El era una gran alma lírica perdidamente enamorada de la luz. El arte era su cerebro, una sinfonía luminosa, una vasta tela de claridad donde el dinamismo universal estaban animados por un ritmo continuo de gamas cromáticas intensas. Era un primitivo y un impresionista al mismo tiempo, pero más que todo era un aislado.
El era el cautivador. Todo hechizo contenido en las formas silenciosas de sus miradas, estallaba como una armonía innumerable en los ritmos de sus palabras, reveladoras de el poder que poseía sobre cualquier humano que lo llegaba a conocer. Cautivaba con su genio en la poesía, era un poeta enorme y desconcertante cuyas creaciones daban el vértigo de un abismo y de las cimas. Sus frases contorsionadas semejaban restos de una convulsión planetaria, fragmentos de un desgarramiento geológico.
Leyéndolo, los espíritus débiles debían sentir la impresión del anonadamiento y plegarse como un zócalo demasiado frágil bajo el peso de una estatua. Era esa la transfiguración de un genio irradiando en la prosa escrita, como un profeta en cuya floración gigantescas de sentencias de amor, parecía condensado de todos los visionarios a quiénes les fue dado el don de amar y leer en sus palabras de tinta y sangre.
Fue como un golpe de su mano de titán que abrió ante mi, la puerta del templo del arte de escribir y me mostró allá, en la penumbra sagrada del alma, los altares luminosos del don innato de ser poeta y escritora, antes que cualquier otra cosa en éste mundo.
Gracias, PABLO NERUDA