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el clamor de las fiestas me puso sentimental

Me mira. Con esos ojos que tiene, atentos siempre a lo que yo haga, en un punto suplicantes, color ámbar insondable. La quiero, me enamoré de ella desde que la vi por primera vez. Parecía una osita entonces, yo bajaba del colectivo y ahí estaba: en brazos de una mujer que la ofrecía al mejor postor. Dormía, oscilaba por el sueño.


Conocí a Matilda cuando me bajé del colectivo una parada antes de la que me correspondía. La mujer me explicó que la regalaban porque la madre había tenido muchos cachorros y sólo se podían quedar con uno. ¿Por qué bajé una parada antes? Evidentemente porque Matilda y yo teníamos que encontrarnos.
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Yo venía pensando en tener una mascota desde hacía tiempo. No un gato, pensaba en un perro: un perrito adorable y compañero, peludo y chiquitín. Todo eso se resumía en Matilda, me inundé de amor al verla y, sin pensarlo dos veces, le dije a su ex dueña que me la quedaba.

Tenía cuatro meses, se adueñó de la casa, de mi corazón y de mi tiempo. Cuando pude sacarla fue fácil que se acostumbrara a hacer sus necesidades en la calle, que le resultó un formidable territorio lleno de olores que perseguía con fruición. No quiero exagerar con las habilidades de mi Matilda pero rápidamente hizo sus deposiciones solo en los árboles que encontrábamos a nuestro paso.

Pero la verdadera dicha fue encontrar una plaza que parecía una pradera en la que muchos perros campaban a sus anchas. Entonces pude soltarle la correa y descubrí que era una gran corredora. Otro descubrimiento fue que nadaba como un pez: la llevé a pasear a un parque con lago y allí demostró que no en vano es cruza con Beagle.

El tiempo siguió pasando y Matilda cumplió 9 meses. Ya venía notando que sus amigos machos de la pradera intentaban montarla en cuanto podían, eso me alarmaba pues además de considerarla muy joven ya había decidido que no tuviera crías. Y al fin llegó el dichoso celo y los consejos a veces desatinados y a veces sensatos de dueños de perros y veterinarios: no la saques ni por broma (¡durante 20 días!!), sácala o muy temprano o muy tarde, cuando no haya perros (¿hay algún momento en que no hay perros?) cuando la saques, llévate un palo para espantar a los perros sueltos (¿¿querrían decir los perros salidos??)

Y en eso estoy: cuidando la virginidad de mi perrita Matilda, armada con un palo para amedrentar a sus posibles conquistadores, madrugando cada día a las 6 de la mañana, rogando para que el celo pase de una vez y vuelva a corretear libremente por la pradera.



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