Existe la tendencia, en las personas, a estar desconformes con la sociedad que los rodea, a tratar de hacer algo para descollar por encima de la mediocridad y por último a unirse con quienes sienten, piensan y actúan como él. Por lo general esto redunda en la creación de grupos humanos que persiguen a priori fines muy nobles. El gran problema es que a partir de cierto momento empiezan a verse a sí mismos como una especie de élite y a menudo a mirar con cierto desdén a quienes se hallan fuera de su círculo, e incluso cuando no es así, el hecho de creerse más que las personas que las rodean les atrae inevitables antipatías.
Este prólogo viene a cuento porque hoy nos ocuparemos de los dos grupos que los conspiracionistas hacen subir al banquillo de los acusados: judíos y masones. En conjunto, unos y otros han tenido y tienen aspectos positivos, al margen de los cuales también han tenido importantes fallas originadas en la mentalidad elitista que mencionaba antes. Esas fallas, el prejuicio y otros ingredientes que iremos mencionando más adelante, han dado como resultado que, para un cierto número de personas, han pasado a ser, directamente, monstruos.
En el caso de los judíos, todo comienza con el carácter monoteísta de su religión. El judaísmo tiene preceptos y mandamientos muy nobles junto con otros que tal vez no sean buenos ni malos, sino sólo diferentes. Algunos de estos preceptos y mandamientos pasaron luego al cristianismo, como todo el mundo sabe. Pero el gran problema fue que la religión de los judíos excluía cualquier otra divinidad que no fuera Yahwé. Todos los demás dioses pasaban a ser falsos. La Biblia nos muestra a menudo a los profetas predicando contra los ídolos y falsos dioses. De más está decir que el efecto en los pueblos que rodeaban a los judíos fue de rechazo. No es difícil imaginar que aquellos profetas debían ser vistos como fanáticos y herejes por la mayoría de los pueblos de Medio Oriente, entre quienes predominaba el politeísmo. Cada pueblo adoraba, no sólo a sus dioses, sino a los de los pueblos vecinos. Pero el recalcitrante monoteísmo de los judíos era visto como cosa extraña e incluso perversa. Como además, a causa de sus diferencias religiosas, los judíos tendían a replegarse sobre sí mismos, a aislarse de los pueblos que tenían próximos, terminaron siendo bastante mal vistos.
Bajo el dominio romano, los judíos sostuvieron una encarnizada guerrilla con miras a independizarse. El naciente cristianismo, al principio una secta judía, hizo cuanto pudo para congraciarse con Roma. El propio Poncio Pilatos nos es mostrado como un simple espectador que nada pudo hacer para salvar a Jesús, cuando es probable que lo viera como un potencial líder político muy peligroso. En efecto, Jesús no fue el único en aquella época que se autodenominó "Mesías". Entre los zelotes, los guerrilleros que trataban de liberar a Judea del yugo de Roma, hubo unos cuantos individuos que también pretendieron tal título. No sorprende, entonces, que Jesús fuera puesto en el mismo saco que los otros -justificadamente o no- y ejecutado en consecuencia. Los cristianos, entonces, trataron de tomar distancia del judaísmo mostrando como auténticos culpables de la muerte de Jesús, no a los romanos, sino a los judíos. Allí nació el estigma que durante siglos marcó a éstos como autores del peor crimen imaginable, el deicidio.
Pero la cosa no termina aquí. Durante la Edad Media, a los judíos les estaban permitidos muy pocos oficios, entre ellos el de mercader, que en cambio le estaba prohibido a los cristianos. El efecto que esto produjo fue que los judíos, hábiles comerciantes, llegaron a acumular riquezas inmensas y lo hacen hasta el día de hoy. En este sentido, ellos son lo que el cristianismo ha hecho de ellos. Estas riquezas desde siempre tentaron a los poderosos, que cuando no agobiaron a los judíos con pesados gravámenes, directamente les ofrecieron descaradamente protección extorsiva, cuando no los exterminaban para quedarse con sus bienes. La Edad Media, durante la cual la acusación de deicidio estaba firmemente instalada en la sociedad cristiana, fue pródiga en ese tipo de abusos. La Santa Sede finalmente retiró el cargo de deicidio, pero el prejuicio contra los judíos persistió.
