Claraboya es la primera novela de Saramago: rechazada por las editoriales en su momento (ni siquiera le contestaron), “perdida” después en los depósitos de esas editoriales, recuperada y guardada por el autor, que se negó a publicarla cuando ya era famoso y la editorial se retractó. Pilar del Río, su mujer y traductora al castellano, cuenta el episodio en su prólogo, “El libro perdido y hallado en el tiempo”, en el que explica sus sentimientos cuando la leyó. “Es verdad que (Saramago) murió y ya no está”, dice, “pero, de pronto, donde Claraboya ha sido publicada… (se siente) que Saramago ha vuelto a publicar un libro”. La conmoción de volver a ponerse en contacto con la voz intensa del escritor se refleja en las palabras de su viuda y le da un sentido diferente a la lectura de Claraboya.
Los lectores de Saramago sienten exactamente eso: que esta novela es un reencuentro. Ahí están muchos de los rasgos reconocibles de El evangelio según Jesucristo, Memorial del convento, Ensayo sobre la ceguera, Historia del cerco de Lisboa, El viaje del elefante (la lista es mucho más larga, estos son mis preferidos personales): los personajes de pueblo; las mezquindades de la vida; las grietas abiertas entre hombres y mujeres y entre clases sociales; los mecanismos brutales y terribles del poder; la sumisión y la crueldad; la bondad y el amor (todos los tipos de amor, no solamente el de pareja) como única salida; la necesidad absoluta de ver a los Otros y de luchar por ellos si se quiere ser verdaderamente humano.
Reseña:
Amanece en Lisboa. En una mañana de mediados del siglo XX, la mirada del novelista se asoma a la ventana de un vecindario. Se anuncia un día no muy diferente de los demás: el zapatero Silvestre, que abre su taller; Adriana, que parte hacia el trabajo mientras en su casa tres mujeres inician otra jornada de costura; Justina, que tiene ante sí un largo día jalonado por las disputas con su brutal marido; la mantenida Lidia; y la española Carmen, sumida en nostalgias...
Discretamente, la mirada del novelista va descendiendo y, de repente, deja de ser simple testigo para ver con los ojos de cada uno de los personajes. Capítulo a capítulo, salta de casa en casa, de personaje en personaje, abriéndonos un mundo gobernado por la necesidad, las grandes frustraciones, las pequeñas ilusiones, la nostalgia de tiempos que ni siquiera fueron mejores. Todo cubierto por el silencio tedioso de la dictadura, la música de Beethoven y una pregunta de Pessoa: «¿Deberemos ser todos casados, fútiles, tributables?».
Saramago terminó de escribir Claraboya a los treinta y un años y entregó el manuscrito a una editorial de la que solo obtuvo respuesta cuarenta años más tarde, cuando era un escritor consagrado. La escritura minuciosa y paciente retrata con maestría una época marcada por la desesperanza. Claraboya anticipa de un modo deslumbrante los elementos del universo Saramago, así́ como las virtudes que serán el germen de tantas obras maestras. En el texto se oye la voz de José Saramago, se reconocen sus personajes, se identifican la lucidez y la compasión que según la Academia Sueca distinguen su obra.
«En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido.»
Raúl Brandão
Los lectores de Saramago sienten exactamente eso: que esta novela es un reencuentro. Ahí están muchos de los rasgos reconocibles de El evangelio según Jesucristo, Memorial del convento, Ensayo sobre la ceguera, Historia del cerco de Lisboa, El viaje del elefante (la lista es mucho más larga, estos son mis preferidos personales): los personajes de pueblo; las mezquindades de la vida; las grietas abiertas entre hombres y mujeres y entre clases sociales; los mecanismos brutales y terribles del poder; la sumisión y la crueldad; la bondad y el amor (todos los tipos de amor, no solamente el de pareja) como única salida; la necesidad absoluta de ver a los Otros y de luchar por ellos si se quiere ser verdaderamente humano.
Claraboya
José Saramago
Reseña:
Amanece en Lisboa. En una mañana de mediados del siglo XX, la mirada del novelista se asoma a la ventana de un vecindario. Se anuncia un día no muy diferente de los demás: el zapatero Silvestre, que abre su taller; Adriana, que parte hacia el trabajo mientras en su casa tres mujeres inician otra jornada de costura; Justina, que tiene ante sí un largo día jalonado por las disputas con su brutal marido; la mantenida Lidia; y la española Carmen, sumida en nostalgias...
Discretamente, la mirada del novelista va descendiendo y, de repente, deja de ser simple testigo para ver con los ojos de cada uno de los personajes. Capítulo a capítulo, salta de casa en casa, de personaje en personaje, abriéndonos un mundo gobernado por la necesidad, las grandes frustraciones, las pequeñas ilusiones, la nostalgia de tiempos que ni siquiera fueron mejores. Todo cubierto por el silencio tedioso de la dictadura, la música de Beethoven y una pregunta de Pessoa: «¿Deberemos ser todos casados, fútiles, tributables?».

Saramago terminó de escribir Claraboya a los treinta y un años y entregó el manuscrito a una editorial de la que solo obtuvo respuesta cuarenta años más tarde, cuando era un escritor consagrado. La escritura minuciosa y paciente retrata con maestría una época marcada por la desesperanza. Claraboya anticipa de un modo deslumbrante los elementos del universo Saramago, así́ como las virtudes que serán el germen de tantas obras maestras. En el texto se oye la voz de José Saramago, se reconocen sus personajes, se identifican la lucidez y la compasión que según la Academia Sueca distinguen su obra.
«En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido.»
Raúl Brandão