Supongo que habrán visto las propagandas (en forma de discursos presidenciales, bajadas de línea de su séquito, o bien en lisos y llanos spots televisivos) sobre la bendición para la Argentina que supone militar políticamente. Pero no sólo en el kirchnerismo, sino también promueven el hacerlo hasta en las filas contrarias.
Una de las propagandas habituales que se ven en el intermedio de los partidos de Fútbol Para Todos (¡gracias jubilados!), dice que para hacer crecer a la Argentina, hay que militar en un partido (no importa en cuál, anuncian también), y que es la única manera de mejorar o discutir un mejor país . Esa propaganda también se ve en Paka-Paka, supuesto canal infantil que pretende implantar las mentiras oficiales ya desde edades tempranas. Sí, cosa ya aplicada por ese señor de bigotito que casi conquista el mundo hace poco más de medio siglo.
Uno, sabiendo que la señora de bigotito no puede decir nada que beneficie al país y su Democracia, se queda pensando en dónde está la trampa. Uno piensa que militar no es malo, pero marea el hecho de que un sistema que roza el fascismo alabe la militancia en cualquier partido. Entonces, uno piensa. Entonces, uno descubre.
La definición originaria de militar (no como sujeto), indica la participación activa y comprometida en líneas militares. Como antiguamente el militar (sujeto) lo hacía por opción, el militar (verbo) era la participación apasionada y vivaz de una persona en la carrera como soldado. Y digo soldado porque los grandes estrategas eran eso, conductores con cerebro, y no se identificaban como militantes. La militancia era la suma de gente que servía como carne de cañón, dispuesta a morir en primera línea de combate.
La militancia política no se diferencia mucho a la militar. Los militantes son los que deben moverse a dónde el estratega les señale, cueste lo que cueste (aunque aquí difiere del “estratega militar”, pues se necesita un conductor, no es necesario el cerebro; sí, tal vez, un poco de carisma). Y como también ocurre allí, los militantes son los que primero caen en la batalla, antes que las balas lleguen a los altos mandos. Tienen que seguir lo que les dicen, no pueden cuestionar el orden o filosofía de sus filas, deben seguir una cadena de mando, se sacrifican por una imagen distorsionada sobre el por qué luchan, y ganan una cuota de poder o percepción de cambio (sólo por pertenecer). Si comparamos ésta militancia política con un zombie, el zombie ganaría (éstos últimos tienen la ventaja de estar muertos al menos).
Con ese razonamiento básico, nos damos cuenta que la militancia no sirve para nadie, salvo para la propia cadena de poder. El militante suma poder al dueño de la cadena en varios frentes:
PODER DE VOTO: El militante siempre votará por su partido, porque se siente parte de él. El dueño de la cadena suma importancia y capacidad de presión democrática cuanto más adherentes tenga bajo su mando (mayores votantes = mayores votos).
PODER DE FUEGO: El militante participará en actos, marchas y escraches, ya sea por convencimiento ideológico puro o por ventaja económica del grupo con el que simpatiza. El alto mando ganará poder de puja en el terreno real, haciendo que su poderío se extienda más allá de lo político, rozando el plano delictivo (a veces, entrando de lleno). Si la cantidad de militantes de ambos puntos anteriores supera en cantidad a otros partidos, podrá manejar al país por completo (el que domine ambas campos, obtiene la victoria por cualquier vía).
PODER ECONÓMICO: Cuantos mayores votos tenga un partido, más dinero se le pagará en cada elección (cada voto suma dinero al partido votado, ¿sabía?), y mayor poder de presión tendrá ante grupos económicos, pudiendo ganar mayores favores directos (en metálico) o en especies (descuentos o mayor cuota para colocar productos de tal o cual empresa).
PODER CARISMÁTICO Y PROPAGANDÍSTICO: Cuando se tiene una gran cantidad de militantes, los planes dejan de tener importancia. Por más locos que suenen ciertos lineamientos o proyectos, más gente que la propia se sumará y lo votarán porque “tanta gente no puede equivocarse, ¡mirá todos los que son!”. El agregado de grandes personalidades (deportistas, actrices, etc.) al aparato militante, refuerza en gran medida este punto. Ésto hace que también sea más económica la propaganda, ya que la palabra difundida por los militantes puede ser tan buena como la mejor de las propagandas televisivas.
PODER DE PODER: El superar en número de militantes a otros partidos, hace que se gane un poder contra el que nadie querrá meterse (ya sea en el terreno legal o el real). Y ese “mantener a raya” a cualquier opositor (alineado o no con otros partidos), hace que se pueda manejar un país como se quiera. Como hemos visto, ni siquiera los jueces quieren meterse con ellos.
