Reproducir el video para aumentar la tension en el ambiente
Lo primero que vi al encender la tele fue al conductor de Telemundo intentando controlar el llanto. Hablaba de una terrible tragedia y de un día que quedaría marcado en la historia mas negra del Uruguay. Anunció que las imagenes que se verían a continuación podrían ser inconvenientes para los más pequeños, y dio paso a un periodista apostado "en el lugar de los hechos".
En pantalla apareció un reportero veterano, cuyos años de oficio eran lo único que le permitía informar sin quebrarse emocionalmente. Se encontraba frente a las ruinas del Palacio de la Luz, sede central de Usinas y Trasmisiones Eléctricas (UTE). El primer comunicado oficial comunicaba que un potente aparato explosivo había estallado minutos después del comienzo de la jornada laboral, destruyendo por completo las instalaciones y matando a más de 300 personas que se encontraban dentro o cerca del edificio.
Mientras continuaba la lectura del comunicado, el camarógrafo tomaba los esfuerzos de los grupos de rescate por encontrar personas con vida y la desazón al retirar la gran cantidad de cadáveres destrozados por el colapso de la gigantesca construcción. El estado de algunos de estos cuerpos expicaba aquella precaución del informativista; las imágenes eran desgarradoras.
Continué el resto del día atento a la transmisión. El presidente de la República había decretado duelo nacional inmediato, así que saqué la vianda de la mochila y me quedé en casa. A las cuatro de la tarde, en una improvisada conferencia de prensa, el Jefe de Policía de Montevideo afirmaba que el responsable sería encontrado en muy pocas horas. Quien había colocado la bomba lo habría hecho con un descuido tal que permitiría descubrirlo sin dificultad.
Idiotas. No había sido descuido: la idea desde un principio fue que me encontraran. Podría haber pagado las piezas del artefacto en efectivo, pero en todos los casos utilicé mi tarjeta de crédito. Y me encargué de hablar lo suficiente con los encargados de cada farmacia, ferretería y barraca en los que estuve, para que les resultara fácil identificarme.
El pueblo entero va a saber que fui yo. Cuando vengan a buscarme encontrarán los planos detallados de la bomba, así como el estudio de la estructura del edificio, que usé para determinar el lugar donde haría el mayor daño.
También planté pistas falsas para los investigadores.
En el cajón de la mesa de luz está mi pasaporte recién renovado y un pasaje de avión hacia una remota isla del Pacífico. Pero la obra maestra la constituye la folletería de un supuesto grupo terrorista que disemine por todo mi cuarto.
Diseñé unos afiches que llaman a atacar las instituciones públicas para socavar la democracia. Hasta preparé un volante con los quince principales puntos de esa supuesta ideología, repleto de incoherencias, lo que lo hace aún más verosímil.
Con todo esto tendrán más de un año de hipótesis, conjeturas y búsquedas maccarthistas del resto de una agrupación terrorista que no existe.
Grabarán programas especiales, entrevistarán a todos los que me conocían y un día se darán por vencidos y empezarán a pensar en otra cosa.
Sólo yo conozco el verdadero motivo del ataque y voy a encargarme de que siga siendo así. Es que, para ser sincero, me da un poco de vergüenza que la gente sepa que maté a cientos de personas por una mujer.
No quiero acabar mi vida como el terrorista mas cursi del mundo.
Todo comenzó hace pocos meses. La sequía en el norte del país había hecho descender notablemente el nivel del río Uruguay a la altura de la represa del Salto Grande, encareciendo cada vez más la generación de energía y provocando que los usuarios sufrieran sucesivas subidas en sus tarifas. Los funcionarios de UTE idearon un plan para reducir, aunque de manera marginal, el consumo de energía.
En la noche del sábado al domingo, se adelantarían los relojes una hora, para que los hogares tuvieran las luces encendidas menos tiempo. Luego de varios meses, se volvería a la normalidad, atrasando los relojes.
Yo estaba con ella aquella noche, y me robaron una hora. Ella tenía compromisos en la mañana del domingo, lo que hizo la cita una hora más corta. Y como lo nuestro terminó antes de que el horario se arreglara, nunca pude recuperar esos sesenta minutos. Aquel capricho de la administración pública me había hecho perder un espacio de tiempo que ninguna rebaja en la tarifa podría compensar. Esas cosas no son mensurables, y por eso mi represalia fue de tal magnitud.
La gente no entiende esas cosas. Sólo entiende de política y de economía. Sabe el precio del kilowatt y la diferencia horaria con España, en donde se encuentra el 75% de su familia. Para ellos fue simplemente una hora menos de sueño. Para mí no, y quería que lo supieran.
Siento los primeros efectos del veneno y me acomodo en el sillón de mi cuarto a esperar la muerte ineludible.
Creerán que me suicidé al verme acorralado por la policía, pero lo hago porque debo asegurarme de que mis motivos sigan siendo un secreto, y temo que algún método de tortura hubiera podido hacerme revelar la verdad.
Me despido de este mundo con la satisfacción del deber cumplido. ¿Cuántos pueden decir eso?
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Anonimo