Bukowski no fue un genio, ni un visionario, ni un anarquista. No pertenece a la generación beat, sus escritos no se consideran cultura ni conocimiento, pero como escritor poseía un ojo perceptivo, crudo de la realidad. Conocía la realidad y no le temía. Escribía como algo recreativo. Como si quisiera ordenar sus pensamientos.
Tres mujeres
Linda y yo vivíamos justo frente al parque McArthur, y una noche que estábamos
bebiendo vimos por la ventana que caía un hombre. una visión extraña, parecía un chiste, pero
no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle. «dios mío», le dije a Linda, «¡se
espachurró como un tomate pasado! ¡no somos más que tripas y mierda y material pegajoso!
¡ven! ¡ven! ¡míralo! ». Linda se acercó a la ventana, luego corrió al baño y vomitó. luego
volvió. me volví y la miré. «te lo digo de veras, querida, es exactamente igual que un gran
cuenco de espaguettis y carne podrida, aderezado con una camisa y un traje rotos!». Linda
volvió corriendo al baño y vomitó otra vez.
me senté y seguí bebiendo vino. pronto oí la sirena. lo que necesitaban en realidad era el
departamento de basuras. bueno, qué coño, todos tenemos nuestros problemas. yo no sabía
nunca de dónde iba a venir el dinero del alquiler y estábamos demasiado enfermos de tanto
beber para buscar trabajo. cuando nos preocupábamos, lo único que podíamos hacer para
eliminar nuestras preocupaciones era joder. esto nos hacía olvidar un rato. jodíamos mucho y,
para suerte mía, Linda tenía un polvo magnífico. todo aquel hotel estaba lleno de gente como
nosotros, que bebían vino y jodían y no sabían después qué. de vez en cuando, uno de ellos se
tiraba por la ventana. pero el dinero siempre nos llegaba de algún sitio; justo cuando todo
parecía indicar que tendríamos que comernos nuestra propia mierda, una vez trescientos
dólares de una tía muerta, otra un reembolso fiscal demorado. otra vez, iba yo en autobús y en
el asiento de enfrente aparecen aquellas monedas de cincuenta centavos. yo no sabía, ni lo sé
todavía, qué significaba aquello, quién lo había dejado allí. me cambié de asiento y empecé a
guardarme las monedas. cuando llené los bolsillo, apreté el timbre y bajé en la primera parada.
nadie dijo nada ni intentó detenerme. en fin, cuando estás borracho, sueles ser afortunado;
aunque no seas un tipo de suerte, puedes ser afortunado.
pasábamos siempre parte del día en el parque mirando los patos. te aseguro que cuando
andas mal de salud por darle sin parar a la botella y por falta de comida decente, y estás
cansado de joder intentando olvidar, no hay como irse a ver los patos. quiero decir, tienes que
salir del cuarto, porque puedes caer en la tristeza profunda profunda y puedes verte en seguida
saltando por la ventana. es más fácil de lo que te imaginas. así que Linda y yo nos sentábamos
en un banco a mirar los patos. a los patos les da todo igual, no tienen que pagar alquiler, ni
ropa, tienen comida en abundancia, les basta con flotar de aquí para allá cagando y graznando.
picoteando, mordisqueando, comiendo siempre. de cuando en cuando, de noche, uno de los del
hotel captura un pato, lo mata, lo mete en su habitación, lo limpia y lo guisa. nosotros lo
pensamos pero nunca lo hicimos. además es difícil cogerlos; en cuanto te acercas
¡SLUUUSCH! una rociada de agua y el cabrón se fue... nosotros solíamos comer pastelitos
hechos de harina y agua, o de vez en cuando robábamos alguna mazorca de maíz (había un
tipo que tenía un plantel de maíz) no creo que llegase a conseguir comer ni una mazorca, y
luego robábamos siempre algo en los mercados al aire libre... me refiero a las tiendas que
tienen mercancías expuestas a la puerta; esto significaba un tomate o dos o un pepino pequeño
de cuando en cuando, pero éramos ladronzuelos, raterillos, y nos basábamos sobre todo en la
suerte. los cigarrillos era más fácil, te dabas un paseo de noche y siempre alguien dejaba la
ventanilla de un coche sin subir y un paquete o medio paquete de cigarrillos en la guantera. en
fin nuestros auténticos problemas eran la bebida y el alquiler. y jodíamos y nos
preocupábamos por esto.
y como siempre llegan los días de desesperación total, llegaron los nuestros. no había
vino, no había suerte, ya no había nada. no había crédito de la casera ni de la bodega. decidí
poner el despertador a las cinco y media de la mañana y bajar al Mercado de Trabajo Agrícola,
pero ni siquiera el despertador funcionó bien. se había estropeado y yo lo había abierto para
arreglarlo. tenía un muelle roto y el único medio que se me ocurrió de arreglarlo fue romper un
trozo y enganchar de nuevo el resto, cerrarlo y darle cuerda. ¿queréis saber lo que les pasa a
los despertadores, y supongo que a toda clase de relojes, si les pones un muelle más pequeño?
