Bienvenidos a mi nuevo Post:
SAMURÁIS DE JAPÓN
En el campo de batalla sembraban el terror, cosechando la gloria con sus sables. Sus adalides portaban máscaras feroces y yelmos astados. Vivían según un código que anteponía la muerte a la derrota. Eran los samuráis, la elitista clase guerrera que gobernó Japón durante casi 700 años y dejó una huella indelebre en una tierra que aún no está en paz con sus violentos héroes.
El justiciero sable del samurái es el tema de un kabuki representado en el festival de Hikiyama, en Nagahama. Las proezas de los samuráis inspiran muchas piezas escritas para el kabuki, una forma teatral surgida en el siglo XVII. Los escándalos protagonizados por las actrices y sus admiradores samuráis obligaron a prohibir la presencia de mujeres en escena, una tradición que aún perdura.
Dos sables, uno largo y otro corto sobresalen del cinto. Como miembro de la clase más elevada de Japón, la de los guerreros, solo un samurái puede soportar ambas armas, letales símbolos de su autoridad.
Viste un quimono con pantalones vaporosos, a modo de falda, y una chaqueta corta y holgada. Lleva la parte superior de la cabeza rasurada, mientras que el pelo de los lados y de la parte trasera va recogido en un elegante moño. El samurái no tiene prisa. El Gobierno no le exige que trabaje, aunque podría aceptar algún empleo para completar su estipendio anual de arroz. Solo se le pìde que se mantenga en forma marcial y que defienda al régimen en tiempos de conflicto. Y si algún plebeyo osara faltarle al respecto, el samurái estaría en su derecho (rara vez ejercicio) de matar al ingrato allí mismo.
La arrogancia era como un derecho de nacimiento para los samuráis. Su clase guerrera presidió la historia japonesa durante casi 700 años, desde 1185 hasta 1867, en un reinado tan cruel y violento como los que vivieron en la antigua Roma o en la Europa medieval. Los caballeros de la Europa feudal podrían ser, de hecho, sus parientes históricos más próximos. Al igual que ellos, los samuráis (término que significa <<el que sirve>> ) formaban una élite militar compuesta por cabecillas de clan o adalides y los soldados fieles que luchaban a sus órdenes. Tradicionalmente, en Japón era el emperador quien acaparaba los mayores tributos, pero a medida que los samuráis ganaron poder, éste quedó relegado a un segundo término, eclipsado por un dictador castrense llamado Shogun, o comandante en jefe, una designación que definía el nuevo papel de los samuráis.
El samurái y el caballero se hubieran reconocido mutuamente en la batalla. Ambos usaban armadura, espadas y lanzas, atacaban a caballo, sitiaban castillos y vivían según un código de honor. Pero en lo que más difirieron entre sí fue en su duración. La clase guerrera japonesa gozó de un asombroso tiempo de hegemonía que solo acabó cuando los buques de guerra americanos se internaron en los puertos nipones, poniendo de manifiesto la incapacidad del shogun para defender el país. Las tropas se concentraron en torno a un nuevo emperador y derrotaron fácilmente al ejército del shogun. El imperio de los samuráis había concluido.
Fuera del campo de batalla, el samurái tampoco se ajusta a los estereotipos. El mismo guerrero que cortaba cabezas como trofeo era tal vez un budista devoto. El énfasis de la religión en el autodominio austero movía a cualquier samurái empeñado en perfeccinar sus técnicas de lucha. Lejos del espadachín justiciero y unidimensional de la cultura popular, el samurái cubría múltiples facetas. A lo largo de siete siglos su cometido sufrió una notoria transformación, evolucionando de duelista cortesano a soldado profesional portador de armas de fuego, y finalmente a consentido guardián del estado.
Y, al pertenecer a la clase más selecta del país, los samuráis, sobre todo los jefes de clan y sus generales más insignes, se dedicaban a actividades culturales tan refinadas como hacer arreglos florales, componer versos, asistir a representaciones de teatro nö y celebrar ceremonias del té.
No obstante, pese a la atención y preeminencia concedidas a estos guerreros, a numerosos japoneses les incomoda la mitología samurái. La adulación de estos héroes, con su espíritu de lucha a muerte sin hacer prisioneros, fue utilizada por los políticos y oficiales castrenses del siglo XX para avivar la llama del nacionalismo militante, lo que condujo a la participación de Japón en la segunda guerra mundial. Tras la adhesión al pacifismo de la posguerra, hoy la palabra samurái incluso causa cierto malestar.
Los primeros samuráis eran mercenarios que se adiestraban y equipaban con medios privados. En el transcurso del tiempo la sede imperial fue perdiendo autoridad conforme se consustituían en el campo poderosos clanes de samuráis. Finalmente los dos clanes más fuertes, los Taira y los Minamoto, se enfrentaron por el control de Japón. En 1185 se impusieron las tropas de los Minamoto, y su líder, Yorimoto, consolidó su poder fundando una nueva capital en el puerto pesquero de Kamakura,al este de Japón.
