Una de las tácticas más impresionantes de la Segunda Guerra Mundial fue la generación sistemática de niños de la casta dirigente que cumplieran con el ideal nazi de supuesta pureza racial que ellos se habían propuesto imponer en todo el mundo. De acuerdo al programa Lebensborn, al invadir los países nórdicos, los oficiales alemanes fueron estimulados para que inseminaran a la mayor cantidad de mujeres locales que resultara posible, siempre y cuando se ajustaran a ciertos parámetros. Ellas debían ser altas, rubias, sanas, de ojos claros. Puede suponerse que no se trataba de seleccionar físicos atractivos, sino de demostrar la contundencia de sus ideales políticos.

Después de concluida la guerra con la derrota de Alemania y la plena difusión de los crímenes cometidos por los nazis, los hijos de esas mujeres sometidas al rol de reproductoras privilegiadas con alojamientos decentes y alimentación de calidad, que habían aceptado o no pudieron eludir esas funciones, pasaron a ser discriminadas por la población local, por colaborar con el enemigo, por parir sus hijos. Anni-Frid-Synni Lyngstad, miembro del grupo musical ABBA, que gozó de renombre en los años `60 y `80, fue uno de esos niños de su país natal. Ella nació en Noruega, durante los últimos meses de 1945. Tanto su madre como su abuela, le contaron que su padre, un soldado alemán, había muerto en un naufragio. Las mujeres se vieron obligadas a emigrar a Suecia, para evitar la hostilidad de sus vecinos, que conocían el origen de Anni. A los 32 años, cuando se había convertido en una artista famosa, pudo reencontrarse con Alfred Hasse, su padre.

Cuando los nazis intentaban demostrar que no eran crueles por convicción, sino que se veían obligados a actuar con decisión, para evitar que la sociedad alemana se debilitara y corrompiera por la insidiosa prédica de otras ideologías, armaban vehículos de propaganda tan hábiles como El joven hitlerista Quex (1933 de Hans Steinhoff) que se presentaba como un filme basado en un hecho real, donde el rubio hijo de un dirigente comunista alcohólico y golpeador de su esposa, se unía voluntariamente a las organizaciones juveniles nazis, una situación que impulsaba a su padre a asesinarlo. Ese era el ideal infantil del régimen: ario, desvinculado de su familia, y en cambio pronto a dar la vida por el Partido Nacionalsocialista.

En los últimos dos años de la Segunda Guerra Mundial, cuando la derrota alemana se revelaba inevitable en todos los frentes, los últimos batallones convocados estuvieron formados por jóvenes a partir de los 16 años. Se encontraban mal armados y pésimamente entrenados. Muchos no dudaban en desertar o entregarse a los aliados.

Aunque la dictadura de Hitler fue condenada en países como Suiza, Suecia o los EEUU, en ellos se permitía por la misma época la esterilización de enfermos mentales o se multaban ciertos nacimientos que se consideraban inadecuados por la calidad de vida de los niños. Margaret Sanger, precursora de los derechos reproductivos de la mujer norteamericana, no dudaba en justificar la esterilización de los afronorteamericanos, que de acuerdo a su criterio constituían una carga innecesaria para la sociedad.
Otra de esas tácticas nazis fue el secuestro de niños de los países ocupados que cumplieran con el físico del ideal ario. Se calcula entre 50.000 y 200.000 los niños que fueron arrancados de sus familias y entregados a militares y civiles alemanes que cumplían con las especificaciones de pureza racial. Durante el proceso se falsificaran partidas de nacimiento y certificados médicos.

Para los niños que no se ajustaran a las exigencias de pureza racial, se establecieron campos de concentración especializados, como los de Ozierazna, Litzmannstadt y Kalish. Desde su interior, los niños prisioneros eran derivados a los campos de exterminio comunes, donde les aguardaba la misma suerte que a los adultos. Solo 25.000 niños, un 10% del total de los secuestrados, lograron sobrevivir a la guerra y volver con lo que quedaba de sus familias.





