La presente publicación constituye esencialmente un compendio del libro "La Cooperación Internacional de la
Argentina en el campo Nuclear", editado en español en 1998 , en cuya elaboración actuaron como coordinadores el Embajador Julio Cesar Carasales y
el Capitán de Navío (R. E.) Roberto Mario Ornstein.
La República Argentina es uno de los pocos países en proceso de desarrollo que ha alcanzado un considerable
grado de avance en el campo nuclear. Ello no ha sido un producto del azar, sino el resultado de cinco décadas de
un esfuerzo sostenido, llevado a cabo por científicos y técnicos argentinos, bajo la conducción, esencialmente, de
una entidad creada al efecto en 1950, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).
Ese avance no fue exclusivamente fruto de trabajos nacionales, en la medida en que los adelantos en esa materia
requieren, en mayor o menor grado, un aporte tecnológico del exterior proveniente de países industrializados.
Pero el caso de la Argentina no fue típico de la mayoría de los Estados de incipiente desarrollo, los que, si
deciden emprender el camino de la actividad nuclear, suelen recibir el aporte foráneo "llave en mano", es decir, a
través del suministro de instalaciones y equipos completos, diseñados y fabricados en el país proveedor.
No fue esa la política de la República Argentina. Tradicionalmente y dentro de los límites de sus posibilidades,
el país prefirió desarrollar su propia tecnología a adquirirla "llave en mano". Así, cuando la situación científica,
tecnológica e industrial lo permitió, la Argentina, utilizando su potencial, realizó por si misma las obras
programadas o, en aquellos casos en que ineludiblemente debió recurrir a celebrar contratos comerciales con
empresas extranjeras, participó activamente en las obras.
Como ejemplos de lo primero podemos citar la construcción de reactores experimentales de investigación y
producción, el dominio de diversas tecnologías del ciclo del combustible nuclear, y todo lo relacionado con la
producción y las aplicaciones de los radioisótopos y las radiaciones ionizantes.
Desde el RA-1 inaugurado en 1958, los reactores experimentales argentinos fueron proyectados y construidos en
el país, en algunos casos partiendo de diseños elaborados inicialmente en el exterior, pero adaptándolos a las
necesidades locales.
En el área del ciclo del combustible nuclear, desde la fase inicial de la minería del uranio, incluidas la
prospección, exploración, extracción, concentración, purificación y conversión, hasta la fabricación de tubos y
semiterminados de zircaloy, y de los elementos combustibles para reactores de potencia, así como el desarrollo
de las sofisticadas tecnologías del enriquecimiento de uranio y de la separación del plutonio, el país recorrió un
largo camino que en varios casos transitó por las etapas del laboratorio, la planta piloto y, finalmente, la planta
industrial.
En el campo de la producción y aplicación de los radioisótopos y las radiaciones ionizantes, partiendo del
conocimiento adquirido mediante la investigación radioquímica original desarrollada en los primeros años, se
constituyó un conjunto científico-tecnológico que, en su momento, llegó a ser comparable con los de los países
adelantados.
En aquellos casos, como el de las centrales nucleoeléctricas o la planta de producción de agua pesada, en que
resultó ineludible la contratación en el exterior del diseño y la realización de las obras correspondientes, el país
desarrolló una participación activa a través de la CNEA y de empresas privadas argentinas, tanto en la etapa del
diseño cuanto en la de construcción.
Ya en la construcción de la primera central nuclear argentina - Atucha I - la participación nacional a través de la
industria privada alcanzó un 40% del valor de la central. En el caso de la segunda - Embalse - se complementó la
experiencia anterior en dos aspectos fundamentales: la participación en la dirección de obra que CNEA lleva a
cabo al actuar como subcontratista principal de la empresa extranjera responsable de la parte nuclear de la obra,
y el montaje, en que la empresa privada argentina contribuye, aún en aspectos tecnológicamente complejos como
el montaje de componentes principales. Finalmente, en el caso de la tercera central - Atucha II - gracias a las
experiencias anteriores, se abandona el sistema de contratación "llave en mano" y se asume la responsabilidad de
la ingeniería y de la arquitectura industrial de la obra, en asociación con la empresa proveedora de la central. El
funcionamiento pleno de Atucha I y Embalse permitió adquirir experiencia en la operación y mantenimiento de
centrales nucleares que queda demostrada por los altos valores de los factores de carga con que ambas operan.
