AkaSpawn
Usuario (Venezuela)

Buenas amigos de T!, recientemente hice un relato de terror y quisiera compartirlo con ustedes para que me den su opinión. El señor risueño Nos habíamos acabado de mudar según recuerdo, mi nuevo hogar me fascinaba, tenía un lindo patio en el cual podría jugar a la pelota, tal vez con algún amiguito que conocería más adelante, quien sabe. Recuerdo que mi papá me dio dinero para golosinas, fui en mi nueva bicicleta roja a comprarlas muy contento, pero, de la nada empezó a llover. Mi bicicleta zigzagueaba sobre el mojado asfalto y tuve que hacer una corta parada bajo el toldo de una tienda de libros, veía la lluvia caer como si fueran las lágrimas de unas muy tristes nubes, nubes negras de tormenta. Me dedique a observar el nuevo vecindario al que me había mudado, tiendas muy pintorescas apenas se podían apreciar por el velo de lluvia que las cubría, me sorprendió notar que a mi lado estaba un banco de madera cuasi negra viejo y dañado, pero el banco dejo de ser tan relevante cuando pude mirar lo que había sobre el…Un oso de peluche. Me acerqué lentamente al oso, lo tomé y me dispuse a buscar con la mirada a la posible niña a la cual le podría pertenecer. La calle estaba casi desierta, a pesar de que eran las 3 de la tarde pasaban muy pocos autos y la gente se encontraba dentro de las tiendas. Debí dejar el oso allí, al fin y al cabo no era mío, pero sentí la necesidad de llevarlo a casa. Ya yo estaba algo grande para osos de peluche, estaba a punto de cumplir ocho años, me gustaban más los robots de pelea que aparecían por la televisión, pero el oso y yo compartíamos algo en común: El béisbol. Aquel pequeño juguete de niñas tenía una gorrita de béisbol, casualmente era de mi equipo favorito, Los Yankees de Nueva York, tal vez por eso quería llevármelo, sentía que era uno de esos souvenirs que vendían en el estadio y que mi padre nunca había querido comprarme. Ya había parado de llover, tome mi bicicleta y fui pedaleando hasta mi casa, como si llevara un botín valioso bajo el brazo, como su me estuvieran persiguiendo una jauría de perros salvajes dispuestos a quitarme mi nueva adquisición, adquisición que luego decidí llamar “Señor risueño”. Una vez en mi casa me invadió un fuerte sueño, no podía explicarme la razón, solo quería llegar a mi cama y acariciar la almohada hasta el día siguiente, pero mis sueños estaban plagados de pesadillas, horribles pesadillas en las que yo moría desgarrado por largas garras de animal sin razón alguna, en el fondo sabía que era un sueño pero era imposible para mí despertar, solo me liberé de ese trance al escuchar el grito de una frágil voz... ¡Era Mamá! Bañado en sudor baje las escaleras gritando y preguntándome que rayos pasaba en la casa, entré a la cocina y lo que allí vi se convirtió en uno de los dos recuerdos que me perseguirían durante toda mi vida, allí estaban mis padres, tendidos en el suelo, sin piel y con el pecho desgarrado. Desaparecí de la cocina casi de forma instantánea, corrí hasta llegar al ático y cerré la puerta, recuerdo que llore como nunca antes había llorado pero, mi llanto ceso apenas me percaté de que no estaba solo. Había muy poca luz pero él era claramente visible, aquella figura espectral de largo cabello negro y cabeza casi triangular, de dedos largos y huesudos con uñas que parecían las garras de una bestia y que sostenían al Señor Risueño. Fin

Buenas amigos de T! este es el segundo cuento de terror que comparto con ustedes, por favor comenten y dejen sus opiniones, que lo disfruten. Sé que fue lo que pasó esa noche, ¡lo sé todo, yo lo vi!, y ay de aquel, ¡ay de aquel que dude que lo que digo es cierto! Vi sus manos llenas de sangre, ¡Él fue el culpable de todo!, yo solo miraba con temor, soy una víctima también, ¡lo juro por dios! Discúlpeme si me altero doctor, perdóneme, es que yo no debería estar aquí, estoy totalmente sano, siempre fui un hombre sano. Mi único pecado; mi única enfermedad es la curiosidad, soy muy curioso doctor, pero eso es normal ¿verdad?, las grandes mentes siempre han sido curiosas, Einstein por ejemplo, él sí que era curioso. Claro está que Albert Einstein era un físico, un hombre muy brillante; yo soy un simple mago, un ilusionista. Siempre me interesó la magia; desde muy chico, doctor. Recuerdo que mi madre me prometía que me llevaría a un espectáculo de magia; siempre y cuando sacase buenas notas, así que me dedicaba a estudiar día y noche