En 1685, el rey francés Luis XIV (a quien vemos bajo estas líneas representado por Leonardo Di Caprio en una escena de El hombre de la máscara de hierro, para que hasta el menos versado en Historia sepa de quién hablamos) promulgó el Edicto de Fontainebleau. Este derogaba un edicto anterior, el de Nantes, que durante un tiempo había garantizado a los hugonotes (protestantes calvinistas de Francia) que podrían profesar y practicar su religión sin ser perseguidos por el estado. Pero por supuesto, esto no gustó a los hugonotes, y entre ellos hubo una secta, los camisardos, que provocaron una formidable insurrección en el sur de Francia, que durante unos años mantuvo en jaque a las tropas reales.
No está claro el origen de la palabra camisardos. La mayoría lo relaciona con el vocablo occitano camise o camisa, una prenda de lino que usaban como uniforme. Otros la vinculan a camis, "mensajero", o a camisade, "ataque nocturno". Jean-Charles Pichon, en el primer volumen de su Historia de las sectas y las sociedades secretas, nos dice de los camisardos que querían ser iguales y libres, y que combatían denodadamente las creencias católicas y los mitos galicanos. Las hostilidades se iniciaron con el asesinato de un represor real, el abate de Chyla (responsable de innumerables arrestos y condenas de protestantes), el 24 de julio de 1702. En respuesta, las tropas reales acordonaron la cadena montañosa conocida como las Cévennes, donde los rebeldes acaudillados por un simple panadero llamado Jean Cavalier (representado bajo estas líneas en un cuadro del pintor Pierre Antoine Labouchère, de 1864)tenían su refugio. Al mando de sólo sesenta hombres, Cavalier derrotó a los setecientos hombres de la guarnición; pero en abril de 1703, sufre su primera derrota ante miles de soldados llegados desde París al mando del mariscal De Montrevel. Este, con cerca de ocho mil hombres, subió después a las Altas- Cévennes y causó estragos en los pueblos y las parroquias de Saint-Laurent, Florac, Barre, Monvert, Saint-Germain de Calberte y Saint-Etienne. Pero los camisardos eran valientes y tenaces: uno de sus jefes, Abraham Mazel, era prisionero en la Torre de Constancia en Aigues-Mortes, pero logró evadirse junto con dieciséis de sus compañeros, arrancando una piedra de una saetera en 1703. En marzo del año siguiente, Jean Cavalier consigue su más resonante victoria sobre el regimiento de Marine (en Martignagues). El 16 de abril del mismo año se enfrentó otra vez, con mil hombres, al mariscal De Montrevel, que comandaba a cinco mil soldados; fue derrotado de nuevo, pero al menos logró retirarse con dos tercios de sus tropas. De Montrevel fue reemplazado por el mariscal De Villars, y él logró la rendición de Jean Cavalier durante el mes siguiente. Durante las negociaciones, no se lo trató como a un rebelde que debía ser reducido, sino como el líder de un ejército que había combatido valiente y honorablemente. Sin embargo, Luis XIV lo nombró coronel a través del mariscal De Villars, y le otorgó una pensión de mil doscientas libras; y también autorizó la formación de un ejército camisardo para servir en España bajo su mando. Todo lo cual, fue visto como una traición por parte de muchos camisardos, puesto que no se había obtenido la libertad de culto pretendida por ellos y por los hugonotes en general.
En su mencionada obra, Pichon comenta que "numerosos camisardos continuarán la lucha hasta octubre. La última rebelión, de un grupo de irreductibles, se producirá en abril de 1705. Pero se habrán necesitado más de veinticinco mil soldados y los mejores jefes del reino para acabar con unos centenares de hombres...". Otras fuentes (ninguna de ellas, ni tampoco Pichot, es información de primera mano) señalan, quizás exageradamente, que se necesitaron sesenta mil hombres sólo para reducir a Jean Cavalier. Sea como sea, asombra que unas pocas personas sin formación militar previa pudieran hacer frente, de manera osada y muchas veces exitosa, a regimientos profesionales que los superaban en número. Pichot no encuentra esto tan asombroso, arguyendo que la causa camisarda inspiraba simpatías y hallaba innumerables colaboradores y socorristas. También merece señalarse que, en realidad, varios líderes continuaron la revuelta más allá de lo que él indica, sobre todo el mencionado Abraham Mazel, un profeta del movimiento; precisamente con su captura y ejecución, el 14 de octubre de 1710, se da por terminada la Guerra de los Camisardos. Algunos de éstos emigraron a otros países y allí fundaron otras sectas, como Elie Maron, quien junto a otros se refugió en Londres y crearon la de los French-Prophets.
