Los argentinos con un alambre y una tenaza somos capaces de poner en funcionamiento cualquier cosa. Desde un problema en el auto hasta una perdida en el baño.
Somos prácticos, poseemos un alma resolutiva. En la vida nos comportamos de similar manera, tenemos una sensación interna de omnipotencia que nos da seguridad a la hora de emprender pero que sin embargo nos abandona en el momento de sostenerlo a largo plazo.
La improvisación es una característica a corto plazo, un brote inspirativo que no halla fundamento a posteriori.
No es casualidad que utilicemos frases del tipo “emparchado para siempre”, “es para salir del paso”, “lo vemos sobre la marcha” o el “después vemos”. Creo que detrás de esas frases hay verdaderamente algo que puja por ser revelado. Sabemos que esta emparchado y también sabemos que hasta que no se rompa nuevamente no vamos a hacer nada al respecto. Sabemos que la solución que encontramos para este “ahora” va a representar un nuevo problema para el “después”, pero sin embargo actuamos como si estuviera resuelto y al viejo problema al que se le salió el parche lo vemos como una nueva posibilidad de aplicar nuestra maña argentina.
Procrastinamos indefinidamente y nunca cerramos los círculos, siempre vemos cerca como si tuviéramos una miopía congénita. Nos espantamos de las grandes construcciones sin reparar en que fueron echas ladrillo a ladrillo, bloque a bloque.
Somos así en todos los ámbitos, desde comprar el lavarropas en 48 cuotas sin saber el interés y todo porque la cuota es “barata” a el pago de la deuda externa.
Nos vanagloriamos del triunfo aparente por un rato y nos lamentamos luego cuando la realidad nos impone el cumplimiento de lo pactado desde la mera impulsividad. Es ahí donde nuestra capacidad improvisativa tiene otra “idea”, mas acotada que la originaria y mas esclavizadora después.
¿A quien se le ocurriría sacar un préstamo en el banco X para pagar las cuotas atrasadas en el banco Y? Si, acertaste, a un argentino.
Quizás esto este instalado en el Habitus colectivo, pero la única manera de poder transformarlo es pensándolo, desentramando lo que hay de oculto en la negación.
Somos prácticos, poseemos un alma resolutiva. En la vida nos comportamos de similar manera, tenemos una sensación interna de omnipotencia que nos da seguridad a la hora de emprender pero que sin embargo nos abandona en el momento de sostenerlo a largo plazo.
La improvisación es una característica a corto plazo, un brote inspirativo que no halla fundamento a posteriori.
No es casualidad que utilicemos frases del tipo “emparchado para siempre”, “es para salir del paso”, “lo vemos sobre la marcha” o el “después vemos”. Creo que detrás de esas frases hay verdaderamente algo que puja por ser revelado. Sabemos que esta emparchado y también sabemos que hasta que no se rompa nuevamente no vamos a hacer nada al respecto. Sabemos que la solución que encontramos para este “ahora” va a representar un nuevo problema para el “después”, pero sin embargo actuamos como si estuviera resuelto y al viejo problema al que se le salió el parche lo vemos como una nueva posibilidad de aplicar nuestra maña argentina.
Procrastinamos indefinidamente y nunca cerramos los círculos, siempre vemos cerca como si tuviéramos una miopía congénita. Nos espantamos de las grandes construcciones sin reparar en que fueron echas ladrillo a ladrillo, bloque a bloque.
Somos así en todos los ámbitos, desde comprar el lavarropas en 48 cuotas sin saber el interés y todo porque la cuota es “barata” a el pago de la deuda externa.
Nos vanagloriamos del triunfo aparente por un rato y nos lamentamos luego cuando la realidad nos impone el cumplimiento de lo pactado desde la mera impulsividad. Es ahí donde nuestra capacidad improvisativa tiene otra “idea”, mas acotada que la originaria y mas esclavizadora después.
¿A quien se le ocurriría sacar un préstamo en el banco X para pagar las cuotas atrasadas en el banco Y? Si, acertaste, a un argentino.
Quizás esto este instalado en el Habitus colectivo, pero la única manera de poder transformarlo es pensándolo, desentramando lo que hay de oculto en la negación.