponga Gladys. (...) A: Yo le voy a decir ahorita que... B: Qué lindo, "ahorita", como dicen los gauchos. Aquí se dice mucho... A: Sí, cómo, ¿cómo dicen? B: Ahorita, allicito. A: Aquí se dice mucho ahorita y ahoritita. B: Ahora que entre los gauchos eso no corresponde a ninguna precisión, se dice por cortesía. "¿Dónde queda tal cosa? Y, allicito." A: Aquí en el campo se usa mucho. B: Hay ahorita para que no se impaciente. A: Como aquí en México. B: Es una forma de cortesía, que no de precisión. No es preciso, es cortésmente impreciso, imprecisamente cortés, como allicito. A: Aquí en México (se dice) un momentito. Para todo, cuando va a recibir a alguien o esperarlo, "un momentito, un momentito". B: Puede decir "ahora", pero no importa. A: No importa, es "momentito" y en el campo se dice mucho para el lugar a dónde vamos, dónde está esto, y se dice "aquí nomás tras lomita". B: Ah, qué lindo, "tras lomita". A: Y tras lomita es tras montañas y montañas, días de viaje. B: Está bien esta idea de facilitar. A: Pues ya siento desde ahora la alegría de mañana y de pasado y la alegría de saber que está usted aquí en México. B: Y yo estoy sintiéndolo. A: Porque imagínese usted, cuando comencé a leerlo y a conocerlo, cuándo iba a imaginarme que la vida y los azares de la literatura y de la lectura me iban a llevar... B: Todo está hecho, todo está previsto. La armonía preestablecida del Leibnitz... A: Todo debe obedecer finalmente a un orden. B: Todo corresponde a un dibujo, no hay ningún secreto. A: Y todo se condensará finalmente en la unidad. Bueno, ya platicaremos mañana... B: Caramba, es un tema infinito. (...) Al principio es un caos, aunque un dibujo... A: Les obscurs designs de la providence. Los obscuros dibujos de la providencia. B: Es cierto, sí. A: Creo que eso era de Cocteau, y toda la sala está entretejida, de veras, como un tapiz, es una cosa de tapicería. Alguna vez pensé en los ángeles, que son los concesionarios y distribuidores del azar, de la contingencia. Se la voy a leer, la tengo en un texto mío. En San Diego le ofrecí una cassette con pasajes míos y ahora sí me voy a atrever a dársela para que usted la escuche un día. (...) Borges se ha retirado y Arreola habla ahora con personal del staff de televisión. A: Pero de veras qué hombre, qué hombre. A mí me da una pena hablar con Borges, cada vez que hablo, porque siempre temo darle la lata. Oye, estoy cada vez más agradecido, qué bárbaro, que tú hayas hecho esto posible, en verdad eso me emociona. (...) Pero tú no te imaginas la felicidad, porque yo tenía la cosa de que en San Diego no grabé una sola frase de Borges, y tuvimos una primera conferencia de seis horas los dos solos en una habitación, y yo por una cosa de respeto, teniendo dos grabadoras... Y ahora digo no, es un homenaje que le voy a hacer, cuando yo vi que las conversaciones con él... Cuando las repase y recuerde lo de San Diego; yo ya tengo mi libro también para Jorge Luis Borges. Porque no te imaginas, son treinta y ocho años de conocimiento, casi cuarenta años ya de conocimiento. (...) No tienes una idea de lo que yo he hecho aquí, pero hace treinta años sobre todo les ponía (a sus alumnos) como la pieza clave la economía de los términos, y tuve la suerte de que desde el primer momento en que nos encontramos me trató como ahorita, como si me hubiera conocido desde antes cuando yo tenía miedo de encontrarme con él. Porque era treinta años después, cuando yo lo encontré. Es inconcebible la imaginación y la frescura; ayer mismo en la noche, en el aeropuerto, dos recuerdos; inmediatamente los pesca. Ahorita, por ejemplo, no creas que me lo dice por cortesía, claro que se acuerda de mi hija porque viajaron en el asiento de atrás de un coche y al subir yo le dije a mi hija: "No le digas a Borges que yo voy aquí", porque yo había dormido dos o tres horas y me rajé de seguir hablando, él todavía quería seguir hablando y yo me fui. Entonces iba yo callado y caminamos muchos kilómetros, y de pronto mi hija en un momento así natural, dice: "Papá, papá, oye lo que está diciendo el señor Borges." Entonces él dice: "¿Viene