Al margen de todo esto, los judíos tienen ideales tan bellos y nobles como los cristianos, y no hay más que leer fragmentos del Talmud o estudiar ciertas leyendas para advertir cuán arraigado está entre ellos, por ejemplo, el concepto de justicia. Por supuesto, llevar a la práctica esos ideales es otro tema. Ha habido, hay y habrá delincuentes y mala gente de toda laya entre los judíos, como en cualquier otro pueblo. Por dar un ejemplo, en la Argentina funcionó durante parte del siglo pasado la Zwy Mygdal, una organización que se dedicaba a la trata de blancas y cuyos integranteseran judíos. La cuestión no es que los judíos no puedan ser malos, sino que los hay tanto malos como buenos. Fundamentalmente, los judíos, vistos como un solo pueblo, no están aliados a los masones para ningún plan siniestro o diabólico. Y por otra parte, ya se vieron vistos implicados, ya desde la Edad Media, en supuestas conspiraciones a cuál más absurda, como otra que también involucró a leprosos, junto a los cuales, según se nos dice, intentaron envenenar todas las fuentes de Francia instigados por reyes moros. La fecha exacta no la recuerdo, pero fue durante el reinado de Felipe V el Largo.
Mencionábamos que los judíos tendían y tienden todavía a replegarse sobre sí mismos. Otro tanto podríamos decir en cierto modo de los masones, en cuyo caso medió otro factor que, cuando empezó a surgir el sentimiento antimasón, vino a echar más leña al fuego de cualquier prejuicio que pudiera existir contra ellos: el secretismo. Recordemos que en el tercer post de esta serie, al hablar sobre el satanismo de Anton LaVey, apuntábamos que éste en realidad no creía en el Diablo, y que implementó cierta liturgia en su Iglesia satanista sólo por considerar que el hombre necesita de la fantasía y el misterio. Los masones son, creo yo, una prueba más de que esto es absolutamente cierto. No obstante, vale la pena aclarar que, en sus orígenes, el secretismo de la masonería tenía un sentido más práctico. En efecto, la masonería surgió entre los canteros y constructores de la Edad Media. En sus orígenes, la Logia era el edificio donde durante la realización de una obra arquitectónica los trabajadores se reunían a comer, a discutir temas de interés en común y a trasmitirse sus conocimientos. Un simple asunto de competencia derivó en el hecho de que en la Logia se exigiera a los cofrades guardar silencio, para que sus conocimientos no salieran de allí y fueran aprovechados por otros grupos similares. Paralelamente, fue estableciéndose entre ellos cierta moral, que al menos algunos consideran nacida del hecho de que estos primeros masones eran los constructores de templos y, por consiguiente, se sentían muy vinculados a lo espiritual.
Ese secretismo subsistió incluso, tal vez por los motivos apuntados por LaVey al hablar de su iglesia satánica, cuando las Logias perdieron su sentido primigenio y empezaron además a admitir miembros no vinculados al gremio de la construcción, lo que aconteció a partir del siglo XVII. Muchos intelectuales y aristócratas se sintieron entonces atraídos por la masonería y, curiosamente, fue el propio secretismo uno de los mayores incentivos para sumarse a una logia, aunque el mensaje masón de fraternidad también influyó. Ya se ha dicho, el ser humano en general gusta de sentirse parte, de un modo u otro, de una élite, de un grupo que descuella por encima de los mediocres. Dado que los fines morales y espirituales de los masones eran y son muy elevados, en principio no es reprobable que este sentimiento lleve a alguien a querer ser masón. De hecho, en cierto momento ser masón llegó a ser visto como algo muy honorable. Pero desde el principio, él secretismo de la masonería les atrajo tantos enemigos como adeptos. Se los acusaba de comulgar con el Anticristo, de disfrazar orgías homosexuales encubriéndolas bajo la apariencia de reuniones masónicas, y cosas por el estilo. Además, sus ritos les atrajeron un adversario poderosísimo, la Iglesia Católica, que veía en ellos un culto que competía con su propia liturgia.
Paralelamente, los masones se vieron vinculados a los Illuminati, una organización de carácter filosófico fundada en 1776 por un tal Adam Weishaupt y que existió durante sólo una década, aunque muchos hayan insistido o insistan todavía en que siguió existiendo mucho tiempo después y/o que existe aún hoy. Sus fines declarados eran "fomentar la humanidad y sociabilidad, inhibir todo impulso vicioso, apoyar la Virtud cuando quiera que ésta sea oprimida o amenazada por el Vicio, progresar en la lucha por alcanzar la dignidad y promover la sabiduría entre las gentes que se han visto privadas de una educación". George Johnson sostiene que Weishaupt buscaba "un mundo donde las divisiones de clase, religión y nacionalidad fueran abolidas, y todas las personas estuvieran unidas bajo una hermandad común". Pero debido a que su objetivo era una revolución radical aunque incruenta, idea que desataría todo tipo de controversias y oposiciones, Weishaupt debió rodearse de un secretismo hermético.
