InicioApuntes Y Monografias"Lluvia Brillante" - Mil años de sueños
Un pequeño cuento sacado del juego "Lost Odyssey"

Mil años de sueños es como se denomina a los recuerdos de Kaim, el protagonista de la historia que siendo inmortal ha olvidado todo su pasado, el cual va recordando mediante pequeñas visiones que aparecen en momentos determinados de la partida, dichos sucesos no tienen nada que ver con la historia principal pero absolutamente todos muestran la durezca de la vida y que ser inmortal es más bien un castigo y no una bendición.

Esta es una de las tantas historias que tiene este juego, espero que les guste

Les dejo el vídeo:




Y en formato texto, aunque yo les recomiendo ver el vídeo

"Lluvia Brillante"

- La lluvia brillante empezará pronto – dice el chico, señalando al mar.
- ¿La lluvia brillante? – pregunta Kaim.
- Pues sí. Ocurre todas las noches, allí a lo lejos – dice con una sonrisa despreocupada – Es muy bonita.
- Lluvia brillante, ¿eh?
- Sí. Si quieres puedes verla conmigo esta noche. Es muy bonita, de verdad.

En sus diez años de vida el chico nunca ha salido de la isla. La isla es pequeña y pobre, la única forma de ganarse la vida es pescando en canoa o recogiendo frutas silvestres. Un monótono día tras otro, los isleños se levantan al amanecer y duermen bajo un cielo estrellado. El chico no comprende que esta es la mayor felicidad de todas.

El niño empieza a hablar con Kaim, que se vuelve en su dirección. Agachado en la playa a la luz de la luna, el chico parece de perfil una exquisita escultura de chocolate.

- Allí, donde cae la lluvia brillante, eso es una gran isla, ¿verdad? Lo sé todo sobre ella. Esa isla es mucho mayor que esta y pasan un montón de cosas y está llena de cosas brillantes y bonitas y la comida es mucho mejor de lo que se puede imaginar. ¿verdad? No te preocupes, lo sé todo sobre ella.

Kaim no dice nada, pero sonríe al niño con tristeza. Más allá del horizonte hay una gran isla, en realidad un inmenso continente. Kaim estuvo allí hasta hace cuatro días. Después, mecido en la bodega de un carguero durante tres días y tres noches, cruzó el mar hasta esta isla.

- Lo sé todo sobre ella, pero nunca la he visto – dice el niño bajando la voz. Ladea la cabeza, desviando la luz de la luna de su cara. Su piel marrón se funde con la oscuridad.
- ¿Te gustaría ir allí? – pregunta Kaim.
- Claro que sí – responde el chico sin dudar –. Aquí todos los niños quieren ir.
- Supongo que todos dejan la isla.
- Claro. Tanto chicos como chicas. En cuanto tienen edad para trabajar, se van al “otro país”. Yo también, dentro de chico años…estaré listo. Entonces cogeré el barco en el que tú has venido e iré al otro país, trabajaré duro y comeré montones de cosas ricas.

El niño levanta la cara de nuevo. Sus ojos brillan, fijos en el océano. Están llenos de esperanzas y sueños.

Pero no sabe nada del “otro país”. Nunca sabrá nada de él mientras siga aquí.
Ninguno de los jóvenes que cruzaron el mar, con los ojos brillantes por las esperanzas los sueños como los del chico, regresó nunca.

- Claro que no – diría el chico –. El otro país es mucho más divertido, volver no sirve de nada.

El niño cree en la felicidad que le espera en el otro país del que no conoce nada. Solo cuando deja la isla aprende la gente morena que su piel es diferente de la piel de la gente del otro país.

Que el idioma de la isla no sirve en el otro país.

Que la gente del otro país mira fríamente a los isleños.

Que el único modo de conocer gente con la misma piel morena, el mismo idioma y el mismo lugar de nacimiento es ir al gueto de gente de la isla que hay en la ciudad. Las primeras palabras del idioma del otro país que el chico aprendería seguro serían las que la gente del otro país utiliza para la gente como él: inmigrante ilegal.

Para cuando las aprendiera, estaría dando tumbos por la colina hacia el gueto. El niño se aleja corriendo de la playa y vuelve unos minutos después con un puñado inmenso de fruta. Dice que crecen donde el viento del océano se encuentra con el viento de las montañas.

- Están mejor las noches de luna llena. Vamos, pruébalas.

Limpia una pieza de fruta con su gastada camisa y se la da a Kaim.

- ¿Cómo las llamáis? – pregunta Kaim.
- Tienen un nombre raro, te hará mucha gracia: “grano de la felicidad”.
- Bonito nombre.

Kaim muerde un grano de la felicidad. Tiene la forma de una manzana del otro país, pero es dos veces más pequeña y mucho más llena de jugosa dulzura.

- Sabe genial – dice Kaim.
- ¿De verdad te gusta? Me alegro – dice el niño con una sonrisa, pero pronto vuelve a dejar caer la cabeza y a suspirar.
- A mí también me gustan mucho – dice el chico –, pero apuesto a que el otro país tiene todo tipo de cosas mejores que esta. ¿Verdad?

