InicioApuntes Y MonografiasUna década de mala conciencia
Escrito por Lic Ramón D. Peralta




No existen los altos riesgos, cuando los políticos no se sienten obligados a ser responsables, ante un marco donde la sociedad tampoco quiere hacerse eco de las suyas. Es por ello, que los privilegiados no pierden la esperanza de poder ir resolviendo sus problemas más acuciantes (poder, dinero, fama, reconocimiento y prestigio), prescindiendo de los problemas de los comunes, sin tener por ello que renunciar a sus privilegios, hasta que un día sea demasiado tarde y nos veamos abocados nuevamente a otra catástrofe, en un círculo in eternum, donde ante cada catástrofe nos limitamos a hacer lo mismo, sin que jamás la propia responsabilidad sea tenida en cuenta para el ulterior análisis.



No en vano ya Cuvier dio cuenta de la historia geológica del planeta acudiendo a una serie de catástrofes, que bien pudiera explicar también el origen de la humanidad. Al quedarnos sin la filosofía metafísica de la historia que pensaron los ilustrados, intenta colarse de prepo una suerte de "Teoría de la inevitabilidad de las catástrofes", que al fin y al cabo, es la que mejor encaja con este hedonismo consumista e irresponsable, quien consagra como fetiche: "un mundo cada vez más imprevisible", en el que lo único que parece importar a cada individuo y a cada pueblo políticamente organizado, es saber en qué lugar va a quedar en la próxima etapa, dependiendo la supervivencia de la asunción de una responsabilidad global para con el planeta, so seguimos, sin embargo, comportándonos según los dictados de la ley de la selva, donde incluso hemos elevado la irresponsabilidad, al grado de norma natural, lo que de antemano se cree inmodificable.

Mencionar la barbarie implícito en este hedonismo hiperconsumista, solo tendría un valor metafórico, y en algún punto del extremo, profético, pues nadie está dispuesto a renunciar en un ápice a éste consumismo suicida, y por ende a tomar la medidas que aun son posibles, por evitar y prevenir nuevas catástrofes. Y si bien, lo que digo es de orden genérico, en Argentina la ignominia consumista llegó al extremo de hacernos sucumbir ante un fenómeno tan frecuente como ordinario, la lluvia. ¿Es admisible resignar nuestras propias vidas de antemano y a prori ante la lluvia?, entonces ¿qué nos queda ante otros fenómenos naturales potenciados por la propia destrucción del hombre?. No somos sino los signos suspensivos del epitafio de nuestra propia muerte. El decadente Baudelaire lo sabía pero carecía del más elemental instinto de humor para ser un gran poeta. Nuestras carroñas pudriéndose al sol, son ya olores putrefactos, los mismos de las cloacales alegorías de Borges, quienes no nos hacen reír porque no son verdaderamente trágicas y reales, o las explicaciones de las filosofías políticas de los sabiondos de Carta Abierta, que por ser harto cómicas nos hacen amar todavía mas éste culto procaz e ingenuo a la "irresponsabilidad suprema".







En honor a la verdad, si es que hay verdad en el honor, solamente el librepensamiento kamizaze y crítico celebra sin afirmar nada, sin afirmarse ni tomar asiento sobre ningún fundamento dogmático, padre, hijo ni espíritu santo. Toda cultura que se aprecia como tal, se afirma como modo de evadir la catástrofe como proceso sin origen, y sin eterno retorno. La quietud, el reposo, el descanso, la inacción, no preceden al movimiento, el movimiento es el modo en que toda catástrofe busca su fin en la inmovilidad y en la irresponabilidad. Celebrar y afirmar la vida, so estar en movimiento, significa afirmar la noción de la muerte, y celebrar esa noción de muerte, significa llorar ante un niño en pena, una anciana en brazos, una madre sin techo, un padre sin trabajo, un estudiante sin maestro, una política sin política.



Sino fueran tan cínicos, sádicos, soberbios, mentirosos y patanes y sino fuera porque han edificado este sórdido culto a la autoadoración de una vacua "perfección", me abstendría de ésta última parte. El kirchnerismo ha imitado a la perfección la imagen de la catástrofe, aunque ésta carezca de imágenes reales, de una moraleja, de un sentimiento emancipador, y sea la más pura alegoría capaz de sodomizar al mas mentado lenguaje (muy a pesar de sus filósofos posmodernistas). Pero también la "cultura social argentina", es un oxímoron que describe como nadie en qué consiste el "nacionalismo de la nada". Un amor que brilla en un partido de fútbol o en un acto proselitista, pero que se apaga cuando hablamos de las cosas trascendentes y realmente soberanas, lo cual denota claramente que aquel nacionalismo, no es otra cosa que un crípsico sentido de esclavitud al hedonismo, el cualunquismo, el consumismo, la indiferencia social y un raquítico espíritu moral, ético y humano. Me despido a sabiendas que nada cambiará, y que este escrito seguirá vívido por varias décadas mas, tan vigente como ahora y ayer. "Una vida sin conciencia, no merece ser vivida" (Sócrates)

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