Ese secretismo fue lo que probablemente puso a los masones y los Illuminati en la misma bolsa. El ascenso al poder de Carlos Teodoro en Baviera se vio acompañado de edictor prohibiendo sociedades no autorizadas y, más especificamente, la masonería y los Illuminatti. En casa de uno de éstos, al ser registrada, se halló material muy controvertido para la época, como tratados en defensa del suicidio. A partir de entonces se aceleró el descrédito de los Illuminati y, con ellos, cayeron los masones. En 1787 apareció un libro cuyo largo título era Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y gobiernos de Europa fraguada en las reuniones secretas de francmasones, Illuminati y Sociedades Lectoras, reunidas por Autoridades competentes. Este libro fue un éxito de ventas y volvió a reimprimirse a raíz del Caso Morgan, que detallaremos enseguida, y en 1967, en este último caso presentado como una denuncia muy actual.
El caso Morgan sed produjo en 1826. William Morgan fue un hombre que con malos procedimientos intentó ingresar en la masonería, pero fue descubierto y rechazado por los masones locales. Como venganza, decidió publicar lo que había llegado a conocer de los secretos de los masones en un libro cuyo título original era Illustrations of Masonry by one of the fraternity (Escenas de la masonería, por un integrante de la fraternidad). Esto desató a su vez otra venganza de los masones locales, que secuestraron y quizás asesinaron a Morgan. Nunca se halló el cadáver y la evidencia fue muy escasa, por lo que, aunque los culpables fueron a juicio, terminaron absueltos. La creación del Partido Anti-masónico en Estados Unidos fue consecuencia de este incidente. Sin embargo, en las elecciones de 1832, si bien ese partido apareció como una tercera fuerza política, Andrew Jackson, un masón, triunfó en los comicios. De todos modos, con el Caso Morgan, la masonería entró en descrédito, perdió muchos integrantes y varias logias incluso cerraron sus puertas por falta de interesados.
Lo que prueba el Caso Morgan, en todo caso (por si necesitábamos de verdad pruebas) es que también los masones pueden ser malos; si bien, ya lo hemos visto, medió una provocación primero. Nadie está diciendo que haya una raza o sociedad que sea por completo intachable. Sólo afirmamos que asegurar que hay una gran conspiración, con la complicidad de Greenpeace, de judíos y masones que en realidad son reptiloides y que quieren reducir la población mundial a quinientos millones de habitantes y esclavizar a otros implantándoles un chip con el número 666, es un rotundo y simple disparate.
Este prólogo viene a cuento porque hoy nos ocuparemos de los dos grupos que los conspiracionistas hacen subir al banquillo de los acusados: judíos y masones. En conjunto, unos y otros han tenido y tienen aspectos positivos, al margen de los cuales también han tenido importantes fallas originadas en la mentalidad elitista que mencionaba antes. Esas fallas, el prejuicio y otros ingredientes que iremos mencionando más adelante, han dado como resultado que, para un cierto número de personas, han pasado a ser, directamente, monstruos.
En el caso de los judíos, todo comienza con el carácter monoteísta de su religión. El judaísmo tiene preceptos y mandamientos muy nobles junto con otros que tal vez no sean buenos ni malos, sino sólo diferentes. Algunos de estos preceptos y mandamientos pasaron luego al cristianismo, como todo el mundo sabe. Pero el gran problema fue que la religión de los judíos excluía cualquier otra divinidad que no fuera Yahwé. Todos los demás dioses pasaban a ser falsos. La Biblia nos muestra a menudo a los profetas predicando contra los ídolos y falsos dioses. De más está decir que el efecto en los pueblos que rodeaban a los judíos fue de rechazo. No es difícil imaginar que aquellos profetas debían ser vistos como fanáticos y herejes por la mayoría de los pueblos de Medio Oriente, entre quienes predominaba el politeísmo. Cada pueblo adoraba, no sólo a sus dioses, sino a los de los pueblos vecinos. Pero el recalcitrante monoteísmo de los judíos era visto como cosa extraña e incluso perversa. Como además, a causa de sus diferencias religiosas, los judíos tendían a replegarse sobre sí mismos, a aislarse de los pueblos que tenían próximos, terminaron siendo bastante mal vistos.