Kaim no le responde y da otro bocado al grano de la felicidad. El chico tiene razón: en el otro país hay montones de comidas mucho más deliciosas que estos granos de la felicidad.

O, para ser precisos, había.

Sin embargo, el otro país se ha convertido ahora en un campo de batalla. La guerra comenzó hace seis meses. Fue entonces cuando el niño empezó a ver la “lluvia brillante” cada noche. La prosperidad del “otro país” es extrema. La felicidad más relumbrante allí está disponible para cualquier que tenga suficiente dinero, y el dinero allí está disponible sin restricción para cualquiera que tenga suficiente poder.

El poder da la razón.

La riqueza da la valía.

Aquellos que no tienen ni poder ni riqueza obtienen razón y valía buscando a otros más débiles y pobres que ellos, despreciándolos y persiguiéndolos. La gente de la isla, cuyo idioma y color de piel es diferente de la del otro país, son vistos como la sombra del otro país. Aunque no es una sombra que se forme porque haya luz.

La propia existencia de la sombra es lo que hace más brillante a la luz. Este es el único modo en que saben pensar los habitantes del otro país. Sin embargo, con el tiempo, la fuerza alcanza un punto de saturación, la riqueza que ha seguido su curso empieza a estancarse y la expansión es la única solución. Los deseos solo pueden cumplirse mediante una inflación continua. Para que el otro país siga siendo fuerte y los ricos sigan siendo ricos, los líderes del otro país declararon la guerra al país vecino.

- Ahora en cualquier momento – dice el chico mirando al mar de nuevo con una risa despreocupada –, la lluvia brillante empezará a caer, a lo lejos, sobre el mar. Se supone que la guerra iba a terminar rápido. Todos en el otro país creían que con su riqueza y fuerza aplastante sería fácil hacer que el país vecino se postrara. Por supuesto, al principio la guerra fue según lo planeado. Las zonas ocupadas crecían día tras día y la euforia reinaba entre todos los habitantes del otro país. Sin embargo, uno tras otro los países de los alrededores se pusieron de parte de país vecino; postura lógica, ya que si el país vecino caía, ellos mismos podrían ser el siguiente objetivo del otro país. Toda la estrategia diplomática del otro país fracasó, como era natural: ningún país del mundo querría aliarse con un país que solo sabía hacer alarde de su riqueza y poder.

Se organizó una fuerza aliada del país vecino. Juntos, los países vecinos querían rodear y cercar el otro país. Zonas limitadas de combate veían avanzar y retroceder a las tropas una y otra vez, mientras que las riquezas y el poder del otro país se consumían poco a poco. La repulsa por la guerra empezó a extenderse entre la población y, como respuesta, los militares empezaron a circular propaganda falsa:

La situación se desarrolla a nuestro favor.

Nuestro ejército ha vuelto a aplastar a las tropas enemigas.

La verdad era que los territorios ocupados estaban siendo recapturados uno tras otro y que ahora las fuerzas aliadas estaban cruzando la frontera para luchar dentro del territorio del otro país.

En respuesta al insensato ataque enemigo, nuestros decididos combatientes han lanzado un contraataque y aniquilado sus fuerzas.

El día en que cantaremos victoria está cerca.

Detener la guerra no era una opción. Admitir la derrota no era una opción. La gente había creído que la riqueza y el poder permitirían controlar todo, pero ahora conocían el terror de perder ambos. A las fuerzas aliadas se les unió un poderoso partidario. Un fuerte imperio que ejercía autoridad sobre la parte norte del continente se unió a la batalla con la intención de terminar lo que los vecinos habían comenzado, y aplastar al otro país de una vez por todas.

Pero el poderoso imperio no se conformaba solo con destruir a una nación advenediza y se volvió con su impresionante poderío militar contra las fuerzas aliadas. Como había hecho tantas veces en su historia, aprovechó de su choque con los países vecinos para expandir su propio poder.

Al haber perdido a sus líderes y al haberse convertido en un páramo hasta donde alcanza la vista, el otro país se convirtió en el nuevo campo de batalla.

Superado en número, el ejército aliado contrató mercenarios de otro continente.
Kaim era uno de ellos.

Durante muchos días participó en una batalla perdida en la que no había forma de decir qué bando luchaba por lo correcto. Después de que exterminaran a su unidad de mercenarios, Kaim se dirigió al puerto. La isla del chico ha mantenido una posición neutral durante la guerra. No podría hacer otra cosa, dado su reducido tamaño. Carece de la capacidad de combate para participar en la batalla y no tiene riquezas que atraigan la atención de los países vecinos en lucha.

Pero Kaim sabe lo que pasará.

