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Creer o reventar...

Paranormal1/24/2014
La nena que ríe de noche

Creer o reventar...

Once años tenía Lucy. Once años apenas, cuando el auto la atropelló. Luego de dos días en terapia intensiva, la nena dejó de respirar.
La familia Almeyda, en muestra de una justicia injusta, le ganó un juicio al conductor del coche asesino. Con el dinero mal ganado, lograron pagar la hipoteca de la casa de Balvanera en la que vivían, pero la felicidad del techo propio no logró apaciguar el dolor por la muerte de la querida hija de Alberto y Susana, de la querida hermana menor de Lautaro, de la querida hermana mayor de Daniela.
Dicen que desde entonces Lucy no ha logrado descansar en paz pero, aún así, está contenta. Por las noches se la escucha. Su risa resuena cada madrugada desde la que fue su habitación. Algunos, además, aseguran que a veces se deja ver.
Los Almeyda, entusiasmados por escuchar y ver a la nena, contrataron a una bruja que les dijo que su risa se debe a que está feliz de estar en su casa, una casa que gracias a su muerte se convirtió en propia.
Pocos años más tarde, mientras la crisis económica de 2001 desarmaba a la Argentina, junto con la oferta de un trabajo en euros y la enfermedad de la abuela Celia, la familia de Lucy se mudó a Madrid pidiéndole a Arturo, el tío de la pequeña, que se encargue de la venta de la casa.
Siete años hace que está en venta y nadie quiere comprarla, pues Lucy no deja de reír y los interesados se echan para atrás espantados. Hasta que Lucy no se quede callada, la casa de Balvanera seguirá vacía y, mientras tanto, seguirá siendo conocida como la casa de la nena que ríe de noche.


La leyenda del Lobizón

asesino

Se trata de una leyenda muy extendida en el interior del país, particularmente en la zona del litoral. Según se cuenta, si una familia tiene siete hijos varones, una maldición cae sobre el séptimo: es condenado a convertirse en una especie de hombre lobo. De acuerdo a las versión popular, para cortar el maleficio hay una solución: el presidente o la presidenta de la República debe apadrinarlo. La representación más extendida del lobisón es la de un perro negro y grande, con orejas desproporcionadas que le caen sobre el rostro (con las que emite un fuerte ruido). Sus patas terminan en pezuñas. A las doce de la noche de los viernes, el séptimo hijo se convierte el lobisón. En algunos casos, sucede los martes. Antes de que esto ocurra, el hombre se refugia en la oscuridad de los montes. Luego de la metamorfosis, el lobisón deambula durante toda la noche. Camina por los graneros, los gallineros, y los cobertizos en busca de carroña, e incluso puede morder a quienes encuentra a su paso. Cuando muerde o salpica con sangre a sus víctimas, éstas pueden llegar a transformarse en lobisones. Además, los perros aúllan con fuerza durante esa noche, advirtiendo sobre sobre la presencia del lobisón. Según cuentan, el hombre que se convierte en lobisón suele ser flaco, desgarbado, huraño y antipático. Su piel es amarillenta y no es raro que desprenda un olor nauseabundo. Otra característica es que es descuidado en el vestir. Aunque no se sabe a ciencia cierta, hay quienes aseguran que para defenderse del lobisón es necesario contar con ciertos elementos:
- una bala bendecida en 3 iglesias.
- un cuchillo bendecido con forma de cruz.
- una linterna con pila bendecida (de lo contrario no alumbrará).
Se lo puede atar, pero tiene que ser con lana abierta de tejer. Más allá de los consejos, hay quienes sostienen que es mejor nunca tener que enfrentarlo.