Bajo el dominio romano, los judíos sostuvieron una encarnizada guerrilla con miras a independizarse. El naciente cristianismo, al principio una secta judía, hizo cuanto pudo para congraciarse con Roma. El propio Poncio Pilatos nos es mostrado como un simple espectador que nada pudo hacer para salvar a Jesús, cuando es probable que lo viera como un potencial líder político muy peligroso. En efecto, Jesús no fue el único en aquella época que se autodenominó "Mesías". Entre los zelotes, los guerrilleros que trataban de liberar a Judea del yugo de Roma, hubo unos cuantos individuos que también pretendieron tal título. No sorprende, entonces, que Jesús fuera puesto en el mismo saco que los otros -justificadamente o no- y ejecutado en consecuencia. Los cristianos, entonces, trataron de tomar distancia del judaísmo mostrando como auténticos culpables de la muerte de Jesús, no a los romanos, sino a los judíos. Allí nació el estigma que durante siglos marcó a éstos como autores del peor crimen imaginable, el deicidio.
Pero la cosa no termina aquí. Durante la Edad Media, a los judíos les estaban permitidos muy pocos oficios, entre ellos el de mercader, que en cambio le estaba prohibido a los cristianos. El efecto que esto produjo fue que los judíos, hábiles comerciantes, llegaron a acumular riquezas inmensas y lo hacen hasta el día de hoy. En este sentido, ellos son lo que el cristianismo ha hecho de ellos. Estas riquezas desde siempre tentaron a los poderosos, que cuando no agobiaron a los judíos con pesados gravámenes, directamente les ofrecieron descaradamente protección extorsiva, cuando no los exterminaban para quedarse con sus bienes. La Edad Media, durante la cual la acusación de deicidio estaba firmemente instalada en la sociedad cristiana, fue pródiga en ese tipo de abusos. La Santa Sede finalmente retiró el cargo de deicidio, pero el prejuicio contra los judíos persistió.
Al margen de todo esto, los judíos tienen ideales tan bellos y nobles como los cristianos, y no hay más que leer fragmentos del Talmud o estudiar ciertas leyendas para advertir cuán arraigado está entre ellos, por ejemplo, el concepto de justicia. Por supuesto, llevar a la práctica esos ideales es otro tema. Ha habido, hay y habrá delincuentes y mala gente de toda laya entre los judíos, como en cualquier otro pueblo. Por dar un ejemplo, en la Argentina funcionó durante parte del siglo pasado la Zwy Mygdal, una organización que se dedicaba a la trata de blancas y cuyos integranteseran judíos. La cuestión no es que los judíos no puedan ser malos, sino que los hay tanto malos como buenos. Fundamentalmente, los judíos, vistos como un solo pueblo, no están aliados a los masones para ningún plan siniestro o diabólico. Y por otra parte, ya se vieron vistos implicados, ya desde la Edad Media, en supuestas conspiraciones a cuál más absurda, como otra que también involucró a leprosos, junto a los cuales, según se nos dice, intentaron envenenar todas las fuentes de Francia instigados por reyes moros. La fecha exacta no la recuerdo, pero fue durante el reinado de Felipe V el Largo.
Mencionábamos que los judíos tendían y tienden todavía a replegarse sobre sí mismos. Otro tanto podríamos decir en cierto modo de los masones, en cuyo caso medió otro factor que, cuando empezó a surgir el sentimiento antimasón, vino a echar más leña al fuego de cualquier prejuicio que pudiera existir contra ellos: el secretismo. Recordemos que en el tercer post de esta serie, al hablar sobre el satanismo de Anton LaVey, apuntábamos que éste en realidad no creía en el Diablo, y que implementó cierta liturgia en su Iglesia satanista sólo por considerar que el hombre necesita de la fantasía y el misterio. Los masones son, creo yo, una prueba más de que esto es absolutamente cierto. No obstante, vale la pena aclarar que, en sus orígenes, el secretismo de la masonería tenía un sentido más práctico. En efecto, la masonería surgió entre los canteros y constructores de la Edad Media. En sus orígenes, la Logia era el edificio donde durante la realización de una obra arquitectónica los trabajadores se reunían a comer, a discutir temas de interés en común y a trasmitirse sus conocimientos. Un simple asunto de competencia derivó en el hecho de que en la Logia se exigiera a los cofrades guardar silencio, para que sus conocimientos no salieran de allí y fueran aprovechados por otros grupos similares. Paralelamente, fue estableciéndose entre ellos cierta moral, que al menos algunos consideran nacida del hecho de que estos primeros masones eran los constructores de templos y, por consiguiente, se sentían muy vinculados a lo espiritual.
