

Radio Monster presenta: Entrevistas históricas II
Mural Nuestros dioses, por Saturnino Herrán.
Día 15 del mes de junio de 1551.
Después de pasar el pueblito de los Reyes Acaquilpan, el camino abandonó la orilla del lago y subió a una breve falda del cerro, apenas con la suficiente altura para bordear las zonas pantanosas de la orilla, llenas de tules y ahuejotes, adonde anidaban patos y chichicuilotes escandalosos. La recua en la que viajábamos se estiró con cansancio, alargando el trote, cruzando poblados abandonados durante la última epidemia, pequeños teocallis arrasados y saqueadas sus piedras para construir los palacios que se estaban levantando en la nueva ciudad española, la ciudad azteca extinguida…
En esta época de calor de las barrancas mansas que vamos cruzando en dirección a Texcoco, bajan apenas unos hilos de agua clara, insuficientes para aliviar la sed de las mulas, a menos que formen una poza donde incluso nosotros podemos refrescarnos de a ratos. Compartimos unos elotes hervidos con nuestros guías, un pedacito apenas de conejo cazado con una honda, asado con premura, y un puñado de nanches, de leve aroma a alcohol, antes de continuar con nuestro viaje. No hacen demasiadas preguntas, lo cual agradecemos. Los enormes libros en blanco que portamos los hacen hablar a ellos en su idioma, susurrando la extrañeza de ver a alguien con libros, con ropas pobres, pero de criollo y con nuestro color moreno de piel. Pero de momento lo dejan estar así.
Al llegar al cruce donde inicia el sendero hacia San Miguel Coatlinchan, descendemos de nuestras mulas, agradecemos con breve cortesía y pagamos con un puñado de cacao el precio por transportarnos hasta acá. Cuando el polvo que se levanta al paso de la recua se asienta, y apenas se distingue su suave ondular alejándose, levantamos nuestras cajas y regresamos sobre el camino que siguiéramos, hasta encontrar la barranca siguiente. Nos introducimos en ella y chapoteamos en silencio siguiendo la cinta líquida que baja del cerro, saltando sobre piedras que apenas asoman a flor de agua, hasta que de pronto descubrimos a un indígena sentado a la sombra de un pino, entretenido en trenzar un cesto con hojas que humedece en el agua, para hacerlas más flexibles. Mi compañero el fotógrafo se acerca a él, y le extiende un Ojo de venado (una semilla amuleto). El indígena la mira, y simplemente apunta con la mano izquierda hacia una de las paredes de la barranca, que en ese momento se encuentra a oscuras. Le agradezco con una inclinación de cabeza, y dejo junto a sus pies cruzados un pequeño montón de sal cuidadosamente envuelto en papel.
Nos acercamos a la pared rocosa. Después de una revisión minuciosa, encontramos una grieta por la que penetramos con cuidado, arrastrándonos. El breve túnel se ensancha unos dos metros después de la boca de la cueva, mide unos 10 metros de largo, y serpentea subiendo, hasta que se abre a una cámara apenas iluminada por unas velas de sebo encendidas en un rincón alejado. Nos acercamos, pisando con cuidado la arena seca que cubre parte del piso de esta cámara, hasta un tosco altar tallado en la roca viva, atendido por tres indígenas que limpian y colocan flores y ofrendas de comida en diversas vasijas. Nos quedamos a unos cinco metros del altar, esperando.
Uno de los indígenas es nacido en Tlatelolco, tendrá unos cincuenta años, y lo conocimos hace tres días, mientras vendía patos cocidos en el mercado de Texcoco. Se llama Juan Matlatotolli (pájaro azul, en náhuatl). Viste camisa y calzón de manta; sus pies descalzos crujen al arrastrarse por la arena, acercándose con un sahumador, y nos rodea cubriéndonos de humo de copal, dandónos suaves golpes con un ramo de yerbas aromáticas. Luego nos invita a sentarnos. Guardamos silencio algunos minutos, sin saber por dónde empezar, qué preguntar primero. En el silencio casi se adivina el rumor de agua corriendo afuera de la cueva; quizás es sólo el rumor que hace la propia sangre al circular por el oído lo que provoca el espejismo. Los otros indígenas se han acercado, y se han sentado en silencio a su lado. Le hago una pregunta. Juan Matlatotolli ha encendido un cigarro con las brasas del copal, y empieza a hablar con una voz lenta, sin inflexiones, como si leyera algo presente atrás del humo que escapa de su boca.
