Gandolphoenix
Usuario (Bolivia)
Dedicado a esos chicos mal afeitados que alguna vez fuimos. 1983 -Noviembre 13- 23:12 Horas Una sombra se mueve por el centro del pasillo de la cuadra, terreno vedado durante el día para el soldado en vigilia. Camina furtivamente como un gato, pero incómodo y displicente, flotando sobre el caucho barato y vencido de las Flecha que aún conserva desde los tiempos del Vivac. Camina por el centro de una sucesión de veinticinco camas dobles, encaramadas unas sobre otras, donde sus camaradas se sumergen cada uno dentro de sí, buscando el descanso reparador. El velador nocturno, el soldado vigía, más conocido como el Imaginaria, transitará por la garganta de la cuadra, antigua caballeriza, durante el resto de las próximas dos horas. Ataviado con sus ropas marrones de fajina y con un ajado garrote de madera que cuelga de un blanco cinturón porta-garrotes, es un triste ejemplo de la trasnochada moda marcial; viendo como ese palo se balancea sobre su lado derecho —el Imaginaria es zurdo— se pregunta para qué lo usaría llegado el caso o porqué sería necesario dormir a garrotazos a alguien que, a esa hora de la noche, estaría irremediablemente cansado; extraño castigo sería el de forzar el sueño a alguien que sólo eso desea. También considera inútil figurarse que podría esgrimirlo como arma, ya que como tal, sería risiblemente ineficaz en este Mundo de la Pólvora. Esa vestimenta, esos absurdos rituales y tradiciones lo irritaban sobremanera, pero no había más remedio que aguantarse. Limitado desde el umbral de luz que se forma en la puerta de salida hasta el mortecino resplandor que proyecta el baño, confinado dentro de la cúbica oscuridad de la cuadra, el Imaginaria bosteza y continúa con su mandato. La cuadra dormitorio que custodia el Imaginaria pertenece a la Segunda Sección de la Compañía Seguridad. Enfrente, y separada por una amplia antesala, con escalera a su izquierda y pasillos embaldosados que siempre necesitarían pulirse con un soldado montado en un colchón y una frazada, se encuentra la Primera Sección. En la antesala y a la derecha de la puerta de su cuadra, un descomunal espejo de pared refleja una mesita o pupitre donde los imaginarias anotarán en un cuaderno a modo de bitácora las novedades que se produzcan. En él constarán las entradas y salidas, y los movimientos a los que el arbitrario orden interno imponga su reseña. Subiendo las escaleras, se encuentra un tercer dormitorio. Allí, languidecen acostados con sus ropas verde oliva de combate, enfrentados en sus camas y en una perpetua atmósfera de letargo, dieciocho de sus camaradas. La entera Compañía Seguridad rota diariamente para conformar este modesto grupo de valientes anticuerpos que, habiendo hipotéticamente caído las defensas exteriores del Arco de Entrada, Guardia Central y Tambo Nuevo, entrarían en acción. Este grupo de refuerzo se conoce pomposamente como S.C.S. o Sección contra Subversión; y a la primera señal de avispero, se pondrían en pie al oír un silbatazo que les aflojaría las muelas, tomarían sus fusiles y sus cascos colgados de los respaldos, y en un fragor de hipódromo correrían escaleras abajo para proteger al dichoso Colegio Militar de la Nación, galopando sonámbulos en un torpe y trágicamente cómico estrépito de correajes, metales y sudor. Y así, fingiéndose despiertos y bostezando, subirían al Unimog rumbo al muere. A veces, cuando había suerte, la cuadra entera salía del Colegio a pasear sus cachivaches. La última vez que salieron fue aquél Domingo 30 de Octubre —hoy hacían dos semanas— cuando el tal Alfonsín ganó las elecciones. Salieron a proteger a la futura Municipalidad de Tres de Febrero, todavía en construcción, como si fuera El Álamo, apostando los FAL y las MAG entre las bolsas de Pórtland para defenderla vaya a saberse de qué. El Imaginaria cree que la Sección Contra