En el caso de la Planta Industrial de Producción Agua Pesada de Arroyito, la participación argentina se
manifestó principalmente en la compleja fase de su puesta en marcha.
Lo fundamental de todo este proceso es que permitió la acumulación de una experiencia y capacidad de
realización muy valiosas en diversos campos de la actividad nuclear y la capacitación paralela de un nutrido
grupo de profesionales y técnicos formados en las dificultades reales de este tipo de emprendimientos. Su saldo
fue una industria nuclear argentina, no sólo relativamente avanzada, sino con características propias.
Un aspecto adicional contribuyó, involuntariamente, al ritmo y magnitud de los progresos nacionales en materia
nuclear. Es una realidad innegable que, por muchos años, la política nuclear argentina fue vista con desconfianza
en algunos países líderes exportadores de esa tecnología. Es más que discutible que esa desconfianza haya estado
justificada o no. Lo cierto es que la consiguiente actitud restrictiva en materia de transferencia de tecnología
nuclear adoptada por esos países, tuvo una consecuencia no buscada por ellos: obligó a la Argentina a desarrollar
por sí misma, a costa de considerables esfuerzos, técnicas y equipos que en el exterior se negaban a
proporcionarle. A menudo, el ingenio de los profesionales nacionales trascendió la mera repetición de los
modelos imposibles de adquirir en el exterior, para introducir variantes e innovaciones originales, lo que no sólo
constituyó un beneficio adicional, sino que significó una útil adaptación de equipos sofisticados a las
circunstancias propias de un país en desarrollo.
En la historia del desarrollo nuclear en la Argentina caben distinguir tres etapas: una primera, formativa, que va
desde la creación de la CNEA en 1950 hasta 1958, una segunda, de consolidación, caracterizada por el
significativo desarrollo de las aplicaciones nucleares, que abarca de 1959 hasta 1967; y una tercera, que se
extiende hasta la actualidad, en la que, alcanzada la madurez en este campo, se vuelca el esfuerzo hacia la
generación nucleoeléctrica.
La etapa formativa
En la primera etapa, la formativa, que se extiende de 1950 a 1958, se toman las decisiones que llevan a la
creación de lo que es hoy la CNEA, se organizan los primeros grupos de trabajo en investigación y desarrollo, se
capacita el personal principalmente a través de su formación en centros de los países mas adelantados, se
comienza la formación regular de físicos a través de la creación del Instituto de Física Balseiro y las de
capacitación de profesionales en reactores nucleares y metalurgia nuclear, se inician las actividades en los
campos de la producción y aplicación de radioisótopos, y las tareas de prospección de recursos uraníferos, se
sientan las bases para la elaboración de un cuerpo normativo regulatorio en materia de seguridad radiológica y
nuclear, y se construye en el país el primer reactor experimental, el RA-1, incluidos sus elementos combustibles.
Algunos de estos desarrollos merecen un comentario aparte.
Con la creación de la CNEA en 1950 y la instalación a partir de 1952 de sus primeros laboratorios, comienza la
evolución orgánica de la energía nuclear en el país. Como primera medida se procuró reunir la poca experiencia
existente, para lo cual fueron llamados a colaborar investigadores en distintas disciplinas científicas relacionadas
con el tema, constituyéndose grupos de trabajo integrados por jóvenes profesionales que, en la mayoría de los
casos, recién iniciaban su aprendizaje. Tiene comienzo así una primera etapa que durará hasta casi fines de esa
década, dedicada fundamentalmente a la formación de personal especializado. A tal fin varios profesionales
estudiaron en laboratorios europeos y norteamericanos, y se procuró la visita de numerosos especialistas
extranjeros.
Un hito importante de comienzos de esta etapa lo constituyó la instalación de un acelerador en cascada de 1
MeV, puesto en servicio a mediados de 1953, y la de un sincrociclotrón, para acelerar deuterones hasta 28 MeV,
inaugurado en diciembre de 1954. Ello dio impulso a un grupo activo de física nuclear y a un grupo importante
de radioquímica.
En 1955, se inicia en San Carlos de Bariloche el desarrollo del que posteriormente se conocería como el Instituto
Balseiro, dictándose el primer curso de la Carrera de Física. Un convenio con la Universidad Nacional de Cuyo
posibilitó al Instituto su condición universitaria.
9
En los años cincuenta las expectativas y el interés en el uso de técnicas nucleares eran muy grandes. En muchas
partes del mundo se consideraba que estas técnicas - y en especial el uso de isótopos radiactivos - eran el medio
más apropiado para resolver un número de problemas científicos y tecnológicos. No es de extrañar entonces que
también la CNEA se dedicara a actividades relacionadas con la producción y utilización de los radioisótopos.