Artículos tributados por Taxco y pueblos vecinos: cargas de maíz, miel virgen, cuencos de barro, copal (incienso), dos uniformes de guerra con escudos y cascos, mantas, tanto sencillas como labradas. (Matrícula de Tributos).
(RBM)-¿Cuál fue el primer signo de que se acercaban hombres extraños a estas tierras?¿Fueron avisos de otros habitantes de la costa, o lo adivinaron acaso, de algún modo?¿Es cierto que tuvieron varios presagios? ¿Cuáles fueron?
(Juan Matlatolli)-Primer presagio funesto: Diez años antes de venir los españoles primeramente se mostró un funesto presagio en el cielo. Una como espiga de fuego, una como llama de fuego, una como aurora: se mostraba como si estuviera goteando, como si estuviera punzando en el cielo.
Ancha de asiento, angosta de vértice. Bien al medio del cielo, bien al centro del cielo llegaba, bien al cielo estaba alcanzando.
Y de este modo se veía: allá en el oriente se mostraba: de este modo llegaba a la medianoche. Se manifestaba: estaba aún en el amanecer; hasta entonces la hacía desaparecer el Sol.
Y en el tiempo en que estaba apareciendo: por un año venia a mostrarse. Comenzó en el año 12 Casa.
Pues cuando se mostraba había alboroto general: se daban palmadas en los labios las gentes; había un gran azoro; hacían interminables comentarios.
Segundo presagio funesto: que sucedió aquí en México: por su propia cuenta se abrasó en llamas, se prendió en fuego: nadie tal vez le puso fuego, sino por su espontánea acción ardió la casa de Huitzilopochtli. Se llamaba su sitio divino, el sitio denominado " Tlacateccan" ("Casa de mando" ).
Se mostró: ya arden las columnas. De adentro salen acá las llamas de fuego, las lenguas de fuego, las llamaradas de fuego.
Rápidamente en extremo acabó el fuego todo el maderamen de la casa. Al momento hubo vocerío estruendoso; dicen: "¡Mexicanos, venid de prisa: se apagará! ¡Traed vuestros cántaros!..."Pero cuando le echaban agua, cuando intentaban apagarla, sólo se enardecía flameando más. No pudo apagarse: del todo ardió.
Tercer presagio funesto: Fue herido por un rayo un templo. Sólo de paja era: en donde se llama "Tzummulco". El templo de Xiuhtecuhtli. No llovía recio, solo lloviznaba levemente. Así, se tuvo por presagio; decían de este modo: "No más fue golpe de Sol." Tampoco se oyó el trueno.
Artículos tributados por Cihuatlán y pueblos vecinos: Concha nácar, cargas de algodón, cargas de flor de cacao, gran cantidad de manta sencillas (Matrícula de Tributos).
Termina de hablar y permanece en silencio. Sólo miramos el punto de luz que emana de la punta del cigarro, cuando pasa a las manos de otro de los indígenas.
-Y cuando los españoles fueron una realidad, cuando se presentaron en las costas, ¿qué contaron los mensajeros que fueron a su encuentro, a conocerlos?
José Acolmiztli (Fuerza de puma, en náhuatl), jardinero nacido en la antigua Tenochtitlán, 55 años. Empieza a hablar así, apartando el cigarro de su boca:
(José Acolmiztli)-Los mensajeros le dijeron a Motecuhzoma en que forma se habían ido a admirar y lo que estuvieron viendo, y cómo es la comida de aquéllos.
Y cuando él hubo oído lo que le comunicaron los enviados, mucho se espantó, mucho se admiró. Y le llamó a su asombroso en gran manera su alimento.
También mucho espanto le causó el oír cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos.
Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego, va destilando chispas, y el humo que de él sale, es muy pestilente, huele a lodo podrido, penetra hasta el cerebro causando molestia.
Pues si va a dar con un cerro, como que lo hiende, lo resquebraja, y si da contra un árbol, lo destroza hecho astillas, como si fuera algo admirable, cual si alguien le hubiera soplado desde el interior.
Sus aderezos de guerra son todos de hierro: hierro se visten, hierro ponen como capacete a sus cabezas, hierro son sus espadas, hierro sus arcos, hierro sus escudos, hierro sus lanzas.
