En una nota publicada en el diario La Razón ante la Copa del Mundo en Argentina 78, Borges conversa sobre futbol con Roberto Alfiano (quien luego publicó un libro sobre Borges en el que incluye este díalogo).
- ¿Fue alguna vez a ver un partido de fútbol Borges?
- Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo, alguien me dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle yo le dije a Amorim: “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo- para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim me dijo: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol.
Un poco de la elegancia inglesa que tanto admiraba (y por lo cual se le resentía en su país), que en una especie de ingenuidad esconde mordacidad e ironía. En esa misma conversación Borges luego responde a Alfiano, que el futbol es popular porque la estupidez es popular.
- Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial. Además es un juego convencional, meramente convencional, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final; yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son, creo que once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esta estupidez, apasiona a la gente. A mí me parece ridículo.
Borges al parecer no era sensible a la estética del futbol, y en esto sin duda podemos diferir. Pero a fin de cuentas son pocos los que ven futbol como un ejercicio de contemplación estética… como quien contempla una escena bucólica o como un fláneur atraído por ciertos ángulos e inflexiones urbanas. El aficionado prototípico busca el desfogue del triunfo, el alarido de pertenencia con un equipo de calidad que ha repasado a otro o con una nación que se piensa superior cuando triunfa y se puede comparar con otros países (o en el caso de algunos franceses, probablemente inspirados por el racismo que genera una selección multiétnica cuando su país pierde y puede culpar a un sector ). (Esta tabla de afectos y aversiones por países en la Copa del Mundo es muy ilustrativa). En algunos casos se contenta porque su equipo juega bien o da pelea a un equipo históricamente superior, pero no por el placer que le produce el futbol desempeñado en un aspecto puro, sino porque realza su identidad (tener un equipo que la crítica elogia), o le da confianza para el futuro: cuando entonces sí pueda ganarle a los grandes.
Se dice que el futbol une a la gente. Y si bien es una buena excusa para socializar y distender, en realidad lo que une, en el trance de un torneo o en la estela que deja un título, son los sentimientos dispersos de nacionalismo, de euforia chocarrera y de autoafirmación. Si bien es cierto que existen países donde muchos individuos tienen poca seguridad en sí mismos, es ridículo pensar que el futbol sea un revulsivo que lleve a las persona a psciológicamente afirmar su individualidad y desprenderse de sus complejos. Esto es algo que se hace justamente individuándose y desmarcándose de las improntas y los paradigmas colectivos. Otra cosas es que el triunfo en el deporte genere, como ocurre con la naturaleza con la habituación, más triunfo en el futuro, esto es natural, pero se limita solamente al deporte y logra cambiar la mentalidad solamente de los jugadores que participan. Si bien puede hacer una tregua momentánea entre personas de diferentes etnias, lenguas o posturas políticas dentro de un país, el efecto no es de ninguna forma duradero, es como la tregua breve que hacen dos personas cuando se emborrachan.
Buena parte de lo que chocaba a Borges del futbol tenía que ver con el nacionalismo que observaba a consecuencia de éste en Argentina, quizás el país con la hinchada más pasional y violenta del mundo (después de que sus enemigos los ingleses erradicaran a los hooligans). Tanto el nacionalismo como el futbol, le merecían el mismo calificativo: “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y, toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”, escribió Borges, quien incluso participó en 1984 en un foro en Tokio en el que se discutió el nacionalismo, señalando que éste tenía el peligro de dividir a las personas. ¿Acaso no ocurre eso mismo con el futbol que divide más que une? Nos divide al menos en personas definidas por un país: somos mexicanos, chilenos, alemanes, iraníes, estadounidenses, con una carga histórica y una percepción política particular, con numerosos clichés, antes que personas del planeta tierra e individuos únicos. Borge creía en abolir las fronteras, lo cual en ningún sentido significa homogeneizar al mundo o erradicar las diferencias, sino permitir el intercambio sin etiquetas. Seguramente esto sería política y económicamente desastroso, especialmente para algunos países chicos, etc., pero la afirmación no tenía este sentido, sino que su espíritu era el de eliminar el nacionalismo y todos sus efectos colaterales.
En fín, con esto no quiero amargar el placer de ver un buen partido de futbol, especialmente si es un hábito esporádico.Principalmente el interés es hacer consciente el acto de ver un partido de futbol y en general de participar en todo entorno mediático o colectivo, y ser capaz de discernir hasta qué punto al hacerlo perdemos nustra inteligencia crítica y llegamos a enajenarnos. Un poco de autorreflexión –sobre lo que pasa dentro de nosotros cuando hacemos algo o recibimos un programa– nos hace inmunes hasta cierto punto y permite disfrutar de un partido de futbol sin sufrir si el resultado no es el que queríamos. El futbol es sin duda un gran espectáculo y tiene algo más de místico y estético de lo que Borges fue capaz de ver. Borges, que amaba las representaciones cabalísticas, las métaforas del universo y la divinidad, quizás no entrevió en el juego de futbol una imagen del universo, de su secreto orden; tampoco atisbó una poesía física o reconoció el impulso evolutivo de luchar y competir (una desvaída transmigración de los dioses griegos que impulsaban a los héroes a batirse). Pero todos los juegos tienen esta veta, hay un sentido lúdico profundamente arraigado a la existencia –que sublima lo absurdo– y el futbol es una manifestación, aunque quizás un poco contaminada, de esta misma esencia. Borges prefería el otro juego, el juego cósmico “de la indivisa divinidad que opera en nosotros” y sueña el mundo, que quizás no tenga ganador y sea infinito.