Una Mirada Particular a Grecia
Sócrates, uno de los fundadores de la filosofía occidental, no dejó escrito alguno, pero sus alumnos nos legaron valiosos testimonios, en especial Platón en sus "Diálogos". En ellos describe al sabio maestro que estableció los fundamentos de la ética, de la lógica y del método que lleva su nombre: encontrar la verdad a través de hacer preguntas para poder llegar al fondo de cada asunto, verificando la verdad de cada aseveración. Idealista de la verdad y un virtuoso según Platón, Sócrates aceptó la condena que lo sentenció a muerte por respeto a la ley. El tribunal que lo condenó lo consideró desleal a Atenas al cuestionar sus costumbres sociales y morales, en su intento de aplicar el sentido de justicia y de bien, en especial su postura en contra del concepto de "el poder da la razón".
Pero lo que sucede ahora en las calles de Atenas, Tesalónica, Patras y otras ciudades de Grecia, muestra que las enseñanzas de Sócrates allá se han olvidado, o de plano abandonado para dar cauce a los dictados de los impulsos sin importar qué tan negativos sean. La trágica muerte de un estudiante de 15 años a manos de un nervioso policía desató una ola insólita de violencia. Antes de comprobar ninguna versión, cientos de anarquistas se lanzaron a las calles a protestar por el asesinato, y de paso, destrozar escaparates y automóviles enfrentando violentamente a la policía. Hasta ahí podría decirse que había sido un evento más de los disturbios anarquistas que asolan Atenas, centro ético de la Antigua Grecia, y capital actual de la República Helénica.
Durante décadas los distintos Gobiernos de ese país pasaron por alto cientos de incidentes causados por estudiantes anarquistas de Exarquia, barrio histórico de Atenas del que salió en 1973 la revuelta que terminó con la dictadura de los coroneles. Si entonces los estudiantes eran héroes para los demócratas, los anarquistas de hoy causan desmanes en forma repetitiva y destructiva que los tienen más que preocupados, pues ninguna autoridad impide los desmanes o persigue a quienes causan daños. Bajo el argumento de que es menos gravoso para el país dejarlos actuar impunemente que intentar someterlos por la fuerza, los incidentes han crecido en agresividad y en cantidad. Por no controlar un problema de dimensiones pequeñas, el Estado ha perdido el control.
Pero el verdadero problema es que ahora muchos ciudadanos han tomado partido para protestar y participan activamente en las marchas. Éstas ya no son de pocos anarquistas sino de miles de personas -a las que los anarquistas siguen acompañando para causar graves daños materiales en forma impune-, y no son sólo en Atenas, sino en ciudades que usualmente eran muy pacíficas. El desorden en las calles de las ciudades griegas parece el comienzo de una revuelta popular y no un proceso democrático normal de protesta. Sin duda a muchos les parece que se están repitiendo los sucesos de 1973 contra la dictadura.
Como la respuesta del Gobierno sigue siendo la usual: permitir todas las manifestaciones e intentando limitar los destrozos de los anarquistas, por supuesto logra los resultados de siempre. La destrucción de negocios en el centro de Atenas y en otras ciudades alcanza ya varios millones de euros, y aunque el Gobierno ha ofrecido cubrir dichas pérdidas, ningún dinero va a pagar el enorme daño a la imagen y al prestigio de Grecia como país moderno, lo que seguramente afectará fuertemente al turismo y por tanto a la economía de ese país.
El Gobierno del primer ministro griego Karamanlís no ha medido -o al menos no ha hecho público- las razones que subyacen en el apoyo popular a las manifestaciones, las que han crecido más allá de lo que pueden hacer los anarquistas. La casi total impunidad con la que éstos actúan se ha vuelto una "cortina de humo" que no deja ver la oposición popular a ciertas medidas, como la ley de educación, la reforma al sistema de pensiones o a algunos actos de corrupción. También está seguramente presente el miedo ante la situación económica mundial, pero sin que nadie la mencione, ni anarquistas ni manifestantes ni Gobierno.
La situación actual está llegando al límite y si el Gobierno griego no controla la actual situación pronto, va a estar en un predicamento como el de Sócrates: va a tener que sacrificarse, aunque tenga la razón, ante los enemigos del bien y la justicia.