
Anécdotas sobre filósofos. (8va. Parte)

FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA.
176. LA ESCRITURA DE DIOS.
Nietzsche cuestionó todas las supuestas virtudes de la tradición cristiana, intentando desenmascarar los oscuros impulsos que se escondían detrás de ellas.
De la castidad, por ejemplo, escribió que en algunos podía ser una virtud, pero «en muchos es casi un vicio».
Y en su libro Más allá del bien y del mal llegó incluso a burlarse del estilo literario de las Sagradas Escrituras:
«Es una fineza -escribió- que Dios aprendiese griego cuando quiso hacerse escritor, y que no lo aprendiese mejor».

177. EL MARTILLO DE NIETZSCHE.
En su libro Crepúsculo de los ídolos (subtitulado Cómo se filosofa con el martillo), bajo el rótulo de «Mis imposibles», da cuenta Nietzsche de algunos de los filósofos y artistas que no soporta.
Utilizando su fina ironía y su maestría en el uso del sarcasmo describe a Séneca como «el torero de la virtud»; a Rousseau como el peregrino que retorna «a la naturaleza en estado natural impuro»; a Schiller como «el trompetero moral de Säckingen»; a Dante como «la hiena que hace poesía en los sepulcros»;
de Kant dice que es «el cant (la gazmoñería) como carácter inteligible»; de Liszt afirma que es maestro en la escuela de «la facilidad para correr (detrás de las mujeres)»; y a George Sand la despacha diciendo que es «la láctea ubertas», «la vaca lechera con un estilo bello».

178. UNA REFUTACIÓN POR LA CARA.
La sabiduría de Sócrates fue legendaria. Pero no menos legendaria fue su fealdad.
Al parecer era calvo y bajito, de ojos saltones, labios gruesos y amplias narices. Sus piernas torcidas le daban un aire tambaleante al andar.
Pues bien, dado que la cultura griega exaltó como ninguna otra el ideal de belleza, ser feo entre los griegos debió de ser, según Nietzsche, más que una objeción: casi una refutación.
Sin embargo, nada de esto le impidió a Sócrates tener muchos admiradores entre los jovencitos más apuestos de la ciudad. Nietzsche dirá que Sócrates encontró la manera de compensar su fealdad gracias a la dialéctica (el arte de la discusión), y así, demostrando su superioridad en el terreno de lo racional, obtenía un poder de seducción que no habría conseguido de otra manera. Según Nietzsche, al reprimir los instintos y otorgar a la razón un valor superior a todas las cosas, comienza la decadencia de la filosofía y de la civilización occidental.
Remitiéndose a Cicerón, cuenta Nietzsche que «un extranjero que entendía de rostros, pasando por Atenas, le dijo a Sócrates a la cara que era un monstrum, que escondía en su interior todos los vicios y apetitos malos.
Y Sócrates se limitó a responder:
-¡Usted me conoce, señor mío!

179. ANTIDARWIN.
Nietzsche sentía un cierto aprecio por los animales (de hecho, sus libros están llenos de referencias simbólicas a los animales), casi tanto como desprecio sentía por la mayoría de los hombres, especialmente por sus contemporáneos.
Sabemos que unos días antes de perder la razón se abrazó, llorando, al cuello de un caballo de tiro que estaba siendo azotado por un cochero inmisericorde.
No es extraño por tanto que, en uno de sus aforismos, sentenciara, contra la teoría de Darwin: «Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos».
Desde que Nietzsche vislumbró la idea del eterno retorno («a seis mil pies por encima del mar y mucho más por encima de todas las cosas humanas», según él mismo anotó en su cuaderno), este pensamiento se convirtió en algo fundamental para él.
En uno de los aforismos de La gaya ciencia, la teoría del eterno retorno aparece gráficamente expresada de este modo: «Esta vida, tal como ahora la vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y no habrá nunca nada nuevo en ella; al contrario, cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida volverá a ti, y todo en la misma secuencia y sucesión; incluso esa araña y ese rayo de luna entre las ramas, incluso este instante».
Sin embargo, Nietzsche formuló también lo que para él era una seria objeción a la teoría del eterno retorno: la horrible idea de que tendría que soportar eternamente a su hermana y a su madre.

