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Silvina Ocampo, cuentos completos

Arte10/25/2010
Bienvenidos taringueros/asEste es mi primer post y quisiera aclarar antes de comenzar con el contenido, que todo el material que voy a exponer a continuación es propio.Decidí compartir estos cuentos debido a que por ahora, lo más importante que tengo son libros. No cuento con ningun scaner o cámara digital y sinceramente mis conocimientos de computación son MUY básicos, asique los respectivos relatos que voy a compartir más abajo son directamente tipeados por mí desde el libro original de Silvina Ocampo "cuentos completos 1".Sin más que agregar el primero:Cielo de claraboyasLa reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido a tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajoy se acallaban contra la alfombra.Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica ( a quien acababan de darle un beso para que se durmiera, que no quería dormirse) , y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba " ¡Celestina, Celestina!", haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito... aparecieron dos piecitos desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: "¡Celestina, Celestina!". Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre en la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detras de los piecitos desnudos, alargando los brazos con la garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sibre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: "¡Voy a matarte!". Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de una jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: "¡Celestina, Celestina!", y un fierro golpeaba con ritmo de saltar la cuerda. Las puertas de abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas.Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.Esperanza en FloresUno, dos, tres, cuatro, cinco era ya muy tarde. La lámpara de kerosene chistaba a la noche, aquietándola como una madre a un hijo que no quiere dormirse, y Esperanza se quedaba desvelada a las doce de la noche, después de haber pasado el día durmiéndose en los rincones. Uno, dos, tres, cuatro, cinco habían sido los caballos negros atados al coche fúnebre que llevaron a su marido cubierto de flores hasta la Chacarita, y desde ese día abundaban las visitas en la casa. Sus amigas la habían querido llevar a pasear un domingo porque estaba pálida. Uno, dos, tres, Esperanza se había hecho rogar, y después por fin había salido hasta la plaza de Flores y allí se había sentado en un banco con dos señoras vecinas, hermanas del almacenero. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, un hombre detrás de un árbol desabrochaba su pantalón y Esperanza miraba el cielo a través de las ramas. "Esperanza, no podés seguir así. Esperanza, no podés seguir así, te vas a enfermar. Hay que conformarse al destino", le decían sus amigas.Uno, dos, tres, alguien golpeaba la puerta de entrada. Esperanza estaba en el punto liso de su tejido y dijo: "¿Quién es?". Florián entró despacito con los ojos dormidos "¿Florián a estas horas?" Florián dormía en la cama de su hermana, hacía ni media hora, cuando la madre lo despertó sacándolo a los tirones: había visitas y no alcanzaban las camas. Salvo los domingos y días de fiesta era siempre de noche cuando llegaban las visitas: a esa hora la radio tocaba una música que las atraía, sin duda.Esperanza no conocía de esa casa más que a Florián. Los chismes de las vecinas caían sobre las hermanas y las madres, que tenían todas ondulaciones permanente (¿croquiñol o permanente al aceite? ; una seria discusión se había establecido entre las hermanas del almacenero), tenían todas barniz en las uñas y no pagaban al panadero.Florián se hacía la rabona y pedía limosna en la calle, desviando un ojo. Pero, casi siempre, con su cara original de ángel, ganaba más limosnas que con su ojo perdido. Esperanza no sabía ese tejemaneje, creía en la virtud azul de los ojos de Florián, en sus diez años, en su timidez, en su voz quejosa ejercitada en pedir limosnas. No hubiera admitido ni