Los soportan en sus lomos sus "venados". Tan altos están como los techos.
Por todas partes vienen envueltos sus cuerpos, solamente aparecen sus caras. Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo, aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es, también amarilla, el bigote también tienen amarillo. Son de pelo crespo y fino, un poco encarrujado.
En cuanto a sus alimentos, son como alimentos humanos: grandes, blancos, no pesados, cual si fueran paja. Cual madera de caña de maíz, y como de médula de caña de maíz es su sabor. Un poco dulces, un poco como enmielados: se comen como miel, son comida dulce.
Pues sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas: sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillo.
Sus panzas, ahuecadas, alargadas como angarilla, acanaladas.
Son muy fuertes y robustos, no están quietos, andan jadeando, andan con la lengua colgando. Manchados de color como tigres, con muchas manchas de colores.
Cuando hubo oído todo esto Motecuhzoma se llenó de grande temor y como que se le amorteció el corazón, se le encogió el corazón, se le abatió con la angustia.
Artículos tributados por Chalco y pueblos vecinos: Cargas de frijol y maíz, dos uniformes de guerra, con cascos y escudos, mantas de algodón sencillas (Matrícula de Tributos).
El humo del tabaco es intenso, muy fuerte. A pesar de que yo fumo, la fuerza de este tabaco me ha mareado. Ha de ser de un tipo diferente al tabaco comercial de mi época.
-¿Alguien de ustedes podría relatarme cómo fue en realidad, cómo fue que se dio la matanza del Templo Mayor?
Pedro CHimalpahin (El ágil corredor del escudo, en náhuatl) tlaxcalteca de 57 años, albañil y vecino actual del pueblo de Coatlinchán, inicia su relato, con la mirada perdida en el brillo de las velas de sebo:
(Pedro CHimalpahin)-Pues así las cosas mientras se está gozando de la fiesta, ya es el baile, ya es el canto, ya se enlaza un canto con otro, y los cantos son como un estruendo de olas, en ese preciso momento los españoles toman la determinación de matar a la gente. Luego vienen hacia acá, todos vienen en armas de guerra.
Vienen a cerrar las salidas, los pasos, las entradas: la Entrada del Águila, en el palacio menor; la de Acatl iyacapan (Punta de la Caña), la de Tezcacoac (Serpiente de espejos) . Y luego que hubieron cerrado, en todas ellas se apostaron: ya nadie pudo salir.
Dispuestas así las cosas, inmediatamente entran al Patio Sagrado para matar a la gente. Van a pie, llevan sus escudos de madera, y algunos los llevan de metal y sus espadas.
Inmediatamente cercan a los que bailan, se lanzan al lugar de los atabales: dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada.
Al momento todos acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas los hieren. A algunos les acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza: les rebanaron la cabeza, enteramente hecha trizas quedó su cabeza.
Pero a otros les dieron tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren en los muslos, a éstos en las pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra Y había algunos que aún en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos. Anhelosos de ponerse en salvo, no hallaban a dónde dirigirse.
Pues algunos intentaban salir: allí en la entrada los herían, los apuñalaban. Otros escalaban los muros; pero no pudieron salvarse. Otros se metieron en la casa común: allí sí se pusieron en salvo Otros se entremetieron entre los muertos, se fingieron muertos para escapar. Aparentando ser muertos, se salvaron. Pero si entonces alguno se ponía en pie, lo veían y lo acuchillaban.
La sangre de los guerreros cual si fuera agua corría: como agua que se ha encharcado y el hedor de la sangre se alzaba al aire, y de las entrañas que parecían arrastrarse.
Y los españoles andaban por doquiera en busca de las casas de la comunidad: por doquiera lanzaban estocadas, buscaban cosas: por si alguno estaba oculto allí; por doquiera anduvieron, todo lo escudriñaron. En las casas comunales por todas partes rebuscaron.
Artículos tributados por Tamazulapan y pueblos vecinos: Sartas de piedras preciosas, cuencos de oro en polvo, ceñidores, plumas ricas de ave, bolsas de grana (tinte), dos uniformes de guerra completos, mantas de varios tipos. (Matrícula de Tributos).
Mi fotógrafo –un fotógrafo inútil, sin permiso para usar la cámara- se adelanta a preguntar:
-¿Y la Noche Triste, cuando las fuerzas españolas y aliadas huyeron durante la noche de la ciudad?