aquí su papá?" Yo tuve que confesarlo, y se pone a hablar, pero platicó mucho con mi hija, y de veras que le tiene un gran cariño y un recuerdo muy bello, y esto que me dijo me dio gusto porque se acordó ya con eso de Gladys. Tiene una memoria... le dijo a mi hija, te llamas igual, en gaélico serías Gladys. Borges y Arreola están en el alcázar del Castillo de Cahapultepec. A: No me podía acordar anoche del lugar, que Papini tiene una frase semejante, cuando un emperador romano o un cónsul dice: "Yo reclamo para mí ese infame privilegio." B: Qué linda. A: Voy a ver si la localizo para decírsela mañana completa. B: Sí, son frases latinas. A: Dice: "Reclamo para mí este infame privilegio." B: Qué raro, ¿por qué el idioma, cuando una frase sale bien, parece traducida del latín, eh? A: Ahí lo tiene usted. (...) B: Sí, yo no sé, hay algo, tiene algo el latín. A: Sí algo de mágico. Pero usted, cuando escribió sobre Quevedo, ¿cómo dice en sus páginas lapidarias? "El español parece volver al arduo latín de Séneca y Lucano." B: Que eran españoles. A: Eso, al enérgico latín de la edad de plata. B: La edad de plata fue mucho más sentenciosa, porque es de Plinio también. A: "Razonaba oro y no metal bajo, tantos kilates subía su lenguaje." Ahí el español es lo que usted dice, llega a ese nivel tremendo, sin partículas, ¿verdad? La piedra seca. "Fatigó con felicidad la literatura griega." También lo dice Quevedo en el "Marco Bruto". Yo me dediqué a buscar, cuando más me había impresionado a mí, quería recordar... ¿Cuál fue la frase que le impresiono más a usted? Porque Bécquer en un cuento habla de los monteros que fatigan el eco de los montes. B: "Fatigar las selvas", es Virgilio. A: Y de ahí lo tomó Góngora. B: Claro, sólo que Góngora puso "a peinar el viento", que es horrible. A: Y "fatigar la selva". B: "Peinar el viento" es imperdonable. A: No se puede. Pero inmediatamente viene... B: Pero inmediatamente viene Virgilio y lo salva. A: Pero él dice: "peinar el viento, fatigar la selva, en vano pula en la maestra mano el generoso pájaro su pluma". Ahí sí está en eso; eso podemos dejar para mañana, Quevedo y Góngora, porque ahora me gustaría estar todavía más sencillos. B: ¿Qué hacemos rodeados de personas? A: No, aquí estamos solos en este momento. B: Yo no veo a personas realizando funciones trabajosas. ¿O no? Diciendo: "no, a la derecha, no a la izquierda" diciendo "ya te equivocaste..." A: Y estos señores tienen ya tres horas con las cámaras, ensayándolas. Y todavía parece que no llegan, voy a preguntar. B: Es que eso es lo típico de las máquinas, que no funcionan, que se descomponen... A: Y luego imagínese usted, en un momento dado... B: Toda máquina es torpe. A: Es una venganza misteriosa... B: Se rebela la materia. A: De la materia, justamente. Usted se acuerda que había una persona entre otras, luego me acordaré, que se metió mucho al espiritismo y logró de tal manera contaminar a las criaturas medio animadas o inanimadas, que de pronto quería coger un lápiz de la mesa y se le escapaba el lápiz, pasaba bajo un árbol y las ramas le pegaban, porque se había metido a donde no debe. B: Claro, sí, era un intruso. Yo siempre tengo el temor de ser un intruso. A: Ay, por favor. B: Aquí no me siento intruso. A: No, Borges, aquí sencillamente no se puede usted imaginar eso. Pocas veces... B: Dígame algo del significado de la palabra "mero" en México, "en la mera puerta", precisamente en la puerta. A: También cuando alguien le pega a otro dicen: "le dio en la mera madre", por ejemplo cuando se da el balazo: "en la mera madre". "Ya mero" es ya casi. B: Ah, "mero" es "casi". B: Porque... B: Tengo un empleo muy raro de very en inglés, de Kipling, donde habla de Roma, dice que al fin hemos llegado a Roma, que es "la mera Roma". A: La traducción sería : "Estamos en la mera Roma". B: Eso se entiende en México y Buenos Aires, podemos decir "en la mera Roma", pero sería despectivo, peyorativo. A: Sería peyorativo. B: Sí pero the very Rome está bien, en latín sería Roma excisima... A: Yo desgraciadamente el inglés no lo he podido frecuentar y sólo leo