Subversión que día tras día vegeta en el soporífero primer piso es tan útil como el garrote de madera que cuelga de su cinturón. Ahora, parado en el umbral y cavilando, piensa que su turno no parece ser el mejor; es el segundo de la noche y empezó a las Veintitrés. Si bien es el turno donde ya todos sus camaradas han progresado en sus sueños, también es posible que la espontánea y peligrosa aparición del Oficial de Guardia o de algún Zumbo que se emborrachó mal en el Casino, puedan arruinar la tranquilidad que necesita el Imaginaria para cometer su crimen. Porque antes que termine su turno, a la una de la madrugada, el Imaginaria habrá cometido un crimen, una sorda e inconfesable proeza como la de Valfierno, que requerirá de alguna planificación, oportunidad, cierta destreza, y por la que se perdonará treinta segundos después de dormirse. 1983 -Noviembre 13- 23:55 Horas La proximidad con la Medianoche siempre inquietaría al Imaginaria. Hay algo en La Hora Sobrenatural de las Almas en Pena que parece tener algún paralelo con su trabajo; si bien se mira, el vagar errante entre las sombras es la ocupación de alguien que no sabe que murió o bien que se niega a creer que ya no vive; para él, la diferencia espiritual entre estar vivo o muerto a esa hora era realmente exigua. El Imaginaria camina y piensa, una y otra vez, transitando solitario por ese pasillo, estremeciéndose al imaginar en lo mucho en que se parece a un fantasma. Y si ahora le tocara morirse, digamos de hastío, causa de defunción más que razonable en ese momento, quedaría atrapado en ese limbo que separa a los Dos Mundos; y como castigo a su incompleto trabajo de velador, quizás le tocara compartir rutilante cartel con otros ilustres espantajos de la tradición castrense: La Dama de Blanco, una espectral figura femenina que solía aparecérseles a los soldados de guardia, o El Caballo Blanco, un fosforescente equino que venía aterrorizando a los milicos en sus alejadas garitas desde los tiempos de Ramón Falcón, primer cadete egresado de este Colegio. ¿Y a él que nombre le impondrían? Con semejantes antecedentes, lo más probable es que sería llamado El Imaginaria Blanco o El Imaginaria de Blanco. Genial, muy originales. ¿Y su Encomienda? Muy fácil. Sería estar obligado a vagar eternamente por la oscuridad de esa cuadra hasta la consumación de los tiempos, confinado para siempre sin poder salir jamás a la cálida Luz de la Salvación; se dedicaría a asustar a los imaginarias que se quedaran dormidos, como Diente de Lata, su actual colega de la Primera Sección, que desplomado en el pupitre, babea el cuaderno de novedades. Con la idea de deambular entre la salida como un inalcanzable Cielo y el baño como un temido Infierno, su turno no parece ser llevadero. De todos modos, en esa eternidad personal de ciento veinte minutos, el Imaginaria, sobreponiéndose al horror de su propia sugestión, transitará por su fantasmagórica prisión terrenal escoltado por cuarenta o cincuenta durmientes vivos o muertos, sepulcros o camas. No hay nada que hacerle, parecen la misma cosa. La cuadra a esta hora se asemeja al más pavoroso de los cementerios, y él, es su tenebroso guardián. Pasadas las Doce, los ventanucos distribuidos a lo largo de la cuadra se iluminan espasmódicamente con la lívida luz azul del relámpago. Una llovizna se desata y las primeras gotas caen suavemente sobre los vidrios esmerilados, que crepitan quedamente. El Imaginaria, atento, se sumerge en los secretos espacios entre las camas y los roperos para cerrar las oblicuas ventanitas que permanecen abiertas. Hacia el centro de la cuadra, dos súbitos reflejos del relámpago sobre una litera de abajo lo galvanizan. Dos ojos lo estaban observando. Dos ojos que brillaban divertidos flotando sobre una cara de yeso, que reía una silenciosa carcajada, macabra y sardónica, como la máscara mortuoria de