os lo diré: cuanto más pequeño sea el muelle, más deprisa andan las manecillas. era una
especie de reloj loco, os lo aseguro, y cuando nos cansábamos de joder para olvidar las
preocupaciones, solíamos contemplar aquel reloj e intentar determinar la hora que era
realmente. y veías correr aquel minutero... nos reíamos mucho.
luego, un día, tardamos una semana en adivinarlo, descubrimos que el reloj andaba treinta
horas por cada doce horas reales de tiempo. y había que darle cuerda cada siete u ocho, porque
si no se paraba. a veces despertábamos y mirábamos el reloj y nos preguntábamos qué hora
sería.
—¿te das cuenta, querida? —decía yo— el reloj anda dos veces y media más deprisa de lo
normal. es muy fácil.
—sí, pero ¿qué hora era cuando pusiste el reloj por última vez? —me preguntó ella.
—que me cuelguen si lo sé, nena, estaba borracho.
—bueno, será mejor que le des cuerda porque si no se parará.
—de acuerdo.
le di cuerda, luego jodimos.
así que la mañana que decidí ir al Mercado de Trabajo Agrícola no conseguí que el reloj
funcionase. conseguimos en algún sitio una botella de vino y la bebimos lentamente. yo
miraba aquel reloj, sin entenderlo, temiendo no despertar. simplemente me tumbé en la cama y
no dormí en toda la noche. luego me levanté, me vestí y bajé a la calle San Pedro. había
demasiada gente por allí, paseando y esperando. vi unos cuantos tomates en las ventanas y
cogí dos o tres y me los comí. había un gran cartel: SE NECESITAN RECOGEDORES DE
ALGODON PARA BAKERSFIELD. COMIDA Y ALOJAMIENTO. ¿qué demonios era
aquello? ¿algodón en Bakersfield, California? pensé en Eli Whitney y el motor que había
eliminado todo aquello. luego apareció un camión grande y resultó que necesitaban
recogedores de tomates. bueno, mierda, me fastidiaba dejar a Linda en aquella cama tan sola.
no la creía capaz de dormir sola mucho tiempo. pero decidí intentarlo. todos empezaron a subir
al camión. yo esperé y me aseguré de que todas las damas estaban a bordo, y las había
grandes. cuando todos estaban arriba, intenté subir yo. un mejicano alto, evidentemente el
capataz, empezó a subir el cierre de la caja: «¡lo siento, señor,1 completo»! y se fueron sin mí.
eran casi las nueve y el paseo de vuelta hasta el hotel me llevó una hora. me cruzaba con
mucha gente bien vestida y con expresión estúpida. estuvo a punto de atropellarme un tipo
furioso con un Caddy negro. no sé por qué estaba furioso. quizás el tiempo. hacía mucho calor.
cuando llegué al hotel, tuve que subir andando porque el ascensor quedaba junto a la puerta de
la casera y ella andaba siempre jodiendo con el ascensor, limpiándolo y frotándolo, o
simplemente allí sentada espiando.
eran seis plantas y cuando llegué oí risas en mi habitación. la zorra de Linda no había
esperado mucho. en fin, le daré una buena zurra y también a él. abrí la puerta.
eran Linda, Jeannie y Eve.
—¡querido! —dijo Linda. se acercó a mí. estaba toda elegante, con zapatos de tacón alto.
me dio un montón de lengua cuando nos besamos.
—¡Jeannie acaba de recibir su primer cheque del desempleo y Eve está en la ayuda a los
desocupados! ¡estamos celebrándolo!
había mucho vino de Oporto. entré y me di un baño y luego salí con mis pantalones cortos.
me gusta mucho enseñar las piernas. nunca he visto unas piernas de hombre tan grandes y
vigorosas como las mías. el resto de mi persona no vale demasiado. me senté con mis raídos
pantalones cortos y posé los pies en la mesita de café.
—¡mierda! ¡mirad esas piernas! —dijo Jeannie. —sí, sí —dijo Eve.
Linda sonrió.
me sirvieron un vaso de vino.
1 En castellano en el original. (N. de los Ts.)
ya sabéis cómo son esas cosas. bebimos y hablamos, hablamos y bebimos. las chicas
salieron a por más botellas. más charla. el reloj daba vueltas y vueltas. pronto oscureció. yo
bebía solo, aún con mis raídos pantalones cortos. Jeannie había ido al dormitorio y se había
derrumbado en la cama. Eve se había derrumbado en el sofá y Linda en otro sofá de cuero más
pequeño que había en el vestíbulo, delante del baño. yo seguía sin entender por qué me había
dejado en tierra aquel mejicano. me sentía desgraciado. entré en el dormitorio y me metí en la
cama con Jeannie. era una mujer grande, estaba desnuda. empecé a besarle los pechos,
chupándolos.
