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Lluvia de fuego- cuento

Arte2/2/2011

Estaba despertando cuando logré apreciar los últimos rayos del sol que acariciaban mi rostro, estaba atardeciendo, no tenía idea de la hora, ni quería tenerla. A duras penas pude despegar las suaves sábanas de mi fatigoso cuerpo. Tan agotada me encontraba... había trabajado toda la noche. Esa noche más que nunca, pues se acercaba la navidad y todas las personas se sentían miserables, y tan vacías por dentro que necesitaban ahogar sus penas con unos tragos. No había mejor lugar para ello que “mi pequeño castillo”.Como era costumbre, se hacía la limpieza de los cuartos a las tres de la tarde, antes de que llegaran los primeros clientes, estos primeros eran, casi siempre los últimos en irse. “Mis princesas”, las meretrices más cotizadas de la ciudad, aparecían sólo cuando arribaban los clientes más prestigiosos, los que podían gastar más de la cuenta con ellas. Las niñas más jóvenes eran reservadas para los muchachos que venían por primera vez, para adquirir experiencia necesitaban practicar más. Ellos precisaban, mejor dicho ansiaban hacerse hombres a muy temprana edad.
A las mujeres que llevaban experiencia encima no les importaba mucho la clasificación de los clientes, con que abonaran su tarifa era suficiente.
Varias veces sucedió que por no fijarse a quién metían en los cuartos resultamos perjudicadas. Pero la suerte, afortunadamente siempre estuvo de nuestro lado.
Ni a mí, ni a mis empleadas nunca nos faltó el pan de cada día. Hasta llegamos a juntar una pequeña fortuna con la cual habíamos pagado a las modistas por los nuevos vestidos, y también habíamos comprado perfumes deliciosos y buena lencería. Siempre he dicho que la apariencia y la pulcritud están por encima de todo. Aunque a veces no haya recursos no hay nada más preciado para nosotras que un buen baño de esencias y pétalos de rosas.
Sin darme cuenta la hora pasó volando. Bajé a preparar el show de las florcitas. Ya no me necesitaban, estaban todas listas para empezar. Como es habitual, “las princesitas” pasaron al salón principal, los clientes más destacados estaban arribando.
Estaba ahogándome, me sentí sofocada, el humo de los cigarros no me dejaba respirar. Subí hasta la azotea para tomar aire. Pude recuperarme después de unos minutos. Miré el cielo, la luna estaba tan hermosa, tan clara se la veía, parecía que podía alcanzarla con las manos y acariciarla. Pero algo me llamó la atención en la inmensidad.
Las estrellas, en pleno verano son tan claras como el agua, pero no lograba ver ninguna, el cielo estaba totalmente despejado.
Noté a lo lejos unos pequeños puntos rojos, que al cabo de unos segundos se hicieron notar en el firmamento. Parecían crecer a cada instante. Estrellas fugaces, pensé, de inmediato me propuse pedir un deseo, pero fui interrumpida por un espantoso estruendo, un disparo creí haber escuchado.
Dirigí la mirada sobre una casa que se hacía notar desde lejos. Desde ese lugar provenía ese ruido, me di cuanta de que era la casa de un traficante muy famoso en la ciudad. -De seguro ha de ser una pelea entre magnates que se disputan una mujer o simplemente por territorio- me dije. Despreocupada, pero aturdida aún, volví a ingresar a “mi pequeño castillo”.
Las niñas cumplían exitosamente con su trabajo. Esa noche tuvimos una buena recaudación, ya que estuvieron presentes una docena de prestigiosos clientes, los cuales dejaron jugosas propinas.
Merecidamente nos regalamos hermosos vestidos y aceites aromáticos para dar masajes a los clientes adinerados.
Al despertar luego de una pequeña siesta sentí una presión en el pecho, me asomé al balcón. Todo estaba a oscuras, me pregunté si había dormido tanto, pero los relojes de de mi cuarto y del pasillo indicaban que eran las tres y media de la tarde. No podía creerlo...
Desperté a todas las muchachas, preguntando ansiosa si eran las tres. No entendíamos nada tratamos de buscar alguna razón lógica, aunque no logramos hallarla. Nos tranquilizamos un poco cuando el cielo empezó a aclararse, siendo ya las ocho de la noche. Sin embargo no nos dimos cuanta de que ya debía anochecer.
La desesperación acabó por invadirnos. No eran sólo nuestros relojes los que parecían enloquecidos. Por alguna razón los clientes no legaban. Resolvimos salir a la calle a consultar a los vecinos, fue inútil, nadie supo respondernos.
De la nada apareció un vagabundo corriendo por las calles, gritando alterado que el mafioso más importante de la ciudad había muerto misteriosamente. Se lo había encontrado carbonizado en el jardín. -Tal vez había sido alcanzado por alguna especie rayo perdido- comentamos.
En ese preciso instante empezaron a brotar, a nacer del suelo hierbas venenosas. En segundos las calles se llenaron de esta plaga. Era imposible caminar sin lastimarse.
Eso no fue todo, no sé de dónde y como por arte de magia aparecieron de todas partes cientos de termitas y langostas inmensas. Se esparcían por doquier, cada vez más alborotadas.
El cielo se tornó rojizo. De él caían gigantescas rocas candentes que aplastaban sin ninguna piedad todo lo que encontraban a su paso.
La tierra parecía quemar, el aire era asfixiante, los ojos me ardían. Le gente corría aterrada, los insectos atacaban sin razón. Parecía que el mundo se estaba acabando.
Entre tanto tumulto sentí que mi cuerpo ya no me respondía, mis piernas temblaban, mis ojos me pesaban, mi piel parecía derretirse...
Creí morir, me sentí morir...Me dejé caer y...desperté aquí.


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