En la vida real la imagen del guerrero honorable no debió de sobrevivir mucho más allá de las invasiones de los mongoles, que para los samuráis significó una brutal llamadad de atención acerca de la naturaleza de la guerra. En dos ocasiones a finales del siglo XIII, nutridas fuerzas mongolas al mando de Kublai kan, nieto delo conquistador Gengis Kan, atacaron Japón desde el mar. Los samuráis presentaron batalla en las playas y a bordo de sus naves. En ambas ocasiones acudieron en su ayuda feroces tempestades, con vientos y mares embravecidos que diezmaron la flota mongola. Los samuráis llamaron al segundo tifón kamikaze,o viento divino, nombre adoptado por los pilotos suicidas nipones durante la segunda guerra mundial.
El salvaje combate cuerpo a cuerpo en que se enzarzaron con las tropas mongolas minó su confianza en el arco y la flecha dio prioridad al sable. Las batallas se lidiaban cada vez no solo en campo abierto, favorable a las cargas de caballerías, sino también en los terrenos montañosos que configuraban los dominios de los jefes advenedizos, donde los samuráis tenían que luchar de pie.
Los samuráis contaban con katanas,
el sable más característico de los samuráis en el campo de batalla. También llevaban un arma auxiliar más corta, el wakizashi
Las señas de identidad de una espada japonesa convencional son la curvatura y la normalmente ondulada línea de temple, llamada hamon, que separa el duro de acero del filo del metal más blando que forma el cuerpo de la espada. Los entendidos consideran la katana como la mejor arma de combate que se ha formado jamás.
El sable de un samurái de alto rango, con un dragón enroscado, simboliza la autoridad y grandeza de la clase guerrera.
El ancestral oficio de espadero estuvo a punto de desaparecer de Japón después de la segunda guerra mundial, cuando los aliados confiscaron y destruyeron unos cinco millones de espadas y vetaron la manufactura de otras nuevas. Los nipones lograron esconder muchas de las espadas de mejor calidad, y en 1953 se levantó la prohibición de poseer armas blancas. La industria revivió, estimulada por los coleccionistas ricos, y hoy los artesanos fabrican unas espadas que cualquier señor de la guerra habría estado orgulloso de blandir.
LA DOBLE IDENTIDAD DEL SABLE como arma y objeto artístico refleja la conciencia dividida de los antiguos líderes samuráis, muchos de los cuales se tenían por guerreros y estetas a un mismo tiempo.
De todas las nobles empresas culturales de los samuráis ninguna les fascinaba tranto como la ceremonia del té. Hacia el siglo XIII los monjes budistas zen habían introducido el rito de tomar el té entre los caudillos, que lo practicaban con gran boato.
La danza de las Geishas
un placer prohibido para los samuráis, alegra con el sedoso vaivén de sus quimonos el escenario del teatro Gion Kobu Kaburenjo de Kyoto. Estos pasatiempos, vinculados a la emergente cultura urbana de Japón del periodo de Edo, contravenían los sobrios gustos del shogun. Sin embargo, muchos samuráis no pudieron resistirse a sus encantos y asistían a las representaciones disfrazados.
Cejas rasuradas, dientes negruzcos y faz ovalada definián la belleza femenina en la época de los samuráis, unos cánones plasmados en las máscaras del teatro mö, género escénico antaño reservado a la élite. Los samuráis se divertían con el go, un juego de mesa en el que los jugadores elaboran estrategias para conquistar territorios, seguramente tan adictivo como los juegos para teléfono móvil hoy en día.
La furia guerrera de los samuráis se despliga en un antiguo biombo que recrea la caída del castillo de Osaka en 1615. Cuando las fuerzas de Tokugawa Ieyasu, el shogun reinante o comandante en jefe, hubieron sometido a los defensores de la plaza, ofrecieron a su señor las cabezas de los oficiales enemigos. Los mosquetes habían entrado en Japón hacia más de 70 años, pero nunca desbancaron al sable.
Arriba, el Castillo de Osaka
Bellos biombos con temas japoneses
El justiciero sable del samurái es el tema del kabuki representado en el Festival de Hikiyama, en Nagahama. Las proezas de los samuráis inspiran muchas piezas escritas para el kabuki, una forma teatral surgida en el siglo XVII. Los escándalos protagonizados por las actrices y sus admiradores samuráis obligaron a prohibir la presencia de mujeres en escena, una tradición que aún perdura.
Espero que les haya gustado este interesante Post, ya sabemos un poco más sobre, la que nos parece tan lejana,cultura japonesa.
Mujer del Desierto.