Gracias a una definición oportuna de objetivos y a una serie de circunstancias afortunadas, pronto se empezaron
a obtener resultados técnicos muy positivos. Es así como al poco tiempo, la Argentina se vio en condiciones de
disponer de algunos materiales radiactivos que podía producir en sus instalaciones, en un momento en que los
radioisótopos prácticamente no tenían proveedores comerciales.
En la primera mitad de la década del cincuenta coincidieron en la CNEA un científico de primera línea,
contratado para establecer un grupo de investigación en el campo de la radioquímica, un grupo de profesionales
jóvenes, muy entusiastas, y un equipamiento moderno, que incluía el acelerador en cascada y el sincrociclotrón a
que se hizo referencia. Gracias a esta afortunada circunstancia, en poco tiempo el grupo de radioquímica logró
consolidarse y generar una producción científica sólida de nivel internacional. A esa época se debe el
descubrimiento en la Argentina de una veintena de radioisótopos nuevos, descubrimiento que hizo del "Grupo de
Buenos Aires" uno de los grupos de radioquímica más respetados del momento.
No es de extrañar que, con la experiencia adquirida en la búsqueda de nuevos radioisótopos, el sector
radioquímico de la CNEA se dedicara también a la producción de isótopos radiactivos con el sincrociclotrón, y
hacia fines de los años cincuenta esa producción comenzó a tomar volumen, especialmente después de la puesta
en operación del reactor RA1 inaugurado en 1958 en el Centro Atómico Constituyentes, primer reactor
experimental de América Latina, del tipo Argonaut, construido íntegramente en el país., y que en sucesivas
etapas, alcanzó una potencia de 150 kW.
Desde el comienzo, fue política de la CNEA producir en el país los elementos combustibles para abastecer los
reactores a construir. Así fue como en 1957 se fabricaron los elementos combustibles para el mencionado reactor
RA-1. A partir de ese entonces, todos los elementos combustibles para la los reactores de investigación que
sucesivamente entraron en operación, fueron diseñados y fabricados en la CNEA.
El estudio del territorio argentino con miras a determinar su riqueza en minerales nucleares fue también otra de
las primeras preocupaciones de la CNEA. En 1952, se inició la extracción de uranio del yacimiento de Agua
Botada, en Malargüe, Provincia de Mendoza, y se instaló en la Ciudad de Córdoba una pequeña planta
experimental para el tratamiento de esas primeras extracciones uraníferas, que sirvió como base para el diseño de
las posteriores. Complementariamente con lo anterior, en 1953 se construyó en Ezeiza una planta piloto para la
producción de uranio metálico por calciotermia.
Además, a partir de 1955, se inició el estudio sistemático de las reservas uraníferas. Como resultado de los
primeros estudios geológicos realizados, se determinó la existencia de 1.300.000 km2 de territorio continental
con posibilidades uraníferas, de los cuales 400.000 fueron catalogados como de interés inmediato. La
prospección inicial se concentró en estos últimos y demostró la potencial existencia de recursos suficientes como
para encarar un plan independiente con abastecimientos nacionales.
1955 también constituyó una fecha clave en la investigación y el desarrollo en el área de materiales en la
Argentina y en Latinoamérica. En ese año, la CNEA organizó el Departamento Metalurgia - que con el tiempo
evolucionara a Departamento de Materiales - el primer laboratorio de metalurgia en el sentido moderno de
América Latina, es decir: un centro de investigaciones con sentido creador.
En los considerandos del decreto de creación de la CNEA, se enunciaba en forma precisa la necesidad de
establecer medidas que aseguraran la protección de la población de los efectos nocivos de las radiaciones
provenientes de los materiales radiactivos. Es así que a partir de un pequeño grupo dedicado al control de la
exposición del personal que trabajaba con radioisótopos y a la determinación de la precipitación radiactiva, se
formó dentro de la CNEA, un organismo, convertido en la actualidad en la Autoridad Regulatoria Nuclear, que
fue elaborando un conjunto de normas regulatorias que configuraron una estructura legal, sin duda de las más
completas de América Latina. Esa estructura fue con el tiempo perfeccionada mediante nuevas disposiciones
legales en materia de seguridad radiológica y nuclear, que acompañaron el desarrollo nuclear del país.
espero que les haya gustado como a mi así que comenten, saludos!!!!!!