—eh, ¿qué haces?
—¿qué hago? ¡joderte! le metí el dedo en el coño y lo moví arriba y abajo.
—¡voy a joderte!
—¡no! ¡Linda me mataría!
—¡nunca lo sabrá!
la monté y luego muy lenta lenta quedamente para que los muelles no rincharan, pues no
debía oírse el menor rumor, entré y salí y entré y salí siempre despacio despacio y cuando me
corrí pensé que nunca pararía. uno de los mejores polvos de mi vida. mientras me limpiaba
con las sábanas, se me ocurrió este pensamiento: quizás el hombre lleve siglos jodiendo mal.
luego salí de allí, me senté en la oscuridad, bebí un poco más. no recuerdo cuánto tiempo
estuve allí sentado. bebí bastante. luego me acerqué a Eve. Eve la de la ayuda a los
desocupados. era una cosa gorda, un poco arrugada, pero tenía unos labios muy atractivos,
obscenos, feos, muy cachondos. Empecé a besar aquella boca terrible y bella. no protestó en
absoluto, abrió las piernas y entré. se portó como una cerdita, gruñendo y tirando pedos y
sornando y retorciéndose. no fue como con Jeannie, largo y emocionante, fue sólo plaf plaf y
fuera. salí de allí. y antes de que pudiese llegar a mi sillón otra vez la oí roncar de nuevo.
sorprendente... jodía igual que respiraba... no le daba la menor importancia. cada mujer jode de
un modo distinto, y eso es lo que mantiene al hombre en movimiento. eso es lo que mantiene a
un hombre atrapado.
me senté y bebí algo más pensando en lo que me había hecho aquel sucio mejicano hijo de
puta. no merece la pena ser cortés. luego empecé a pensar en la ayuda a los desocupados.
¿podrían acogerse a ella un hombre y una mujer que no estuviesen casados? por supuesto que
no. que se muriesen de hambre. y amor era una especie de palabra sucia. pero eso era algo de
lo que había entre Linda y yo: amor. por eso pasábamos hambre juntos, bebíamos juntos,
vivíamos juntos. ¿qué significaba matrimonio? matrimonio significaba un JODER santificado
y un JODER santificado siempre y finalmente, sin remisión, significa ABURRIMIENTO,
llega a ser un TRABAJO. pero eso era lo que el mundo quería: un pobre hijo de puta, atrapado
y desdichado, con un trabajo que hacer. bueno, mierda, me iré a vivir al barrio chino y
traspasaré a Linda a Big Eddie. Big Eddie era un imbécil, pero al menos compraría a Linda
algo de ropa y le metería filetes en el estómago, que era más de lo que yo podía hacer.
Bukowski Piernas de Elefante, el fracasado.
terminé la botella y decidí que necesitaba dormir un poco. di cuerda al despertador y me
acosté con Linda. se despertó y empezó a frotarse conmigo.
—oh mierda, oh mierda —dijo—. ¡no sé que me pasa!
—¿qué hubo, nena? ¿estás mala? ¿quieres que llame al Hospital General?
—oh no, mierda, sólo estoy ¡CALIENTE! ¡CALIENTE! ¡MUY CALIENTE!
—¿qué?
—¡digo que estoy muy caliente! ¡JODEME!
—Linda...
—¿qué? ¿qué? —estoy cansadísimo. llevo dos noches sin dormir. ese largo paseo hasta el
mercado de trabajo y luego la vuelta, treinta y dos manzanas, con aquel sol... es inútil. no hay
nada que hacer. estoy hecho migas.
—¡yo te AYUDARE!
—¿qué quieres decir?
se arrastró por el sofá y empezó a chupármela. gruñí agotado.
—querida, treinta y dos manzanas con aquel sol... estoy liquidado.
ella siguió. tenía una lengua como papel de lija y sabía usarla.
—querida —le dije— ¡soy una nulidad social! ¡no te merezco! ¡déjalo, por favor!
como digo, ella sabía hacerlo. unas pueden; otras no. La mayoría sólo conocen el viejo
chup chup. Linda empezó con el pene, lo dejó, pasó a las bolas, luego las dejó, volvió otra vez
al pene, fue subiendo en espiral, despertando un maravilloso volumen de energía, Y
DEJANDO SIEMPRE EL CAPULLO PROPIAMENTE DICHO. INTACTO. Por último, yo
me disparé y me lancé a decirle las diversas mentiras sobre lo que haría por ella cuando
consiguiese por fin enderezar el culo y dejar de ser un golfo.
entonces ella atacó el capullo, colocó la boca a un tercio de su longitud, hizo esa pequeña
presión con los dientes, el mordisquito de lobo y yo me corrí OTRA VEZ... lo cual significaba
cuatro veces aquella noche. quedé completamente agotado. Hay mujeres que saben más que la
ciencia médica.
cuando desperté estaban todas levantadas y vestidas, y con buen aspecto. Linda, Jeannie y
Eve. intentaron destaparme, riendo.