180. EL PRAGMATICISMO.
Charles Peirce fue el creador del pragmatismo, corriente filosófica según la cual la base del conocimiento humano se encuentra en el mundo de la praxis, de la acción, y por tanto el significado de las cosas se reduce a ser una regla de acción para el hombre.
Pero el pragmatismo alcanzó fama gracias a los escritos de William James, debido a lo cual casi todo el mundo asociaba el pragmatismo con el nombre de William James. Sin embargo, Peirce, aunque era buen amigo de James, no compartía del todo la orientación que éste había imprimido al pragmatismo, por lo cual decidió darle un nuevo nombre a su pensamiento.
En vez de pragmatismo, lo llamó pragmaticismo, aduciendo que esta vez el término le parecía lo suficientemente feo como para que nadie más quisiera apropiárselo.

181. ¿CERDOS O JABALÍES?
Cuenta Luis Carandell que una frase pronunciada por José Ortega y Gasset en las Cortes de 1931 sirvió para bautizar a un grupo de diputados como «los jabalíes».
La frase en cuestión decía: «No hemos venido aquí para hacer el payaso, el tenor ni el jabalí».
A partir de entonces, cinco diputados especialmente folloneros, que a menudo interrumpían las sesiones con sus escandalosas protestas y pataleos, recibieron el apodo de «los jabalíes».
Y hasta ellos mismos presumían de su apodo.
Un día fueron en grupo a saludar a Miguel de Unamuno, quien también era diputado, y se presentaron ante él diciéndole:
-Don Miguel, habrá oído hablar usted ya de nosotros: somos los jabalíes.
-Imposible -rezongó Unamuno, a quien aquellos diputados no debieron de causar una grata impresión-. Los jabalíes van siempre solos o en pareja.
Los que sí van en piara son los cerdos.

182. UNA CONDECORACIÓN MERECIDA.
La franqueza, a la par que la arrogancia, de Unamuno eran legendarias.
Cuando el rey Alfonso XIII lo condecoró con la Gran Cruz de Alfonso XII, el escritor mostró su satisfacción diciendo:
-Es para mí un honor recibir esta condecoración que tan merecidamente se me otorga.
Al oír esto, el rey no pudo ocultar su sorpresa, pues estaba acostumbrado a oír palabras de humildad por parte de los condecorados.
-¡Caramba -le dijo el rey-, es usted el primero que me dice eso! Hasta ahora todos los homenajeados me habían dicho que ellos no se merecían tal honor.
Unamuno apostilló:
-Y probablemente no les faltaba razón.

183. UN EJERCICIO DE MISANTROPÍA.
Juan de Mairena es uno de los apócrifos más entrañables de la literatura.
Profesor de retórica y gimnasia, este filósofo inventado por Antonio Machado salpicaba sus clases con buenas dosis de humor, como muestra la anécdota que a continuación se relata:
«Cuenta Juan de Mairena que uno de sus discípulos le dio a leer un artículo cuyo tema era la inconveniencia e inanidad de los banquetes. El artículo estaba dividido en cuatro partes:
A) Contra aquellos que aceptan banquetes en su honor;
B) Contra los que declinan el honor de los banquetes;
C) Contra los que asisten a los banquetes celebrados en honor de alguien;
D) Contra los que no asisten a los tales banquetes.
Censuraba agriamente a los primeros por fatuos y engreídos; a los segundos acusaba de hipócritas y falsos modestos; a los terceros, de parásitos del honor ajeno; a los últimos de roezancajos y envidiosos del mérito.
Mairena celebró el ingenio satírico de su discípulo.
-¿De veras le parece a usted bien, maestro?
-De veras. ¿Y cómo va a titular usted ese trabajo?
-Contra los banquetes.
-Yo lo titularía mejor: Contra el género humano, con motivo de los banquetes».

184. LA VIDA ES UNA EVIDENCIA, LA MUERTE NO.
Juan de Mairena decía que la muerte es una idea a priori, pues nadie tiene experiencia de su propia muerte y, aun así, todo el mundo está convencido de que un día morirá. Sin embargo, la vida, decía Mairena, es «un objeto de conciencia inmediata, una turbia evidencia. Lo que explica el optimismo del irlandés del cuento, quien, lanzado al espacio desde la altura de un quinto piso, se iba diciendo, en su fácil y acelerado descenso hacia las losas de la calle, por el camino más breve: Hasta ahora voy bien».