Cuando las líneas de combate se extiendan, esta isla será valiosa como punto estratégico militar. Un bando o el otro ocupará la isla y bien construirá una base, bien reducirá a cenizas la isla entera para evitar que el enemigo saque partido de ella. Esto no ocurrirá en un futuro distante. Como muy tarde, ocurrirá dentro de unas pocas semanas, y como muy pronto quizás dentro de dos o tres días…

Kaim ha venido a la isla para transmitir este mensaje.

Para decirle a la gente que todos los que puedan deberían embarcarse mañana en el ferry de la mañana para ir a la isla cercana.

Quiere empezar enviando a los niños.

Espera no tener que volver a ver nunca la tragedia de jóvenes vidas aplastadas como insectos.

- ¡Mira! ¡Ahí va! – grita el niño con felicidad señalando al horizonte –. ¡Es la lluvia brillante!

A lo lejos en el mar, un brillo blanco tiñe el cielo nocturno. El poderoso imperio ha comenzado los bombardeos nocturnos. El niño no tiene ni idea de lo que es en realidad la lluvia brillante. La mira con ojos centelleantes y murmura:

- Seguro que vista desde lejos, la lluvia brillante es genuinamente bella, como un millón de estrellas fugaces que cruzan el cielo al unísono.

Pero solo vista desde lejos.

Un ruido sordo apagado resuena en el cielo. Otro ruido apagado, y otro y otro.

- ¿Truenos? Vaya, si llueve no podremos ir a pescar mañana – dice el niño con una sonrisa encogiéndose de hombros.

Kaim piensa que es un chico muy amistoso. El niño lo había visto en la orilla y le había hablado sin dudar. Tras preguntarle si era un viajero, había seguido hablando con él como un viejo amigo. Kaim quiere que los niños como este sean los primeros en subir al ferry de mañana.

- Me voy a casa – dice el niño –. ¿Qué vas a hacer?
- Oh, creo que echaré un sueño bajo un árbol.
- Puedes dormir en nuestro granero. ¿Por qué no pasas allí la noche?
- Gracias – dice Kaim –, pero quiero mirar el mar un poco más.
- Aunque mañana me gustaría que me enseñaras esto.
- Lo pillo. Quieres ver al jefe del pueblo. Conozco un atajo a través de los bosques, justo allí.

Kaim espera convencer al jefe del pueblo de que evacue la isla. Si actúan enseguida, pueden lograrlo. Pueden salvar a muchos isleños.

- Pero…

El chico se pone de pie, se sacude la arena de sus pantalones y mira al cielo de forma inquisitiva.

- Qué raro – dice –, suena diferente de los truenos.

Los ruidos apagados continúan sin cesar. Poco a poco se acercan.
Kaim sacude la cabeza hacia arriba y grita al chico: – ¡Al bosque! ¡Corre al bosque!
- ¿Qué…?
- ¡Deprisa!

Su voz queda apagada por el estruendo ensordecedor de las ametralladoras. La lluvia brillante ha empezado. La isla se ha convertido en un objetivo mucho antes de lo que Kaim imaginaba.

- ¡Deprisa! – grita Kaim mientras agarra la mano del niño.

El bosque es la única esperanza del niño.

- ¡Oye, espera un momento! – grita el niño, soltándose de Kaim y mirando al cielo.
- ¡Es la lluvia brillante! ¡Ahora cae aquí también! ¡Guau! ¡Qué pasada!

Bailando de alegría, el niño echa a correr hacia la playa, hasta que queda bañado de pies a cabeza por la lluvia brillante. Una sola noche de bombardeos es todo lo que hace falta para reducir la isla a cenizas. Sin haber comprendido jamás el valor de la felicidad que poseían, sin haber sabido jamás que les habían arrebatado esa felicidad en el transcurso de la noche, la gente que llenaba la isla con sus vidas hasta esa noche ya no está por la mañana; todos están muertos salvo uno: el inmortal Kaim.

El único sonido de la playa al amanecer es el de las olas.

Sin duda, hoy otra vez, la guerra urbana diezmará las calles, y esta noche, la lluvia brillante volverá a caer sobre la ciudad. El chico que decía que la lluvia era bella nunca volverá a abrir los ojos con asombro. Kaim pone el cuerpo del chico en una pequeña canoa que ha sobrevivido a las llamas. Coloca un grano de la felicidad maduro sobre el pecho del niño y cruza los brazos sobre él, con la esperanza de que sacie su sed en el largo camino hacia el cielo. Pone la canoa en el agua y la empuja hacia mar abierto.

Mecido por las olas, el bote se desliza lejos de la orilla por la marea que se retira. Ese chico tan amistoso sonríe incluso en la muerte. Quizás es el regalo que los dioses pudieron otorgarle.

El chico parte de viaje.

Kaim ruega que nunca llegue a ese otro país.

O a cualquier país.

Kaim lo sabe: no hay lugar que esté libre para siempre de la lluvia brillante. Y saberlo le hace derramar lágrimas por el chico. La lluvia cae sobre su corazón: fría, triste y silenciosa lluvia. Vacío de bombarderos, el cielo es azul, ancho y bello hasta la exasperación.
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