Las manzanas
Javi Martos
Aquel niño no sabía que pronto sería partícipe del principio de una nueva era.
El sol se ocultaba anaranjado, recortándose entre los edificios bajos del pueblo. El polvo del camino levantaba nubes harinosas bajo las sandalias de los dos niños que corrían por la calle en busca de un escondrijo para ponerse a salvo.
Ambos se agarraban las túnicas para evitar que se les cayeran al suelo mientras avanzaban a toda prisa por las calles polvorientas. Llegaron a la plaza de abastos y se dirigieron a la entrada de la sinagoga, donde dos centuriones de la guardia romana se habían detenido a observar el mercado. Los niños cambiaron de dirección y se abrieron paso entre la multitud hacia el otro extremo, esquivando puestos de comida y lanas. Los comerciantes no perdían más de un par de segundos en volverse a mirar a los chiquillos que huían para volverse de nuevo hacia sus menesteres. Unos instantes más tarde los muchachos hubieron salido del pueblo y se adentraron en el interior de un campo de trigo.
–Esta vez ha estado cerca –dijo el chico de tez morena y el pelo desmadejado por el viento y el sudor.
–Sí, casi nos atrapan –respondió el otro, rubio y de ojos claros.
Alcanzaron un claro en el campo de trigo y se sentaron con las piernas cruzadas.
Jadeaban pesadamente y el corazón les latía como los tambores romanos.
–¿Has podido coger alguna de las manzanas?
–No, se me cayeron todas al suelo.
–Yo he salvado una –dijo, mostrándole una brillante manzana roja.
Al chico moreno se le hizo la boca agua y abrió los ojos como platos. Tenía mucha hambre. El chico rubio le dio un mordisco a la manzana y se la ofreció a su amigo.
–Ten. Está buenísima.
–Creo que el viejo nos ha visto –espetó, sin pararse a masticar siquiera. Engullendo y enjugándose las babas con la manga de la túnica.
–Te habrá visto a ti, que eres muy lento corriendo.
–¡Si te saqué mucha ventaja!
–Nunca me ganarás en una carrera.
Ambos se echaron a reír.
En Judea la situación económica no era buena. Los habitantes del pueblo perdían constantemente sus trabajos y difícilmente lograban completar dos comidas al día. El hambre apretaba y no había modo alguno de que las autoridades locales encauzaran la situación de extrema pobreza que ya incluso alcanzaba a Galilea.
Por ello, era común que los niños se escabulleran entre los puestos ambulantes del mercado en pos de alguna pieza de carne olvidada o en mal estado. En otras ocasiones, saltaban los vallados de los huertos para robar cualquier tipo de hortaliza o fruta.
Algunas familias enviaban a sus hijos a estos cuestionables menesteres, obligando a los pequeños a no regresar a casa hasta que encontraran algo que llevarse a la boca a la hora de la cena.
–De todas formas, creo que a partir de ahora tendremos que ir a robar manzanas a otro huerto.
El viejo estará esperándonos la próxima vez.
–Sí, creo que sí. No me gustaría que nos atrapara y nos entregara a los romanos.
–O al sanedrín.
A ambos les corrió un escalofrío por la espalda. Al sanedrín sí que había que temerle.
Cuando hubieron terminado de comerse la manzana, se levantaron, se sacudieron los retos de paja de las túnicas y echaron a andar de nuevo hacia el poblado. El sol ya se había puesto para entonces y la luna brillaba menguante en el cielo como una gran sonrisa majestuosa.
Antes de entrar en la casa se lavó las manos en el abrevadero de fuera. Cuando alzó la vista y se dio la vuelta para entrar, su padre estaba de pie en el umbral.
–¿Por qué robas? –le preguntó con voz firme y plana.
El chico quedó paralizado. ¿Cómo se había enterado?
–Un viejo ha venido esta tarde y nos ha dicho que has intentado robarle manzanas de su huerta. Y que, al parecer, no ha sido la primera vez. ¿Es cierto eso?
El chico apretó los puños y contestó con apenas un susurro.
–Tengo hambre.
–Yo soy quien os debe dar de comer –respondió severamente el padre–. No permito que mis hijos roben a sus prójimos.
–Pero...
–No hay pero que valga, hijo –exclamó, dando un paso hacia el chico–. Tienes muchos hermanos y ellos se conforman con todo lo que traigo a casa para alimentarnos. Ninguno de ellos roba al prójimo. Tu madre te da de comer todos los días. Y yo me encargo de que siempre haya al menos un mendrugo de pan que llevarnos a la boca.
