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Entrevista al cientifico Gregorio Klimovsky en 1996

Ciencia Educacion1/10/2012
ANTES DE REALIZAR EL COPY PASTE DE RIGOR QUIERO ACLARAR QUE ESTO LO TENGO EN RECORTE PORQUE CONTIENE DATOS INTERESANTES, INTENTARE MARCARLOS CON NEGRITA
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Domingo 15 de diciembre de 1996 | Publicado en edición impresa.

LA ENTREVISTA/Gregorio Klimovsky

"El corazón predomina sobre la cabeza"

Con más de 40 años en los claustros universitarios, el reconocido científico, que ha sido distinguido recientemente con el premio Konex, denuncia que hay serias deficiencias de formación que llevan a encontrarse con un graduado que no es capaz de redactar un informe.


Gregorio Klimovsky habita un medio en el que el reconocimiento público es infrecuente, limitado cuando ocurre y siempre parcial en cuanto a la calidad de la valoración que implica; es un científico al que, casi como una inopinada rareza, le ha tocado conocer ese reconocimiento, traducido en el prestigio y en la un poco perpleja consideración con que la sociedad rodea a quienes ve como exponentes del conocimiento.

Decía Kimovsky a La Nación que de las tres razones por las que cabe acercarse a la ciencia -por el valor espiritual del saber, por su relación con la belleza y por los beneficios directos o indirectos que produce para la humanidad- sólo quería hablar de la tercera, "no por específico interés personal sino porque debe explicársele a la gente la importancia que para ella tienen las actividades científicas y tecnológicas".

-¿La cabeza predomina sobre el corazón?

-No, porque, además, toda la vida me he dedicado a las ciencias sociales. El tema es que hay condiciones necesarias pero no suficientes para el bienestar de una sociedad y entre ellas hay que contar la actividad científica a partir de la promoción educativa y, suscesivamente, de la formación de científicos y tecnólogos, del desarrollo económico y del bienestar social: un hilo conductor une estas etapas del quehacer humano y el elemento que potencia la transformación de la sociedad es la tecnología, mediante la multiplicación de la producción.

Hay que inventar tecnologías, "lo que en nuestro país se da bastante", o bien hay que importarlas. Pero las primeras deben ser útiles y las segundas convenientes; en ambos casos es necesario contar con tecnólogos que las evalúen.

-¿Que de dónde los sacamos? Hay que formarlos y esto depende muchísimo de la ciencia, de las ciencias aplicadas y también de las básicas, de las teóricas; así sucede en todo el mundo y también entre nosotros, sometidos como el resto de los hombres a las exigencias de la competividad que reclaman la disponibilidad de tecnologías útiles y convenientes.

Por diversos motivos -entre los cuales no es el menor la escasa dimensión de las estructuras capitalistas locales-, Klimovsky no cree demasiado en la posibilidad de que las empresas contribuyan de modo ponderable a impulsar la investigación científica argentina. "Por otra parte, en todos lados el aporte de las empresas es limitado y se centra por lo común -lo que es muy lógico- en la obtención de beneficios inmediatos. No genera, por lo tanto, una investigación libre, como ocurrió, por ejemplo, con las importantísimas que estuvieron a cargo de la industria bélica norteamericana.

"Entre nosotros y pese a excepciones (Klimovsky cita, entre otras, a las fundaciones Campomar y Favaloro), el peso esencial de esa tarea recae sobre las universidades, en especial las estatales. Es en ellas donde se puede hacer ciencia imparcial y crítica, según los intereses nacionales."

Así planteada la cuestión, en buena medida de lo que se trata es de políticas educativas. "Ello explica -añade- la reacción que suscitó en los Estados Unidos aquel informe presentado a Reagan en el que se aseveraba que el aparato educativo hacia agua: reflejaba, acaso, una visión extremadamente pesimisma y exagerada, pero actuó como un eficaz reactivo en un medio que estaba a un tris de olvidar que el centro de gravedad de las actividades de un país complejo se halla en la ciencia".

¿El medio social es favorable?

Cree Klimovsky que, en general, la población respeta a la ciencia por cuestiones de prestigio y a las innovaciones tecnológicas "porque son interesantes", pero que no comprende con claridad qué hay detrás de esas actividades ni como repercuten en los mecanismos sociales. "Por eso, cada tanto, cuando se produce una crisis en los organismos encargados de estimularlas, se toma el hecho con cierta ligereza, como si fuera algo distante y exótico. Aun por parte de los funcionarios: uno hubo que mandó a los científicos a lavar los platos, lo que tal vez no haya sido sino un ex abrupto.

"Peor todavía me parece el caso del ministro que declaró no haber aprendido nada en la Universidad de Córdoba, donde se graduó: eso es demasiado, es totalmente injusto, tal como lo muestra el curriculum de esa misma persona, becada posteriormente para estudiar en el extranjero, lo supone que fue capaz de afrontar muy estrictas exigencias en cuanto a conocimientos... Pero, en fin, con esa torpeza vino a expresar algo así como «no hagamos caso de lo que opinan los colegas argentinos».