un desencajado payaso mordaz y sonriente, muerto de hilarante crueldad. El Imaginaria retrocede espantado hacia el centro del pasillo. Sugestionado por sus propios pensamientos, la respiración se le entrecorta y, lentamente, se acerca sobre el origen de su sobresalto; en la litera inferior más próxima a la pared que divide la cuadra, y profundamente dormido, el soldado Defina sonríe socarronamente con unos torcidos dientes y con los ojos bien abiertos, uno más que el otro, como si frente a él una invisible comedia se representara exclusivamente para su propio solaz, o simplemente, como si se burlara de la suerte nocturna del Imaginaria. Recobrando los pedazos de una sensatez embotada por la duermevela, el Imaginaria se aleja pensando en que si éste fuera el Sueño Definitivo del soldado Defina y la Huesuda pasara a buscarlo esta misma noche, ésta reaccionaría igual que él, reculando, retrocediendo espantada y negándose a llevárselo. Olvidando la guadaña en el piso y con una mueca de terror en la sempiterna calavera, se escabulliría corriendo rumbo a la calle, atravesando las paredes seguida por esa lúgubre mirada del dormido Defina que nada mira y escuchando su muda y sarcástica risa que no ríe. Después de guardar la guadaña en el hueco debajo de la escalera, junto a las escobas y al resto de los enseres de limpieza, el Imaginaria, esta vez muerto de risa, anotará en el cuaderno de novedades: “Siendo las 00: 05 Hs, se presentó La Parca, pero fue ahuyentada por el soldado C/64 Defina Alejandro, olvidando La Segadora, su instrumento de trabajo.” Acaso Defina vivirá para siempre. 1983 -Noviembre 14- 00:18 Horas Si la cuadra fuera el Ancho Mundo y la Oscuridad su negro e insondable Océano, es justo decir que el Imaginaria sería su más osado navegante y tal vez el más experimentado; conocedor de todos los Deltas de sus Rincones y las Bahías de sus Recovecos, en su continuo navegar se mueve casi de memoria por entre los Afluentes de los Intersticios y esquiva con precisión milimétrica los Arrecifes de los Borceguíes, que bordean las pestilentes Costas de Los Respaldos, justo frente al Archipiélago de los Pies de las Camas. De los fatales Vientos provenientes de los Golfos preferirá mantenerse alejado, y desde luego, evitará acercarse a algún Cabo de Buena o Mala Esperanza, o a ningún otro suboficial. A falta de estrellas y de faros que guíen su camino —o aquellos puntitos rojos intermitentes de algunos cigarrillos que suelen verse durante el primer turno— el Imaginaria no se conformará con el pálido resplandor proveniente del baño, por la luz de la entrada principal o por los esporádicos fogonazos azules que le dispensan los relámpagos; desde hacía un tiempo, había empezado a ensayar una nueva y práctica cartografía de la cuadra, no basada en el mundo visual sino en el auditivo, agregando a su destreza de navegante dos nuevos puntos de referencia que le servirían para anticipar los Polos de su monótono recorrido. Como Trópicos sonoros, a medida que se adentraba hacia el Sur y se iba sumergiendo en la profundidad de la cuadra, se iban percibiendo y haciendo más claros los chapoteos de los mingitorios Baskonian en sus frecuentes torbellinos de renovación de las aguas, el cristalino tintinear de las duchas que goteaban, y algún otro siseo de ambarinos fluidos orgánicos que discurrían por los drenajes; esto le indicaba con total seguridad —aún si se tratara de un aprendiz de Imaginaria— que se acercaba peligrosamente a las impredecibles acequias del baño. Y en el otro extremo, al equidistante Norte, rumbo a la salida y a dos camas de distancia de la puerta se dejaba oír una especie de invisible barrera de Coral, un peligroso coro de sólo dos notas. El sonido producido en esa zona era descrito en las crónicas de los primeros Imaginarias que sobrevivieron al escucharlo como un elemento cortante que iba y