185. EL PASTELERO DE DIOS.
Algunos filósofos como William James defendían la conveniencia de creer en Dios, aunque sólo fuera por motivos puramente pragmáticos, pues la creencia en él nos hace sentirnos más fuertes y con más ganas de vivir.
Pero Juan de Mairena nos dejó una simpática parodia de los argumentos de tipo pragmático para creer en Dios:
«-Oiga usted, amigo Tortólez, lo que (mi maestro) contaba de un confitero andaluz muy descreído a quien quiso convertir un filósofo pragmatista a la religión de sus mayores.
-De los mayores ¿de quién, amigo Mairena? Porque ese "sus" es algo anfibológico.
-De los mayores del filósofo pragmatista, probablemente. Pero escuche usted lo que decía el filósofo. "Si usted creyera en Dios, en un Juez Supremo que había de pedirle a usted cuentas de sus actos, haría usted unos confites mucho mejores que esos que usted vende, los daría usted más baratos, y ganaría usted mucho dinero, porque aumentaría usted considerablemente su clientela. Le conviene a usted creer en Dios."
"¿Pero Dios existe, señor doctor?", preguntó el confitero.
"Eso es cuestión baladí -replicó el filósofo-. Lo importante es que usted crea en Dios."
"Pero ¿y si no puedo?", volvió a preguntar el confitero.
"Tampoco eso tiene demasiada importancia. Basta con que usted quiera creer.
Porque de ese modo, una de tres: o usted acaba por creer, o por creer que cree, lo que viene a ser aproximadamente lo mismo, o, en último caso, trabaja usted en sus confituras como si creyera.
Y siempre vendrá a resultar que usted mejora el género que vende, en beneficio de su clientela y en el suyo propio."
El confitero -contaba mi maestrono fue del todo insensible a las razones del filósofo.
"Vuelva usted por aquí -le dijo dentro de unos días."
Cuando volvió el filósofo encontró cambiada la muestra del confitero, que rezaba así:
"Confitería de Ángel Martínez, proveedor de su Divina Majestad".
-Está bien, pero conviene saber, amigo Mairena, si la calidad de los confites…
-La calidad de los confites, en efecto, no había mejorado. Pero lo que decía el confitero a su amigo filósofo:
"Lo importante es que usted crea que ha mejorado, o quiera usted creerlo, o, en último caso, que usted se coma esos confites y me los pague como si lo creyera"».

186. EL GALLO PERPLEJO.
José Ortega y Gasset suele ser considerado el filósofo español más importante del siglo XX.
Creador del raciovitalismo, una teoría que intenta conciliar la razón y la vida, fue profesor de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid entre 1910 y 1936, y se convirtió en una de las figuras más influyentes de la sociedad y la cultura españolas del momento.
Una de las anécdotas más famosas de la época gira en torno a su nombre:
acababan de almorzar el torero Rafael Gómez «El Gallo» y José María de Cossío con Ortega y Gasset. Cuando Ortega se marchó, «El Gallo» le preguntó a Cossío:
-Y este señor que ha comido con nosotros, ¿quién era?
-Tú siempre tan despistado, Rafael. Este señor era don José Ortega y Gasset
-le respondió Cossío.
-Eso ya lo sé, pero quiero decir que a qué se dedica.
-Pues es nada menos que el filósofo más importante que hay en España.
-Ya, ¿pero de qué vive?
-De pensar, Rafael, le pagan por pensar.
Y Rafael «El Gallo», sin poder ocultar su asombro, exclamó:
-¡Hay gente pa tó!

