El desbarrancadero
Por: Marta Ruiz
La lengua absuelta
"Si La vorágine ha sido
por un siglo la metáfora de
nuestra violencia, y de un
país que se juega su des
tino al azar que le deparan
los infames; si Cien años
de soledad tocó la fibra
de una nación que no se
resigna a tener que repetir
su pasado como destino;
El desbarrancadero es
la gran novela de nuestro
tiempo".
"Si La vorágine ha sido
por un siglo la metáfora de
nuestra violencia, y de un
país que se juega su des
tino al azar que le deparan
los infames; si Cien años
de soledad tocó la fibra
de una nación que no se
resigna a tener que repetir
su pasado como destino;
El desbarrancadero es
la gran novela de nuestro
tiempo".
En una pequeña nota de prensa, perdida entre miles de historias de muertes escalofriantes y persistentes corruptelas, la Biblioteca Luis Ángel Arango publicó hace poco una lista de cuáles son los cinco libros más solicitados para la lectura en su red. Al lado de cuatro best sellers internacionales que encabezan El mundo de Sofía y Harry Potter, y que terminan con el Código Da Vinci y Crepúsculo, se cuela un único libro colombiano: El desbarrancadero de Fernando Vallejo. No Cien años de soledad, ni La vorágine, ni Sin tetas no hay paraíso, ni El patrón del mal. Sino esta portentosa novela.
Posiblemente no hay un autor que exprese mejor la desazón de ser colombiano que Vallejo. Y quizá no haya un libro que abarque más la rabia y la ternura, el asco y la añoranza, la derrota y la esperanza de vivir en este país que El desbarrancadero. Se trata de una diatriba perfecta porque, acudiendo al momento de mayor fragilidad humana, el de la muerte, arrecia la destrucción de la mínima ilusión de trascendencia. “De la posteridad no esperes nada, unas flores si acaso, en tu ataúd, con las paletadas en el entierro, y después polvo de olvido”.
El amor desgarrado que Vallejo profesa por su hermano mientras este se va apagando sin remedio, conlleva a la repugnancia por la madre, por una madre a la que llama La Loca, cuya marca de identidad es el caos, y el desorden. La madre patria, quizá. Y destila desprecio por la familia, tan mentirosamente perfecta; y por la casa de Santa Anita, otrora luminosa y hoy derruida. Y por una ciudad y un país al que solo puede dedicarle un lamento por lo que fue y dejó de ser, por lo que pudo ser y no fue. Por lo que es.
Para quienes no lo hayan leído, El desbarrancadero es la historia de una agonía. Es la voz de Fernando Vallejo, testigo de la muerte de Darío, su hermano amado, a quien carcome el sida. Es una manera de mirar de frente la mueca de la muerte, sin adornos. Es el declive del cuerpo, y mientras tanto la exhaltación del amor fraterno; el único, en medio de la anarquía que ha construido La Loca en la casa, ante el cual la única liberación posible es la huida: “A los doce hijos mi casa era un manicomio; a los veinte el manicomio era un infierno. Una Colombia en chiquito. Acabamos por detestarnos todos, por odiarnos fraternalmente los unos a los otros hasta que la vida nos dispersó”.
La diatriba es, pues, un fresco de nuestras viditas perdidas, de las mentiras inculcadas con esmero, es la metáfora de la autodestrucción que vivimos como sociedad, como país. Nuestra agonía perpetua. Ese modo de acostumbrarnos a pender de un hilo, siempre.
En su momento, El desbarrancadero fue leída de manera literal, como una contra-oda a la madre, a la madre de Fernando Vallejo que resulta, en esa rara ficción autobiográfica, vituperada. Con el tiempo, ha sido reconocida como una de las mejores novelas escritas en español en los últimos años, sobre ese eterno y siempre perturbardor tema de la muerte. Sobre el dolor de perder irremediablemente lo que amamos, pero también como un reclamo descarnado a una Colombia que ha dejado a sus hijos al garete.
Si La vorágine ha sido por un siglo la metáfora de nuestra violencia, y de un país que se juega su destino al azar que le deparan los infames; si Cien años de soledad tocó la fibra de una nación que no se resigna a tener que repetir su pasado como destino; El desbarrancadero es la gran novela de nuestro tiempo. El que nos ha convertido en testigos adoloridos e impotentes de la muerte. Ese abismo. Ese miedo. Esa certeza.