Venganza y Justicia
Pocas veces intentamos analizar qué es realmente la justicia, qué es lo que estamos reclamando cuando la exigimos y a quién lo hacemos. La justicia es lo consecutivo, lo que debe ser acorde a las normas que rigen el entorno en el cual se desarrollan los actos. ¿Qué significa todo esto? Veamos un ejemplo: si tomase una piedra y la arrojara hacia el cielo, ésta debe caer, según las leyes que rigen la física en nuestro mundo; la justicia en éste caso, se lleva a cabo exitosamente, ya que la norma exige que la piedra sea atraída por la gravedad terrestre.
Así pues, en el entorno que nos tocó vivir existen múltiples y variadas leyes que coaccionan nuestra vida, a veces ejerciendo sólo una fuerza de coerción sobre nosotros. Existen las leyes de la física, las leyes del hombre, la legislatura divina, entre otras.
La pregunta clave es la siguiente: si el hombre no cree en Dios, ¿puede exigir justicia Divina? Eventualmente la respuesta es no, pues aunque si Dios existiese, ignorarlo antes de entregarle nuestras súplicas convertiría todo esto es una enorme hipocresía de quienes le damos la espalda cuando todo nos va bien y que le rogamos piedad cuando las calamidades se acercan, apelando en última instancia, a su misericordia por nuestra indiferencia.
Pero he aquí que si Dios es verdadero así como sus leyes divinas, éstas existen independientemente de aquel que decide no creer en Él y sus leyes; pues bien, ¿éstas leyes divinas no se aplican de todas formas en beneficio de la humanidad aún cuando no convoquemos a Dios?
La respuesta también es ‘no’, porque sus leyes no sólo nos otorgan derechos sino que también nos confieren obligaciones: así como la piedra debe ser lanzada al cielo para que ésta caiga, nosotros no podemos ignorar a Dios todo el tiempo para exigirle sólo cuando nos encontramos en un estado calamitoso y desesperante, porque sus leyes así lo exigen.
Supongamos que un criminal asesina a nuestro hermano y nosotros pedimos a Dios que se haga justicia; pues bien, antes de cometer la imprudencia de sugerir a Dios lo que debe suceder con el criminal, hemos de entender que la justicia ya se ha llevado a cabo en el preciso momento en el que se comete el homicidio, porque para cada acto existe un galardón, una recompensa, y el criminal se hizo acreedor de tal retribución en el instante que lleva a cabo la acción de matar, y eso es todo.
Podemos pedir a Dios ‘que se haga Su voluntad’ sin caer en la hipocresía de sugerir con nuestro corazón (y no con nuestra cabeza, como debiera ser) la maldición que al criminal le debería caer sobre su cabeza. La venganza sólo es un sentimiento, una pasión, una droga que estimula los sentidos para relajarlos luego de tanto dolor y pena sufridos. Pero he aquí que la venganza, en su condición de ‘acto’ o ‘acción’ también está sometida a la justicia, y es probable que cuando ejecutemos un acto de venganza pensando que en realidad estamos ‘haciendo justicia’, la verdadera y única justicia nos aplique un castigo acorde a la acción que decidamos hacer.
“T!eología” © Ruben V. Pranevicius (2011)
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