—¡bueno, Hank, vamos a divertirnos un poco! ¡y necesitamos un trago! ¡estaremos en el
bar de Tommi-Hi!
—¡vale, vale, adiós! salieron las tres meneando el culo.
todo el Género Humano estaba condenado para siempre.
cuando ya iba a dormirme sonó el teléfono interior.
—¿sí?
—¿señor Bukowski?
—¿sí?
—¡vi a esas mujeres! ¡venían de su casa!
—¿y cómo lo sabe? tiene usted ocho pisos y unas siete u ocho habitaciones por piso.
—conozco a todos mis inquilinos, señor Bukowski. aquí no hay más que gente trabajadora
y respetable.
—¿sí?
—sí, señor Bukowski, llevo regentando este lugar veinte años, y nunca jamás había visto
cosas como las que pasan en su casa. siempre hemos tenido aquí gente respetable, señor
Bukowski.
—sí, son tan respetables que cada poco un hijo de puta se sube a la terraza y se tira de
cabeza a la calle y va a caer a la entrada entre esas plantas artificiales que tienen ustedes allí.
—¡le doy de plazo hasta el mediodía para irse, señor Bukowski!
—¿qué hora es en este momento?
—las ocho.
—gracias.
colgué..
busqué un alka-seltzer. lo bebí en un vaso sucio. luego busqué un poco de vino. corrí las
cortinas y miré el sol. era un mundo duro, no me decía nada, pero odiaba la idea de volver otra
vez al barrio chino. me gustan las habitaciones pequeñas, sitios pequeños donde poder pelearse
un poco. una mujer. un trago. pero nada de trabajo diario. no podía soportarlo. no era lo
bastante listo. pensé en tirarme por la ventana pero no podía. me vestí y bajé a Tommi-Hi's. las
chicas reían al fondo del bar con dos tipos. Marty, el encargado, me conocía. le hice una seña.
no hay dinero. me senté allí.
apareció ante mí un whisky con agua y una nota.
«reúnete conmigo en el Hotel Cucaracha, habitación 12, a medianoche, la habitación será
para nosotros. amor, Linda.»
bebí el whisky, salí de allí, fui al Hotel Cucaracha a medianoche.
—no, señor —me dijo el recepcionista—, no hay ninguna habitación 12 reservada a
nombre de Bukowski.
volví a la una. había estado todo el día en el parque, toda la noche. allí sentado. lo mismo.
—no hay ninguna habitación 12 reservada para usted, señor.
—¿ninguna habitación reservada para mí a ese nombre o a nombre de Linda Bryan?
comprobó sus libros.
—nada, señor.
—¿le importa que mire en la habitación 12?
—no hay nadie allí, señor. se lo aseguro.
—estoy enamorado, amigo, lo siento. ¡déjeme echar un vistazo, por favor!
me echó una de esas miradas que se reservan para los idiotas de cuarta categoría y me dio
la llave.
—si tarda más de cinco minutos en volver, tendrá problemas. abrí la puerta, encendí las
luces.
—¡Linda!
las cucarachas, al ver la luz, volvieron todas corriendo a meterse debajo del empapelado.
había miles. cuando apagué la luz, las oí corretear saliendo otra vez. el propio empapelado no
parecía más que una gran piel de cucaracha.
volví a bajar en ascensor.
—gracias dije—, tenía usted razón. no hay nadie en la habitación 12.
por primera vez, su voz pareció adoptar un vago tono amable.
—lo siento, amigo.
—gracias —dije.
salí del hotel y giré a la izquierda, es decir hacia el Este, es decir, hacia el barrio chino.
mientras mis pies me arrastraban lentamente hacia allí, me preguntaba, «¿por qué mienten las
personas?» ahora ya no me lo pregunto, pero aún recuerdo, y ahora, cuando mienten, casi lo sé
mientras están mintiendo, pero aún no soy tan sabio como el recepcionista del Hotel
Cucaracha que sabía que la mentira estaba en todas partes, o la gente que pasaba volando ante
mi ventana mientras yo bebía oporto en cálidas tardes de Los Angeles frente al parque
McArthur, donde aún cazan, matan y devoran a los patos, y a la gente.
el hotel aún sigue allí, y también la habitación en la que parábamós, y si algún día te
molestas en venir, te lo enseñaré. pero eso tiene poco sentido, ¿verdad? digamos sólo que una
noche jodí a tres mujeres, o me jodieron ellas. y cerremos con esto la historia.