fichas de enciclopedia, porque no he podido nunca entender el inglés, ni estudiarlo, y eso que he estado meses en Estados Unidos. En cambio el francés sí se me dio, nunca tomé un libro de francés... B: A mí me ocurrió lo contrario, que en casa hablamos inglés y español y luego yo tuve que estudiar francés. A: Lo tuvo que estudiar. B: Y yo me enseñé alemán y luego me enseñé por medio de un programa anglosajón, hemos hecho la antología anglosajona. A: Y eso ya va a salir. B: Eso se publica en diciembre en Chile, me gusta que sea Chile por aquello de la decadencia actual de argentinos y chilenos. A: ¿Y también habló usted de una biografía de Snorris T? B: Ésa la dejamos haciendo. A: Oiga, le quiero preguntar esto... B: Qué lindo nombre, Snorris T. A: Yo lo repito maniáticamente, pero quiero saber si es suya la frase o está tomada de un texto antiguo, que es una de las frases más tremendas para mi vida personal, le ruego que me consuele. Dice: "Snorris T no fue un traidor sino un hombre desgarrado hasta el fondo de sí mismo por sucesivas y contradictorias lealtades." B: Desgraciadamente es mía esa frase. A: ¡Borges! B: Qué le vamos a hacer. A: Si yo le hiciera un catálogo y se lo voy a hacer un día, breve, porque ahora sí le voy a grabar una cassette con fragmentos que quiero que usted conozca para que la escuche un rato de tiempo antes de que se vaya; un rato de tiempo, qué le parece. B: Qué otra cosa he de hacer. A: Pero fíjese, para mí es tan conmovedor eso; qué bueno que me acordé de preguntarle... B: Ser antológico, esa materia de los ratos es el tiempo. A: Yo le digo... B: Dígame. A: No, ¿cómo era? B: El rato del tiempo. A: Un rato largo.
Bienvenidos Buenas tardes taringueros. Nuevamente tengo un documento (titulado Carta a Juan José Arreola, que forma parte de la edición de Marzo del 2004 de la Revista de la universidad de México) de sumo interés a la comunidad que gusta de la lectura y en especial a los que gustan de el cuento. El presente documento forma parte de una serie de correspondencias entre dos grandes cuentistas de nuestra Latinoamérica; Julio Cortazar y Juan José Arreola. Quien haya tenido el más leve acercamiento a su obra, en especial a sus cuentos, se habrán visto tocados por la densidad, profundidad y extensión de un cuento. En esta misiva, Cortazar se pregunta "¿No deberíamos fundar una escuela para educación de lectores de cuentos?" Y con razón justificada su pregunta ya que no es lo mismo leer un cuento a leer una novela o un ensayo. La extensión, en cuanto a páginas es diferente, pero la magnitud con que golpea un cueto, noquea. Podemos leer por ejemplo, "El matadero" de Echeverria y reconocer la historia sanguinolenta, o perdernos en los laberintos de "jardín de senderos que se bifurcan" de Borges. Maupassant, Poe, los mismos Cortazar y Arreola, Chéjov, Quiroga y la lista se extiende, grandes cuentistas que deben ser leídos. Sin más que agregar, comparto el documento con ustedes. París, 20 de septiembre de 1954 Querido Arreola: Hace varias semanas Emma me mandó sus dos libros, y al abrirlos me encontré con unas dedicatorias que me llenaron de alegría. Pero todo eso es nada al lado de la alegría de leer los cuentos, a toda carrera primero y después despacio, tomándome mi tiempo y sobre todo dándoles a ellos su propio tiempo, el que necesitan para madurar en la sensibilidad del que los lee. Ya habrá observado que uno de los problemas más temibles de los cuentos es que los lectores tienden a leerlos con la misma velocidad con que devoran los capítulos de una novela. Naturalmente, la concentración especial de todo cuento bien logrado se les escapa, porque no es lo mismo estirarse cómodamente en una butaca para ver “Gone with de Wind” que agazaparse, tenso, para los dieciocho minutos terribles de “Un chien andalou”. El resultado es que los cuentos se olvidan (¡como si pudiera olvidarse Bliss, como si pudiera olvidarse El prodigioso miligramo!). ¿No deberíamos fundar una escuela para educación de lectores de cuentos? Empezando por quitarles de la cabeza todas las ideas recibidas que existen desgraciadamente sobre