Ese secretismo subsistió incluso, tal vez por los motivos apuntados por LaVey al hablar de su iglesia satánica, cuando las Logias perdieron su sentido primigenio y empezaron además a admitir miembros no vinculados al gremio de la construcción, lo que aconteció a partir del siglo XVII. Muchos intelectuales y aristócratas se sintieron entonces atraídos por la masonería y, curiosamente, fue el propio secretismo uno de los mayores incentivos para sumarse a una logia, aunque el mensaje masón de fraternidad también influyó. Ya se ha dicho, el ser humano en general gusta de sentirse parte, de un modo u otro, de una élite, de un grupo que descuella por encima de los mediocres. Dado que los fines morales y espirituales de los masones eran y son muy elevados, en principio no es reprobable que este sentimiento lleve a alguien a querer ser masón. De hecho, en cierto momento ser masón llegó a ser visto como algo muy honorable. Pero desde el principio, él secretismo de la masonería les atrajo tantos enemigos como adeptos. Se los acusaba de comulgar con el Anticristo, de disfrazar orgías homosexuales encubriéndolas bajo la apariencia de reuniones masónicas, y cosas por el estilo. Además, sus ritos les atrajeron un adversario poderosísimo, la Iglesia Católica, que veía en ellos un culto que competía con su propia liturgia.
Paralelamente, los masones se vieron vinculados a los Illuminati, una organización de carácter filosófico fundada en 1776 por un tal Adam Weishaupt y que existió durante sólo una década, aunque muchos hayan insistido o insistan todavía en que siguió existiendo mucho tiempo después y/o que existe aún hoy. Sus fines declarados eran "fomentar la humanidad y sociabilidad, inhibir todo impulso vicioso, apoyar la Virtud cuando quiera que ésta sea oprimida o amenazada por el Vicio, progresar en la lucha por alcanzar la dignidad y promover la sabiduría entre las gentes que se han visto privadas de una educación". George Johnson sostiene que Weishaupt buscaba "un mundo donde las divisiones de clase, religión y nacionalidad fueran abolidas, y todas las personas estuvieran unidas bajo una hermandad común". Pero debido a que su objetivo era una revolución radical aunque incruenta, idea que desataría todo tipo de controversias y oposiciones, Weishaupt debió rodearse de un secretismo hermético.
Ese secretismo fue lo que probablemente puso a los masones y los Illuminati en la misma bolsa. El ascenso al poder de Carlos Teodoro en Baviera se vio acompañado de edictor prohibiendo sociedades no autorizadas y, más especificamente, la masonería y los Illuminatti. En casa de uno de éstos, al ser registrada, se halló material muy controvertido para la época, como tratados en defensa del suicidio. A partir de entonces se aceleró el descrédito de los Illuminati y, con ellos, cayeron los masones. En 1787 apareció un libro cuyo largo título era Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y gobiernos de Europa fraguada en las reuniones secretas de francmasones, Illuminati y Sociedades Lectoras, reunidas por Autoridades competentes. Este libro fue un éxito de ventas y volvió a reimprimirse a raíz del Caso Morgan, que detallaremos enseguida, y en 1967, en este último caso presentado como una denuncia muy actual.
El caso Morgan sed produjo en 1826. William Morgan fue un hombre que con malos procedimientos intentó ingresar en la masonería, pero fue descubierto y rechazado por los masones locales. Como venganza, decidió publicar lo que había llegado a conocer de los secretos de los masones en un libro cuyo título original era Illustrations of Masonry by one of the fraternity (Escenas de la masonería, por un integrante de la fraternidad). Esto desató a su vez otra venganza de los masones locales, que secuestraron y quizás asesinaron a Morgan. Nunca se halló el cadáver y la evidencia fue muy escasa, por lo que, aunque los culpables fueron a juicio, terminaron absueltos. La creación del Partido Anti-masónico en Estados Unidos fue consecuencia de este incidente. Sin embargo, en las elecciones de 1832, si bien ese partido apareció como una tercera fuerza política, Andrew Jackson, un masón, triunfó en los comicios. De todos modos, con el Caso Morgan, la masonería entró en descrédito, perdió muchos integrantes y varias logias incluso cerraron sus puertas por falta de interesados.
Lo que prueba el Caso Morgan, en todo caso (por si necesitábamos de verdad pruebas) es que también los masones pueden ser malos; si bien, ya lo hemos visto, medió una provocación primero. Nadie está diciendo que haya una raza o sociedad que sea por completo intachable. Sólo afirmamos que asegurar que hay una gran conspiración, con la complicidad de Greenpeace, de judíos y masones que en realidad son reptiloides y que quieren reducir la población mundial a quinientos millones de habitantes y esclavizar a otros implantándoles un chip con el número 666, es un rotundo y simple disparate.