Tres mujeres
Linda y yo vivíamos justo frente al parque McArthur, y una noche que estábamos
bebiendo vimos por la ventana que caía un hombre. una visión extraña, parecía un chiste, pero
no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle. «dios mío», le dije a Linda, «¡se
espachurró como un tomate pasado! ¡no somos más que tripas y mierda y material pegajoso!
¡ven! ¡ven! ¡míralo! ». Linda se acercó a la ventana, luego corrió al baño y vomitó. luego
volvió. me volví y la miré. «te lo digo de veras, querida, es exactamente igual que un gran
cuenco de espaguettis y carne podrida, aderezado con una camisa y un traje rotos!». Linda
volvió corriendo al baño y vomitó otra vez.
me senté y seguí bebiendo vino. pronto oí la sirena. lo que necesitaban en realidad era el
departamento de basuras. bueno, qué coño, todos tenemos nuestros problemas. yo no sabía
nunca de dónde iba a venir el dinero del alquiler y estábamos demasiado enfermos de tanto
beber para buscar trabajo. cuando nos preocupábamos, lo único que podíamos hacer para
eliminar nuestras preocupaciones era joder. esto nos hacía olvidar un rato. jodíamos mucho y,
para suerte mía, Linda tenía un polvo magnífico. todo aquel hotel estaba lleno de gente como
nosotros, que bebían vino y jodían y no sabían después qué. de vez en cuando, uno de ellos se
tiraba por la ventana. pero el dinero siempre nos llegaba de algún sitio; justo cuando todo
parecía indicar que tendríamos que comernos nuestra propia mierda, una vez trescientos
dólares de una tía muerta, otra un reembolso fiscal demorado. otra vez, iba yo en autobús y en
el asiento de enfrente aparecen aquellas monedas de cincuenta centavos. yo no sabía, ni lo sé
todavía, qué significaba aquello, quién lo había dejado allí. me cambié de asiento y empecé a
guardarme las monedas. cuando llené los bolsillo, apreté el timbre y bajé en la primera parada.
nadie dijo nada ni intentó detenerme. en fin, cuando estás borracho, sueles ser afortunado;
aunque no seas un tipo de suerte, puedes ser afortunado.
pasábamos siempre parte del día en el parque mirando los patos. te aseguro que cuando
andas mal de salud por darle sin parar a la botella y por falta de comida decente, y estás
cansado de joder intentando olvidar, no hay como irse a ver los patos. quiero decir, tienes que
salir del cuarto, porque puedes caer en la tristeza profunda profunda y puedes verte en seguida
saltando por la ventana. es más fácil de lo que te imaginas. así que Linda y yo nos sentábamos
en un banco a mirar los patos. a los patos les da todo igual, no tienen que pagar alquiler, ni
ropa, tienen comida en abundancia, les basta con flotar de aquí para allá cagando y graznando.
picoteando, mordisqueando, comiendo siempre. de cuando en cuando, de noche, uno de los del
hotel captura un pato, lo mata, lo mete en su habitación, lo limpia y lo guisa. nosotros lo
pensamos pero nunca lo hicimos. además es difícil cogerlos; en cuanto te acercas
¡SLUUUSCH! una rociada de agua y el cabrón se fue... nosotros solíamos comer pastelitos
hechos de harina y agua, o de vez en cuando robábamos alguna mazorca de maíz (había un
tipo que tenía un plantel de maíz) no creo que llegase a conseguir comer ni una mazorca, y
luego robábamos siempre algo en los mercados al aire libre... me refiero a las tiendas que
tienen mercancías expuestas a la puerta; esto significaba un tomate o dos o un pepino pequeño
de cuando en cuando, pero éramos ladronzuelos, raterillos, y nos basábamos sobre todo en la
suerte. los cigarrillos era más fácil, te dabas un paseo de noche y siempre alguien dejaba la
ventanilla de un coche sin subir y un paquete o medio paquete de cigarrillos en la guantera. en
fin nuestros auténticos problemas eran la bebida y el alquiler. y jodíamos y nos
preocupábamos por esto.
y como siempre llegan los días de desesperación total, llegaron los nuestros. no había
vino, no había suerte, ya no había nada. no había crédito de la casera ni de la bodega. decidí
poner el despertador a las cinco y media de la mañana y bajar al Mercado de Trabajo Agrícola,
pero ni siquiera el despertador funcionó bien. se había estropeado y yo lo había abierto para
arreglarlo. tenía un muelle roto y el único medio que se me ocurrió de arreglarlo fue romper un
trozo y enganchar de nuevo el resto, cerrarlo y darle cuerda. ¿queréis saber lo que les pasa a
los despertadores, y supongo que a toda clase de relojes, si les pones un muelle más pequeño?
