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Primer post: 5 mar 2013Último post: 7 may 2013
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Adelanto // Conductas Tóxicas: Drogas y Nuevas Adicciones
Adelanto // Conductas Tóxicas: Drogas y Nuevas Adicciones
InfoporAnónimo5/7/2013

Lo que hace diferente a este libro, al menos esa es la intención, es volcar mi conocimiento desde ambos “lados del escritorio”. Es contar desde la experiencia de alguien que logró superar una adicción y, como le digo a mis pacientes en recuperación, por detrás de títulos y diplomas: no te preocupes, antes de ser profesional, yo estuve en tu silla, lo que ciertamente resulta más fácil porque el encuentro que tengamos va a estar basado en ambos saberes: teoría y praxis. Yo mismo la padecí. Provengo de una familia “normal”, con hermanos, padres no separados, con la educación como uno de los pilares del desarrollo personal y profesional. Fui varias veces abanderado en la primaria, primero en cuadro de honor en el colegio con los mejores promedios, bueno en deporte, nombrado varias veces mejor compañero, pero nada de eso fue suficiente. Empecé con cigarrillos y alcohol como una forma de llamar la atención. Seguí con marihuana y me decía que yo la iba a manejar. Me equivoque como todos. La droga me manejo y pase a la cocaína, LSD, pastillas y muchas más. Desaparecía días enteros tomando drogas, en especial cocaína. No era vida, sino un infierno. Temía a que nunca más pudiera ser normal o que nunca más iba a ver la realidad tal cual era. A las 11 de la mañana cuando mis compañeros de estudios universitarios se juntaban a desayunar yo estaba pasado de vueltas, con mis ojos desencajados y una procesión que se manifestaba por dentro. Recuerdo varias oportunidades de ir en un auto por la mañana después de dos noches de gira y ver a la gente que iba a trabajar, a estudiar; o un domingo mientras las familias iban con sus hijos a pasear me parecía que yo nunca iba a lograr eso. Una profunda tristeza y angustia me invadían. Tenía algo del tango: de chiquilín te miraba de afuera como a esas cosas que nunca se alcanzan. Cuantas noches y amaneceres prometiéndome que iba a cambiar, que mañana iba a ser distinto, que no podía seguir así. Cuantas noches de imágenes tipo flashes que recortaban la visión de la realidad como si fueran círculos concéntricos, como si se mirara alrededor a través de un prisma, como la de una piedra lanzada a un lago y cuyos círculos se expanden. Cuantas noches y días sin salir, con persecuciones y paranoias propias de la droga inhalada o inyectada. Varias veces en hospitales pasado de vuelta, con taquicardia y la vivencia de la muerte inminente. ¿Sería esa mi última noche? Pero me levantaba y seguía. Negaba la realidad de lo que me pasaba. Mis padres probaron de todo. Pensaba que ellos estaban locos y que yo era el cuerdo. Viví en pensiones, en casas abandonadas e hice todos los desmanes que al lector se le pueda ocurrir para seguir manteniendo mi adicción. Dos de mis mejores compañeros de drogas, no amigos, -porque cuando estas muy metido en las drogas la amistad no existe-, hoy ya no están. Un día, en una redada policial y con mucha cocaína tanto en el cuerpo como entre nuestras pertenencias fuimos detenidos justo frente a un grupo de autoayuda. Un ex adicto salió a ayudarnos y me dijo cuatro palabras: mereces una vida mejor. Esas palabras quedaron grabadas a fuego. Ya libre, supe de alguien que estaba asistiendo a esos grupos. Les dije a mis padres que no podía más, que necesitaba ayuda y me acompañaron. Una vez en el grupo me propusieron internarme en una Comunidad Terapéutica. Si bien lo dude, sabía que no tenía chance. En ese momento me encontraba en una intersección del camino: la vida o la muerte. Elegí la vida. Estuve muchos meses internado. En esa época el modelo comunidad terapéutica era recién traído a América del Sur, siguiendo la práctica italiana con heroinómanos. Fue una experiencia dura. La comida no era buena, el colchón duro, nos dividíamos las tareas de la casa, limpie baños, me ponían límites y me hacían hacer cosas que consideraba estúpidas. Pero el estúpido era yo. Una vez, ante una transgresión en la que podía optar por irme o darme varias duchas de agua fría en el parque en pleno invierno, opte por quedarme. La comunidad terapéutica de antes tenia en sus justas porciones algo del entrenamiento militar norteamericano, algo de un retiro espiritual, algo de una familia funcional, donde hay límites y amor. Limpiar baños, cocinar para 30 personas, contar y compartir mi dolor jamás me mataron. Lo único que me podía matar era la droga. Era una familia, éramos gente luchando contra nuestros propios problemas para volver a vivir. Pase algunas de las épocas más emotivas de mi vida. El amor, la solidaridad, el hacer lo correcto, la autoayuda son fuerzas poderosas. Al salir y en reinserción social, comencé a estudiar psicología y trabajar por la tarde ayudando a gente con problemas de adicciones. Recibí el alta terapéutica. Me di cuenta que era lo que quería hacer de por vida, que a pesar del dolor sufrido, encontré mi vocación y el sentido de mi existencia: ayudar a aquellos que están como yo estuve. Aun así, el objetivo no solo es llegar, sino mantenerse. Básicamente en el tratamiento uno aprende a parar la pelota, levantar la cabeza, mirar con claridad y ver qué es lo más nutritivo para su vida. No es fácil. Luego de mucho tiempo, después de años sin consumo, seguían las cicatrices: los amaneceres y el ruido de los pájaros me traían sentimientos encontrados: el agradecer que estaba bien, que estaba sano, incluso volviendo de bailar con mi novia, pero a la vez, el recuerdo de esas vivencias pasadas que literalmente estriñen el corazón de dolor. En este libro, tal vez mucho de lo que está escrito ya se haya dicho. Pero lo peculiar aquí es la particular forma de abordar el asunto, pasado por el cristal de mi experiencia con las drogas, mi posterior recuperación y toda la experiencia ganada en más de dos décadas de trabajo con esta problemática. Además analizo la problemática desde una perspectiva teórica basada en mi formación en psicología, posgrados, cursos, además de visitas a los distintos centros de recuperación en todo el mundo. Todo ello intenta imprimir una especial dinámica para el lector, hacerlo único, concreto, simple, dando cuenta del fenómeno, su prevención y tratamiento. Mi objetivo es que toda persona que tome contacto con este libro, inicie un viaje por el “submundo de las drogas” y que aprenda como prevenir las adicciones, además de encontrar ayuda si en algún momento la necesitara. Si logro esto, si tan solo este libro permite la recuperación de una persona, me doy por satisfecho. Por Lic. Pablo Rossi