venía, como si fuera una gigantesca sierra de carpintería, con un filo dentado y transversal que cortaba la noche y que enloquecía a los que osaban atravesarlo; se sabe que algunos audaces Imaginarias de la antigüedad —quizás influenciados por la homérica Odisea— se ataban a sus garrotes como Ulises al mástil de su barco para poder atravesar la ruidosa barrera sin sucumbir a ese horroroso y mortal canto de Sirenas; otros Imaginarias —incluido el mismo— no creían en las antiguas leyendas, porque habían oído que los nativos de la zona aseguraban que el origen de esa feroz resonancia se debía a que el Soldado Calvo —cuya cama coincidía con ese Eje Meridional— soñaba que era un leñador que se había encomendado a sí mismo la laboriosa tarea de serruchar todos los Bosques de Viena, incluyendo los ejemplares petrificados, dejando tras de sí un increíble fárrago de troncos caídos y tímpanos destrozados. Una década después, cómodamente sentado en una butaca del cine Metro, el Imaginaria recordará sonriendo esas audaces travesías, traídas a su memoria gracias a los estridentes berridos de un Tiranosaurio Rex, resucitado por animación digital. 1983 -Noviembre 14- 00:31 Horas El tiempo se agota y la oportunidad que el Imaginaria necesita no se presenta. En la Antesala, desplomado en el pupitre, Diente de Lata, Imaginaria de la Primera Sección, dormita peligrosamente y no parece importarle. Diente de Lata es menudo, rubio, algo cabezón y el garrote que cuelga de su cinturón parece arrastrarlo al piso irremediablemente, como si fuera más pesado que él. Dormita con un cansancio legítimo, ganado con el sudor de su frente y con cada músculo de su cuerpo. Luce entusiasmado en su sopor, como si nunca lo hubiera hecho antes, con una mano sobre la mesa y la otra caída sobre su flanco izquierdo. Unos seis meses antes, el Imaginaria lo conoce y cruza unas palabras con él cuando coinciden en una guardia en Las Tribunas. Diente de Lata era de Buenos Aires, pero su aspecto pueblerino y frágil lo hacen víctima tanto de sus compañeros de cuadra como de los zumbos más sádicos; los primeros le imponen inmediatamente su apelativo, en honor a la corona metálica que brilla en un incisivo cada vez que abre la boca; y los zumbos, malnacidos y supersticiosos, que disfrutaban maltratar a los que parecían descuidados acaso porque creían que, en ese inocente desaseo de la juventud se ocultaba algún síntoma del Enemigo Ateo, preferían prevenir que curar. Allí donde los encontrasen, se abalanzaban sobre ellos como lobos hambrientos sobre conejos heridos y los bailaban con deleite y con mayor frecuencia que a los demás soldados, como si los rebozaran con harina y huevo antes de freírlos, condimentándolos con más mugre y cansancio; esto se traducía casi siempre en nuevas invitaciones a bailar. Los cadetes y oficiales tampoco se quedaban atrás. Las víctimas favoritas de estos currutacos egresados del Colegio parecían ser los chicos del interior; los que acusaban señales de pobreza, analfabetismo, algún tic nervioso o cierto aire desventurado como Sonrisal, un rosarino que era bailado cada vez que lo veían sonriendo y que quizás era inconsciente de su patológica y perpetua sonrisa, o los chicos de pieles oscuras como Droopy, un salteñito de rostro aindiado, tal vez el más bajito de la Primera Sección. Atrapados más que nadie en ese perverso ciclo centrífugo de saltos de rana, discriminación, agotamiento, desdén y más saltos de rana, Diente de Lata y los otros transitarán por toda la Colimba exánimes, polvorientos y definitivamente desalineados. Y quizás también por estos motivos Diente de Lata se perderá la Primera Baja. Ahora, desparramado en el pupitre y sobresaltado ocasionalmente por los truenos, Diente de Lata cabecea violentamente, como si fuera un insólito monje Shao-Lin tratando una y otra vez de quebrar una invisible pila de