–Pero sigo teniendo hambre...
–Tendrás que reprimirla. Mis hijos no son unos ladrones.
El chico se enjugó los ojos con la manga de la túnica sucia. Los churretes le tiznaban de negro las mejillas.
–Ven dentro. Tu castigo serán diez azotes.
El chico no respondió. Entró en la casa y se desanudó las ropas.
El padre lo siguió, quitándose el cinturón de piel que le rodeaba la cintura.
–¿Con quién estabas? –le preguntó mientras se sentaba en un taburete de madera.
El chico dudó, pero no llegó a contestar.
–El viejo dijo que estabas con alguien. ¿Quién era?
–No estaba con nadie. Estaba solo.
–No mientas, hijo.
–Estaba solo –repitió solemne.
–Dime quién te acompaña a robar o recibirás la azotaina que le corresponde a él.
El chico volvió a dudar, pero siguió callado. En su lugar, dejó que la túnica cayera a sus pies y se inclinó sobre las rodillas de su padre.
Veinte azotes más tarde, el muchacho se dirigió a su alcoba.
Pero no lloró.
Hubieron de transcurrir dos semanas para que el niño pudiera volver a sentarse sin sentir dolor. Aquel día, su madre le envió al pozo con un cántaro para recoger un poco de agua para cocinar. En el trayecto se había detenido a observar a un par de perros callejeros que peleaban por un trozo de palo.
Al regresar a casa, dejó el cántaro en el suelo de la cocina y se sentó en el taburete de madera que había en un rincón.
–¿Te sigue doliendo?
–Ahora casi no me duele nada –respondió el chico.
La madre lo miró compasiva, esbozó una sonrisa y le preguntó de pronto:
–¿Quién te ayudó a robar las manzanas?
El chico vaciló.
–Nadie.
–Estabas con alguien. El viejo se lo dijo a tu padre.
–Estaba solo –repitió él.
–¿Por qué no quieres decirlo?
El chico alzó la vista y miró a los ojos de su madre.
–Jamás traicionaría a un amigo.
–Eso es algo muy noble por tu parte, Judas…
Y la mujer se volvió sin más para seguir amasando un mendrugo de pan sin cocer.
Javi Martos
Aquel niño no sabía que pronto sería partícipe del principio de una nueva era.
El sol se ocultaba anaranjado, recortándose entre los edificios bajos del pueblo. El polvo del camino levantaba nubes harinosas bajo las sandalias de los dos niños que corrían por la calle en busca de un escondrijo para ponerse a salvo.
Ambos se agarraban las túnicas para evitar que se les cayeran al suelo mientras avanzaban a toda prisa por las calles polvorientas. Llegaron a la plaza de abastos y se dirigieron a la entrada de la sinagoga, donde dos centuriones de la guardia romana se habían detenido a observar el mercado. Los niños cambiaron de dirección y se abrieron paso entre la multitud hacia el otro extremo, esquivando puestos de comida y lanas. Los comerciantes no perdían más de un par de segundos en volverse a mirar a los chiquillos que huían para volverse de nuevo hacia sus menesteres. Unos instantes más tarde los muchachos hubieron salido del pueblo y se adentraron en el interior de un campo de trigo.
–Esta vez ha estado cerca –dijo el chico de tez morena y el pelo desmadejado por el viento y el sudor.
–Sí, casi nos atrapan –respondió el otro, rubio y de ojos claros.
Alcanzaron un claro en el campo de trigo y se sentaron con las piernas cruzadas.
Jadeaban pesadamente y el corazón les latía como los tambores romanos.
–¿Has podido coger alguna de las manzanas?
–No, se me cayeron todas al suelo.
–Yo he salvado una –dijo, mostrándole una brillante manzana roja.
Al chico moreno se le hizo la boca agua y abrió los ojos como platos. Tenía mucha hambre. El chico rubio le dio un mordisco a la manzana y se la ofreció a su amigo.
–Ten. Está buenísima.
–Creo que el viejo nos ha visto –espetó, sin pararse a masticar siquiera. Engullendo y enjugándose las babas con la manga de la túnica.
–Te habrá visto a ti, que eres muy lento corriendo.
–¡Si te saqué mucha ventaja!
–Nunca me ganarás en una carrera.
Ambos se echaron a reír.