SAMURÁIS DE JAPÓN
EL CÓDIGO DEL GUERRERO
En el campo de batalla sembraban el terror, cosechando la gloria con sus sables. Sus adalides portaban máscaras feroces y yelmos astados. Vivían según un código que anteponía la muerte a la derrota. Eran los samuráis, la elitista clase guerrera que gobernó Japón durante casi 700 años y dejó una huella indelebre en una tierra que aún no está en paz con sus violentos héroes.
El justiciero sable del samurái es el tema de un kabuki representado en el festival de Hikiyama, en Nagahama. Las proezas de los samuráis inspiran muchas piezas escritas para el kabuki, una forma teatral surgida en el siglo XVII. Los escándalos protagonizados por las actrices y sus admiradores samuráis obligaron a prohibir la presencia de mujeres en escena, una tradición que aún perdura.
Dos sables, uno largo y otro corto sobresalen del cinto. Como miembro de la clase más elevada de Japón, la de los guerreros, solo un samurái puede soportar ambas armas, letales símbolos de su autoridad.
Viste un quimono con pantalones vaporosos, a modo de falda, y una chaqueta corta y holgada. Lleva la parte superior de la cabeza rasurada, mientras que el pelo de los lados y de la parte trasera va recogido en un elegante moño. El samurái no tiene prisa. El Gobierno no le exige que trabaje, aunque podría aceptar algún empleo para completar su estipendio anual de arroz. Solo se le pìde que se mantenga en forma marcial y que defienda al régimen en tiempos de conflicto. Y si algún plebeyo osara faltarle al respecto, el samurái estaría en su derecho (rara vez ejercicio) de matar al ingrato allí mismo.
La arrogancia era como un derecho de nacimiento para los samuráis. Su clase guerrera presidió la historia japonesa durante casi 700 años, desde 1185 hasta 1867, en un reinado tan cruel y violento como los que vivieron en la antigua Roma o en la Europa medieval. Los caballeros de la Europa feudal podrían ser, de hecho, sus parientes históricos más próximos. Al igual que ellos, los samuráis (término que significa <<el que sirve>> ) formaban una élite militar compuesta por cabecillas de clan o adalides y los soldados fieles que luchaban a sus órdenes. Tradicionalmente, en Japón era el emperador quien acaparaba los mayores tributos, pero a medida que los samuráis ganaron poder, éste quedó relegado a un segundo término, eclipsado por un dictador castrense llamado Shogun, o comandante en jefe, una designación que definía el nuevo papel de los samuráis.
El samurái y el caballero se hubieran reconocido mutuamente en la batalla. Ambos usaban armadura, espadas y lanzas, atacaban a caballo, sitiaban castillos y vivían según un código de honor. Pero en lo que más difirieron entre sí fue en su duración. La clase guerrera japonesa gozó de un asombroso tiempo de hegemonía que solo acabó cuando los buques de guerra americanos se internaron en los puertos nipones, poniendo de manifiesto la incapacidad del shogun para defender el país. Las tropas se concentraron en torno a un nuevo emperador y derrotaron fácilmente al ejército del shogun. El imperio de los samuráis había concluido.
Fuera del campo de batalla, el samurái tampoco se ajusta a los estereotipos. El mismo guerrero que cortaba cabezas como trofeo era tal vez un budista devoto. El énfasis de la religión en el autodominio austero movía a cualquier samurái empeñado en perfeccinar sus técnicas de lucha. Lejos del espadachín justiciero y unidimensional de la cultura popular, el samurái cubría múltiples facetas. A lo largo de siete siglos su cometido sufrió una notoria transformación, evolucionando de duelista cortesano a soldado profesional portador de armas de fuego, y finalmente a consentido guardián del estado.
Y, al pertenecer a la clase más selecta del país, los samuráis, sobre todo los jefes de clan y sus generales más insignes, se dedicaban a actividades culturales tan refinadas como hacer arreglos florales, componer versos, asistir a representaciones de teatro nö y celebrar ceremonias del té.
No obstante, pese a la atención y preeminencia concedidas a estos guerreros, a numerosos japoneses les incomoda la mitología samurái. La adulación de estos héroes, con su espíritu de lucha a muerte sin hacer prisioneros, fue utilizada por los políticos y oficiales castrenses del siglo XX para avivar la llama del nacionalismo militante, lo que condujo a la participación de Japón en la segunda guerra mundial. Tras la adhesión al pacifismo de la posguerra, hoy la palabra samurái incluso causa cierto malestar.
Los primeros samuráis eran mercenarios que se adiestraban y equipaban con medios privados. En el transcurso del tiempo la sede imperial fue perdiendo autoridad conforme se consustituían en el campo poderosos clanes de samuráis. Finalmente los dos clanes más fuertes, los Taira y los Minamoto, se enfrentaron por el control de Japón. En 1185 se impusieron las tropas de los Minamoto, y su líder, Yorimoto, consolidó su poder fundando una nueva capital en el puerto pesquero de Kamakura,al este de Japón.
