Ernesto “el bestia”
Adaptación de trabajo escrito del Dr. Tomás Caballero
El nada respondió, quedó pensativo. Repetía como una jaculatoria “…Cuánta sabiduría…cuanta”.
Por fin, al salir de su ensimismamiento se decide relatar la historia, que hacía mucho tiempo había prometido que lo haría. Se refería a una hermosa historia de amor.
Comenzó diciendo así:
Debajo de un deslucido, añoso y sufrido lapacho estaba Ernesto con una pértiga en la mano jugueteando con la tierra que trataba de recuperarse luego del crudo verano formoseño.
Era aún un párvulo, solo que su envergadura física no decía lo mismo.
Niño aún, todos exigían de él un actuar de adulto.
Con apenas quince años ya medía un metro ochenta y cinco. No hallaba calzado que pudieran cubrir sus enormes pies que todavía seguían creciendo.
Charata era una campiña destinada a la agricultura en épocas que el algodón tenía un aprecio internacional. Dar vuelta la tierra, rastrillar, sembrar, cultivar, cosechar eran el medio de vida.
Ernesto cumplía la función –de hijo- junto a sus 11 hermanos. Muchas veces para que descansen los caballos tiraron del arado, rayando la tierra.
Realizando esa muchas tarea rurales, tenía suficiente tiempo para dedicar sus mejores fantasías a la hija del puestero vecino.
Ernesto crecía cada día más y más. Los brazos largos terminaban en sendas manotas con los cinco dedos igualmente grandes. Para sostener toda esa humanidad requería una bien fortalecida base, por eso quizás el Creador le había dotado de dos enormes pies con los que se desplazaba lentamente. Se movían como pidiendo permiso un pie a otro y se hamacaba en forma casi imperceptible. Tal vez su enorme desproporción con los chicos de su edad y con la población en general hizo que Ernesto sea exageradamente introvertido, silencioso, exasperantemente tímido.
En su silencio, bullían miles de palabras tiernas, a veces pensamientos lujuriosos para su inigualable Rosa. Todos sus planes incluían a la rubia fascinación de su corazón. Nunca se atrevió a expresarle con palabras, todo lo que sentía por ella, jamás llegó a revelarle que en la soledad del campo había hecho una promesa, una entrega y que estaba dispuesto a hacerla realidad aunque eso le costara la vida. Su alma entera prometió a su bella y adolescente amada. Su vida pertenecía desde ese instante a ella y a nadie más.
Rosa jamás oyó una declaración de amor de Ernesto, pero estaba convencida que él era suyo, como ella no sabía nada más que de ese joven - gran hombre. Gozaba con verlo caminar lentamente y creí estar en el paraíso, cuando le regalaba su inocente sonrisa de mancebo enamorado.
Solamente los separaba la inmanejable timidez de él.
Federico, era jovial, buen mozo, entrador, orgulloso, vanidoso, de buen pasar económico, siempre obsequiaba una frase halagadora a las damas. Lentamente fue introduciéndose en la mente de Rosita, aunque no en su corazón. Los diálogos con el joven conquistador eran más y más frecuentes, la inexperta damita pensaba de esa manera, estimular y despertar el adormilado coraje de su verdadero amor.
- Tal vez así se anima y se decide, pensaba.
Ernesto mutó sus sentimientos y un odio feroz invadía el espacio que tenía destinado a su mejor amigo. La guerra estaba silenciosamente declarada, la otra guerra la mundial de los años 40 había hecho caer el valor del algodón, la huida era inevitable. Comenzaron los éxodos, especialmente de las personas que subsistían del oro blanco. Se vivía una monomanía colectiva. Prevalecía por sobre todos los valores, el instinto de conservación.
Federico y Rosita deciden unirse y huir de sus respectivas casas, en busca de un destino feliz. En el primer transporte pusieron rumbo Norte, hacia la nueva y casi despoblada Formosa.
Ernesto, lloró la ausencia de su mejor amigo y odiado amante, y fundamentalmente la desaparición repentina del amor de su vida. Se torturaba constantemente por su cobardía. Odiaba no haber tenido el valor y el coraje suficiente para retener a su lado a la única motivación de su existencia misma. Soñaba con ella. A veces en sus sueños la veía sufrir, llorar, por el maltrato del ocasional compañero de vida. Porque si huyó con Federico fue simplemente por provocarlo a él. Al menos de eso estaba convencido. Ese pensamiento era su verdadero consuelo.
En muchas ocasiones pensó que no tenía sentido seguir caminando por la vida.
Por cuestiones económicas Ernesto terminó dejando Charata, llegándose a una localidad al frente de El Zapallar, cruzando el Bermejo, ya era Formosa. Para suerte de Ernesto sus ocasionales vecinos, conocían el paradero de la pareja que, hacía ya un buen tiempo llegaron a esos lugares.