os lo diré: cuanto más pequeño sea el muelle, más deprisa andan las manecillas. era una
especie de reloj loco, os lo aseguro, y cuando nos cansábamos de joder para olvidar las
preocupaciones, solíamos contemplar aquel reloj e intentar determinar la hora que era
realmente. y veías correr aquel minutero... nos reíamos mucho.
luego, un día, tardamos una semana en adivinarlo, descubrimos que el reloj andaba treinta
horas por cada doce horas reales de tiempo. y había que darle cuerda cada siete u ocho, porque
si no se paraba. a veces despertábamos y mirábamos el reloj y nos preguntábamos qué hora
sería.
—¿te das cuenta, querida? —decía yo— el reloj anda dos veces y media más deprisa de lo
normal. es muy fácil.
—sí, pero ¿qué hora era cuando pusiste el reloj por última vez? —me preguntó ella.
—que me cuelguen si lo sé, nena, estaba borracho.
—bueno, será mejor que le des cuerda porque si no se parará.
—de acuerdo.
le di cuerda, luego jodimos.
así que la mañana que decidí ir al Mercado de Trabajo Agrícola no conseguí que el reloj
funcionase. conseguimos en algún sitio una botella de vino y la bebimos lentamente. yo
miraba aquel reloj, sin entenderlo, temiendo no despertar. simplemente me tumbé en la cama y
no dormí en toda la noche. luego me levanté, me vestí y bajé a la calle San Pedro. había
demasiada gente por allí, paseando y esperando. vi unos cuantos tomates en las ventanas y
cogí dos o tres y me los comí. había un gran cartel: SE NECESITAN RECOGEDORES DE
ALGODON PARA BAKERSFIELD. COMIDA Y ALOJAMIENTO. ¿qué demonios era
aquello? ¿algodón en Bakersfield, California? pensé en Eli Whitney y el motor que había
eliminado todo aquello. luego apareció un camión grande y resultó que necesitaban
recogedores de tomates. bueno, mierda, me fastidiaba dejar a Linda en aquella cama tan sola.
no la creía capaz de dormir sola mucho tiempo. pero decidí intentarlo. todos empezaron a subir
al camión. yo esperé y me aseguré de que todas las damas estaban a bordo, y las había
grandes. cuando todos estaban arriba, intenté subir yo. un mejicano alto, evidentemente el
capataz, empezó a subir el cierre de la caja: «¡lo siento, señor,1 completo»! y se fueron sin mí.
eran casi las nueve y el paseo de vuelta hasta el hotel me llevó una hora. me cruzaba con
mucha gente bien vestida y con expresión estúpida. estuvo a punto de atropellarme un tipo
furioso con un Caddy negro. no sé por qué estaba furioso. quizás el tiempo. hacía mucho calor.
cuando llegué al hotel, tuve que subir andando porque el ascensor quedaba junto a la puerta de
la casera y ella andaba siempre jodiendo con el ascensor, limpiándolo y frotándolo, o
simplemente allí sentada espiando.
eran seis plantas y cuando llegué oí risas en mi habitación. la zorra de Linda no había
esperado mucho. en fin, le daré una buena zurra y también a él. abrí la puerta.
eran Linda, Jeannie y Eve.
—¡querido! —dijo Linda. se acercó a mí. estaba toda elegante, con zapatos de tacón alto.
me dio un montón de lengua cuando nos besamos.
—¡Jeannie acaba de recibir su primer cheque del desempleo y Eve está en la ayuda a los
desocupados! ¡estamos celebrándolo!
había mucho vino de Oporto. entré y me di un baño y luego salí con mis pantalones cortos.
me gusta mucho enseñar las piernas. nunca he visto unas piernas de hombre tan grandes y
vigorosas como las mías. el resto de mi persona no vale demasiado. me senté con mis raídos
pantalones cortos y posé los pies en la mesita de café.
—¡mierda! ¡mirad esas piernas! —dijo Jeannie. —sí, sí —dijo Eve.
Linda sonrió.
me sirvieron un vaso de vino.
1 En castellano en el original. (N. de los Ts.)
ya sabéis cómo son esas cosas. bebimos y hablamos, hablamos y bebimos. las chicas
salieron a por más botellas. más charla. el reloj daba vueltas y vueltas. pronto oscureció. yo
bebía solo, aún con mis raídos pantalones cortos. Jeannie había ido al dormitorio y se había
derrumbado en la cama. Eve se había derrumbado en el sofá y Linda en otro sofá de cuero más
pequeño que había en el vestíbulo, delante del baño. yo seguía sin entender por qué me había
dejado en tierra aquel mejicano. me sentía desgraciado. entré en el dormitorio y me metí en la
cama con Jeannie. era una mujer grande, estaba desnuda. empecé a besarle los pechos,
chupándolos.