187. LA CABEZA DE ORTEGA.
Cuando se instauró la Segunda República, Ortega se convirtió en el principal representante en las Cortes de 1931 de la «Agrupación al Servicio de la República» (una República, no obstante, de cuyo gobierno muy pronto empezaría a distanciarse), integrada sobre todo por intelectuales.
Eso, unido al toque culto y sesudo de sus discursos, hizo que, en cierta ocasión en que el filósofo se disponía a tomar la palabra, Indalecio Prieto exclamara:
-Atención, señores, va a hablar la Masa Encefálica.
Ortega publicó en 1925 un ensayo titulado La deshumanización del arte en el que trataba de tomarle el pulso al arte contemporáneo y abogaba por una superación definitiva de la estética humanista, romántica y popular que había prevalecido en la historia del arte durante mucho tiempo.
Ortega expone aquí la misma idea elitista que expondría en otros libros: la sociedad y la cultura deben organizarse teniendo en cuenta la existencia de dos grandes rangos entre los hombres: el de los hombres egregios y el de los hombres vulgares.
Y aunque, según Ortega, la actividad política de su tiempo vivía ajena a este criterio, entregada como estaba a la tiranía de las masas, el arte, desde principios del siglo XX, empezaba a dar señales de regeneración.
El arte que empieza a abrirse camino en aquella época y que tiene todas las simpatías de Ortega es un arte para la minoría selecta, un arte que no pretende despertar sentimientos ni avivar las pasiones. En este sentido hay que entender la etiqueta de arte deshumanizado.
Pero el título del libro se prestó a no pocos equívocos y a alguna que otra broma, como aquella de la que eran objeto los discípulos de Ortega cuando, con exagerada y burlona compasión, les decían:
-¡Pobrecitos! ¡Tan jóvenes y ya deshumanizados!

188. LOS DON JUANES.
Ortega dedicó varios textos a analizar el fenómeno amoroso.
Estos textos quedarían agrupados en su libro Estudios sobre el amor. En uno de los textos que componen el libro calificó el estado de enamoramiento como «una especie de imbecilidad transitoria». Y, en otro de ellos, apuntó esta sarcástica clasificación de los hombres:«Con pocas excepciones, los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser Don Juanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser, pero no quisieron».

189. UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA A LA MEDIDA DE ORTEGA.
Uno de los discípulos más conspicuos de Ortega ha sido el filósofo Julián Marías, quien, siendo todavía bastante joven, escribió una Historia de la filosofía en la que estaba muy presente la huella del maestro. El ensayista Eugenio D'Ors señaló burlonamente a propósito de esta obra: «Para Julián Marías toda la historia del pensamiento se reduce a Ortega y Gasset. Es como si le hubieran encomendado la Historia del toreo al mozo de estoque del Gallo».

190. LAS ARMAS Y LAS LETRAS.
Eugenio D'Ors, defensor acérrimo del tradicionalismo, era el intelectual español más reputado en el bando nacional durante la guerra civil española.
En 1937 el gobierno franquista lo nombró Director de Bellas Artes. En calidad de tal, Eugenio D'Ors organizó en San Sebastián una Exposición de Arte Sacro, a cuya inauguración estaba previsto que asistiera Franco. Pero éste no asistió pretextando que la guerra lo tenía demasiado ocupado.
D'Ors, que había anhelado un encuentro de altura entre los dos sumos líderes, el de las armas y el de las letras, se sintió molesto por ello, y en una reunión comentó:
-Esto me recuerda que Napoleón, en plena campaña, se desvió de su camino para visitar a Goethe en Weimar. Claro que yo no estoy a la altura de Goethe, pero, coño, tampoco Franco es Napoleón.

191. UNA PENOSA DECISIÓN.
Aunque Heidegger no se interesó especialmente por el estudio de la ética (o tal vez por eso mismo), en su obra Ser y tiempo parece defender una especie de decisionismo según el cual lo importante en el terreno moral es que las decisiones salgan siempre de uno mismo.
Esta actitud podría resumirse así: haz lo que quieras, con tal de que seas tú mismo quien de verdad decide y quien asume la responsabilidad de tus actos.
Con esto se renuncia al intento de justificar racionalmente nuestras decisiones y nuestros actos, una justificación que para Heidegger incurre de lleno en un ejercicio metafísico, lo cual para él parecía casi ser un pecado.
Por aquella época, finales de los años veinte, algunos estudiantes parodiaban esta teoría diciendo:
-Nosotros estamos decididos, lo que no sabemos es para qué.

