Estamos probablemente en los albores de uno de los descubrimientos más importantes de la historia del ajedrez: su utilidad en la prevención del mal de Alzheimer y enfermedades similares. Si se confirmasen los indicios del estudio del Hospital Clínico de Valencia, los poderes públicos de todos los países estarían moralmente obligados a fomentar el ajedrez. Y si hablamos de prevenir una enfermedad que se manifiesta en la vejez, ello implica a toda la población, infantil y adulta, de ambos sexos.
La neuropsicóloga Isabel de la Fuente es uno de los doctores que han realizado el citado estudio con 120 personas; su edad estaba entre 55 y 87 años, pero el 75% de ellas tenían entre 65 y 79. Se dividieron en dos grupos de 60 personas, casi todas principiantes en ajedrez; uno recibió clases de ajedrez de hora y media semanal durante un año; el otro asistió a otros cursos, pero no de ajedrez; ambos pasaron pruebas psicotécnicas antes, durante y después de los cursos. En el grupo de nuevos ajedrecistas, el 65% vio aumentado su rendimiento cognitivo; en el otro no hubo mejoría. Y hay dos matices importantes: 1) Quienes tenían mayores capacidades espaciales antes de la prueba fueron precisamente quienes menos mejoraron; 2) Lo normal en la vejez es que el rendimiento cerebral baje cada año, y en este caso subió. De la Fuente explicó todo ello profusamente en el hotel Deloix de Benidorm, durante su conferencia paralela al torneo abierto, subrayando que son conclusiones provisionales; las definitivas, con muchos más detalles, se conocerán en las próximas semanas.
Experimentos sobre el movimiento de los ojos con grandes maestros (aquí Andras Adorjan y Helmut Pfleger)
Estos datos confirman una deducción lógica. El Alzheimer ataca en su primera fase algunas funciones que dependen de la corteza cerebral, como la memoria y la concentración. Ambas se desarrollan mucho con la práctica del ajedrez. Por tanto, la práctica frecuente del ajedrez previene el Alzheimer. Sin embargo, no todo es de color de rosa en este asunto porque sabemos muy poco sobre el Alzheimer. En consecuencia, un experimento realizado con 120 personas durante un año no es una prueba científica contundente, sólo un indicio. Para que la conclusión fuera universalmente aceptada se necesitaría estudiar a miles de personas durante más de diez años y eso costaría mucho dinero.
Pero se me ocurre que hay otro camino, basado en una percepción personal: no conozco a ningún ajedrecista que sufra Alzheimer o que conozca a otro que lo sufra. Claro que esta senda también tiene obstáculos: si se hiciera una encuesta entre miles de ajedrecistas, las respuestas serían poco creíbles porque a todo ajedrecista le interesa que su deporte sea declarado de gran interés social. Tal vez se podría revisar el censo de los fallecidos por Alzheimer, investigando qué porcentaje de ellos fueron ajedrecistas. Mientras alguien pone el dinero y los medios para hacer eso, no estaría mal que todos los lectores que conozcan algún ajedrecista con Alzheimer u otra enfermedad similar envíen un correo electrónico a JAQUE, dando todos los detalles que puedan (no es imprescindible que den el nombre del paciente) Sería un primer paso interesante en un asunto sumamente importante.