Entre las empresas de Internet que están por salir a Bolsa, la carta del fundador se está convirtiendo en un ritual con un valor puramente simbólico, un rito de iniciación a la adultez de los mercados públicos. Larry Page y Sergey Brin, lo comenzaron cuando Google se hizo público en 2004. Andrew Mason lo elevó a absurdas nuevas alturas cuando Groupon lanzó su oferta pública inicial (OPI) el año pasado.
Ahora, Mark Zuckerberg ha hecho su intento de carta del fundador, la declaración ingenua de los ideales de emprendimiento de la compañía. Independientemente de que sean lanzadas desafiantemente ante la cara de los aspirantes a accionistas o presentadas delicadamente como una reliquia corporativa de un valor inestimable, tales epístolas están condenadas a entrar en un estrangulamiento lento y doloroso, a medida que las fuerzas del mercado hacen su voluntad.
Ahora, Mark Zuckerberg ha hecho su intento de carta del fundador, la declaración ingenua de los ideales de emprendimiento de la compañía. Independientemente de que sean lanzadas desafiantemente ante la cara de los aspirantes a accionistas o presentadas delicadamente como una reliquia corporativa de un valor inestimable, tales epístolas están condenadas a entrar en un estrangulamiento lento y doloroso, a medida que las fuerzas del mercado hacen su voluntad.