"En verdad, nuestro ambiente no es del todo favorable; muchos tienen la impresión de que para un país periférico esas cosas son un lujo. Se piensa que es inútil tener ciencia teórica y formar investigadores; si los necesitamos podemos contratarlos en el extranjero, donde los hay en cantidad y muy buenos. O bien podemos comprar cuanta cosa nos haga falta sin preocuparnos de cómo se hace".

Apunta Klimovsky que esos criterios parten de una profunda ignorancia acerca de la relación existente entre la labor científica y los intereses nacionales. Cuenta, al respecto, una anécdota sabrosa: "Hace años, tal vez hacia 1963, se trajo a un experto de la FAO para diese un dictamen sobre la rentabilidad agrícola-ganadera y de otros sectores afines, con determinación, naturalmente, de prioridades, pues todo no es posible hacerlo. Pues bien, sostuvo que como tenemos notorias ventajas en cuanto a ganadería, debíamos concentrarnos en su explotación y desentendernos de actividades como la pesca; sobre ésta dijo que era recomendable dejarla a cargo de buques extranjeros que la explotarían bajo licencia.

"En sí, es una opinión como otra cualquiera, a la que el tiempo -en este caso- se ha encargado de desmentir. Pero resulta que ese experto era japones; esto no habilita para poner en duda la buena fe de su juicio, pero sí hace evidente que conviene sopesar con cuidado los informes de las asesorías extranjeras, lo que vuelve indispensable que los funcionarios, los científicos y los especialistas tengan conocimientos suficientes para, siquiera, poder valorarlos.

-Es decir, que aun para comprender un dato científico hay que tener preparación científica.

-Así es; y hay que señalar un ejemplo que nos toca por la proximidad: Chile -y esto ha ocurrido en época muy reciente- ha adquirido una capacidad y un equilibrio notables para el manejo razonable de los informes que le proporcionan los organismos internacionales, como lo muestra su política de creación de empleos, exitosa pese a tantas dificultades.

Lo curioso es que la metodología que aplican hoy nuestros vecinos no es muy distinta a los recaudos que entre nosotros se observaban en tiempos no tan remotos, de lo que fue buena muestra el desarrollo energético que acompañó a la puesta en marcha de Aluar.

Advirtamos que, más allá de estas quejas, no todo se abandonó en la Argentina y que, por el contrario, ciertas actividades de ciencia aplicada han crecido y mucho. Así, el Instituto de Fisiología Vegetal de la Universidad del Nordeste ha perfeccionado extraordinariamente métodos de clonización que permiten extender cultivos y forestaciones sin la utilización de semillas, experiencia que halla mercados no sólo en el país, sino también en Uruguay, Brasil y Paraguay.

Es sabido, además, que varias universidades nacionales obtienen ingresos muy considerables, de millones de dólares, por los servicios de asesoramiento que prestan a empresas.

-Entonces, ¿existe entre los empresarios una mentalidad permeable a la colaboración con loscientíficos?

-En algunos casos sí, aunque no son, ni mucho menos, los predominantes. En general, nuestros empresarios distan de haber desarrollado una actitud racional y adecuada en sus relaciones con científicos y tecnólogos.

-¿Cabría hablar de una mentalidad de regalía?

-En efecto y, en el fondo, es muy comprensible. Si en la misma Universidad esa cuestión no está demasiado en claro, sino desde hace no tanto tiempo. Le cuento: en la edad de oro de la Universidad -los años de 1955 a 1966- había aún una enorme resistencia de muchos y muy valiosos docentes a admitir la importancia de la investigación, la seriedad y constancia con que hay que hacerla, de lo fundamental que resulta su vinculación con el aparato productivo del país.

-¿Cuál era la visión de esos docentes? ¿Privilegiar en absoluto el adiestramiento profesional básico?

-Ciertamente. Con olvido de que ese adiestramiento es incompleto si quien lo recibe no incorpora a la vez nociones y actitudes propias de un investigador. En la vida profesional carecer de ellas tiene un efecto limitativo y, a la larga, frustrante, en términos de consideración general.

Vamos a un caso: hay un tipo de ingeniero, no diría de menor nivel, que es adiestrado para cumplir con las ortodoxias de su profesión, necesarias para el mantenimiento de una fábrica y para el desarrollo de los planes de producción. Pero, constantemente, hay que incorporar nuevos inventos, nuevas tecnologías y eso requiere de otro tipo de ingeniero, capaz, inclusive, de adelantarse a los acontecimientos... Nuestros ingenieros tradicionales no lo veían y sólo muy de a poco lo empezó a ver la Universidad en su conjunto, y no sólo la Facultad de Medicina.

