Escribir sin mirar:
Coge lápiz y papel y, con los ojos cerrados, escribe durante un rato. Observa el resultado. ¿Es como lo imaginabas o quizá ha quedado un poco ‘distorsionado’?
Ya se ha dicho que la propiocepción no es suficiente para los trabajos que requieren gran precisión, como es el de escribir.
Cuando escribimos normalmente, es decir, con los ojos abiertos y observando los resultados, la vista se encuentra constantemente analizando la forma, el tamaño y la posición de las letras con respecto al papel y a su compañeras, lo que permite realizar ajustes a cada momento.
Al cerrar los ojos, se pierde esta capacidad de análisis y reajuste inmediato y, por mucho que los propioceptores se cuenten por millones, los resultados no son ‘presentables’.
El lado dominante:
Ser zurdo o diestro no depende únicamente de qué mano empleamos para escribir o con qué pie jugamos al fútbol.
El cuerpo muestra en muchos de sus actos y miembros preferencia por un lado, el conocido como ‘lado dominante’.
Se puede conocer observando cómo se cruzan los brazos, qué mano coge a la otra por la espalda, qué mano se muestra activa al aplaudir, etc.
Y aunque la inmensa mayoría de la población es diestra, también hay individuos que no son ni diestros ni zurdos puros, sino que manifiestan preferencias distintas en diferentes miembros.
¿Eres tú uno de ellos?
Tiempo de reacción:
Una forma de medir cuál es tu tiempo de reacción es recurriendo a una regla y a la ayuda de otra persona.
Ésta debe sujetar la regla por su extremo superior, mientras tú colocas tus dedos en torno al otro extremo, prestos para atraparla en el momento en que tu compañero la suelte.
La altura a la que captures la regla te permitirá saber cuantos centímetros has necesitado para reaccionar.
Ahora, y sin hacer trampa, sólo tienes que comparar tus resultados con los de la tabla adjunta, para valorar lo buena que es tu capacidad de reacción.
¿Reaccionas a tiempo?
Distancia Tiempo de reacción
9 cm 135 milésimas de segundo Excelente
11 cm 150 milésimas de segundo Muy Bueno
14 cm 170 milésimas de segundo Bueno
16 cm 180 milésimas de segundo Bastante bueno
20 cm 200 milésimas de segundo Regular
24 cm 220 milésimas de segundo Debajo de la media
30 cm 250 milésimas de segundo Pobre
El dedo tonto:
Coloca la mano sobre la mesa como muestra la imagen e intenta mover individualmente cada uno de los dedos mientras mantienes los otros apoyados.
Si no eres un ‘bicho raro’, te habrás llevado un chasco al ‘pelearte’ con tu dedo anular.
Aunque cada dedo tiene sus propios tendones que lo conectan al músculo, en el dorso de la mano existe una conexión ‘adicional’ entre los tendones del dedo corazón y del anular que limita la movilidad de ambos dedos por separado.

El brazo que sube solo:
Apóyate con un brazo contra la pared e intenta subirlo con todas tus fuerzas.
Tras un par de minutos de esfuerzo, sepárate y comprobarás cómo el brazo ‘relajado’ se empecina en subir sin que nadie se lo ordene.
Este efecto se conoce como la ilusión de Kohnstamm y depende de la memoria motora.
El brazo sigue haciendo fuerza, porque el cerebro y el músculo se habían acostumbrado a ello y tardan unos segundos en quitar el ‘piloto automático’ y adaptarse ante la nueva situación.
El brazo que se acorta:
Sitúate perpendicularmente a una pared, de modo que, con el brazo extendido, la toques con la punta de los dedos.
A continuación, levanta el brazo, rotándolo por encima de la cabeza.
Ahora vuelve a extenderlo y verás que ya no alcanzas el muro.
Tranquilo; no es que estés encogiendo por momentos. Es la paradoja de Codeman, cuyo fundamento es el hecho de que, haciendo unos movimientos determinados con las articulaciones de la espalda, sus músculos se contraen ligeramente.
Basta con ‘soltar’ el músculo para que el brazo recupere el tamaño original, lo que demuestra que los músculos sólo pueden contraerse, y que para retomar su estado relajado necesitan la ayuda de otros ‘colegas’ que lo estiren, a costa de entrar ellos mismos en acción.
Los músculos sólo se contraen
El cuerpo humano dispone de unos 640 músculos esqueléticos; algunos de ellos, capaces de realizar movimientos de enorme precisión. Pero presentan un pequeño ‘defectillo’: sólo saben contraerse, es decir, sólo pueden tirar, no empujar. Y este ‘detalle’ les obliga a aparecer en muchos casos en parejas indisolubles, que ejecutan movimientos antagónicos. Tampoco pueden con­traerse mucho, apenas unos centímetros, pero logran movimientos más largos gracias al efecto multiplicador que hacen huesos y articulaciones.
La vista y el tacto:
Enrolla una hoja, colócala delante del ojo y pon la palma de la mano a su lado.
Si con los dos ojos abiertos desplazas la mano pegada al tubo lentamente, llegará un momento en que parezca agujereada.
El cerebro forma la visión combinando las imágenes captadas por cada uno de los ojos.
En la mayoría de los casos las imágenes son muy parecidas, y combinarlas no da problemas.
Pero en esta ocasión, lo que ven ambos ojos por separado difiere, y el cerebro, al procesar ambas imá­genes como está acostumbrado, lo único que con­si­gue es perforar la mano.
Estimar distancias:
Con los brazos extendidos hacia adelante, cierra un ojo e intenta juntar la punta de los dedos. Es difícil.
Con un ojo cerrado, algo tan sencillo como estimar las distancias se convierte en una odisea.
La razón es que nuestro cerebro se aprovecha de que cada uno de los ojos posee un punto de vista ligeramente distinto para conformar la visión tridimensional.
Pero al cerrar un ojo, el cerebro ya no puede ver en tres dimensiones, y eso afecta a nuestra capacidad de acertar con las distancias.

El calcetín:
¿Llevas puestos calcetines? Pues no los mires y trata de tocar el borde de uno de ellos con la punta de los dedos ¿Has acertado o simplemente te has aproximado?
El fenómeno que explica tu falta de puntería se conoce como ‘habituación’, o capacidad de los sentidos para adaptarse a la presencia de un estímulo continuo y constante, y no prestarle atención.
La habituación también afecta al gusto y al olfato. Los receptores de la nariz se acostumbran rápidamente a un olor y dejan de apreciarlo apenas un minuto después, lo que supone un peligro si se produce un escape de gas.

[b]La nariz:[/b]
Cruza los dedos índice y corazón, y acaríciate la punta de la nariz con ambos como se muestra en la fotografía. ¿No te da la sensación de tener dos narices?
Tu cerebro ha caído en la trampa que le ha tendido el tacto, ya que no está acostumbrado a que los dedos ‘sientan’ en esta disposición.
En condiciones normales —con los dedos sin cruzar—, si el lado externo del dedo corazón —el más alejado del dedo índice— toca la nariz, el dedo índice no entra en contacto con ella, y viceversa.
Es un estímulo tan habitual que el cerebro ya lo ha asumido. Pero al cruzar los dedos, ambos entran simultáneamente en contacto con la nariz, algo que al cerebro le cuesta encajar en sus esquemas, por lo que cae en la tentación de pensar en dos narices.