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"Pastiketa", un combo de drogas en la mira
Salud BienestarporAnónimo3/5/2013

Esta combinación de éxtasis y ketamina puede resultar letal. Se compra con facilidad en las fiestas electrónicas y las discos a menos de $ 100. “En las fiestas electrónicas la mayoría consume algo. Yo mismo de vez en cuando tomo alguna pastilla. Pero sé que puede ser riesgoso si lo combino con alcohol. Muchos creen que no les pasará nada y así terminan”, dice Fernando, de 28 años, que, al igual que otras 50 mil personas, asistió el sábado 23 de febrero al Ultra Music Festival, que se celebró en Costanera Sur y terminó en tragedia: dos jóvenes, de 28 y 30 años, murieron “intoxicados”. Si bien aún falta la autopsia para determinar qué provocó los fallecimientos, los médicos del hospital Argerich que los atendieron aseguraron la causa de los decesos fue “presunta intoxicación”, y se supone que un cóctel de drogas sintéticas y alcohol habría sido la mezcla fatal. ¿Otra vez la relación entre drogas sintéticas y fiestas electrónicas? Los especialistas consultados por PERFIL explican que la droga conocida como “éxtasis” está de moda en las discos y es furor la combinación con otras sustancias. El éxtasis estimula el sistema nervioso, genera aceleración cardíaca y alucinaciones. Cuando se lo combina con el LSD se forma la mezcla bautizada “pasti-peposa”; y cuando la mezcla es con la Ketamina (un anestésico veterinario) se forma la denominada “pastiketa” (ver recuadro). Según la especialista en adicciones Geraldine Peronace, desde hace dos años aumentó el consumo de estas combinaciones y hoy son lo que más ingieren los jóvenes en las fiestas electrónicas. “La ‘pastiketa’ produce los efectos del éxtasis que acelera y da una sensación de alegría y, sumada con el ‘vuelo’ que da la ketamina, se genera un efecto disociativo. Es decir, se distorsionan las percepciones visuales y auditivas y producen sentimientos de aislamiento o disociación del espacio”, explica. Y detalla, respecto de la otra combinación: “En la ‘pasti-peposa’ el efecto del LSD refuerza al del éxtasis. Le suma al ‘viaje’ algo psicodélico gracias a los efectos del LSD, es decir, con más delirios y alucinaciones”, detalla Peronace. El precio de una “pastiketa” o una “peposa” puede variar según la fiesta electrónica, pero ronda entre los $ 80 y 100. Pese a que es obviamente ilegal, dentro y fuera del lugar bailable se pueden comprar. Peronace dice que los jóvenes no entienden de procesos, creen que todo es ya. “Por eso a veces pregunto ante cuadros de policonsumo ¿por qué tomaste tantas drogas juntas?, y la respuesta es porque me estaba aburriendo. Comprando sustancias creen que se aseguran una felicidad”, sentencia. Para la toxicóloga del hospital Santojanni, Mónica Nápoli, “los consumidores tienen entre 25 y 35 años y no hay distinción de sexo”. Yanina, otra consumidora, de 26 años, y asidua a las fiestas electrónicas cuenta su experiencia: “En una fiesta consumo éxtasis para subir, una vez que estoy arriba puedo tomar algo con alcohol para bajar y al rato tomar ketamina y LSD para ‘viajar’ o juntas, según quiera”. Por qué. Los especialistas coinciden que en los últimos diez años el consumo se incrementa año tras año ya que los jóvenes sienten que ser consumidor les brinda identidad y estatus. La licenciada en psicología a cargo de los tratamientos de recuperación de adictos de la Fundación Manantiales, Inés Valdez, reconoce que reciben muchos jóvenes que buscan recuperarse de su adicción y explica que trabajan con los pacientes para entender el motivo del consumo. “Muchos buscan algo nuevo, otros son consumidores porque creyeron que podrían controlarlo al pensar que era algo que sólo harían los fines de semana pero luego terminan consumiendo cualquier día”, puntualizó. Por Gisela Nicosia

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