Argentina en el campo Nuclear", editado en español en 1998 , en cuya elaboración actuaron como coordinadores el Embajador Julio Cesar Carasales y
el Capitán de Navío (R. E.) Roberto Mario Ornstein.
La República Argentina es uno de los pocos países en proceso de desarrollo que ha alcanzado un considerable
grado de avance en el campo nuclear. Ello no ha sido un producto del azar, sino el resultado de cinco décadas de
un esfuerzo sostenido, llevado a cabo por científicos y técnicos argentinos, bajo la conducción, esencialmente, de
una entidad creada al efecto en 1950, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).
Ese avance no fue exclusivamente fruto de trabajos nacionales, en la medida en que los adelantos en esa materia
requieren, en mayor o menor grado, un aporte tecnológico del exterior proveniente de países industrializados.
Pero el caso de la Argentina no fue típico de la mayoría de los Estados de incipiente desarrollo, los que, si
deciden emprender el camino de la actividad nuclear, suelen recibir el aporte foráneo "llave en mano", es decir, a
través del suministro de instalaciones y equipos completos, diseñados y fabricados en el país proveedor.
No fue esa la política de la República Argentina. Tradicionalmente y dentro de los límites de sus posibilidades,
el país prefirió desarrollar su propia tecnología a adquirirla "llave en mano". Así, cuando la situación científica,
tecnológica e industrial lo permitió, la Argentina, utilizando su potencial, realizó por si misma las obras
programadas o, en aquellos casos en que ineludiblemente debió recurrir a celebrar contratos comerciales con
empresas extranjeras, participó activamente en las obras.
Como ejemplos de lo primero podemos citar la construcción de reactores experimentales de investigación y
producción, el dominio de diversas tecnologías del ciclo del combustible nuclear, y todo lo relacionado con la
producción y las aplicaciones de los radioisótopos y las radiaciones ionizantes.
Desde el RA-1 inaugurado en 1958, los reactores experimentales argentinos fueron proyectados y construidos en
el país, en algunos casos partiendo de diseños elaborados inicialmente en el exterior, pero adaptándolos a las
necesidades locales.
En el área del ciclo del combustible nuclear, desde la fase inicial de la minería del uranio, incluidas la
prospección, exploración, extracción, concentración, purificación y conversión, hasta la fabricación de tubos y
semiterminados de zircaloy, y de los elementos combustibles para reactores de potencia, así como el desarrollo
de las sofisticadas tecnologías del enriquecimiento de uranio y de la separación del plutonio, el país recorrió un
largo camino que en varios casos transitó por las etapas del laboratorio, la planta piloto y, finalmente, la planta
industrial.
En el campo de la producción y aplicación de los radioisótopos y las radiaciones ionizantes, partiendo del
conocimiento adquirido mediante la investigación radioquímica original desarrollada en los primeros años, se
constituyó un conjunto científico-tecnológico que, en su momento, llegó a ser comparable con los de los países
adelantados.
En aquellos casos, como el de las centrales nucleoeléctricas o la planta de producción de agua pesada, en que
resultó ineludible la contratación en el exterior del diseño y la realización de las obras correspondientes, el país
desarrolló una participación activa a través de la CNEA y de empresas privadas argentinas, tanto en la etapa del
diseño cuanto en la de construcción.
Ya en la construcción de la primera central nuclear argentina - Atucha I - la participación nacional a través de la
industria privada alcanzó un 40% del valor de la central. En el caso de la segunda - Embalse - se complementó la
experiencia anterior en dos aspectos fundamentales: la participación en la dirección de obra que CNEA lleva a
cabo al actuar como subcontratista principal de la empresa extranjera responsable de la parte nuclear de la obra,
y el montaje, en que la empresa privada argentina contribuye, aún en aspectos tecnológicamente complejos como
el montaje de componentes principales. Finalmente, en el caso de la tercera central - Atucha II - gracias a las
experiencias anteriores, se abandona el sistema de contratación "llave en mano" y se asume la responsabilidad de
la ingeniería y de la arquitectura industrial de la obra, en asociación con la empresa proveedora de la central. El
funcionamiento pleno de Atucha I y Embalse permitió adquirir experiencia en la operación y mantenimiento de
centrales nucleares que queda demostrada por los altos valores de los factores de carga con que ambas operan.
En el caso de la Planta Industrial de Producción Agua Pesada de Arroyito, la participación argentina se
manifestó principalmente en la compleja fase de su puesta en marcha.
