BTK06
Usuario (Argentina)

Futbol: Chile - Argentina, ¿Quien engaña más? En la ultima Semana se habló mucho sobre el Partido del Sub-20 contra Chile. Que los Chilenos antes de jugar ya hablaban de la 'malicia' de los Argentinos a la hora de Engañar a los Arbitros o hasta 'calentar' de más el ambiente. Pasaron n par de días y muchos Posts sobre el Tema, hasta que me acordé, busque en T! y no encontré un Post alusivo, así que aca les caigo con el Dato. ¿Alguien se acuerda que País Sudamericano se quedó sin siquiera participar de las Eliminatorias a 2 Mundiales por exclusión de la FIFA?, Ese que se acuerda, ¿Sabe a que se debió tal decisión?. Bueno, el País en cuestión, es nuestro vecino: Chile, y el cusal de tal terrible (en Argentina creo que colgamos de los huevos al culpable y decretamos duelo por 8 años si nos pasa, je, ¿o no?) determinación, fue que el Arquero Chileno, "El Condor" Rojas, quien en un Partido contra Brasil, en el Maracana, al que Chile llegaba con buenas chances de Clasificar (pero obvio, jugaba contra los Negros, "Que se levantan inspirados y te Fifan" - Diría el Coco en el Entretiempo de la Copa America), cuando ya perdían 1-0, finjió una cortada en una Ceja al caerle cerca una Vengala. El Corte se lo hizo con un Bisturí que tenía guardado en el Guante, y lo peor es que lo hizo del lado opuesto al que había caído la Vengala (una pifia trascendental para el curso de la historia, ja). Bueno, sin más, solo quería aportar datos que nos ayuden a dirimir la validez de las quejas sobre Finjir en una cancha de Futbol. No digo que Argentina sea la selección más limpia, pero al menos si nos pegan una patada en la Rodilla Derecha, no vamos a fingir un golpe en la Cara (NdR: El corte que presentó Julito Cruz en el Partido contra Bolivia fue claramente causado por la Altura , y no hay Videos, como si los hay del Incidente con "El Condor" y su confución de Ceja) Aca dejo el video del incidente: (3 cosas, una, el 1-0 se lo hace "El Condor" el solo, ja, un goma, creo que se nota bastante cuando se esta cortando el solo, y los Comentarios del Periodista son los mismos que los del Sub-20) https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/2t2utytvIf8 link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=2t2utytvIf8 Por Suerte todo se descubrió, "El Condor" se tuvo que recluir en Brasil, y aunque primero juró y recontra-juró no haberse cortado solo: http://frasesfutboleras.blogspot.com/2006/10/no-jures-cndor.html Otro día dijo esto: http://209.88.205.87/p4_plinea/site/20020915/pags/19800102122406.html Je, que jodido, pobre loco, repito, se confundió la Derecha con la Izquierda y la cagó. Y como todo salió a la Luz, Chile quedó eliminado, Brasil clasificó, "El Condor" lloró..., y el Pajaró nos hizo sonreir a todos: https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/mlbbY2I1a44 link: La fuente es mi Brillante Memoria , pero esta página me ayudo a acordarme algunos detalles: http://jogafeio.blogspot.com/2006/10/jogafeio-retro.html
Recorriendo foros en internet que analizan los hechos ocurridos en Japón, para ver cuan degradados mentalmente estamos, me encontré con esta genialidad. Creo que a muchos de los pavos que insultan, se rien, resongan, y demas, se van a quedar sin palabras, y quiza reirse un poco con este relato. # ravacha dijo:16/12/07, 10:29 AM:Folclore las Pelotas:Ayer no salí. Elegí vivir esta final como si tuviera algún valor más que aquel de ser el único tópico futbolístico del que se va a hablar toda la semana. Entonces, elegí cerrar Ustream TV y partir hacia algún barcito de mi Quilmes natal para compartir estos noventa minutos con coterráneos boquenses y antiboquenses (mal que nos pese, hoy el país se dividió así en un noventa porciento). De mas está decir que si tuviese cable hubiese dudado al tomar esa decisión, pero lo di de baja después del mundial 2002 y por principios decidí no colgarme jamás.Antes de proseguir con estas líneas, es necesario aclarar – porque ya me la veo venir – que no soy hincha de boca, ni de river, ni antiboca ni antiriver. En fin, después de deambular entre restos humanos me acomodé en Pertutti, -conocido bar de la zona que supo erguirse sobre las ruinas de La Cibeles, mitico reducto del centro quilmeño donde solían festejarse los triunfos partidarios desde épocas inmemoriales-, y empecé a disfrutar (?) de la afluencia de fanáticos xeneises, claramente identificados con casacas del club de la rivera, y sospechosos clientes no identificables respecto de sus preferencias.Gol de Inzaghi … Silencio Stampa por un lado. Yo, argentino, me limité a analizar que habían dejado transportar la pelota a Kaká por demás. Un rebote y a guardar. Ojalá terminase allí. Un grupo de diez infradotados (otra palabra no les cabe) se levantaron, vivando y aplaudiendo el gol de Filippo. Entendí entonces, que tanto ellos como otro grupito ubicado en el estrato superior habían decidido tomarse la molestia de salir de sus hogares, agruparse y festejarles en la cara a los hinchas bosteros que… Un equipo italiano, con sede en una ciudad ubicada a quince mil kilómetros de aca, les había convertido. Obvio que todo empeoró con el empate transitorio del Padawan Palacio. Un vengador auriazul se levantó, les gritó el gol en la cara, y (contará la leyenda, yo no lo ví) exhibió su miembro xeneize. Casi cinco minutos fueron necesarios para calmar las aguas, y otros cinco para que los participantes de la pseudo trifulca dejasen de proferirse amenazas. Consecuencia: Un clima de mierda por lo que restaba del primer tiempo.El segundo tiempo tuvo génesis bajo un clima calmo, anque tenso. Pelota parada, producto de un foul del Morel mas conocido, que se ve obligado a hacer por inclinar el cuerpo hacia la raya de fondo (y el tipo le enganchó para atrás, por ende, quedaste desbalanceado. Siempre es preferible que intente tirar