la materia, rehaciéndoles la atención, la percepción y hasta los reflejos. Ya es tiempo de que en las universidades se cree la cátedra de cuentos, como suele haberla de poética. ¡Qué estupendas cosas se podrían enseñar en ella! Por lo demás los primeros colaboradores de la cátedra (como alumnos o profesores) deberían ser los mismos cuentistas. Es curioso que muchos de ellos no han reflexionado jamás sobre el género. No hablo de la reflexión estilística, pues no es imprescindible, sino de esa meditación primaria, en la cual colaboran por partes iguales la inteligencia y el plexo, y que debería mostrarle al cuentista lo riesgoso de su territorio, su complicada topografía, y la responsabilidad que supone. El cuento está desprestigiado por los cuentos. ¿Ha visto usted lo que se publica habitualmente en las revistas? Para uno bueno, para un cuento que caiga parado como un gato de un cuarto piso, el resto o son recortes de una situación mucho más extensa (las tijeras son la haraganería del escritor, o su incapacidad para seguir adelante), o difusos tratamientos de cualquier tema, bueno o malo; lo que en realidad estropea a estos últimos es siempre la falta de concentración, de “ataque”. Y me parece que lo mejor de Confabulario y de Varia Invención nace de que usted posee lo que Rimbaud llamaba “le lieu et la formule”, la manera de agarrar al toro por los cuernos y no, ay, por la cola como tantos otros que fatigan las imprentas de este mundo. Y por eso acabo de leer sus cuentos —y releer los que más me gustan, y después superleerlos, que consiste en leerlos en el recuerdo—, y estoy contento. No por una razón hedónica, o porque me agrade saber que usted es un gran cuentista, sino porque vuelvo a sentirme seguro de que usted, de que yo, y de que otros cuya lista me ahorro porque usted la conoce de sobra, no estamos equivocados en el enfoque del cuento que hemos elegido y por el cual seguimos andando. Los franceses, por ejemplo, se equivocan de medio a medio en su tratamiento del cuento. ¿Cómo decirlo? Juegan al fútbol en vez de torear, someten la materia narrativa a una serie de evoluciones y combinaciones complejas, a largo plazo, es decir aplican la técnica privativa de la novela y que en ella da resultados maravillosos (que lo digan Balzac, Stendhal y Proust). Porque no ven —y esto es capital— que el cuento es una cuestión de lenguaje formando cuerpo con el relato, y entonces escriben sus cuentos exactamente con el mismo lenguaje más o menos discursivo de la novela. Pero dando un paso más abajo, no cuesta ver que ello sucede porque el impulso motor del cuento es novelesco, y ahí está la gran macana como decimos en la Argentina, ahí está la burrada sin perdón, creer que un cuento, que es el diamante puro, puede confundirse con la larga operación de encontrar diamantes, que eso es la novela. No me gustan las fórmulas pero me parece que aquí tengo razón: un cuento es siempre el vellocino de oro, y la novela es la historia de la búsqueda del vellocino. La novela es una maravilla, pero su técnica malogra el cuento. Todo esto se lo decía yo a Emma en otra carta, pero me gusta repetírselo a usted al correr de la máquina, porque además tengo las pruebas más sólidas posibles que son sus cuentos. En sus libros hay cuentos de ensayo (y usted me lo previene en Varia Invención, donde habla de “balbuceo”), donde se ve cómo anda buscando el tono justo, y a veces no lo encuentra y el cuento se queda con una pata en el aire (“El Fraude”, por ejemplo, y no sé si usted estará de acuerdo). Pero la casi totalidad de los cuentos de ambos libros dan de lleno en el blanco.Se lo siente desde la primera línea. No se puede decir cómo, es una cuestión de tensiones, de comunicación. Yo creo que el blanco debe sentir una cosa así, según que la flecha lo alcance en los bordes (2 puntos) y el pleno centro (50 puntos, y a veces uno se gana un pollo). Es fulminante y fatal. Yo empiezo a leer “De balística” —no crea que lo cito por asociación con las flechas y el blanco—, o “El lay de Aristóteles”, y se acabó: instantáneamente pasa la corriente, se establece el circuito, y