Queda claro que la militancia no es benévola para el país. De hecho, salvo para el propio partido, no creo que haya un beneficiado en el militar. Los zombies políticos piensan que sirven para una cosa, pero la cadena de mando los usa para otra muy distinta. Y como el voto de un zombie vale lo mismo que el de una persona que necesita de proyectos lógicos, compromiso político y una mejora para toda Argentina, la idea obvia es armar un sistema para zombies para que traigan más zombies militantes. Es más fácil, más barato y más efectivo. Hoy no se necesitan estadistas, se necesitan populistas.
Sentando en firme el propósito real del militante, sólo quedaría saber por qué el kirchnerismo se empeña en pedir que militen “para cualquier partido político”. Y las respuestas tampoco tardan en llegar:
Porque saben que en el reparto, siempre terminarán engrosando más sus filas que aportar a las contrarias. Sabiendo que el kirchnerismo tiene más militantes y punteros que el resto, la propaganda ingresa más nuevos zombies al sistema propio que al de los demás. Adicionalmente, al decir que deben “militar en cualquier partido”, dan la sensación de ser abiertos políticamente, y esa ilusión de compromiso y aceptación ayuda a contabilizar en el propio campo.
Porque se aúnan a las personas en sistemas conocidos. Avalando la militancia, se reúne a todo el arco opositor en un puñado de partidos. De esa forma, ya no importa el abanico completo de ideologías, sino aquellas ideas que se encuentran representadas bajo una bandera política acotada (y conocida).
Porque los enemigos pasan a ser únicos. Sumado al punto anterior, sirve para tener un mejor blanco a la hora de los ataques o consensos. Si el malo es el partido B, se apunta a ese partido y ya, sin tener que lidiar con una amplitud opositora que sería difícil de identificar.
Porque se evitan posibles problemas fuera de sistema que no puedan controlar. Adoptando a personas dentro de un sistema de militancia zombie, se evita el peligro de otros mecanismos no conocidos (o temidos) que puedan hacer peligrar su ideología o ejecución del poder. El levantamiento del pueblo que sacó a De La Rúa, la toma del poder por parte de los militares y hasta el cacerolazo nacional que sufrió en carne propia, ocurrieron fuera del sistema y en contra del sistema. Llamando a la militancia, el descontento dejaría de ser peligroso, pues sólo engrosaría un número divisible por todos los partidos opositores (una cifra estadísticamente despreciable).
Porque se desvirtúa la discusión sobre la forma de hacer política o se desestiman los proyectos para un mejor país. Como dije en el anterior post, es muy común que ante una propuesta de cambio, la respuesta sea “y bueno, ¡hacé política o militá!”. Las críticas o ideas nuevas son parte del humano y de su ejercicio del civismo, nada tienen que ver con la política (y menos con la militancia representativa de una parte de ella); y eso sin olvidar que ver un problema no nos pone en la obligación de encontrar una solución. Convenciendo al público de que la militancia es buena, no sólo los ayuda a sumar partidarios, sino que acallan los reclamos e ideas (principalmente las que no se ajustan al sistema). Opositores o no, todos los partidos corren con ciertas bases que no pueden ser debatidas. Y como el sistema no se puede debatir desde dentro del sistema…
Porque les permiten absorber otros sistemas de militancia e incluirlos en el propio. Es común ver que tal o cual partido chico se disuelve y sus militantes pasan íntegramente a otro partido. De esa forma, llamando a la militancia también se apuesta al futuro propio, ya que los partidos chicos que no pueden ganar la pulseada y tienen algún punto en común con el kirchnerismo, evidentemente van a ser absorbidos por éste úlitmo.
Porque, ante mayoría de militantes, pueden usar subsistemas de militancia de otros partidos. Cuando un poder militante es mayoritario, otros querrán sumarse al éxito para recibir casi los mismos beneficios que estando en el kirchnerismo. Entonces, con el llamado a la militancia, también se aumenta la probabilidad de sacar ventaja del sistema, aún cuando ni siquiera pertenezcan al partido de uno. Y no contemos con los partidos chicos armados especialmente por el kirchnerismo, aunque con otros vestidos externos. De esa forma, se aparenta una independencia sobre el resto, nuevas ideas, pero mismo destino militante.
Porque todo se dirimiría anticipadamente. Si se piensa sacar un nuevo proyecto, se sabrá quiénes lo apoyarán y quiénes no, conociendo el número de adherentes y opositores al detalle, sabiendo hasta dónde deben hacer tratos para que se aprueben o si es imposible tratar. No hay “no sabe, no contesta”, porque cada partido tiene sus lineamientos que acatarán todos su militantes.
Lo peor de todo es que la militancia sigue siendo pintada como institución benéfica para el país, inclusive entre los mismos opositores al kirchnerismo. Las razones son las mismas, pero habría que ponerles el “pretenden” delante de cada sentencia, porque siguen soñando que pueden ganarle al kirchnerismo con el mismo sistema de poder y, de esa forma, después captar los militantes huérfanos para incorporarlos a los propios. Así, el famoso “relevo del poder” no es más que un cambio de carnet, con los mismos militantes y las mismas ideas. Como se decía en mi barrio, “misma mierda pero con distinto olor”.