Sin duda confusos y atormentados por el miedo al comprobar el brutal sesgo que habían adquirido los acontecimientos, la desgraciada muchedumbre no tuvo más remedio que tratar de colocarse en un punto situado a igual distancia de las fuerzas que les atacaban. Se instalaron en la tierra de nadie que separaba el castillo de sus asaltantes, tratando de hallar una mínima protección de los elementos y del cruce de proyectiles que sobrevolaba sus cabezas entre las pequeñas grietas y hendiduras de la escarpada y desnuda superficie rocosa. Ni los franceses ni los ingleses se aplacaron, dejando a los civiles expuestos a la lluvia y el frío de tres largos meses de invierno, obligados a sobrevivir como podían -los que lo consiguieron-. Ese fue el auténtico horror del cerco impuesto a Ch"teau Gaillard.
Guillermo el Bretón manifiesta su repulsa por el hecho de que los ingleses pudieran condenar a su propia gente a "tan desdichada y miserable existencia". Debilitados por el frío y el hambre, los expulsados no podían recurrir más que a unas cuantas hierbas silvestres (muy escasas en invierno) y a las aguas del río para tratar de hallar sustento. Guillermo enumera los sufrimientos que hubieron de soportar en las más de doce semanas que duró su terrible experiencia. Un pollo que se paseaba por el roquedo provocó una pelea entre los más fuertes y fue íntegramente devorado, huesos y plumas incluidos. Se dieron un festín con algunos perros que Lacy les enviaba, pero tuvieron que despellejarlos con las manos (no sabemos si esta iniciativa se debió a un tardío sentimiento de compasión o al hecho de que Lacy prefiriera ahorrarse las preciosas piltrafas que se llevaban los canes, que no obstante debían de estar con toda probabilidad esqueléticos). Cuando se acabó la carne, devoraron los pellejos. Una mujer dio a luz un niño e inmediatamente se abalanzaron sobre la criatura unos hombres que lo despedazaron y lo devoraron. Guillermo sostiene que la lucha por la supervivencia suprimía todo sentimiento de vergüenza, ya que los expulsados se veían obligados a malvivir en un limbo en el que muchos "no estaban ni vivos ni muertos: incapaces de aferrarse a la vida, tampoco se decidían a abandonarla". De hecho, más de la mitad de los condenados a permanecer en esta tierra de nadie murieron a causa de la intemperie y el hambre. Los que lograron sobrevivir lo consiguieron sosteniéndose casi únicamente con el agua del Sena.
Felipe regresó a Ch"teau Gaillard en febrero de 2004. Al ver al corpulento rey francés, los demacrados supervivientes pidieron clemencia. Felipe se muestra magnánimo y dispone que los desdichados sean acogidos y alimentados, lo que desata elogios de Guillermo el Bretón. Uno de los rescatados seguían aferrándose a una cola de perro que se negaba a soltar. El hombre decía: "Sólo me separaré de este rabo que me ha mantenido vivo durante tanto tiempo cuando me vea ahíto de pan". Sin embargo, ni siquiera entonces llegaron a su fin las penalidades de los civiles. Para más de la mitad de los que se atiborraron con la comida que ahora se les proporcionaba el hartazgo tuvo consecuencias fatales, ya que sucumbieron a él, probablemente a causa de una úlcera péptica aguda y de hemorragias gastrointestinales...
Según McGlynn, en lo que concierne a los soldados de ambos bandos:
El cerco a Ch"teau Gaillard fue un enconado combate en el que murieron o resultaron heridos muchísimos soldados. Con todo, no llegó a producirse el baño de sangre que podía haber seguido al asalto al castillo. Desde el punto de vista de los soldados, la totalidad del choque parece atenerse en buena medida a los ideales de la guerra medieval...
...lástima que los civiles, como en todas las guerras, terminaron pagando los platos rotos.
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