Un verano caliente, sale de monte adentro y llega al vecindario donde el poblado se habían concentrado por una fiesta patria, allí seguramente podría encontrar y reconocer a su ex amigo y amada.
Encontró en esa fiesta de esa localidad una cantidad interesante de alemanes, polacos, ucranianos y rusos, con los que trató de entablar algún tipo de relación.
Llegado, ese día en ocasión de participar de la fiesta popular en su nueva patria chica. Clavando, su pupilas color del tiempo, en las guías celestes del rostro ; de su primer y único “amor”. Ella discretamente correspondió a su mirada, y saludó con un casi imperceptible movimiento de cabeza, a la vez que hojeaba distraídamente las acciones de Federico, éste sin comprender nada de lo que allí estaba ocurriendo.
Pasó el tiempo y Ernesto nuevamente viajando más al norte, se recluyó en el campo a trabajar. Cercanos a Pirané los quebrachales eran interminables. Se sumergía en la verde maraña extrayendo del mismo los mejores y mayores troncos de quebracho colorado para venderlos en la estación del Km 109, de la cual se transportaban en tren a la fábrica de tanino. Nada lo detenía, ni el mal tiempo, ni la falta de caminos. Con su alzaprima se lo veía silencioso, salir del monte como una sombra errante, sumido en un mutismo total, acercando el preciado tesoro rojo para la estación del tren.
Por las noches, colgaba al hombro una larga cuerda de yute, se instalaba a orillas de los esteros. Cazaba. Los cueros de yacaré ofrecidos por el enigmático hombre de brillantes pelos rubios, eran los más codiciados. Jamás se les encontró una sola lastimadura. Nadie conocía su método de caza.
Un estero era el que más visitaba, el que daba al frente de la estación del ferrocarril, en ciertas épocas del año lo acompañaban en cercanas tolderías lo nativos pilagá. Nadie conocía donde vivía, nadie sabía con quién lo hacía, en realidad nadie conocía nada de ese misterioso “gringo” de los montes y los esteros.
Decían que había perdido el habla y la conciencia aquella noche en que, viajando a paso de hombre con su ajetreada alzaprima, una mujer se sentó en la trampolleta (extremo trasero del pértigo). Estaba extrayendo solitariamente rollizos del monte, esa mujer, comenzó a hablarle, él dialogaba con ella hasta que, cuando quiso tocarla ella desapareció de sus manos como desaparece el agua de entre los dedos, como se escapa el aire al respirar, como se cubre la luna por una nube al pasar.
Federico era un hombre trabajador que no descansaba desde el alba al anochecer.
La dura tarea del agricultor poco habituado al clima tan riguroso de Pirané, que cuando apoyaba su cansado cuerpo en la almohada durmiera hasta el otro día de un solo tirón. Nada lo despertaba.
Agustín, conocido cazador de la zona, estaba una noche persiguiendo un carpincho, lo que sería su primera presa de la noche. Escuchó el lento y característico trajinar crujiente, de un carro, y el plácido diálogo entre un hombre y una mujer. Se escondió en la espesura del bosque a espiar y ¡OH! sorpresa era “Ernesto” en su reconocida alzaprima con un inmenso rollizo en su panza, atravesado de punta a punta, y en un extremo una dama hermosa, su cabellera era un trigal en flor, su piel un pétalo de rosa, por estar desnuda, en su abdomen se dibujaba el fruto del amor entre un hombre y una mujer. La oscuridad no le permitió distinguir con exactitud de quién se trataba.
Fue un domingo por la noche, la lluvia no paraba desde hacía varios días. Rosa ingresó a la sala de Primeros auxilio, era por aquellos años pública a cargo del señor Koning y una enfermera. Al ver el ingreso de la “polaca” como la llamaban a la Rosa, al médico se le erizaron los vellos de la piel. Su experiencia le decía que ese niño no podría nacer por vía natural. Era exageradamente grande para la madre que lo había engendrado.
La noche tenebrosa, húmeda, con su manto de dolor, y sus inmensas fauces negras hicieron presa de madre y feto. Se los devoró sin que los esforzados agentes de salud puedan evitarlos.
Secretos.
“Amor”.
A “Ernesto” se lo vio por última vez en el cementerio del pueblo, en una ocasión muy especial para él. Nadie se hubiera percatado de su ausencia, a no ser por la espera indefinida y las preguntas insistentes a los pobladores del lugar, del recibidor de la estación, que esperaba su rollizo de quebracho colorado y del comprador de cueros de yacaré que tuvo que conformarse con los perforados y rotosos cueros ofrecidos por los demás cazadores.
Se fue.