siquiera el sufrimiento o el hambre de un chico que se hace la rabona pidiendo limosna con un ojo voluntariamente tuerto. Hubiera visto a ese chico desmenuzarsede bajo de un ómnibus, morirse de hambre en una esquina, suicidarse con un cuchillo sucio de cocina: No hubiera dado un paso por salvarlo. Sólo la virtud inocente de los ojos de Florián, igual a los ojos de un Niño Jesús, le ganaba el corazón, hasta hacerlo sentar a veces sobre sus escasas faldas a las doce de la noche cuando estaba sola.Entonces, creyendo salvarlo de su familia, le enseñaban oraciones que venían escritas detrás de las estampas, con veinte, cuarente, cincuenta días de indulgencias.El sueño ponía sus manos santas sobre los ojos de Florián, mientras contaba todo lo que había trabajado en la casa aquel día. Había ayudado a Leonor a barrer el cuarto. Leonor tenía que plantachar un camisón nuevo, tenía que arreglar las flores de papel en el florero de su cuarto sobre una carpeta de madramé. Y él había tenido que limpiar el excusado, había tenido que pelar las papas, limpiar todas las verduras para el almuerzo - "¡Pobre angelito!" suspiraba Esperanza-. Después había llegado tarde al colegio por culpa de su hermana; la maestra le había pegado con un látigo que tenía escondido en un cajón del pupitre. Le había dicho que no quería recibir ningún vago en la escuela, ningún muerto de hambre, ningún hijo de puta. Esperanza levantó sus anchos brazos sacudidos de espanto: "¿Es posible que la maestra te haya dicho esas cosas?". Florián, mártir de su sueño, decía sí con la cabeza. El día quedaba muy lejos detrás de la noche, y recordaba que había recorrido las calles de más tráfico torturándose los ojos, sin conseguir una limosna, y cuando volvía a su casa con su rostro cotidiano, sin hacer ningún esfuerzo para conmover a nadie, una señorita le había dado un peso entero en monedas, averiguándole su nombre. Había gastado el peso en cinematógrafo, masitas y tranvía; no quería volver a su casa con un solo centavo en su bolsillo. Sus hermanas lo desvalijaban, ellas que ganaban por lo menos cuatro pesos por día. Todo eso no se lo podía contar a Esperanza; tampoco le podía contar que había hecho pis contra un automóvil nuevo y que le había roto la blusa a su hermana. "Hijo de puta - le había diho el frutero-. Tu madre no me paga pero yo le pago a ella. Tendrá que pagarme el vidrio de mi vidriera que me has roto, o bien los llevaré a todos a la comisaría". Pero al día siguiente, Valentini, el frutero, llegaría a la casa como siempre, repartiendo sonrisas y bombones con versitos de almacén, y al entrar en la pieza de su hermana le daría una palmadita en la cara diciéndole: "Pícaro, pícaro". Es que Valentini se olvidaba de todo cuando estaba con sus hermanas; cuando llegaba a casa de Florián no parecía ni siquiera un pariente lejano del frutero Valentini del delantal blanco, ofreciendo sus mercanderías a través de las vidrieras. ¿Qué virtud tan extraordinaria tenían sus hermanas?.Esperanza guardó el tejido en una canastita. Uno, dos , tres, cuatro , cinco puntos faltaban para terminar la fila, y eso la iba a desvelar. Volvió a tomar el tejido. Uno, dos, tres, cuatro, cinco años faltaban para terminar de pagar la casa por mensualidades. Mientras tanto vendería sus tejidos; era un modo honrado de ganarse la vida, y no como estas malas mujeres, estas mujeres de la calle. Sin darse cuenta, hablaba en alta voz. Florián, sonámbulo de sueño, se retiraba silenciosamente en dirección a la cama de su hermana, con la esperanza de encontrar sitio para él."Mi hijito, es la hora de dormirse". Esperanza se dio vuelta y se encontró sola frente a la lámpara de kerosene. No se oía más que el canto de la luz que le decía despacito que se callara.Ésto es todo por ahora; quedan muchos más cuentos, pero quisiera ver si por lo menos hay alguien que le interese, para no copiar en vano y poder seguir.Desde ya, gracias por molestarte en pasar y mis disculpas si hay alguna falta ortográfica, de tanto tipear por ahí me confundí en alguna palabra, Saludos !
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