ya se puede caer el mundo encima que no soy capaz de sacar los ojos de la página. Yo creo que detrás de todo esto está ese hecho sencillo (y por eso tan inexplicable) de que usted es poeta, de que usted no puede ver las cosas más que con los ojos del poeta. Conste que no insinúo que sólo un poeta puede llegar a escribir hermosos cuentos. En rigor el cuento es una especie de parapoesía, una actividad misteriosamente marginal con relación a la poesía, y sin embargo unida a ella por lazos que faltan en la novela (donde la poesía vale apenas como aderezo, y es siempre una lástima por la una y por la otra). ¿Cómo le vienen a usted los cuentos? Yo, que incurro además en la poesía —por lo menos escribo poemas—, no he podido advertir hasta hoy diferencia alguna en mi estado de ánimo cuando hago las dos cosas. Mientras escribo un cuento, estoy sometido a un juego de tensiones que en nada se diferencian de las que me atrapan cuando escribo poemas. La diferencia es sobre todo técnica, porque los “cuentos poéticos” me producen más horror que la fiebre amarilla, y estoy siempre muy atento a que lo que ocurre en mis cuentos proponga al lector una estructura definida, una realidad dada, por irreal que sea para los ojos del lector de periódicos y los seres con-los-pies-en-la-tierra (¿qué son los pies, qué es la tierra?). Si encuentro en sus cuentos una fraternidad que me emociona y me hace desear ser su amigo, es precisamente esa soberana frescura con que planta usted sus árboles de palabras. Los planta sin el rodeo del que prepara literariamente su terreno y “crea una atmósfera”, como si la atmósfera no debiera ser el cuento mismo, la emanación irresistible de esa cosa que es el cuento. Un Henry James es un gran cuentista, pero sus cuentos son siempre hijos de sus novelas, están sometidos a la misma elaboración circunstancial previa, esa técnica de envolver al lector antes de soltarle el meollo del cuento. Cuando usted escribe “El rinoceronte”, le basta la primera frase (¡qué perfecta!) para que uno se olvide que está sentado en un sillón en un segundo piso de la rue Mazarine (una linda calle, créame) y que dentro de diez minutos le van a avisar que la comida está pronta. El “extrañamiento”, el traspaso al cuento es fulminante. Usted es una hormiga león, si son las hormigas león las que hacen un embudo en la arena para que sus víctimas resbalen al fondo. Cuatro palabras y zás, adentro. Pero vale la pena ser comido por usted. Como esta carta no es una reseña, no le hablaré en detalle de todo lo que podría surgir de mis lecturas. Pero hay algo que, por ser tan infrecuente en nuestra América, me interesa señalarle. Me gusta su brevedad. Quizá con excepción de “El cuervero”, tan sabroso para un argentino que se queda maravillado de los giros, de la plástica de ese idioma que hablan las gentes mexicanas, creo que sus mejores cuentos son precisamente los cortos. Me asombra lo que usted es capaz de conseguir con tan poca materia verbal. “Sinesio de Rodas”, por ejemplo —que como otras cosas suyas me hace pensar en Borges, y creo que no es poco decir—, y el conmovedor y hermosísimo “Epitafio”, que me trajo a mi François Villon de cuerpo presente, enterito, con toda su dolida humanidad que sigue bailando aquí, cerca de mi casa, en las callejuelas de la place Maubert, antiguo refugio de truhanes y putas opulentas y sentimentales. Podría seguir diciéndole tantas cosas, pero no quiero aburrirlo. ¿Nos veremos alguna vez? Si no viene usted por aquí, escríbame algún día que tenga ganas. Yo le iré mandando lo que publique, que será poco porque en Argentina las posibilidades editoriales están cada día peor. En todo caso le mandaré copias a máquina. Y usted también, mándeme sus cosas. Mi mujer, que ha leído sus cuentos con la misma alegría que yo, se une a mí en el gran abrazo que le enviamos, y que usted hará extensivo a Emma, tan buena e inteligente, y a la muy encantadora Anita y a los Alatorre. Su amigo, Julio Cortázar