192. OLVIDO, BÚSQUEDA Y CAPTURA DEL SER.
Toda la filosofía de Heidegger gira en torno al problema del Ser y de cómo ha sido olvidado, casi desde el principio, por la metafísica tradicional, la cual, al entender el Ser siempre como presencia, habría reducido el Ser a los entes, olvidando toda diferencia entre uno y otros (que Heidegger llama diferencia ontológica).
Ahora bien, Heidegger ha insistido en que no es posible definir el Ser, ni identificarlo, como ha hecho a menudo la metafísica, con la sustancia, Dios, el espíritu, la materia o la voluntad.
Sin embargo, algunas de las alusiones de Heidegger al Ser recuerdan a aquellas que hacían a Dios los místicos y defensores de la teología negativa, en tanto en cuanto insistían en que no es posible decir cómo es, sino, en todo caso, cómo no es.
Según Heidegger, sólo algunos presocráticos, en el origen de la historia de la metafísica, y Nietzsche, en el final de la misma, habrían conseguido atisbar de verdad el Ser, aunque lo habrían apenas vislumbrado, al haberse dejado deslumhrar unos por el logos (los presocráticos) y el otro por su fe en los valores (Nietzsche).
Pues bien, de ese discurso sobre el Ser, se burló Fernando Savater en su Diccionario Filosófico cuando escribió: «En Roma, hace varios meses, un grupo de profesores españoles de filosofía (quizá ellos hubiesen preferido que dijese "filósofos" )
pronunciaron sendas conferencias. Preguntado que fue un oyente por el tema de la que había desarrollado uno de nuestros más conspicuos heideggerianos, repuso: "Habló de Luis Roldán, el inasible prófugo".
Asombro en el demandante y llegó la aclaración: "Bueno, él prefería llamarle Ser, pero supongo que se refería a Roldán, porque no hizo más que decir que se ocultaba, que desaparecía, que se le tenía culpablemente olvidado, etc."».

193. ESTRENAR FILOSOFÍA CADA AÑO.
Bertrand Russell fue uno de los filósofos más importantes del siglo XX (ya en 1901 formuló uno de sus descubrimientos más importantes: la famosa paradoja de los conjuntos).
Pero Russell también es uno de los filósofos que más veces ha cambiado su orientación filosófica. Incluso se llegó a decir que «Russell nos tiene acostumbrados a proponer cada año un sistema filosófico distinto».
Así, primero defendió una filosofía de tipo idealista, luego un realismo platónico, después un realismo del sentido común. Esta falta de fidelidad a un sistema determinado suele interpretarse como ausencia de seriedad o de rigor, cuando más bien parece que debería interpretarse como lo contrario: como puesta al día de los conocimientos y búsqueda incansable de la verdad.
El propio Russell señala muy atinadamente al respecto: «No me avergüenzo lo más mínimo de haber variado mis opiniones. ¿Qué físico en activo desde 1900 se jactaría de no haber cambiado de opinión durante el último medio siglo?
Los científicos cambian de opinión cuando disponen de nuevos conocimientos, pero muchas personas comparan la filosofía con la teología más que con la ciencia. El teólogo proclama verdades eternas, y los credos siguen inalterados desde el concilio de Nicea.
Cuando nadie sabe nada no tiene ningún sentido cambiar de idea».

194. RUSSELL SE TRANSFORMA EN PAPA.
En otro orden de cosas, y más en broma, Russell hizo gala de un transformismo mucho más radical en la siguiente anécdota que suele atribuírsele:
Discutía Russell un día con un filósofo sobre la implicación lógica. En lógica, se considera que una implicación sólo es falsa cuando el antecedente de la implicación es verdadero y el consecuente falso.
Por tanto, si el antecedente es falso, la implicación resulta automáticamente verdadera.
Pero aquel filósofo, que tomaba todo esto por absurdo, quiso mostrar con un ejemplo lo ridicula que podía resultar esa ley:
-Según eso -le dijo a Russell-, habría que admitir que es verdad que «si 2 + 2 = 5, entonces usted es el papa?».
Russell contestó afirmativamente, improvisando la siguiente demostración disparatada:
-Supongamos que 2 + 2 = 5;
entonces, si restamos 3 de cada lado de la ecuación, nos da: 1 = 2.
Ahora bien, como el papa y yo somos dos personas,
y 1 = 2, entonces el papa y yo somos uno.
Luego, yo soy el papa.

195. UNA MALA EXCUSA.
Cuando le preguntaron a Bertrand Russell a qué se debía que, habiendo escrito él sobre tantos asuntos, no hubiera escrito una sola línea sobre estética, contestó:
-Porque no sé nada de estética…, aunque reconozco que ésta no es una excusa muy buena, pues mis amigos me dicen que mi ignorancia nunca me ha impedido escribir sobre otros temas.