Los camisardos perduraron en la memoria popular. Montague Summers, un fanático clérigo católico que al parecer se había otorgado a sí mismo las órdenes sagradas y creía a rajatabla en cosas tales como brujas y vampiros (y que, por lo tanto, no simpatizaba precisamente con los camisardos), afirma que fueron satirizados en la comedia The Modern Prophets, or, New Wit for a Husband ("Los profetas modernos, o nuevo juicio para un marido", de Thomas D'Urfey, estrenada en Drury Lane el 5 de mayo de 1709. En 1972 se estrenó el filme francés de bajo presupuesto Les camisards, de René Allio (bajo estas líneas, algunos fotogramas del mismo), ambientado durante la Guerra de los Camisardos y rodado en los lugares donde tuvieron lugar los hechos, usando a los lugareños como extras. Obtuvo el Gran Premio de la Academia de Cine de Francia, y el Premio Interfilm y el Premio OCIC en el Festival de Cine de Berlín. Los camisardos también fueron tema de numerosos ensayos, como From a Far Country: Camisards and Huguenots in the Atlantic World, de Catherine Randall. Lamentablemente, ninguno, que yo sepa, se consigue en castellano. A veces también se hacen representaciones populares de la Guerra de los Camisardos en las Cévennes (sobre estas líneas, escena de una de esas representaciones).
Jean Cavalier prosiguió su carrera militar y fue reverenciado por su valor por hombres como Malesherbes, defensor de Luis XVI. En cuanto al Luis que nos interesa ahora y que con el Edicto de Fontainebleau desencadenó los hechos expuestos en este artículo, el XIV, el 8 de marzo de 1715 anunció oficialmente que los camisardos ya no existían, y el primero de septiembre de ese año decidió hacer lo propio, víctima de la gangrena. Lejos de ser el monarca amado por el pueblo que se afirma antes de los títulos finales de El hombre de la máscara de hierro (1998), donde lo encarnó Leonardo Di Caprio (como recordamos al comienzo), sus súbditos lo adularon mientras vivió, pero lo denostaron de lo lindo tras su muerte... Te lo buscaste, Luisito.
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No está claro el origen de la palabra camisardos. La mayoría lo relaciona con el vocablo occitano camise o camisa, una prenda de lino que usaban como uniforme. Otros la vinculan a camis, "mensajero", o a camisade, "ataque nocturno". Jean-Charles Pichon, en el primer volumen de su Historia de las sectas y las sociedades secretas, nos dice de los camisardos que querían ser iguales y libres, y que combatían denodadamente las creencias católicas y los mitos galicanos. Las hostilidades se iniciaron con el asesinato de un represor real, el abate de Chyla (responsable de innumerables arrestos y condenas de protestantes), el 24 de julio de 1702. En respuesta, las tropas reales acordonaron la cadena montañosa conocida como las Cévennes, donde los rebeldes acaudillados por un simple panadero llamado Jean Cavalier (representado bajo estas líneas en un cuadro del pintor Pierre Antoine Labouchère, de 1864)tenían su refugio. Al mando de sólo sesenta hombres, Cavalier derrotó a los setecientos hombres de la guarnición; pero en abril de 1703, sufre su primera derrota ante miles de soldados llegados desde París al mando del mariscal De Montrevel. Este, con cerca de ocho mil hombres, subió después a las Altas- Cévennes y causó estragos en los pueblos y las parroquias de Saint-Laurent, Florac, Barre, Monvert, Saint-Germain de Calberte y Saint-Etienne. Pero los camisardos eran valientes y tenaces: uno de sus jefes, Abraham Mazel, era prisionero en la Torre de Constancia en Aigues-Mortes, pero logró evadirse junto con dieciséis de sus compañeros, arrancando una piedra de una saetera en 1703. En marzo del año siguiente, Jean Cavalier consigue su más resonante victoria sobre el regimiento de Marine (en Martignagues). El 16 de abril del mismo año se enfrentó otra vez, con mil hombres, al mariscal De Montrevel, que comandaba a cinco mil soldados; fue derrotado de nuevo, pero al menos logró retirarse con dos tercios de sus tropas. De Montrevel fue reemplazado por el mariscal De Villars, y él logró la rendición de Jean Cavalier durante el mes siguiente. Durante las negociaciones, no se lo trató como a un rebelde que debía ser reducido, sino como el líder de un ejército que había combatido valiente y honorablemente. Sin embargo, Luis XIV lo nombró coronel a través del mariscal De Villars, y le otorgó una pensión de mil doscientas libras; y también autorizó la formación de un ejército camisardo para servir en España bajo su mando. Todo lo cual, fue visto como una traición por parte de muchos camisardos, puesto que no se había obtenido la libertad de culto pretendida por ellos y por los hugonotes en general.