para poder ir al espectáculo de magia, yo era un niño ejemplar, un genio. Mi madre, una ama de casa que vivía del poco dinero que le dejó mi padre antes de morir; siempre cumplía su palabra, una tarde al salir del colegio me llevó a ver a un mago que tenía un espectáculo fantástico, o al menos eso decían, la verdad fue que al llegar solo pude ver decepción, eso no era magia, eran simples trucos con cuerdas y espejos, sorprendente para personas incautas, pero claro, yo era un genio. Me fui muy triste de allí, fue una decepción muy grande, tuve que cargar con ese recuerdo gran parte de mi infancia. Ya en mi adolescencia mi curiosidad había hecho que me encontrase con mi nueva gran pasión: El ocultismo. A diferencia de la pobre magia que estuve acostumbrado a presenciar durante mi niñez; ¡el ocultismo de verdad funcionaba! Iba a las tiendas esotéricas a comprar ingredientes para pócimas de amor sorprendentemente funcionales, las cuales vendía a las jovencitas que estudiaban conmigo a un alto precio, así llevaba el dinero a la casa, doctor. Claro ninguna niña se imaginaba que los ingredientes para esas pócimas eran muy difíciles de conseguir, por ejemplo el corazón de hurón es muy escaso en cierta época del año, en cambio el ojo de rana es común, pero muy difícil extraerlo intacto. Mis habilidades fueron perfeccionándose con el pasar de los años, ya me aburría hacer pócimas y con el dinero que había ahorrado pude mantener a mi madre a mí por un largo tiempo, ella sabía lo que yo hacía pero creía que no eran más que niñerías; cosas que hacen los adolescentes para llamar la atención. Un día fui a una tienda esotérica que estaba por cerrar y logré conseguir a muy buen precio un libro llamado “Animata Mors”, algo así como “Muerte Animada” en latín. El libro era muy descriptivo y explicaba como reanimar a los muertos con un complejo ritual que debía hacerse cuando la luna estuviese en el cénit. Yo siempre fui muy curioso, doctor; así que me motivé a realizar el ritual una noche, previamente había preparado todos los ingredientes correspondientes a dicho ritual, hice un pentagrama en el suelo, coloqué las velas en su respectiva posición y preparé el cuerpo. Como era mi primer intento quise hacerlo con algo pequeño: Una rata. El ritual exigía que hubiese un espejo a la hora de reanimar y que el cadáver tuviese un nombre de pila por el cual debía ser llamado, decidí ponerle a la rata Mozart y ni corto ni perezoso coloqué el espejo frente a él. “Levántate Mozart, las tinieblas ya no cubren tu cuerpo” Mozart despertó y se quedó viendo fijamente su reflejo en el espejo, la rata no hacía ningún movimiento, solo se veía en el espejo. Comencé a mover el espejo y Mozart lo seguía caminando lentamente, era algo así como un títere, doctor. Horas más tarde había aprendido a dominar a Mozart, podía hacer que saltase si levantaba el espejo y podía hacer que rodase como un cachorro a con unos simples movimientos, era maravilloso. Mi madre se sentía sola, doctor. Lloraba todas las noches por mi padre, yo estaba cansado de verla llorar así que decidí hacerle un regalo de cumpleaños, le regalaría unos momentos con él, pero antes debía preparar bien mi sorpresa. Me propuse cambiar un poco las reglas del “Animata Mors” y decidí llenar las paredes de mi habitación con espejos, no había un solo rincón que no estuviese lleno de espejos, un espejo reflejaba a otro. Mi madre muy despreocupada ni se imaginaba lo que iba a hacer, seguro pensaba que era otra de mis formas de llamar su atención. Yo le quería dar un buen regalo de cumpleaños. En la víspera de su nacimiento corrí al cementerio a buscar el cuerpo de mi padre, para mí fue fácil extraer el cuerpo y meterlo en un saco, ¿el olor? No me molestó para nada y fue sencillo colarme en el cementerio, lo confieso doctor, no me detuve con Mozart. Preparé todo a la perfección, sabía que funcionaria, el cuerpo apestaba sin duda, pero no pensé que a mi madre le fuese a molestar el olor, ella estaría muy ocupada viendo a mi padre caminar otra vez entre vivos. La llevé con los ojos vendados a mi habitación y le hice prometer que no fuese a respirar por la nariz, que en cambio respirase por la boca, ella acepto. Antes de quitarle la venda le pedí que se sentase en el suelo y allí entoné las palabras mágicas: “Levántate Charlie, las tinieblas ya no cubren tu cuerpo” Mi padre se levantó, y algo horrible pasó esa noche, algo que no quiero recordar jamás…