Hice un comentario de una charla que dio Laiseca en la Feria del Libro, lo hice ficcionado como si se tratara de un cuento. Lo cuelgo en la comunidad, a ver que les parece. Esta sería la primer parte de un relato. Todos corrieron hacia el mismo sector de la feria, hacia el salón rojo adonde estaba por comenzar la charla del exquisito escritor de avancarga, de novelas de terror: el Sr Ian Von Laiseka. De descendencia oriental nacido en Bonn Alemania, criado y nacionalizado en Camilo Aldao, Argentina. Los marcados rasgos orientales de su rostro contradecían su alemán metro noventa. Aunque la argentinidad del cuidado castellano de sus textos daba crédito de ser un escritor precisamente argento, hecho y derecho. Las novelas de horror, a las que él mismo denominaba dentro del género realismo delirante, causaban estragos en la comunidad escribiente y pacata de este cono del sur. Da cuenta de ello la vez que, ante nutrida concurrencia, disparó sin más un ejemplar de kilo y medio de su obra Los Soria, a un descuidado Cesar Aira que asintió el golpe con la cabeza mientras entraba, por error, a la conferencia de Laiseka. En esa ocasión la sala quedó impregnada por manchas de tintasangre del ocsiso, mezcladas con soriaspersonajes caidos de la obrayunke. La inquina venía desde mucho tiempo atrás y ante la imprudencia estética literaria de Aira dedicado durante años a borrajear cientos de libros, que además se publicaban en detrimento de los lectores, la literatura Nacional, y los bosques del Chaco, según una denuncia internacional de Greenpeace. Al recordar esto el conferencista y reconocer al victimario i-letrado fue que cometió el acto de arrojo. Esta vez, hoy, participando de la decimonónica Feria Internacional del Libro, la sala estaba adecuada a la situación, con luces bajas, una mesita al frente de las butacas conteniendo nada más que un velador, un cenicero y el infalible vaso de agua para todo orador que se precie de tal. Von Laiseka, que seguramente hubiese preferido cerveza, cuando entró por el pasillo iluminado con pequeñas lucecitas dispuestas al ras del suelo, realizó un par de pausas y giró la cabeza para estudiar al conjunto de sombras silenciosas del público. Alguién entre ellos notó en sus ojos cierto destello maligno, pero no se animó a señalarlo, menos a respirar, lo que le produjo al rato un paro cardiorespiratorio, sin que nadie diera cuenta del hecho. El notable escritor, ya en la mesa con un pequeño libro en la mano, tanteó el bolsillo de su camisa y encontró el paquete de Imparciales que le permitirían comenzar la charla. Al encender el primero de los veinte cigarrillos que fumaría para la ocasión, la llama del fósforo proyectó contra la pared un perfil de bigote y cejas, dándole un aspecto verdaderamente macabro, aterrorizando a los concurrentes que se engurriaron en sus asientos. Sobre todo aquellos que habían leído en su libro En sueños he llorado, cómo había colgado a una gorda de las tetas, del techo. Fuente
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