196. LA MENTIRA DE MOORE.
Mentir siempre debe de ser tan difícil como decir siempre la verdad.
Bertrand Russell decía estar convencido de que su amigo, el filósofo Georges Edward Moore (un filósofo de probada honestidad intelectual que había influido notablemente en Russell por su práctica del análisis lingüístico), no había mentido ni una sola vez en su vida.
Un día se lo preguntó directamente:
-Moore, estoy seguro de que tú nunca has mentido. ¿Es cierto?
Moore respondió: -No, no es cierto.
Después de aquello, Russell comentaría:
-Es la única vez que le he visto mentir.

197. ¿Y SI AL FINAL DIOS EXISTE?
Russell siempre se mostró escéptico sobre la posibilidad de que Dios existiera, pues estaba convencido de que no hay argumentos de ningún tipo que puedan avalar la tesis de su existencia.
A propósito de esto, alguien le preguntó a Russell durante un coloquio qué diría si después de morir se encontrara cara a cara con Dios.
Y Russell respondió:
-Simplemente le diría: «¡Señor! ¿Por qué has dado tan pocas señales de tu existencia?».

198. EL INFIERNO DE RUSSELL.
Puesto que el infierno en la tradición cristiana es el peor sitio imaginable, donde uno recibe castigo eterno por sus malas acciones en esta vida, Russell, con su habitual sentido del humor, decía que debía de tratarse de «un lugar donde la policía es alemana; los conductores de automóviles, franceses; y los cocineros, ingleses».

199. EL PAVO INDUCTIVISTA.
Los filósofos neopositivistas pensaban que el método característico de la ciencia era el método inductivo, según el cual la ciencia se basa en la observación empírica de los hechos y, a partir de ahí, formula leyes universales. Así, por ejemplo, empezamos observando que cada uno de los cuervos que encontramos es negro y acabamos concluyendo que todos los cuervos son negros.
El problema es que este tipo de razonamiento no es concluyente, pues por muchas veces que hayamos observado un fenómeno nunca podremos estar seguros de que en un futuro el fenómeno seguirá dándose de la misma manera.
Así, podemos haber observado muchos cisnes y haber visto que todos ellos eran blancos, pero si de eso deducimos que todos los cisnes son blancos corremos el riesgo de equivocarnos (de hecho, hay cisnes negros).
Es lo que se conoce como el problema de la inducción.
En su libro Los problemas de la filosofía, Bertrand Russell lo ilustró de esta forma:
imaginemos un pavo al que un granjero da de comer todos los días. El pavo se acaba acostumbrando a esto y cada vez que ve aparecer al granjero espera recibir su ración diaria.
Supongamos que el pavo es un buen inductivista y no quiere precipitarse en sus conclusiones. Se dedica por lo tanto a recoger pacientemente datos sobre el asunto que más le interesa: la hora de la comida. Finalmente, en vista de la regularidad con que se suceden los fenómenos, el pavo acaba deduciendo que siempre que aparece el granjero, él recibe su ración de pienso.
Es el día de acción de gracias y el pavo se pavonea con su descubrimiento. No imagina que ese mismo día el granjero que lo ha estado alimentando, en vez de darle la comida, le retorcerá el pescuezo, lo meterá en el horno y se lo comerá.

200. PENSAMIENTOS GÉLIDOS.
En 1948, el avión en el que Russell viajaba se estrelló en el Mar del Norte y murieron diecinueve personas. Russell, que ya contaba setenta y seis años de edad, estuvo nadando durante un buen tiempo hasta ponerse a salvo.
Cuando los periodistas le preguntaron en qué había pensado su privilegiada mente durante aquel trayecto a nado, Russell respondió con su acostumbrada socarronería:
-Sólo pensaba en lo fría que estaba el agua.
A raíz de aquel accidente Russell no se cansaría de decir que el tabaco era beneficioso para la salud y que a él le había salvado la vida, pues todos los pasajeros que se habían salvado en aquel avión siniestrado se encontraban en la zona de fumadores del aparato.

Filosofía para Bufones. Pedro González Calero.

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