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"El mejor amigo del hombre es su perro"

Pocos, en la actualidad, discutirían la frase con la que encabezamos el presente artículo. Pero si bien la amistad del perro hacia el hombre (lamentablemente, no significa que el hombre sea también el mejor amigo del perro) es muy antigua, el hombre no siempre tuvo al perro como su mejor amigo, y en realidad, la frase que nos sirve de encabezado surgió en 1870 en Warrensburg, Missouri (E.E.U.u.), durante un juicio. El mismo era en realidad la segunda apelación de la parte acusadora.


Monumento en memoria al Viejo Drum, en el Smithsonian Art Inventory Sculptures, Missouri

Durante el verano de 1870, Charles Burden encontró a su perro zorrero, el Viejo Drum, muerto por una herida de bala en circunstancias que inculpaban a uno de los vecinos de Burden, Leónidas Hornsby. El dueño del perro, buscando compensarse de algún modo por la pérdida del mismo, demandó a Hornsby por ciento cincuenta dólares, la suma máxima que, según la ley, podía exigir en un caso como aquel. Según se ha dicho, el veredicto inicial favoreció a Hornsby, pero fue apelado dos veces. El día del juicio definitivo, presidía el tribunal el juez Foster Wright. Defendiendo a Hornsby había un par de tiburones: Francis Cockrell, más tarde senador de los E.E.U.U, y Thomas Crittenden, futuro gobernador de Missouri; en tanto que para defender a Charles Burden no había, al principio, más que un abogado local, el coronel Wells Blodgett, que ya se preveía destrozado por los otros dos. Pero Blodgett se enteró de que otro abogado local, el único que podía ofrecer una temible resistencia a Cockrell y Crittenden, estaba presente ese día en el tribunal. Su nombre era George Graham Vest, ocho años más tarde sería senador por Missouri, y a petición de Blodgett, accedió a presentarse como su consejero especial ante el jurado.



Estatua de Fernando, un célebre perro vagabundo que vivió en Resistencia en la década de 1950 y principios de la de 1960.

La sesión del caso Burden Vs. Hornsby se demoró debido a la agenda ocupada del juez Wright, y empezó recién en la noche de la fecha establecida. El primero en tomar la palabra frente al jurado fue Blodgett; no se sabe qué dijo exactamente, pero sus palabras cayeron en el olvido ni bien tomaron la palabra Cockrell y Crittenden. Según ellos, era absurdo armar tanto revuelo por un perro que no valía nada. Y estaban seguros de su triunfo, cuando se levantó Vest, y sencillamente los demolió. Efectivamente, dijo, el perro valía sólo ciento cincuenta dólares, y los legalismos en torno a una cifra tan ridícula no tenían importancia. Lo que contaba era que había sido muerto el más amado animal doméstico y el mejor amigo que podía tener: un perro. Acto seguido, recorrió la Historia y la poesía en busca de ejemplos que atestiguaran la eterna fidelidad del perro hacia sus amos. Todavía no había terminado, que el jurado y su presidente tenían los ojos arrasados en lágrimas, y Cockrell y Crittenden sentían que los ánimos de la audiencia les eran hostiles y consideraron seriamente la posibilidad de tomarse las de Villadiego con su cliente, pues temían terminar linchados. El veredicto del jurado -visiblemente llevado por sus emociones- fue esta vez favorable a Burden, quien debería ser indemnizado por 550 dólares, aunque finalmente el juez Wright redujo esa suma a los 150 originales, sin duda sólo porque no era legal la otra suma.


Barry, el famoso San Bernardo que salvó tantas vidas, tiene también su estatua propia, en París; lo representa en su rescate más famoso.

Se conserva la primera parte del alegato de Vest, el cual dio origen al dicho El mejor amigo del hombre es su perro. Hela aquí:


Señores del jurado: el mejor amigo que tiene un hombre en este mundo puede volverse contra él y transformarse en su enemigo. Su hijo o hija, que él ha criado con amoroso cuidado, pueden ser desagradecidos. Aquellos que están más cerca nuestro y que nos son más queridos -aquellos a los que les confiamos nuestra felicidad y nuestro buen nombre- pueden traicionarnos en nuestra fe. El dinero que un hombre tiene puede perderlo; puede volar quizás cuando más lo necesita. La reputación de un hombre puede ser sacrificada en un momento de acción impensada. La gente, que está dispuesta a caer sobre sus rodillas para honrarnos cuando el éxito nos sonría, puede ser la primera en tirar la piedra de la maldad cuando el fracaso nubla nuestras cabezas. El único amigo absoluto y desinteresado que puede tener un hombre en este mundo egoísta, el que nunca es desagradecido o traicionero, es su perro.




Balto, el héroe de los niños de Nome, Alaska, a los que les llevó comida durante dos años.

Señores del jurado, el perro de un hombre está a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. El dormirá en la fría tierra, donde sopla el viento y la nieve se arremolina implacable, sólo para poder estar al lado de su dueño. Besará la mano que no puede ofrecerle comida; cuidará las heridas y penas que el encuentro con la rudeza del mundo nos ocasiones. Guarda el sueño de su pobre señor como si fuera un príncipe. Cuando todos los demás amigos nos abandonan, él permanece. Cuando la riqueza desaparece y la reputación se hace añicos, él es tan constante en su amor como el sol en su viaje a través del cielo.




El inolvidable Hachikō esperaba todos los días el regreso de su amo en la estación del tren... Y siguió haciéndolo varios años después de que el amo en cuestión hubiera muerto.

Si el destino lleva a su señor a ser un proscrito en el mundo, sin amigos y sin hogar, el fiel perro no pide otro privilegio que el de acompañarle para defenderle del peligro y pelear contra sus enemigos. Y cuando el último de todos los actos llega, y la muerte se lleva a su amo y su cuerpo es tendido en la fría tierra, no importa si todos los amigos prosiguen su camino. Allí, junto a su tumba, encontraréis al noble perro, su cabeza entre las patas, sus ojos tristes pero abiertos, en alerta vigilancia, fiel y leal aun en la muerte.




Taro y Jiro, dos perros héroes del Japón, inmortalizados en uno de los tantos monumentos en memoria suya, éste en la ciudad de Nagoya.

No me gustan mucho los perros; honestamente, prefiero a los gatos. Tal vez lo que me fastidie de los perros es precisamente esa fidelidad, rayana en la esclavitud, hacia los humanos, que por lo general no son amigos de los perros, sino, justamente, amos: los que imponen las reglas y tararean para que los perros bailen al compás que a ellos se les antoja. Un gato jamás toleraría nada semejante; es más independiente. No obstante, habrá que reconocer que, aunque los perros los consientan, los viles de esta historia son los seres humanos. La nobleza y lealtad de los perros está ahí, y es valiosa; por desgracia, los seres humanos en general no merecemos una cosa ni la otra, ni la mereceremos hasta que también nosotros podamos decirnos con justeza amigos de los perros y no amos. Supongo, sin embargo, que los perros merecen alabanza por practicar virtudes que nosotros sólo predicamos, y que, quizás, más que exigirles a ellos que se vuelvan tan viles como lo ameritarían sus amos, debemos intentar emularlos a ellos en virtud... Así que convertiremos este artículo en homenaje a todos los perros que nos abochornan con una conducta de la que, todos nosotros, deberíamos hacernos merecedores.













DEDICADO A TODOS LOS PERROS DEL MUNDO
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