ladrillos con la frente. Faltando doce minutos para la una de la mañana, súbitamente y como obedeciendo un mandato recibido mientras soñaba, abre los ojos y se incorpora maquinalmente; se cruza con el Imaginaria y le dirige con sus ojos enrojecidos, en el lenguaje tácito y secreto sólo comprendido por los imaginarias, el escueto mensaje: —Cualquier cosa estoy en el baño.... El Imaginaria, parado en el umbral de su cuadra, asiente con la cabeza y mientras lo ve esfumarse rumbo a los excusados, comprende que el Destino a jugado sus cartas, y que debe corresponder a esa oportunidad con la elegancia propia de alguien que se ha preparado durante mucho tiempo para ese momento; rápido como el relámpago que acaba de señalarle el camino, cruza la antesala e ingresa en la ajena oscuridad de la Primera Sección; pronto percibe que sus esquemas cartográficos y su destreza de noctámbulo navegante le son inútiles en esa geometría foránea. Aturdido por el Mundo Nuevo, carente de brújulas y referencias, avanza a tientas, sudando y buscando su objetivo. Mientras avanza, improvisa con las diferentes variaciones acústicas del murmullo silvestre un rudimentario sonar, que, aprovechando los hiatos y alguna carraspera van guiándolo por ese distrito inexplorado y salvaje. Aunque ciego, los roperos cercanos a la puerta le parecen un insulto para sus momentáneos instintos sensoriales; así que se interna rumbo al centro, al Matto Grosso de la cuadra, donde tal vez encuentre lo que vino a buscar. Al fin, sobre la pared divisoria de la izquierda alcanza a divisar, en un momentáneo pestañeo eléctrico de los ventanucos, dos camas vacías consecutivas. Detrás, en los roperos de los ausentes, el crimen lo espera, y la infamia de cometerlo empieza a quemarle las orejas y las mejillas, con un calor rojo que trasciende su conciencia. El tiempo apremia y Diente de Lata ya debe estar por volver; así que se filtra en el espacio entre las literas, estira la mano tanteando la simetría del ropero, toma el imprescindible objeto de su riesgo y al disponerse a salir, el Soldado Tamargo le pide, amablemente y con alguna urgencia, que apague la televisión. —Apagá la televisión, apagá la televisión, —repite la voz de Tamargo, proveniente de ningún lado, tan locuaz y tan persuasivamente dormida. El Imaginaria siente que las punteras plásticas de sus zapatillas Flecha se derriten, como queso fundido, y se le escurren entre los dedos de los pies. El Imaginaria conocía la incomparable y aguardentosa voz de Tamargo desde que eran vecinos de carpa en el Vivac. Los involuntarios y desopilantes diálogos nocturnos que sostenía con su estoico compañero, el Soldado Capdevila, eran famosos, mitad porque los temas que trataban eran muy variados y mitad porque Capdevila era el único de los dos que estaba despierto. Con las sienes a punto de estallar, el Imaginaria despega los pies del suelo como si estuvieran adheridos a una sartén y mientras sale, escucha como el buen Tamargo, atormentado por un onírico programa de televisión, es acallado con fastidiados y resignados chistidos de sus compañeros de sueño, sin percatarse de la fulminante presencia del Imaginaria, que ha culminado su necesaria fechoría. En la antesala, y al pasar frente al espejo, el Imaginaria contempla la rata más grande que haya visto jamás; de un metro noventa de estatura, de color marrón, con un cinturón blanco, zapatillas al tono y un roñoso vasito de plástico celeste tomado con ambas manos. Entra en su cuadra, lo deposita en su ropero, y consulta el reloj. Menos cinco, hora de despertar a su relevo, Fatiga Sánchez; y mientras Diente de Lata regresa a su puesto, el último servicio nocturno del Imaginaria concluye para siempre. Se acuesta. Fatiga ya se está arrastrando por el centro de la cuadra, velando por el sueño de los de-más. El Imaginaria se va durmiendo, remolcado por su propio