Asumimos que las grandes navegaciones por altamar empezaron en la Edad de Bronce. Sin duda, Jasón y sus Argonautas a la búsqueda del Vellocino de Oro, así como los periplos mediterráneos de Ulises, están en la base de nuestra creencia. Parece lógico: la Edad de Bronce aportó las herramientas necesarias para trabajar la madera, clavos de cobre y el lino necesario para construir velas y jarcias. Antes los humanos apenas realizamos cortas travesías en toscas canoas impulsadas por pagayas.
Pero cada vez más evidencias demuestran que el hombre primitivo realizó con éxito grandes navegaciones, incluso por altamar, miles de años antes de la Edad de Bronce.
En 2003 se descubrió en la Isla de Flores (Indonesia) el fósil de un pequeño homínido: Homo florinensis (el Hombre de Flores). Sus bien conservados restos aportan una sorprendente información: el Homo florinensis es un descendiente directo del Homo erectus (nosotros también lo somos). Hace más de 500.000 años, el Homo erectus llegó a la Isla de Flores. Sus descendientes evolucionaron durante milenios adaptándose a las peculiares condiciones insulares, lo que acabó originando al Hombre de Flores. Recientemente se extinguió (o mejor dicho, el Homo sapiens, nuestra especie, lo extinguió).
Pero lo sorprendente es que durante el último millón de años la Isla de Flores jamás estuvo conectada al continente (ni siquiera cuando el nivel del mar fue más bajo). Y siempre estuvo separada por una larga distancia. El Homo erectus llegó a la Isla de Flores navegando. Y demostró que las grandes navegaciones por altamar empezaron mucho antes de la Edad de Bronce, incluso mucho antes de la aparición de nuestra especie… Medio millón de años atrás, el Homo erectus fue capaz de realizar grandes navegaciones por altamar…
Los métodos históricos se basan en encontrar fuentes escritas o restos arqueológicos. Desafortunadamente, las navegaciones primitivas empezaron mucho antes que el lenguaje escrito, y unos pocos hombres primitivos navegando en pequeños embarcaciones construidas con materiales perecederos no dejan restos perdurables de su navegaciones. Si, como es más probable, esos restos se perdieron para siempre, la clásica aproximación de los historiadores no permitirá progreso alguno en la comprensión de un proceso que resultó fundamental en la historia de la humanidad.
La tentación de los hombres primitivos por recursos como la pesca y los mamíferos marinos debió de ser demasiado fuerte. Y aunque no tenían metales, contaban con un material idóneo para hacer embarcaciones (y sabían trabajarlo mejor que nosotros): las pieles de los animales. Las sociedades de cazadores-recolectores podían construir magníficos barcos forrando con cuero estructuras de mimbre. Aun hoy se construyen barcos así (los currahs irlandeses, los coracles ingleses, los kiffa iraníes). Tim Severin cruzó el Atlántico Norte por las altas latitudes en un barco de cuero.
De hecho, las grandes islas del Mediterráneo (Mallorca, Menorca, Cerdeña…) fueron colonizadas miles de años antes de la Edad de Bronce. Y la obsidiana de la Isla de Vulcano constituyó la base de un próspero comercio paleolítico, que por su localización forzosamente se basó en un transporte marítimo.
Nuestros ancestros tenían una cultura diferente. No eran unos idiotas bestializados. Y por supuesto, navegaban.