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Los Robots deben ser atentos

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Los Robots deben ser atentos


El Oficial, de pie tras el escritorio, la invitó a sentarse con atento gesto. La viejecita, más ágilmente de lo que era de esperar en una mujer de su edad, tomó asiento.

Deseo presentar una queja —dijo la viejecita con un mohín de indignación, y mientras los ojillos le relumbraban.

El Oficial de Quejas sonrió solícito y, con una leve inclinación de la cabeza, la animó a proseguir.

Sí, una queja. Una queja contra los robots.

El Oficial bajó los ojos y alistó su maquinilla para tomar apuntes.

Esas horribles máquinas —dijo la viejecita, con voz chillona— son los seres más desatentos que conozco. Circulan por las calles de la ciudad y son incapaces de prestar el menor auxilio a una pobre anciana.

Sollozó, con la cara hundida en un pañuelo de encajes.

Robots



Ayer iba yo al Negocio de Seguros, y tuve que esperar cuarenta y cinco minutos (sí, cuarenta y cinco minutos, como lo oye) antes de poder atravesar la calle. El Robot de Tránsito se hizo todo ese tiempo el desentendido y no quiso detener la circulación de vehículos para que yo pasara al otro lado.

El Oficial tomaba cuidadosamente apuntes.

Y eso es lo de menos —agregó—. La semana pasada, en vista de que mi nuera guardaba cama por un resfriado, me vi obligada a ir de compras. No hubo, en todo el camino de regreso, uno solo de esos malditos robots municipales que se ofrecieran a llevarme la cesta... ¿Es que este Gobierno jamás va a enseñar buenas maneras a los robots? —preguntó, con un tono de protesta muy comprensible.

El Oficial chasqueó ligeramente la lengua. Se levantó y ofreció una taza de café a la viejecita, ofrecimiento que ella aceptó con un pujido. El Oficial sirvió dos tazas, y dio una a la señora. Entre sorbo y sorbo, siguió ella explicando sus puntos de vista.

He llegado a creer que es falso eso de las Tres Leyes Robóticas —dijo.

El Oficial se estremeció en su asiento.

Sí, como lo oye. Sostengo que esas tres leyes son pura propaganda. Además, esas mentadas leyes comenzaron como una elucubración literaria, ¿no es cierto?... Se las puedo repetir de memoria, ya que son el "padre nuestro" de esta era insolente...


ser



La viejecita entornó los ojos en señal de aburrimiento, y empezó a recitar con voz pareja:
Primera ley: “Un robot no debe dañar a un ser humano o, por falta de acción, dejar que un ser humano sufra daño”; segunda: “Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando esas órdenes están en oposición con la primera ley”; tercera: “Un robot debe proteger su propia existencia hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o la segunda ley”. ¡Valientes leyes!

El Oficial terminó su taza de café.

Sé de casos en que los robots —dijo la anciana— han causado daños a seres humanos...

El Oficial abrió más los ojos por la sorpresa.

He soportado frecuentemente la indolencia de los robots, que se han negado a obedecerme; y sé también de casos en que los robots han dejado sufrir daños a los seres humanos, para protegerse a sí mismos. Como lo oye. ¡Egoístas!


deben



El Oficial sabía que aquello no podía ser cierto; pero, de todas maneras, tomaba cuidadosamente apuntes.

Ese Asimov debió agregar una cuarta Ley Robótica: “Los robots deben ser atentos, especialmente con los ancianos y los niños —dijo, gimoteando de nuevo entre el pañuelo.

El Oficial le dio seguridades de que su queja iba a ser considerada e investigada cuidadosamente: no era para menos saber que una persona tan simpática como ella tuviera quejas de esos groseros seres.

La anciana sonrió coqueta:
No hay como los seres humanos —dijo.

Luego agregó, entre una risita:
Y no hay como los atentos oficiales de la Policía.

La viejecita se levantó y, ya animada su cara por la sonrisa, dijo:
Muchas gracias por oírme, joven.


ATENTOS



El Oficial no tenía por qué acompañarla; pero la acompañó hasta la gran puerta de acceso, tomándola dulcemente del brazo en todo el trayecto. La viejecita tenía sonrosadas las mejillas cuando estrechó pícaramente, y con un guiño coqueto, la mano del apuesto Oficial. Todavía media cuadra más allá se detuvo y, girando la cabeza, sonrió de nuevo para agitar una última vez la mano, el pañuelo de encajes flotando al viento como una bandera amistosa. El Oficial, que se había quedado en la gran puerta, sonrió otra vez y dijo adiós.

La viejecita se perdió en el tráfago de gentes y robots de la gran ciudad, murmurando entre dientes: “¡Ah, qué diferencia! ¡No hay como los seres humanos!”.

El joven Oficial tomó el ascensor para su despacho. Entre el segundo y tercer piso, resonó la voz metálica de su oculto transmisor-receptor: “Oficial de Quejas... Oficial de Quejas... Preséntese al Despacho del Director”.

Sí, señor —contestó el joven oficial.

Pero fue un “sí señor” más respetuoso que de costumbre, porque un robot debe ser atento.

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Tomado del texto original de "La ilustre familia androide" de Álvaro Menén Desleal
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