—eh, ¿qué haces?
—¿qué hago? ¡joderte! le metí el dedo en el coño y lo moví arriba y abajo.
—¡voy a joderte!
—¡no! ¡Linda me mataría!
—¡nunca lo sabrá!
la monté y luego muy lenta lenta quedamente para que los muelles no rincharan, pues no
debía oírse el menor rumor, entré y salí y entré y salí siempre despacio despacio y cuando me
corrí pensé que nunca pararía. uno de los mejores polvos de mi vida. mientras me limpiaba
con las sábanas, se me ocurrió este pensamiento: quizás el hombre lleve siglos jodiendo mal.
luego salí de allí, me senté en la oscuridad, bebí un poco más. no recuerdo cuánto tiempo
estuve allí sentado. bebí bastante. luego me acerqué a Eve. Eve la de la ayuda a los
desocupados. era una cosa gorda, un poco arrugada, pero tenía unos labios muy atractivos,
obscenos, feos, muy cachondos. Empecé a besar aquella boca terrible y bella. no protestó en
absoluto, abrió las piernas y entré. se portó como una cerdita, gruñendo y tirando pedos y
sornando y retorciéndose. no fue como con Jeannie, largo y emocionante, fue sólo plaf plaf y
fuera. salí de allí. y antes de que pudiese llegar a mi sillón otra vez la oí roncar de nuevo.
sorprendente... jodía igual que respiraba... no le daba la menor importancia. cada mujer jode de
un modo distinto, y eso es lo que mantiene al hombre en movimiento. eso es lo que mantiene a
un hombre atrapado.
me senté y bebí algo más pensando en lo que me había hecho aquel sucio mejicano hijo de
puta. no merece la pena ser cortés. luego empecé a pensar en la ayuda a los desocupados.
¿podrían acogerse a ella un hombre y una mujer que no estuviesen casados? por supuesto que
no. que se muriesen de hambre. y amor era una especie de palabra sucia. pero eso era algo de
lo que había entre Linda y yo: amor. por eso pasábamos hambre juntos, bebíamos juntos,
vivíamos juntos. ¿qué significaba matrimonio? matrimonio significaba un JODER santificado
y un JODER santificado siempre y finalmente, sin remisión, significa ABURRIMIENTO,
llega a ser un TRABAJO. pero eso era lo que el mundo quería: un pobre hijo de puta, atrapado
y desdichado, con un trabajo que hacer. bueno, mierda, me iré a vivir al barrio chino y
traspasaré a Linda a Big Eddie. Big Eddie era un imbécil, pero al menos compraría a Linda
algo de ropa y le metería filetes en el estómago, que era más de lo que yo podía hacer.
Bukowski Piernas de Elefante, el fracasado.
terminé la botella y decidí que necesitaba dormir un poco. di cuerda al despertador y me
acosté con Linda. se despertó y empezó a frotarse conmigo.
—oh mierda, oh mierda —dijo—. ¡no sé que me pasa!
—¿qué hubo, nena? ¿estás mala? ¿quieres que llame al Hospital General?
—oh no, mierda, sólo estoy ¡CALIENTE! ¡CALIENTE! ¡MUY CALIENTE!
—¿qué?
—¡digo que estoy muy caliente! ¡JODEME!
—Linda...
—¿qué? ¿qué? —estoy cansadísimo. llevo dos noches sin dormir. ese largo paseo hasta el
mercado de trabajo y luego la vuelta, treinta y dos manzanas, con aquel sol... es inútil. no hay
nada que hacer. estoy hecho migas.
—¡yo te AYUDARE!
—¿qué quieres decir?
se arrastró por el sofá y empezó a chupármela. gruñí agotado.
—querida, treinta y dos manzanas con aquel sol... estoy liquidado.
ella siguió. tenía una lengua como papel de lija y sabía usarla.
—querida —le dije— ¡soy una nulidad social! ¡no te merezco! ¡déjalo, por favor!
como digo, ella sabía hacerlo. unas pueden; otras no. La mayoría sólo conocen el viejo
chup chup. Linda empezó con el pene, lo dejó, pasó a las bolas, luego las dejó, volvió otra vez
al pene, fue subiendo en espiral, despertando un maravilloso volumen de energía, Y
DEJANDO SIEMPRE EL CAPULLO PROPIAMENTE DICHO. INTACTO. Por último, yo
me disparé y me lancé a decirle las diversas mentiras sobre lo que haría por ella cuando
consiguiese por fin enderezar el culo y dejar de ser un golfo.
entonces ella atacó el capullo, colocó la boca a un tercio de su longitud, hizo esa pequeña
presión con los dientes, el mordisquito de lobo y yo me corrí OTRA VEZ... lo cual significaba
cuatro veces aquella noche. quedé completamente agotado. Hay mujeres que saben más que la
ciencia médica.
cuando desperté estaban todas levantadas y vestidas, y con buen aspecto. Linda, Jeannie y
Eve. intentaron destaparme, riendo.