En la vida real la imagen del guerrero honorable no debió de sobrevivir mucho más allá de las invasiones de los mongoles, que para los samuráis significó una brutal llamadad de atención acerca de la naturaleza de la guerra. En dos ocasiones a finales del siglo XIII, nutridas fuerzas mongolas al mando de Kublai kan, nieto delo conquistador Gengis Kan, atacaron Japón desde el mar. Los samuráis presentaron batalla en las playas y a bordo de sus naves. En ambas ocasiones acudieron en su ayuda feroces tempestades, con vientos y mares embravecidos que diezmaron la flota mongola. Los samuráis llamaron al segundo tifón kamikaze,o viento divino, nombre adoptado por los pilotos suicidas nipones durante la segunda guerra mundial.
El salvaje combate cuerpo a cuerpo en que se enzarzaron con las tropas mongolas minó su confianza en el arco y la flecha dio prioridad al sable. Las batallas se lidiaban cada vez no solo en campo abierto, favorable a las cargas de caballerías, sino también en los terrenos montañosos que configuraban los dominios de los jefes advenedizos, donde los samuráis tenían que luchar de pie.
Los samuráis contaban con katanas,
el sable más característico de los samuráis en el campo de batalla. También llevaban un arma auxiliar más corta, el wakizashi
Las señas de identidad de una espada japonesa convencional son la curvatura y la normalmente ondulada línea de temple, llamada hamon, que separa el duro de acero del filo del metal más blando que forma el cuerpo de la espada. Los entendidos consideran la katana como la mejor arma de combate que se ha formado jamás.
El sable de un samurái de alto rango, con un dragón enroscado, simboliza la autoridad y grandeza de la clase guerrera.
El ancestral oficio de espadero estuvo a punto de desaparecer de Japón después de la segunda guerra mundial, cuando los aliados confiscaron y destruyeron unos cinco millones de espadas y vetaron la manufactura de otras nuevas. Los nipones lograron esconder muchas de las espadas de mejor calidad, y en 1953 se levantó la prohibición de poseer armas blancas. La industria revivió, estimulada por los coleccionistas ricos, y hoy los artesanos fabrican unas espadas que cualquier señor de la guerra habría estado orgulloso de blandir.
LA DOBLE IDENTIDAD DEL SABLE como arma y objeto artístico refleja la conciencia dividida de los antiguos líderes samuráis, muchos de los cuales se tenían por guerreros y estetas a un mismo tiempo.
De todas las nobles empresas culturales de los samuráis ninguna les fascinaba tranto como la ceremonia del té. Hacia el siglo XIII los monjes budistas zen habían introducido el rito de tomar el té entre los caudillos, que lo practicaban con gran boato.
La danza de las Geishas
un placer prohibido para los samuráis, alegra con el sedoso vaivén de sus quimonos el escenario del teatro Gion Kobu Kaburenjo de Kyoto. Estos pasatiempos, vinculados a la emergente cultura urbana de Japón del periodo de Edo, contravenían los sobrios gustos del shogun. Sin embargo, muchos samuráis no pudieron resistirse a sus encantos y asistían a las representaciones disfrazados.
Cejas rasuradas, dientes negruzcos y faz ovalada definián la belleza femenina en la época de los samuráis, unos cánones plasmados en las máscaras del teatro mö, género escénico antaño reservado a la élite. Los samuráis se divertían con el go, un juego de mesa en el que los jugadores elaboran estrategias para conquistar territorios, seguramente tan adictivo como los juegos para teléfono móvil hoy en día.
La furia guerrera de los samuráis se despliga en un antiguo biombo que recrea la caída del castillo de Osaka en 1615. Cuando las fuerzas de Tokugawa Ieyasu, el shogun reinante o comandante en jefe, hubieron sometido a los defensores de la plaza, ofrecieron a su señor las cabezas de los oficiales enemigos. Los mosquetes habían entrado en Japón hacia más de 70 años, pero nunca desbancaron al sable.
Arriba, el Castillo de Osaka
Bellos biombos con temas japoneses
El justiciero sable del samurái es el tema del kabuki representado en el Festival de Hikiyama, en Nagahama. Las proezas de los samuráis inspiran muchas piezas escritas para el kabuki, una forma teatral surgida en el siglo XVII. Los escándalos protagonizados por las actrices y sus admiradores samuráis obligaron a prohibir la presencia de mujeres en escena, una tradición que aún perdura.
Espero que les haya gustado este interesante Post, ya sabemos un poco más sobre, la que nos parece tan lejana,cultura japonesa.
Mujer del Desierto.