el centro exigido). Una pifia, Nesta, arriba. Gol del Milan. Festejos medidos de la parcialidad no identificable (?). Remate de Ibarra (buen partido, el negro se calza las plumas de cacique y es caudillo cuando de Neri Cardozo ya no se puede esperar más nada) Gooooouhh! Palo! Reconocimiento a Ibarra y maldiciones a los 20 centimetros de pierna que le faltaron a Palermo para capitalizar el rebote. Burlas socarronas de parte de la parcialidad devenida en Rossonera. Un rato mas tarde, Maidana se olvida que Kaká es Kaká y lo deja maniobrar en el área. Error, porque Caranta fue Caranta y la pelota hace “sapito” entrando mansa por el segundo palo.Y ahora si… Lo que todos esperábamos… La hecatombe. La debacle total. Un gordito de no mas de 15 años, hijo del mas fervoroso hincha del Milan grita el gol como si lo hubiese hecho el. Un mozo se acerca solicitarle al padre que lo calme o se retire. Un hincha de Boca lo invita a retirarse ahora, o 5 minutos mas tarde, ajusticiado por su propia mano – La frase fue: “Ya te di una chance, hacete el boludo y tomatelá, O te cago a trompadas y te saco yo”.Una vergüenza. Todos. El mozo, el gordito, el padre, el bostero, el que peló la verga, los otros ocho de River que se hacían los boludos y ponían cara de “Epa, pero entonces este no es el bondi que va a Lugano?” porque se la veían venir…Un grupo de idiotas, -hinchas de nada, porque no hinchaban por river, ni por el milan-, se levantaron con ganas de forrear a su rival, pero no de una manera folclórica, amena, graciosa, simplemente agrediendo, gritando el gol en la cara, tomándose la molestia de salir de sus casas, solo para lograr hacernos pasar un mal rato a todos.Me levanté y me fui. Faltaban 20 minutos, faltaban dos goles mas… uno de cada lado. Faltaba que Ambrossini se reciba del Ayala italiano… Faltaban las piñas que seguro me perdí porque el grupito de arriba seguía cantando “Ole Ole, Ole Ola, si sos de boca.. Pu*o! te queres matar, y otras barrileteadas, que siempre hay, que son válidas, en lugares como esté, como la redó, como chats partidarios y oficinas de laburo. Con respeto, con la lógica convivencia necesaria para no exhibir tu pene delante de hombres y mujeres, niños y niñas, y trabajadores, que nadie les paga para tener que controlar 50 infradotados. Una mierda. Una vergüenza como sociedad, como gente. Porque Termos hay en todos lados, y si, pero una cosa es la pasión, otra es la pasión desmedida y otra es la deformidad de levantarte cruzado y querer pararte adelante del tren. Buscar kilombo porque seguro tu vida es tan vacía, que no te permitís disfrutar el bochorno del rival desde un lugar digno. Necesitas gritárselo en la cara, porque todos los días de tu vida te debes sentir forreado en la cara, y de paso exponés a tu hijo, un pequeño imbecil, y gran imbecil en potencia, a ser herido, o a ser testigo de cómo te hieren a vos. En fin… Hay algo peor que hinchar por el que pierde, y es hinchar por la violencia. Al que lo leyó todo, gracias. Al que no, gracias también si entendíste que el lugar que ocupa este post busca expresar algo mas que un Andate fulano, o saquen a mengano.. Y a los otros, lo lamento. FUENTE (Es el Comentario #129)
Debo reconocer que me cuesta leer cuentos de Futbol que no sean de Fontanarrosa, Sacheri, o algún otro Argentino con una pluma consagrada en esos temas, pero la verdad que este tipo me sorprendió, ya lo había escuchado a Apo narrar algúno de sus cuentos, y la verdad que este me parece muy bueno, vale la pena. Espero les guste. ------ Yo soy Fontanarrosa -Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka. Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían. Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo: -Te va a fundir. Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir. Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme -todo el mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos. Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto. Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se aprecia. Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las canchas populares de México están en África. Había que oír esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo! Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón. No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo de los leones. Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo. Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego sonrió como si sus errores fueran geniales. Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó pénalti. Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que solo se animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: "nos vemos en los vestidores" y en las canchas donde no hay vestidores significan: "te voy a partir la madre", sin que haya que precisar el escenario. En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo. ...El era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff: -¡Abre la cancha! ¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme? Obviamente no sabía nada. ...El era Chéjov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria. Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desafío superior: estaba arrestado en la cancha. Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban en la policía. Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de azúcar. Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar. El problema, mi problema, es que ese partido podía ser la salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre acorralado. La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz. A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no solo eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma a ver a un mecánico baratísimo. El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe. Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia. Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó profética. Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera. Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso. Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez. Fue lo que hice. Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos de un policía. -Mira nomás, pendejo -el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra. ¿Ya viste? -¿Qué? -¡Measte a Juárez! Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido? Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido. Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron después. En ese momento solo criticaron lo que yo había hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es un delito peor. Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda. El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud. Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio. -La derecha es discriminatoria -dijo un policía. -Yo no discrimino a nadie -me defendí. -¡Te measte en Juárez! -Fue un accidente. -No hay accidentes, solo hay consecuencias -contestó otro policía. Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista. No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana "que no era de nadie". Vi trabajar a los policías durante hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas. La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba. -Soy escritor. -¿Le gusta el fútbol? -preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas. -El fútbol es un estado de ánimo -dije, para demostrar que soy escritor. La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo: -A ver: ¿quién escribió La vorágine? Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la policía. Cuando el uniformado dijo "La vorágine" pensé que, en su condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor: -No sé. No creyeron que fuera escritor. El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande. No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos. En el trayecto sonó el radio: -"Houston, tenemos un problema". Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible. -Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio. Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Milán. -Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado. Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa. -Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta. El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria. Leí mi tarjeta: "Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el aceitoso y El renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa". Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda piel. El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir: -Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado. ¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban. He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización. -No aceptamos sobornos: esto no es el D. F. Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo. Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2. En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El único problema es que esa era mi portería. Hemingway llegó dispuesto a matarme. -"Los valientes no asesinan" -cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez. Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida. Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo. El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza. Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato. Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de mí venía Kafka. Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas. Pasé el resto del partido encadenado a un poste. Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano. Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran. ¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Juárez: "El respeto al derecho ajeno es la paz"? Guardé silencio y eso me ayudó. Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación. Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los futbolistas. Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral. Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije: -Yo soy Fontanarrosa. Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios literarios. ...El es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes Creadores del Occidente. A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma. Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo. Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos argumentos: -No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte. El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por escribir "mejicano" en vez de "mexicano" ). Sin embargo, en ese momento pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y solo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del fútbol. Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos. Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que solo concibe una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del Mecate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia. Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con admiración, y no solo a él, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle autógrafos, como si fuera Maradona. Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar: -¿Qué haces aquí? -Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más. -Un grande -dijo él. -Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad. En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota. La expresión de Jorge no cambió: -¿Qué haces aquí? -insistió. -Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia. Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez que ni siquiera el Mecate se aproximó. Fue un momento extraño, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o así quise que nos vieran. Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Mecate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache. ¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo? Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurría nada. Solo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba más remedio: -"Una lección de vida" -recité. Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato. Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia. Al despedirse, Jorge se hizo el interesante: -Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor. El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz. Por Juan Villoro Ilustraciones: Luis Scafati Fuente