"Sanguijuela" Soy suave sagaz sanguijuela Sorbe sangre sacarosa. Solitario, surco senda sublime, Superficie sedosa sacarina. ¡Sí! Sus senos suaves surco. ¡Sí! Sus sacarinos senos sorbo. ¡Sí! Soy suave sagaz sanguijuela sorbe sangre sacarosa… Su santa sangre Su satinado sol Su sana sabana Sobre su silueta sueño. ¡ Sucinto sentencio! Soy sanguijuela, Suave sanguijuela, Sagaz sanguijuela, Su sanguijuela. NOTA: No creo que sea necesario pero, si algún usuario de Taringa se ve ofendido por lo poco objetivo de este escrito, aclaro que la sanguijuela es una idea abstracta de una caricia que intenta sorber todo el amor de la persona acariciada, alimentarse de el.

Buenas tardes. Les comparto un cuento que escribí inspirado un poco en la película de Bergman, Persona. He retomado una de las frases significativas de esa película, para colocarla como epígrafe de mi cuento. De igual modo "Conversación en la Catedral" de Vargas Llosa, ha influido de buena manera en mi cuenta. Sin más que decir, espero que les agrade. Máscaras "¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca" Ingmar Bergman. Persona. 1966 Como todos los días, ahí estaba Héctor, un poco aturdido después de tomar el desayuno, sentado, medio encogido y cegado por los reflejos del albo cuarto comedor. Buscó el reloj en alguna de las paredes y apenas pudo vislumbrar una sombra blancuzca que no le revelaba la hora. Sin embargo él sabía que era tarde, su acostumbrado cuerpo se lo decía. Impulsado por la inconsciencia, salió del cuarto comedor con la cabeza baja, intentando proteger sus ojos de las punzadas lumínicas. Subió por las escaleras y se dirigió al baño. Tal vez un baño tibio me despierte, pensó Héctor. El sonido del agua cayendo como llovizna se confundía con el ajetreo matutino de la ciudad. Pitidos de autos, motores, pasos, gritos, todos al unísono, formando un leve ronroneo que se filtraba por las paredes y ventanas de la casa. Héctor salió del baño con movimientos más ágiles, pero con una sensación extraña. Como si sus movimientos hubiesen sido programados en algún tiempo desconocido para él. Con la misma sensación, entró a su dormitorio, escrutando todo con los ojos. Reconoció algunas sombras que hacían volar su imaginación. Reconoció también su gran espejo donde todas las mañanas, frente a él, se vestía cuidando no dejar arrugas sobre sus ropas. Cuidadoso de sus movimientos, se acercó a la ventana, para recorrer las gruesas cortinas. Al instante la luz fluyó y cubrió todo el cuarto. Héctor reconoció su amplia cama, en ella había un monte de cobijas coronado por una larga cabellera en forma de cascada. Héctor, se vestía rápidamente. El mismo traje de siempre, pensó, o al menos eso le parecía ya que en realidad, tenía un amplio guardarropa. Con rapidez caminó las mismas escaleras, salió de su casa y condujo su automóvil –automóvil elegante hay que decir- sin cambiar de ruta, hasta llegar al edificio aquel, que tiene la forma de un gran cartón de leche cubierto de espejos. Odiaba ese edificio, porque todos los días, al llegar, veía su reflejo sobre lo que Héctor consideraba un lugar horrible donde debía permanecer diez horas, a veces más. Bajó de su auto, caminó y antes de entrar, su reflejo le detuvo. Sí, soy yo, pensó, y apresurando el paso, cómo asustado, entró. Al pasar la entrada, escuchó el saludo del guardia de seguridad. Lo mismo en el ascensor: Buenos días licenciado. Al entrar en su oficina, sintió una atmósfera enrarecida. Se sentó y aflojó un poco su corbata. Miró el calendario. ¿ Y si los días se repiten una y otra vez? ¿Otra vez martes? ¿ Otra vez Noviembre? ¡Qué casualidad, otra vez 2014! Una hora, dos, contó. Caminaba con papeles, firmas, llamadas, un ordenador. Tres horas, cuatro: tomar un café, el restaurant chino. Cinco horas, pensó. Todo exactamente igual, la misma casa, el mismo monte de cobijas coronado con la larga cabellera. Seis horas… doce. Y ahí estaba Héctor, bajando de su auto, abriendo la puerta de su casa, bajo la luz amarillenta del alumbrado público. Subió las escaleras, entró en su cuarto. Se desvestía mientras miraba al monte de cobijas. ¿En qué momento me jodí? Pensaba Héctor al momento que se acostaba. Quedó tumbado, boca arriba con los brazos cruzados sobre el