—¡bueno, Hank, vamos a divertirnos un poco! ¡y necesitamos un trago! ¡estaremos en el
bar de Tommi-Hi!
—¡vale, vale, adiós! salieron las tres meneando el culo.
todo el Género Humano estaba condenado para siempre.
cuando ya iba a dormirme sonó el teléfono interior.
—¿sí?
—¿señor Bukowski?
—¿sí?
—¡vi a esas mujeres! ¡venían de su casa!
—¿y cómo lo sabe? tiene usted ocho pisos y unas siete u ocho habitaciones por piso.
—conozco a todos mis inquilinos, señor Bukowski. aquí no hay más que gente trabajadora
y respetable.
—¿sí?
—sí, señor Bukowski, llevo regentando este lugar veinte años, y nunca jamás había visto
cosas como las que pasan en su casa. siempre hemos tenido aquí gente respetable, señor
Bukowski.
—sí, son tan respetables que cada poco un hijo de puta se sube a la terraza y se tira de
cabeza a la calle y va a caer a la entrada entre esas plantas artificiales que tienen ustedes allí.
—¡le doy de plazo hasta el mediodía para irse, señor Bukowski!
—¿qué hora es en este momento?
—las ocho.
—gracias.
colgué..
busqué un alka-seltzer. lo bebí en un vaso sucio. luego busqué un poco de vino. corrí las
cortinas y miré el sol. era un mundo duro, no me decía nada, pero odiaba la idea de volver otra
vez al barrio chino. me gustan las habitaciones pequeñas, sitios pequeños donde poder pelearse
un poco. una mujer. un trago. pero nada de trabajo diario. no podía soportarlo. no era lo
bastante listo. pensé en tirarme por la ventana pero no podía. me vestí y bajé a Tommi-Hi's. las
chicas reían al fondo del bar con dos tipos. Marty, el encargado, me conocía. le hice una seña.
no hay dinero. me senté allí.
apareció ante mí un whisky con agua y una nota.
«reúnete conmigo en el Hotel Cucaracha, habitación 12, a medianoche, la habitación será
para nosotros. amor, Linda.»
bebí el whisky, salí de allí, fui al Hotel Cucaracha a medianoche.
—no, señor —me dijo el recepcionista—, no hay ninguna habitación 12 reservada a
nombre de Bukowski.
volví a la una. había estado todo el día en el parque, toda la noche. allí sentado. lo mismo.
—no hay ninguna habitación 12 reservada para usted, señor.
—¿ninguna habitación reservada para mí a ese nombre o a nombre de Linda Bryan?
comprobó sus libros.
—nada, señor.
—¿le importa que mire en la habitación 12?
—no hay nadie allí, señor. se lo aseguro.
—estoy enamorado, amigo, lo siento. ¡déjeme echar un vistazo, por favor!
me echó una de esas miradas que se reservan para los idiotas de cuarta categoría y me dio
la llave.
—si tarda más de cinco minutos en volver, tendrá problemas. abrí la puerta, encendí las
luces.
—¡Linda!
las cucarachas, al ver la luz, volvieron todas corriendo a meterse debajo del empapelado.
había miles. cuando apagué la luz, las oí corretear saliendo otra vez. el propio empapelado no
parecía más que una gran piel de cucaracha.
volví a bajar en ascensor.
—gracias dije—, tenía usted razón. no hay nadie en la habitación 12.
por primera vez, su voz pareció adoptar un vago tono amable.
—lo siento, amigo.
—gracias —dije.
salí del hotel y giré a la izquierda, es decir hacia el Este, es decir, hacia el barrio chino.
mientras mis pies me arrastraban lentamente hacia allí, me preguntaba, «¿por qué mienten las
personas?» ahora ya no me lo pregunto, pero aún recuerdo, y ahora, cuando mienten, casi lo sé
mientras están mintiendo, pero aún no soy tan sabio como el recepcionista del Hotel
Cucaracha que sabía que la mentira estaba en todas partes, o la gente que pasaba volando ante
mi ventana mientras yo bebía oporto en cálidas tardes de Los Angeles frente al parque
McArthur, donde aún cazan, matan y devoran a los patos, y a la gente.
el hotel aún sigue allí, y también la habitación en la que parábamós, y si algún día te
molestas en venir, te lo enseñaré. pero eso tiene poco sentido, ¿verdad? digamos sólo que una
noche jodí a tres mujeres, o me jodieron ellas. y cerremos con esto la historia.