EL AUMENTO DE LAS POPULARES Papá, pará de hablar Por Victor Hugo Morales | 03.02.2008 | 03:55 Alan es como un sidecar de su viejo. Va pegado al cuerpo de su héroe favorito, esquivando otros cuerpos, rozado por las banderas que se le cruzan, contagiándose de los gritos que dominan la súper habitada calle del domingo. Gira con el afán de ver al vendedor de banderas, y siente el tirón que lo rescata de su absorta ilusión. Corre para emparejar los pasos más largos del hombre que se abre paso en la multitud. Gaseosa ahora no, en todo caso en el entretiempo, cuando papá busque en el bolsito los emparedados que prepararon juntos, antes del mediodía frugal. Hoy a su equipo, que es el mismo de su papá y su abuelo, de sus tíos y sus dos mejores amigos, lo pusieron a las dos de la tarde. Se creía que sería el viernes, pero el jueves dijeron que no, que va el domingo a las 2. Alan sabe que no puede pedir nada ahora y menos una de esas gaseosas que chorrean por fuera de tan fresquitas que están. José María, su padre, le advirtió con esa claridad que tiene para las malas noticias que este año la mano viene muy pesada, que la entrada cuesta mucho más que el campeonato pasado. Y subió el micro, y la gaseosa, todo, le dice. “¿Entendés?” Al llegar, pasan entre los móviles de la televisión. “¿A vos te parece que estos ladrones sean los que se la llevan siempre?” La frase no le está exactamente destinada a él. Es a todos y a nadie. Su padre quiere que lo oigan, pero no hay un interlocutor. Es nada más que la descarga de una bronca vieja, un grito desde la impotencia lanzado entre los obreros de la tele que la ligan sin merecerlo, mientras ponen los gruesos cables, acomodan cámaras al hombro y enarcan las cejas con expresión de “y qué tenemos que ver nosotros...”. Algo leyó o escuchó Alan, no crean que está fuera del mundo. Se pregunta, por ejemplo, si la entrada no es barata frente a lo que sostuvo un señor de la AFA, que las entradas deberían costar mucho más todavía. Veinticuatro valen ahora. Treinta y siete, deberían pagarse. Lo dijo y se quedó lo más campante, serio, casi desafiante. Lo vio en TyC Sports al cabo de un programa muy divertido en el que los conductores jugaban a algo y se reían sin parar. Y como si José María le leyera el pensamiento, aumenta la apuesta. Menciona chorros, da nombres, le saca jugo a la protesta. Y se la agarra con el Gobierno. El vio, en la empresa en la que trabaja por 1.200 pesos en mano cada mes, cómo entraban los de la AFIP a dar vuelta los cajones, a preguntar por todo. Sabe que hay represalias para los que aumentan precios. No les dan luz y se la tienen que bancar. Los amenazan, los prepotean, los ningunean. “Y a estos bucaneros no les dicen nada. Patente tienen estos piratas del fútbol y la televisión.” A él no le aumentaron un 60 y pico por ciento como a las entradas. Le dijeron que la vida aumentó un ocho, y que se conformara con el diez. “Y a llorar al cuartito, a protestarle a magoya.” Menos mal que por ahora tu hermano es chico para venir a la cancha, le dice José María. Y Alan cree entender que si no fuese así, él no estaría ahora mismo entrando por esa puerta grande al fascinante mundo del estadio. Que crezca el otro, en algún lugar tiene contra. Eso entiende, y da la primera materia en el arte de aprovechar el momento. No podrá ir al baño, verá el partido entre cabezas que se mueven adelante, una parte de la cancha está tapada por las banderas y sin embargo no comprende todavía por qué para su viejo la tarde no es una fiesta como lo es para él. Algo no funciona, por culpa de los setenta pesos de los que habla José María. Ahora hay más gente que se prende en la conversación y todos están enojados. “En vez de pedirles más plata a los chorros de la tele, nos masacran a nosotros, siempre lo mismo.” “Van todos prendidos, son una banda.” Uno se hace bocina con las manos y grita hacia los palcos de dirigentes del fútbol y la televisión. Pobre, no sabe que no van. Unos están de viaje visitando grupos inversores. Otros van a Suiza, la tierra de los bancos escondedores. En todo caso, algún testaferro oye las proclamas. “Lo que quieren es que no vengamos, ¿no te das cuenta? El negocio lo hacen cuando te quedás en casa mirando la tele, pagándoles a ellos.” “Si no fuera por el pibe que se muere por venir, minga me iban a tener acá.” Alan aprecia el gesto, pero quisiera que la terminen, que disfruten de las tribunas coloridas, que salten como él y aprendan los mismos cantos. En algún lugar de su cabecita sabe que nadie escucha a esos hombres que se sienten estafadores, víctimas de las complicidades. Aún falta tiempo para entender la cadena de complicidades. Hay algo críptico todavía en la relación que escucha del Gobierno, de la televisión, de los diarios poderosos, de los canjes de servicio, del “te doy el monopolio pero cuidame los títulos de la tapa, dame un partidito para Canal 7 y hacé lo que quieras”. Ahora salen los equipos y en la fantasía de Alan, la tarde parece flotar, el sol es lo más lindo del mundo y esa camiseta allá abajo le da coraje. Papá, mirá. Pará de hablar. Están saliendo. Fuente - Diario Perfil