Juan Matlatotolli recibe el cigarro, apenas le da una fumada y continúa su relato:
(Juan Matlatotolli)-Cuando hubo anochecido, cuando llegó la medianoche, salieron los españoles en compacta formación y también los tlaxcaltecas todos. Los españoles iban delante y los tlaxcaltecas los iban siguiendo, iban pegados a sus espaldas. Cual si fueran un muro se estrechaban con aquéllos.
Llevaban consigo puentes portátiles de madera: los fueron poniendo sobre los canales: sobre ellos iban pasando.
En aquella sazón estaba lloviendo, ligeramente como rocío, eran gotas ligeras, como cuando se riega, era una lluvia muy menuda.
Aun pudieron pasar los canales de Tecpantzinco, Tzapotlan, Atenchicalco. Pero cuando llegaron al de Mixcoatechialtitlan, que es el canal que se halla en cuarto lugar, fueron vistos: ya se van fuera.
Una mujer que sacaba agua los vio y al momento alzó el grito y dijo:
-Mexicanos . . . ¡Andad hacia acá: ya se van, ya van traspasando los canales vuestros enemigos! . . . ¡Se van a escondidas!...
Entonces gritó un hombre sobre el templo de Huitzilopochtli. Bien se difundió su grito sobre la gente, todo mundo oía su grito:
-Guerreros, capitanes, mexicanos . . . ¡Se van vuestros enemigos! Venid a perseguirlos. Con barcas defendidas con escudos . . . con todo el cuerpo en el camino.
Y cuando esto se oyó, luego un rumor se alza. Luego se ponen en plan de combate los que tienen barcas defendidas. Siguen, reman afanosos, azotan sus barcas, van dando fuertes remos a sus barcas. Se dirigen hacia Mictlantonco, hacia Macuiltlapilco.
Las barcas defendidas por escudos, por un lado y otro vienen a encontrarlos. Se lanzan contra ellos. Eran barcas guarnicionales de los de Tenochtitlan, eran barcas guarnicionales de los de Tlatelolco.
Otros también fueron a pie, se dirigieron rectamente a Nonohualco, encaminando hacia Tlacopan. Intentaban cortarles la retirada.
Entonces los que tripulaban las barcas defendidas por escudos, lanzaron sus dardos contra los españoles. De uno y de otro lado los dardos caían.
Pero los españoles también tiraban a los mexicanos. Lanzaban pasadores, y también tiros de arcabuz. De un lado y de otro había muertos. Eran tocados por las flechas los españoles, y eran tocados los tlaxcaltecas. Pero también eran tocados por los proyectiles los mexicanos.
Pues cuando los españoles hubieron llegado a Tlaltecayohuacan, en donde es el canal de los toltecas, fue como si se derrumbaran, como si desde un cerro se despeñaran. Todos allí se arrojaron, se dejaron ir al precipicio. Los de Tlaxcala, los de Tliliuhquitepec, y los españoles, y los de a caballo y algunas mujeres.
Pronto con ellos el canal quedó lleno, con ellos cegado quedó. Y aquellos que iban siguiendo, sobre los hombres, sobre los cuerpos, pasaron y salieron a la otra orilla.
Pero al llegar a Petlacalco en donde hay otro canal, en paz y quietamente lo pasaron sobre el puente portátil de madera.
Allí tomaron reposo, allí cobraron aliento, allí se sintieron hombres.
Y cuando hubieron llegado a Popotla amaneció, esclareció el cielo: allí, refrigerados ya, a lo lejos tenían combate.
Pero allí llegaron dando alaridos, hechos una bola en torno de ellos los mexicanos. Llegan a coger presos tlaxcaltecas y aún van matando españoles.
Pero también mexicanos mueren: gente de Tlatelolco. De una y de otra parte hubo muertos.
Hasta Tlacopan (Tacuba), los persiguen, hasta Tlacopan los echaron.
Pues en el tiempo en que los echaron, en Tlilyuhcan en Xócotl iyohuican, que es lo mismo que Xoxocotla, allí murió en la guerra Chimalpopoca el hijo de Motecuhzoma. Quedó traspasado, sobre él vino un tiro de ballesta.
También allí fue herido y en ese sitio murió Tlaltecatzin, príncipe tepaneca.
Era el que guiaba, el que dirigía, el que iba señalando y marcando los caminos a los españoles.