pecho. Reflexionó un buen momento sobre su vida, pensó que realmente vivía cómodo, tranquilo, sin preocupaciones de ninguna índole. Tenía un trabajo demandante, pero bien remunerado, un automóvil que causaba envidias, una casa en un buen lugar, y de buen tamaño. Tenía esposa, pero no sabía mucho de ella. Sólo sabía que con ella desquitaba sus frustraciones. No con violencia, sino como se desquitan las frustraciones en ésta época y en la clase social a la que pertenecía Héctor: viajes, sexo, drogas, fiestas. Un culo, pensó, tengo un culo por esposa. Sus reflexiones fueron tornándose más oscuras. No podía conciliar el sueño. Por fin, se decidió a levantarse y tomar una de sus acostumbradas pastillas. Se sentó a la orilla de la cama, pero sus reflexiones lo detuvieron nuevamente en un monólogo interno. “Hace años que estás así, jodido. Incómodo en tu propia comodidad. No me siento viejo, pero siento que la vida se me va sin que haya hecho algo realmente importante. ¿Qué he hecho con mi vida? Era el orgullo de mi muerto padre, he viajado por el mundo y aún así me siento vacío. ¿qué estoy haciendo? ¿Qué no estoy haciendo? ¿Estoy angustiado por la muerte? Pensar en la muerte a los treinta y tres años es un poco prematuro. Un día me siento angustiado, otro día triste, otro avergonzado de mi mismo. ¿Será que me falta coraje para mandar todo a la mierda?” Coraje; repetía Héctor una y otra vez la misma palabra y le buscaba el significado aplicado a su vida. “No ha faltado coraje. ¿qué es toda esta mierda? Desde que nací, me han hecho, me han vivido. Todo es una mierda, yo no soy, me hicieron, me limaron las partes. Un cubo, cuadro o lo que sea. ¡Tantas dudas que tengo! Pero sé que a todos nos hacen, como en una gran fábrica, nos programan. A aaaaaa, b, bebé. Sí, nos programan, como a la niña esa que vi en el noticiero, tuvo suerte de que la criaran unos perros. Estaría menos avergonzado si pudiera ladrar y caminar sobre cuatro patas. Este mundo es una mierda, ya lo dije, y ni siquiera sé si es un mierda de verdad, podría ser un mal sueño, uno bastante maloliente. Es un mundo de máscaras. Aún no nacía y mi mamá ya me tejía una linda mascarita de estambre. Con el tiempo me enseñaron a pulir mi máscara, a hacerla más flexible para mostrar otros rostros. Ponerle adornitos. Así son las instituciones humanas, como la mugrosa universidad a la que fui. Ahí aprendí a hacer mi máscara totalmente flexible, transformable. Tal vez dudar de todos esos rostros falsos sea lo mejor. Dudar hasta de mamá. A fin de cuentas ella fue la que me mandó a ese lugar. Creo que mi máscara sufre el tiempo, o no la hice tan bien como creía. Está ya bastante floja de tanto movimiento debajo de ella. Creo que tengo miedo de ver mi real rostro. El único rostro real que he visto, fue cuando murió papá. Todas sus máscaras se fundieron en una sola, una que no mentía, el rostro de la muerte.” Sin esfuerzo, pero con lentitud se dirigió hacia la ventana, la abrió para respirar el aire nocturno. Miró a través de ella, la noche era apacible, la calle elegante y sobria con sus luces amarillas, sin autos, con su olán de arbustos; le parecía un paisaje atractivo. Volvió con la misma lentitud, con movimientos que él sentía auténticos. Se sentó nuevamente a la orilla de la cama, acarició la cascada de cabellos, miró la sobra de su lamparita posada sobre el buró, y sin prenderla, abrió un cajón de donde sustrajo un objeto. Nuevamente se dirigió hacia la ventana, pero esta vez, le dio la espalda, con la ventana aún abierta. Las luces amarillentas que se filtraban fueron descubriendo poco a poco, cómo Héctor subía su mano a la altura de su cara. El cañón de un revólver apenas brilló y desapareció al entrar en su boca. Segundos después, un tronido fatal, y el monte de cobijas se derrumbó. El cuerpo de Héctor cayó hacia la calle, su máscara voló." Al día siguiente apareció su rostro en los vulgares periódicos, un rostro que no miente, desfigurado, adolorido; muerto. “Del gozo, al pozo”, “Selfie de pólvora” Y demás encabezados jocosos, que hicieron de su muerte, un ridículo. Su última máscara.