En Judea la situación económica no era buena. Los habitantes del pueblo perdían constantemente sus trabajos y difícilmente lograban completar dos comidas al día. El hambre apretaba y no había modo alguno de que las autoridades locales encauzaran la situación de extrema pobreza que ya incluso alcanzaba a Galilea.
Por ello, era común que los niños se escabulleran entre los puestos ambulantes del mercado en pos de alguna pieza de carne olvidada o en mal estado. En otras ocasiones, saltaban los vallados de los huertos para robar cualquier tipo de hortaliza o fruta.
Algunas familias enviaban a sus hijos a estos cuestionables menesteres, obligando a los pequeños a no regresar a casa hasta que encontraran algo que llevarse a la boca a la hora de la cena.
–De todas formas, creo que a partir de ahora tendremos que ir a robar manzanas a otro huerto.
El viejo estará esperándonos la próxima vez.
–Sí, creo que sí. No me gustaría que nos atrapara y nos entregara a los romanos.
–O al sanedrín.
A ambos les corrió un escalofrío por la espalda. Al sanedrín sí que había que temerle.
Cuando hubieron terminado de comerse la manzana, se levantaron, se sacudieron los retos de paja de las túnicas y echaron a andar de nuevo hacia el poblado. El sol ya se había puesto para entonces y la luna brillaba menguante en el cielo como una gran sonrisa majestuosa.
Antes de entrar en la casa se lavó las manos en el abrevadero de fuera. Cuando alzó la vista y se dio la vuelta para entrar, su padre estaba de pie en el umbral.
–¿Por qué robas? –le preguntó con voz firme y plana.
El chico quedó paralizado. ¿Cómo se había enterado?
–Un viejo ha venido esta tarde y nos ha dicho que has intentado robarle manzanas de su huerta. Y que, al parecer, no ha sido la primera vez. ¿Es cierto eso?
El chico apretó los puños y contestó con apenas un susurro.
–Tengo hambre.
–Yo soy quien os debe dar de comer –respondió severamente el padre–. No permito que mis hijos roben a sus prójimos.
–Pero...
–No hay pero que valga, hijo –exclamó, dando un paso hacia el chico–. Tienes muchos hermanos y ellos se conforman con todo lo que traigo a casa para alimentarnos. Ninguno de ellos roba al prójimo. Tu madre te da de comer todos los días. Y yo me encargo de que siempre haya al menos un mendrugo de pan que llevarnos a la boca.
–Pero sigo teniendo hambre...
–Tendrás que reprimirla. Mis hijos no son unos ladrones.
El chico se enjugó los ojos con la manga de la túnica sucia. Los churretes le tiznaban de negro las mejillas.
–Ven dentro. Tu castigo serán diez azotes.
El chico no respondió. Entró en la casa y se desanudó las ropas.
El padre lo siguió, quitándose el cinturón de piel que le rodeaba la cintura.
–¿Con quién estabas? –le preguntó mientras se sentaba en un taburete de madera.
El chico dudó, pero no llegó a contestar.
–El viejo dijo que estabas con alguien. ¿Quién era?
–No estaba con nadie. Estaba solo.
–No mientas, hijo.
–Estaba solo –repitió solemne.
–Dime quién te acompaña a robar o recibirás la azotaina que le corresponde a él.
El chico volvió a dudar, pero siguió callado. En su lugar, dejó que la túnica cayera a sus pies y se inclinó sobre las rodillas de su padre.
Veinte azotes más tarde, el muchacho se dirigió a su alcoba.
Pero no lloró.
Hubieron de transcurrir dos semanas para que el niño pudiera volver a sentarse sin sentir dolor. Aquel día, su madre le envió al pozo con un cántaro para recoger un poco de agua para cocinar. En el trayecto se había detenido a observar a un par de perros callejeros que peleaban por un trozo de palo.
Al regresar a casa, dejó el cántaro en el suelo de la cocina y se sentó en el taburete de madera que había en un rincón.
–¿Te sigue doliendo?
–Ahora casi no me duele nada –respondió el chico.
La madre lo miró compasiva, esbozó una sonrisa y le preguntó de pronto:
–¿Quién te ayudó a robar las manzanas?
El chico vaciló.
–Nadie.
–Estabas con alguien. El viejo se lo dijo a tu padre.
–Estaba solo –repitió él.
–¿Por qué no quieres decirlo?
El chico alzó la vista y miró a los ojos de su madre.
–Jamás traicionaría a un amigo.
–Eso es algo muy noble por tu parte, Judas…
Y la mujer se volvió sin más para seguir amasando un mendrugo de pan sin cocer.