Luego de ahí vadearon el Tepzólatl, que es un riachuelo; pasaron al otro lado, vadearon el Tepzólatl y luego se remontaron al Acueco. Fueron a detenerse en Otoncalpulco. Su patio estaba defendido por una muralla de madera, tenían un muro de madera. Allí se refrigeraron, allí tomaron descanso, allí restauraron sus fuerzas y recobraron el aliento.
Luego que se alzó la aurora, cuando la luz relució, cuando estuvo claro el día, fueron acarreados los tlaxcaltecas todos, y los de Cempoala y los españoles que se habían despeñado en el canal de los toltecas, allá en Petlacalco o en Mictonco.
Fueron siendo llevados en canoas; entre los tules, allá en donde están los tules blancos los fueron a echar: no más los arrojaban, allá quedaron tendidos.
También arrojaron por allá a las mujeres (muertas): estaban desnudas enteramente, estaban amarillas; amarillas, pintadas de amarillo, estaban las mujeres.
A todos éstos desnudaron, les quitaron cuanto tenían: los echaron allá sin miramiento, los dejaron totalmente abandonados y desprovistos.
Pero a los españoles, en un lugar aparte los colocaron, los pusieron en hileras. Cual los blancos brotes de las cañas, como los brotes del maguey, como las espigas blancas de las cañas, así de blancos eran sus cuerpos.
También sacaron a los "ciervos" que soportan encima a los hombres: los dichos caballos.
Y cuanto ellos llevaban, cuanto era su carga, todo se hizo un montón, de todo se hicieron dueños. Si alguien en una cosa ponía los ojos, luego al momento la arrebataba. La hacía cosa propia, se la llevaba a cuestas, la conducía a su casa.
Allí en donde precisamente fue la mortandad, todo cuanto pudo hallarse se lo apropiaron, lo que en su miedo abandonaron (los españoles). También todas las armas de guerra allí fueron recogidas. Cañones, arcabuces, espadas y cuanto en el hondo se había precipitado, lo que allí había caído. Arcabuces, espadas, lanzas, albardas, arcos de metal, saetas de hierro.
También allí se lograron cascos de hierro, cotas y corazas de hierro; escudos de cuero, escudos metálicos, escudos de madera.
Y allí se logró oro en barras, discos de oro, y oro en polvo y collares de chalchihuites con dijes de oro.
Todo esto era sacado, era recogido de entre el agua, era rebuscado cuidadosamente. Unos buscaban con las manos, otros buscaban con los pies. Y los que iban por delante bien pudieron escapar, pero los que iban atrás todos cayeron al agua.
Artículos tributados por Soconusco y pueblos vecinos: madera para encender fuego, cuenco de barro, cargas de cacao en grano, pieles de jaguar, aves, plumas de diversos colores, piezas fundidas de oro, sartas de piedras preciosas (Matrícula de Tributos).
Tomo aire, escuchando los relatos terribles de muerte y destrucción, contados con una calma impersonal, como si narrasen fábulas de otras gentes; donde apenas se vislumbra al fondo de la voz un acento conmovido por los muertos.
-¿Y el sitio a México-Tenochtitlán, cómo se dio, cómo se combatió, cómo lo vieron los ojos indígenas?
José Acolmiztli saca de una bolsita un puño de maíz, y lo arroja con cuidado al suelo; luego se agacha con cuidado, y dice en voz baja, mientras mira la disposición de los granos en el suelo:
(José Acolmiztli)-Cuando así se hubo cegado el canal, ya marchan los españoles, cautelosamente van caminando: por delante va el pendón; van tañendo sus chirimías, van tocando sus tambores.
A su espalda van en fila los tlaxcaltecas todos, y todos los de los pueblos (aliados de los españoles). Los tlaxcaltecas se hacen muy valientes, mueven altivos sus cabezas, se dan palmadas sobre el pecho.
Van cantando ellos, pero también cantando están los mexicanos. De un lado y de otro se oyen cantos. Entonan los cantares que acaso recuerdan, y con sus cantos se envalentonan.
Cuando llegan a tierra seca, los guerreros mexicanos se agazapan, se pliegan a la tierra, se esconden y se hacen pequeños. Están en acecho esperando a qué horas alzarse deben, a qué horas han de oír el grito, el pregón de ponerse en pie.
Y se oyó el grito:
¡Mexicanos, ahora es cuando! . . .