En su mencionada obra, Pichon comenta que "numerosos camisardos continuarán la lucha hasta octubre. La última rebelión, de un grupo de irreductibles, se producirá en abril de 1705. Pero se habrán necesitado más de veinticinco mil soldados y los mejores jefes del reino para acabar con unos centenares de hombres...". Otras fuentes (ninguna de ellas, ni tampoco Pichot, es información de primera mano) señalan, quizás exageradamente, que se necesitaron sesenta mil hombres sólo para reducir a Jean Cavalier. Sea como sea, asombra que unas pocas personas sin formación militar previa pudieran hacer frente, de manera osada y muchas veces exitosa, a regimientos profesionales que los superaban en número. Pichot no encuentra esto tan asombroso, arguyendo que la causa camisarda inspiraba simpatías y hallaba innumerables colaboradores y socorristas. También merece señalarse que, en realidad, varios líderes continuaron la revuelta más allá de lo que él indica, sobre todo el mencionado Abraham Mazel, un profeta del movimiento; precisamente con su captura y ejecución, el 14 de octubre de 1710, se da por terminada la Guerra de los Camisardos. Algunos de éstos emigraron a otros países y allí fundaron otras sectas, como Elie Maron, quien junto a otros se refugió en Londres y crearon la de los French-Prophets.
Los camisardos perduraron en la memoria popular. Montague Summers, un fanático clérigo católico que al parecer se había otorgado a sí mismo las órdenes sagradas y creía a rajatabla en cosas tales como brujas y vampiros (y que, por lo tanto, no simpatizaba precisamente con los camisardos), afirma que fueron satirizados en la comedia The Modern Prophets, or, New Wit for a Husband ("Los profetas modernos, o nuevo juicio para un marido", de Thomas D'Urfey, estrenada en Drury Lane el 5 de mayo de 1709. En 1972 se estrenó el filme francés de bajo presupuesto Les camisards, de René Allio (bajo estas líneas, algunos fotogramas del mismo), ambientado durante la Guerra de los Camisardos y rodado en los lugares donde tuvieron lugar los hechos, usando a los lugareños como extras. Obtuvo el Gran Premio de la Academia de Cine de Francia, y el Premio Interfilm y el Premio OCIC en el Festival de Cine de Berlín. Los camisardos también fueron tema de numerosos ensayos, como From a Far Country: Camisards and Huguenots in the Atlantic World, de Catherine Randall. Lamentablemente, ninguno, que yo sepa, se consigue en castellano. A veces también se hacen representaciones populares de la Guerra de los Camisardos en las Cévennes (sobre estas líneas, escena de una de esas representaciones).
Jean Cavalier prosiguió su carrera militar y fue reverenciado por su valor por hombres como Malesherbes, defensor de Luis XVI. En cuanto al Luis que nos interesa ahora y que con el Edicto de Fontainebleau desencadenó los hechos expuestos en este artículo, el XIV, el 8 de marzo de 1715 anunció oficialmente que los camisardos ya no existían, y el primero de septiembre de ese año decidió hacer lo propio, víctima de la gangrena. Lejos de ser el monarca amado por el pueblo que se afirma antes de los títulos finales de El hombre de la máscara de hierro (1998), donde lo encarnó Leonardo Di Caprio (como recordamos al comienzo), sus súbditos lo adularon mientras vivió, pero lo denostaron de lo lindo tras su muerte... Te lo buscaste, Luisito.
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