El fantasma del museo de La Plata

dinero

Existe una leyenda particular en la ciudad de La Plata. Según cuenta la historia, el espiritu del cacique tehuelche Modesto Inakayal se pasea por las salas del Museo de Ciencias Naturales. De acuerdo a los testimonios, su fantasma sería el responsable de portazos, desorden de cajones, escozores en la espalda de los visitantes. Por las noches, hay quienes sostienen que se lo escucha gritar en su lengua.
Vida y ocaso del cacique
A orillas del río Limay, Modesto Inakayal se había convertido en el amo de la región. En la Patagonia mandaba el gran Sayhueque. Pero Inakayal, junto a Foyel, eran sus hombres de mayor confianza. Inakayal convivía con dos mujeres y estaba al mando de 900 hombres.
El primer encuentro con el explorador Francisco Moreno (fundador en 1884 del Museo de Ciencias Naturales), se dio en 1879, aunque fue de manera cordial. Entre 1878 y 1885, el presidente Julio Argentino Roca impulsó la Campaña del Desierto. Inakayal, junto a Sayhueque y Foyel, cayó prisionero del teniente Francisco Insay en Junín de los Andes, en 1885. Antes de que lo embarcaran con destino a Buenos Aires, el Ejército argentino le robó sus caballos y repartió sus hijos entre los generales para que los usaran como sirvientes.
El destino de los caciques fue la isla Martín García. Fueron humillados y sometidos. Sayhueque pudo volver a la Patagonia. Inakayal y Foyel fueron “socorridos” por Francisco Moreno. Increiblemente, ambos pasaron a formar parte de la colección viviente del museo de La Plata.
En el subsuelo del actual museo, estuvieron cautivos aquellos que fueron vencidos en la Campaña del Desierto. Circulaban libremente durante el día, pero por las noches se les impedía cualquier movimiento. En el listado de prisioneros figuraban entre otros, Inakayal, una de sus mujeres y su hija, Foyel junto a su compañera y su hija Margarita.
Las mujeres se encargaban de la limpieza del museo y el lavado de las ropas mientras que los hombres estaban confinados a tareas más duras como cavar pozos y limpiar desagües.
Cuando los científicos lo ordenaban, los indios debían prestarse a ser examinados desnudos, y fotografiados durante horas. La mayoría de ellos aceptaba, pero Inakayal no estaba acostumbrado a recibir órdenes. Foyel pudo regresar a la Patagonia, a cambio de resignar su identidad. Inakayal se negó a ello, y permaneció en cautiverio.
El 21 de septiembre 1887, murió Margarita. El 2 de octubre, la mujer de Inakayal. El cacique tehuelche, quien resistió hasta lo último, veía cómo los cuerpos de su gente eran descarnados y expuestos a los visitantes. Conciente de que suerte estaba echada, Inakayal se pasaba horas mirando los restos de su mujer, exhibida en una vitrina.
Los inventarios del Museo certifican que Inakayal falleció el 24 de septiembre de 1888. Algunas versiones hablan de un suicidio, otras aseguran que fue empujado por unas escaleras. De inmediato su esqueleto fue descarnado y expuesto al público.
Tras reclamar durante décadas, en abril de 1994 la comunidad tehuelche logró que los restos fueran trasladados al valle de Tecka. Sin embargo, en 2006, se comprobó que la restitución fue parcial: faltaban el cuero cabelludo, el cerebro, e incluso el corazón.
La tradición tehuelche establece que sus muertos deben ser enterrados rodeados de los objetos que pudieran necesitar al renacer en otra parte. Lejos de estos rituales, el cuerpo del cacique Inakayal fue cuereado como si fuera un simple animal. Ante tantas aberraciones, hay quienes sostiene que su espíritu rebelde deambula por los pasillos del museo, aquel lugar que fue al mismo tiempo, su cárcel y su tumba.

A la espera de la muerte,(historia de la viuda loca)

lobizon


Una noche de marzo, hace no mucho tiempo, ocurrió algo extraño en el Faro Punta Ninfas a 50 kilómetros de Puerto Madryn. Un barco pesquero navegaba las aguas de un mar tranquilo. Catorce marineros descansaban en los depósitos, el Capitán conducía la máquina y el viejo Eduardo Martínez miraba el brillo de las estrellas que no dejaban de sorprenderlo a pesar de ser un marino de profesión desde hacía 43 años.
Guiados por el faro seguían su marcha, pero al pasar por su lado la torre luminosa se apagó por completo. Alarmado por el peligro que significa un mar a oscuras, Eduardo le pidió al Capitán que se detuviera y abandonó el barco para tratar de arreglar la luz.
El hombre se adentró al faro y comenzó a subir una larga escalera de hierro. Antes de llegar a la punta una sombra lo distrajo. Asustado quiso retroceder pero sus pasos no respondían y, sin dominar su cuerpo, los pies continuaron subiendo.
Ya frente al foco apagado vio que una silla oxidada se mecía hacia delante y hacia atrás, una y otra vez. En ella, una dama envuelta en una frazada gastada color azul, lloraba en un silencio penoso.
Eduardo se acercó, tocó a la mujer por el hombro y quedó petrificado cuando reconoció en su rostro a Margarita, su esposa fallecida dieciséis años antes. Blanco como la luna, la miró fijo y le preguntó por qué lloraba. Ella lo miró con ojos cansados y sonrisa débil. Mientras las lágrimas recorrían sus arrugas cuesta abajo, y casi en un susurro, le explicó que lloraba de tristeza porque su esposo había tardado mucho tiempo en ir a buscarla.
El viejo, sin comprender demasiado, le preguntó si había estado sentada allí desde el día de su muerte. “Si”, respondió ella, “estoy acá desde el 4 de enero de 1945, el día tu muerte, el día que se hundió tu barco. Estoy acá sentada esperando a que tu amor me encuentre, tome mi alma y la lleve a navegar por todos los mares junto a la tuya”, le dijo. Enseguida Eduardo la tomó de la mano, la dama agachó la cabeza contra su propio pecho, cerró los ojos y cesó de respirar.
Su cuerpo fue encontrado semanas después, sentada en la misma silla oxidada que ya no mecía. Al verla, reconocieron en ella a la viuda de Eduardo Martínez, uno de los 16 tripulantes fallecidos un verano de 1945 cuando se hundió su barco al lado del faro. “La viuda loca”, la llamaron sus vecinos de Puerto Madryn al enterarse que la señora se sentaba cada noche en el faro esperando a que su marido regrese.
Dicen quienes acostumbran a navegar por esas aguas que cuando se pasa por al lado del faro, pueden escucharse risas y tarareos de un hombre y una mujer que parecen estar felices. Desde ese día, el faro nunca más volvió a apagarse.
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