Luego viene a ver las cosas el tlapaneca otomí Hecatzin; se lanza contra ellos y dice:
¡Guerreros de Tlatelolco, ahora es cuando! ¿Quiénes son esos salvajes? ¡Que se dejen venir acá! . . .
Y al momento derribó a un español, lo azotó contra el suelo. Y éste se arrojó contra él y también lo echó por tierra. Hizo lo que con él había aquél hecho primero. Pero (Hecatzin) lo volvió a derribar y luego vinieron otros a arrastrar a aquel español.
Hecho esto, los guerreros mexicanos vinieron a arrojarlo por allá. Los que habían estado recatados junto a la tierra, se fueron persiguiendo a los españoles por las calles.
Y los españoles, cuando los vieron, estaban meramente como si se hubieran embriagado.
Al momento comenzó la contienda para atrapar hombres. Fueron hechos prisioneros muchos de Tlaxcala, Acolhuacan, Chalco, Xochimilco. Hubo gran cosecha de cautivos, hubo gran cosecha de muertos.
Fueron persiguiendo por el agua a los españoles y a toda la gente (aliada suya).
Pues el camino se puso resbaloso, ya no se podía caminar por él; solamente se resbalaba uno, se deslizaba sobre el lodo. Los cautivos eran llevados a rastras.
Allí precisamente fue donde el pendón fue capturado, allí fue arrebatado. Los que lo ganaron fueron los de Tlatelolco. El sitio preciso en que lo capturaron fue en donde hoy se nombra San Martín. Pero no lo tuvieron en estima, ningún caso hicieron de él.
Otros (de los españoles) se pusieron en salvo. Fueron a retraerse y reposar allá por la costa de rumbo de Colhuacan, en la orilla del canal. Allá fueron a colocarse.
Pues ahora ya llevan los mexicanos a sus cautivos al rumbo de Yacacolco. Se va a toda carrera, y ellos resguardan a sus cautivos. Unos van llorando, otros van cantando, otros se van dando palmadas en la boca, como es costumbre en la guerra.
Cuando llegaron a Yacacolco, se les pone en hilera, en filas fueron puestos: uno a uno van subiendo al templete: allí se hace el sacrificio.
Fueron delante los españoles, ellos hicieron el principio. Y en seguida van en pos de ellos, los siguen todos los de los pueblos (aliados de ellos).
Cuando acabó el sacrificio de éstos, luego ensartaron en picas las cabezas de los españoles; también ensartaron las cabezas de los caballos. Pusieron éstas abajo, y sobre ellas las cabezas de los españoles. Las cabezas ensartadas están con la cara al sol.
Pero las cabezas de los pueblos aliados, no las ensartaron, ni las cabezas de gente de lejos.
Ahora bien, los españoles cautivados fueron cincuenta y tres y cuatro caballos.
Por todas partes estaban en guardia, había combates, y no se dejaba de vigilar. Por todos los rumbos nos cercaban los de Xochimilco en sus barcas. De un lado y de otro se hacían cautivos, de un lado y otro había muertos.
Y todo el pueblo estaba plenamente angustiado, padecía hambre, desfallecía de hambre. No bebían agua potable, agua limpia, sino que bebían agua de salitre. Muchos hombres murieron, murieron de resultas de la disentería.
Todo lo que se comía eran lagartijas, golondrinas, la envoltura de las mazorcas, la grama salitrosa. Andaban masticando semillas de colorín y andaban masticando lirios acuáticos, y relleno de construcción, y cuero y piel de venado. Lo asaban, lo requemaban, lo tostaban, lo chamuscaban y lo comían. Algunas yerbas ásperas y aun barro.
Nada hay como este tormento: tremendo es estar sitiado. Dominó totalmente el hambre.
Poco a poco nos fueron repegando a las paredes, poco a poco nos fueron haciendo ir retrocediendo.
Artículos tributados por Cuetlaxtécatl y pueblos vecinos: Sartas de piedras preciosas, piezas de oro dundido, cargas de cacao en grano, plumas ricas de ave, ceñidores, dos uniformes de guerra completos, cargas de mantas de diversos tipos (Matrícula de Tributos).