cansancio; y mientras se dejaba arrastrar hacia el fondo, la sucia Conciencia de tener de nuevo el equipo completo para poder desayunar sin sobresaltos al día siguiente, se va disipando, lentamente......... Así de cruel había sido la arbitraria y ambivalente subsistencia en los cuarteles; no menos cruel que la encarnizada dinámica de La Naturaleza. Había sido presa y a veces cazador; había visto como se lavaban cerebros, como al pobre Soldado Perando, ayudante en la sala de armas, que habiendo mordido el anzuelo se reclutó a sí mismo; recibió patadas, sufrió esguinces, se arrastró, a veces fue sombra y fantasma, usó frazadas como si fueran ponchos y compartió pulgas, mugre y la humillación de haber tenido que hacer el homenaje de vestirse de bufón y parecerse a esos cretinos que habían destrozado el país. Pero no se quejaba. Había compartido esos ahogos con algunos de los mejores tipos que hubiera conocido jamás y que tuvieron todos ellos el dudoso privilegio de pertenecer a la Clase sesenta y cuatro, afortunadamente la última Clase en hacer La Conscripción dentro de una dictadura feroz. Afuera, y a una semana de distancia, mientras la tenue lluvia arrullaba la noche, lo esperaban una vida de adulto de azaroso devenir y una extraña y nueva Democracia, nacida de un laboriosa cesárea.

Hacia 1966, la saga de James Bond llega a un estancamiento: Sean Connery no quiere saber más nada del smoking y del Vodka Martini batido. Entonces, la británica productora del desesperado señor Cubby Broccoli empieza a buscar soluciones en cualquier punto por doquier, para evitar el colapso de la franquicia. Rápidos como el refucilo, los yanquis huelen la oportunidad de llenar el nicho. En Italia piensan igual, y le proponen a Lando Buzzanca que se lance a la aventura con el imperdonable nombre de JAMES TONT, a bordo de un superfitito que —entre otras habilidades— puede andar bajo el agua. Todo para captar a ese público que quedó huérfano de acción, humor, misterio, erotismo y guerra fría. Pero volviendo a nuestro continente, los yanquis propondrán a DEREK FLINT, un súper espía mitad científico y mitad Carlitos Balá que, lejos de la mezcla de deportista /Cacho Castaña que era su competidor MATT HELM, y en sólo dos entregas protagonizadas por James Coburn —Our Man Flint y In like Flint—, serán para siempre recordadas como un caso curioso, aunque muy típico de la época. Este hombre, Flint, puede llegar a parecer incluso ridículo, pero es en todo caso demoledoramente gracioso. Es el inventor de un encendedor único —al que hace referencia su nombre, dado que Flint significa pedernal—, además de un relojito pulsera que hace juego, y que le sirve para pellizcarlo y despertarse de sus autoinfligidas sesiones de catalepsia y otros ejercicios tántricos, y por que no lactántricos; es así nomás como les cuento: Flint no se duerme, se muere por un ratito; así descansa mejor. Es comprensible, ya que tiene que atender a ocho o 9 esposas, todas de diferentes países y sabores, además de conversar con sus mascotas favoritas, una pareja de delfines. Estos viven en un acuario, en alguna parte de su departamento y se comunican con él por medio de otro de sus asombrosos inventos: un diapasón electrónico que traduce en ambas direcciones. Con estos antecedentes, vayan tomándoles el peso a los libretos, si así se les puede llamar. Se dijo alguna vez que en 1969 producirían una tercera entrega —The Bride of Flint— pero eso se los dejo como tarea para el hogar. Y ahora a lo nuestro. Como creo que no existe película que no nos deje algo bueno, quisiera ofrecerles las bandas de sonido de ambos filmes en el mismo disco, compuestas por el genial JERRY GOLSMITH. Están en 320 kpbs y el RAR pesa alrededor de 155 Mb. Saludos, y que no se entere Iguiri-Iguiri. O la CIA. (Como lo haría el buen Flint, une las letras en negrita y obtendrás el link.) .