Lo fundamental de todo este proceso es que permitió la acumulación de una experiencia y capacidad de
realización muy valiosas en diversos campos de la actividad nuclear y la capacitación paralela de un nutrido
grupo de profesionales y técnicos formados en las dificultades reales de este tipo de emprendimientos. Su saldo
fue una industria nuclear argentina, no sólo relativamente avanzada, sino con características propias.
Un aspecto adicional contribuyó, involuntariamente, al ritmo y magnitud de los progresos nacionales en materia
nuclear. Es una realidad innegable que, por muchos años, la política nuclear argentina fue vista con desconfianza
en algunos países líderes exportadores de esa tecnología. Es más que discutible que esa desconfianza haya estado
justificada o no. Lo cierto es que la consiguiente actitud restrictiva en materia de transferencia de tecnología
nuclear adoptada por esos países, tuvo una consecuencia no buscada por ellos: obligó a la Argentina a desarrollar
por sí misma, a costa de considerables esfuerzos, técnicas y equipos que en el exterior se negaban a
proporcionarle. A menudo, el ingenio de los profesionales nacionales trascendió la mera repetición de los
modelos imposibles de adquirir en el exterior, para introducir variantes e innovaciones originales, lo que no sólo
constituyó un beneficio adicional, sino que significó una útil adaptación de equipos sofisticados a las
circunstancias propias de un país en desarrollo.
En la historia del desarrollo nuclear en la Argentina caben distinguir tres etapas: una primera, formativa, que va
desde la creación de la CNEA en 1950 hasta 1958, una segunda, de consolidación, caracterizada por el
significativo desarrollo de las aplicaciones nucleares, que abarca de 1959 hasta 1967; y una tercera, que se
extiende hasta la actualidad, en la que, alcanzada la madurez en este campo, se vuelca el esfuerzo hacia la
generación nucleoeléctrica.
La etapa formativa
En la primera etapa, la formativa, que se extiende de 1950 a 1958, se toman las decisiones que llevan a la
creación de lo que es hoy la CNEA, se organizan los primeros grupos de trabajo en investigación y desarrollo, se
capacita el personal principalmente a través de su formación en centros de los países mas adelantados, se
comienza la formación regular de físicos a través de la creación del Instituto de Física Balseiro y las de
capacitación de profesionales en reactores nucleares y metalurgia nuclear, se inician las actividades en los
campos de la producción y aplicación de radioisótopos, y las tareas de prospección de recursos uraníferos, se
sientan las bases para la elaboración de un cuerpo normativo regulatorio en materia de seguridad radiológica y
nuclear, y se construye en el país el primer reactor experimental, el RA-1, incluidos sus elementos combustibles.
Algunos de estos desarrollos merecen un comentario aparte.
Con la creación de la CNEA en 1950 y la instalación a partir de 1952 de sus primeros laboratorios, comienza la
evolución orgánica de la energía nuclear en el país. Como primera medida se procuró reunir la poca experiencia
existente, para lo cual fueron llamados a colaborar investigadores en distintas disciplinas científicas relacionadas
con el tema, constituyéndose grupos de trabajo integrados por jóvenes profesionales que, en la mayoría de los
casos, recién iniciaban su aprendizaje. Tiene comienzo así una primera etapa que durará hasta casi fines de esa
década, dedicada fundamentalmente a la formación de personal especializado. A tal fin varios profesionales
estudiaron en laboratorios europeos y norteamericanos, y se procuró la visita de numerosos especialistas
extranjeros.
Un hito importante de comienzos de esta etapa lo constituyó la instalación de un acelerador en cascada de 1
MeV, puesto en servicio a mediados de 1953, y la de un sincrociclotrón, para acelerar deuterones hasta 28 MeV,
inaugurado en diciembre de 1954. Ello dio impulso a un grupo activo de física nuclear y a un grupo importante
de radioquímica.
En 1955, se inicia en San Carlos de Bariloche el desarrollo del que posteriormente se conocería como el Instituto
Balseiro, dictándose el primer curso de la Carrera de Física. Un convenio con la Universidad Nacional de Cuyo
posibilitó al Instituto su condición universitaria.
9
En los años cincuenta las expectativas y el interés en el uso de técnicas nucleares eran muy grandes. En muchas
partes del mundo se consideraba que estas técnicas - y en especial el uso de isótopos radiactivos - eran el medio
más apropiado para resolver un número de problemas científicos y tecnológicos. No es de extrañar entonces que
también la CNEA se dedicara a actividades relacionadas con la producción y utilización de los radioisótopos.