Pedro CHimalpahin camina hacia el altar. Entre el humo que se ha asentado, me parece distinguir varias efigies: una de San José, un San Isidro, una Virgen María, un Tláloc de retorcida nariz y agudos colmillos, una Cihuateteo, un Tezcatlipoca hecho de semillas de amaranto, adornado con abanicos de papel, con plumas de guacamayo, con cuentas de jade. Dándonos la espalda continúa hablando sin que sepamos de dónde viene en realidad su voz:
(Pedro CHimalpahin)-En dicho día, que era de San Hipólito Mártir, fueron hacia el rincón de los enemigos. Cortés por las calles, y Ixtlilxóchitl con Sandoval, que era el capitán de los bergantines, por agua, hacia una laguna pequeña, que tenía aviso Ixtlilxóchitl cómo el rey (Cuauhtémoc) estaba allí con mucha gente en las barcas. Fuéronse llegando hacia ellos.
Era cosa admirable ver a los mexicanos. La gente de guerra confusa y triste, arrimados a las paredes de las azoteas mirando su perdición; y los niños, viejos y mujeres llorando. Los señores y la gente noble, en las canoas con su rey, todos confusos.
Hecha la seña, los nuestros embistieron todos a un tiempo al rincón de los enemigos, y diéronse tanta prisa, que dentro de pocas horas le ganaron, sin que quedase cosa que fuese de parte de los enemigos; y los bergantines y canoas embistieron con las de éstos, y como no pudieron resistir a nuestros soldados echaron todas a huir por donde mejor pudieron, y los nuestros tras ellos. García de Olguín, capitán de un bergantín que tuvo aviso por un mexicano que tenía preso, de cómo la canoa que seguía era donde iba el rey, dio, tras ella hasta alcanzarla.
El rey Cuauhtémoc viendo que ya los enemigos los tenía cerca, mandó a los remeros llevasen la canoa hacia ellos para pelear; viéndose de esta manera, tomó su rodela y macana, y quiso embestir; mas viendo que era mucha la fuerza de los enemigos, que le amenazaban con sus ballestas y escopetas, se rindió.
García de Olguín lo llevó a Cortés, el cual lo recibió con mucha cortesía, al fin como a rey, y él echó mano al puñal de Cortés, y le dijo: ¡Ah capitán! ya yo he hecho todo mi poder para defender mi reino, y librarlo de vuestras manos; y pues no ha sido mi fortuna favorable, quitadme la vida, que será muy justo, y con esto acabaréis el reino mexicano, pues a mi ciudad y vasallos tenéis destruidos y muertos . . . Con otras razones muy lastimosas, que se enternecieron cuantos allí estaban, de ver a este príncipe en este lance.
Cortés le consoló, y le rogó que mandase a los suyos se rindiesen, el cual así lo hizo, y se subió por una torre alta, y les dijo a voces que se rindieran, pues ya estaban en poder de los enemigos. La gente de guerra, que sería hasta sesenta mil de ellos los que habían quedado, de los trescientos mil que eran de la parte de México, viendo a su rey dejaron las armas, y la gente más ilustre llegó a consolar a su rey.
Artículos tributados por Tlalcozahuitlán y pueblos vecinos: Uniformes de guerra completos , cascabeles de oro, oro en polvo, pepitas de oro, añil en polvo, miel virgen, mantas sencillas de algodón (Matrícula de Tributos).
Cuando levanto la vista del piso de la cueva, Juan Matlatotolli nos está mirando, por vez primera. Tiene una mirada antigua, un fulgor cálido a través de las arrugas que rodean sus ojos, una nota vibrante en la lengua que enreda el náhuatl en el castellano que fluye de sus labios:
(Juan Matlatotolli).-Y todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos, nosotros lo admiramos: con esta lamentosa y triste suerte nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo, pero
ni con escudos puede ser sostenida su soledad.
Hemos comido palos de colorín (eritrina),
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, lagartijas, ratones, tierra en polvo, gusanos . . .
Comimos la carne apenas sobre el fuego estaba puesta. Cuando estaba cocida la carne de allí la arrebataban, en el fuego mismo, la comían.
Se nos puso precio. Precio del joven, del sacerdote, del niño y de la doncella. Basta: de un pobre era el precio sólo dos puñados de maíz, sólo diez tortas de mosco; sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa.
Oro, jades, mantas ricas, plumajes de quetzal, todo eso que es precioso, en nada fue estimado.
Miguel León-Portilla – La visión de los vencidos.
Si te interesa saber más acerca de los códices precolombinos, te recomiendo este completísimo

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