Hubo precursores ilustres, como Houssay y Jorge Alberto Sábato. E iniciativas excelentes como el Instituto de Cálculos, con La Clementina, cálculadora de válvulas grande como toda una habitación que hacía el trabajo que hoy puede hacerse con una PC. Con ella asesoramos a YPF, a Yacimientos Carboníferos, a FATE, a la Municipalidad para instalar su sistema de semáforos...

Pero eran actividades aisladas y se tuvo que esperar años para que su importancia fuera estimada en los círculos académicos. De algún modo se vivía entonces un retroceso, porque ya La Plata fue concebida desde un inicio como una universidad para la investigación. Pero después de 1940 el impulso se paralizó y sobrevino una etapa de decaimiento. Hoy día se trabaja para recuperarla, y allí, y en Buenos Aires, en Córdoba, en Rosario, se hacen cosas: en realidad se hacen más de las que se ven.

-Usted convendrá en que hasta por razones de equipamiento y por el relativo aislamiento en que entonces vivían las comunidades, en 1940 La Plata tenía facilidades de las que hoy día carece. Por otra parte, la gente se va, emigra... ¿Vale la pena procurar conservarla?

-Lo primero se refiere al tema de la globalización, asunto arduo pero que tiene aspectos muy positivos, en función de la extraordinaria disponibilidad de información que posibilita, aunque, es verdad, tiene a favorecer la actividad en los grandes centros, en desmedro de los pequeños. En cuanto a lo segundo mi respuesta es sí, vale la pena. Porque hay muchas cosas por hacer y muchas necesidades por cubrir. Porque, además, una comunidad en la que la actividad científica flaquea se debilita inexorablemente... Claro, el Conicet y sus problemas: hizo lo que pudo cuando lo pudo. Pero más allá de cierto pesimismo inmediato que tal vez estoy trasuntando, soy optimista: creo en una resurrección regional y en ella la ciencia estará presente.

-¿Hay vocación juvenil?

-No creo que menos que otras épocas. Pero sí, hay deficiencias de formación que son muy gravosas: un graduado, o un estudiante avanzado que se expresa por escrito con faltas de ortografía o con errores de sintaxis y que, en suma, es incapaz de redactar un informe, es un ser perdido. Lo cultural no es para la ciencia un elemento snob o superficial, sino un medio de afianzar una visión del mundo, de suscitar mentes amplias y flexibles.

Al respecto hay ahora una tendencia mundial que me extraña: en todos lados se plantea la necesidad de disminuir la información en las carreras de grado, y también su duración. Esto sucede en todos los países, en todos los niveles, en todos los campos. Es como si, de repente, todo se centrase en la urgencia de producir graduados, de facilitar salidas laborales, de apresurar la inserción de quienes estudian en las estructuras productivas...

Me parece algo en sí peligoso y me alarma seriamente. Pienso que esa tendencia a volver más agil y a la vez más endeble la formación, tendrá que compensarse con posgrados de muy buena calidad y con un nivel cuaternario que preserve, justamente, el criterio de rigor en los investigadores. Pero se trata de dificultades añadidas y no ha de ser sencillo superarlas.

Creo que es justo decir de usted que es un optimista cauteloso.

Klimovsky se sonríe y recuerda que la cautela es parte inseparable del compromiso de quien profesa el conocimiento.

Y en cuanto al optimismo -redondea- es parte de la índole del docente y el resultado de una larga experiencia en el mundo de lo concreta; le voy a decir una cosa: bastantes veces he visto cómo, cuando gente inteligente y abierta se integra a una órbita oficial o universitaria, en poco tiempo se puede dar vuelta completamente una situación desfavorable.

Por otra parte, no quiero ser apocalíptico, porque no es una actitud seria. Casandra o Jeremías son ellos, no yo. No creo en las lamentaciones; me adhiero, más bien, a los que piensan que los augurios crean, por el solo hecho de emitirlos, un ambiente propicio para que su cumplimiento, de modo que pronosticar desdichas o bonanzas es una forma de ayudar en un sentido o en otro, un modo de empujar para que la profecía se cumpla.


Llegó, con el paso del tiempo -y también inopinadamente- a constituirse en una suerte de símbolo animado de la ciencia argentina, como lo corroboró hace poco el premio con que lo distinguió la Fundación Konex.
. Tiene más de cuarenta años en los claustros universitarios, como profesor en las facultades de Ciencias Exactas, de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
. El haber ocupado el rectorado en la primera de esas casas, su aproximación como epistemólogo al psicoanálisis y más recientemente a la investigación médica, y su intervención hasta a veces polémica en cuestiones científicas, académicas y cívicas, completan una personalidad en la que se conjugan la prudencia del conocimiento, la actividad y el vigor de las ideas.
..
Por Fernando Sánchez Zinny


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