Gracias a una definición oportuna de objetivos y a una serie de circunstancias afortunadas, pronto se empezaron
a obtener resultados técnicos muy positivos. Es así como al poco tiempo, la Argentina se vio en condiciones de
disponer de algunos materiales radiactivos que podía producir en sus instalaciones, en un momento en que los
radioisótopos prácticamente no tenían proveedores comerciales.
En la primera mitad de la década del cincuenta coincidieron en la CNEA un científico de primera línea,
contratado para establecer un grupo de investigación en el campo de la radioquímica, un grupo de profesionales
jóvenes, muy entusiastas, y un equipamiento moderno, que incluía el acelerador en cascada y el sincrociclotrón a
que se hizo referencia. Gracias a esta afortunada circunstancia, en poco tiempo el grupo de radioquímica logró
consolidarse y generar una producción científica sólida de nivel internacional. A esa época se debe el
descubrimiento en la Argentina de una veintena de radioisótopos nuevos, descubrimiento que hizo del "Grupo de
Buenos Aires" uno de los grupos de radioquímica más respetados del momento.
No es de extrañar que, con la experiencia adquirida en la búsqueda de nuevos radioisótopos, el sector
radioquímico de la CNEA se dedicara también a la producción de isótopos radiactivos con el sincrociclotrón, y
hacia fines de los años cincuenta esa producción comenzó a tomar volumen, especialmente después de la puesta
en operación del reactor RA1 inaugurado en 1958 en el Centro Atómico Constituyentes, primer reactor
experimental de América Latina, del tipo Argonaut, construido íntegramente en el país., y que en sucesivas
etapas, alcanzó una potencia de 150 kW.
Desde el comienzo, fue política de la CNEA producir en el país los elementos combustibles para abastecer los
reactores a construir. Así fue como en 1957 se fabricaron los elementos combustibles para el mencionado reactor
RA-1. A partir de ese entonces, todos los elementos combustibles para la los reactores de investigación que
sucesivamente entraron en operación, fueron diseñados y fabricados en la CNEA.
El estudio del territorio argentino con miras a determinar su riqueza en minerales nucleares fue también otra de
las primeras preocupaciones de la CNEA. En 1952, se inició la extracción de uranio del yacimiento de Agua
Botada, en Malargüe, Provincia de Mendoza, y se instaló en la Ciudad de Córdoba una pequeña planta
experimental para el tratamiento de esas primeras extracciones uraníferas, que sirvió como base para el diseño de
las posteriores. Complementariamente con lo anterior, en 1953 se construyó en Ezeiza una planta piloto para la
producción de uranio metálico por calciotermia.
Además, a partir de 1955, se inició el estudio sistemático de las reservas uraníferas. Como resultado de los
primeros estudios geológicos realizados, se determinó la existencia de 1.300.000 km2 de territorio continental
con posibilidades uraníferas, de los cuales 400.000 fueron catalogados como de interés inmediato. La
prospección inicial se concentró en estos últimos y demostró la potencial existencia de recursos suficientes como
para encarar un plan independiente con abastecimientos nacionales.
1955 también constituyó una fecha clave en la investigación y el desarrollo en el área de materiales en la
Argentina y en Latinoamérica. En ese año, la CNEA organizó el Departamento Metalurgia - que con el tiempo
evolucionara a Departamento de Materiales - el primer laboratorio de metalurgia en el sentido moderno de
América Latina, es decir: un centro de investigaciones con sentido creador.
En los considerandos del decreto de creación de la CNEA, se enunciaba en forma precisa la necesidad de
establecer medidas que aseguraran la protección de la población de los efectos nocivos de las radiaciones
provenientes de los materiales radiactivos. Es así que a partir de un pequeño grupo dedicado al control de la
exposición del personal que trabajaba con radioisótopos y a la determinación de la precipitación radiactiva, se
formó dentro de la CNEA, un organismo, convertido en la actualidad en la Autoridad Regulatoria Nuclear, que
fue elaborando un conjunto de normas regulatorias que configuraron una estructura legal, sin duda de las más
completas de América Latina. Esa estructura fue con el tiempo perfeccionada mediante nuevas disposiciones
legales en materia de seguridad radiológica y nuclear, que acompañaron el desarrollo nuclear del país.
espero que les haya gustado como a mi así que comenten, saludos!!!!!!