Hasta Hoy (Partición en 3 partes cronológicamente ordenadas de lo inevitable y redundante)
Parte I - La del comienzo
Siguió las líneas preestablecidas sin cuestionarlas en lo más mínimo ¿hipocresía?, ¿comodidad?, ¿estupidez? No le importaba (y a nosotros tampoco), pero estaba ahí y no había vuelta atrás.
Lo sabía y lo sentía (sólo eso podía explicar su corazón latiendo de ese modo). A pesar de no ser un cobarde no se atrevió a reclamarle ni al ser que tanto le dio sin pedir nada a cambio, ni al mundo que tan amablemente lo cobijó y supo ser su único hogar. Apretó su corazón (temía que se le saliera del pecho), selló sus labios (eso era más que fundamental, dadas las circunstancias) y vivió la vida del modo más prolijo y sencillo posible. Para lograr eso, ahora parece obvio, le fue necesario apretar muy fuerte los puños (y los dientes) en diversas ocasiones.
Parte II - La del medio
Las cosas no estaban saliendo bien, al menos no para él. Aunque quizás sería justo relativizar un poco el asunto, después de todo “bien o mal” es sólo una cuestión de perspectiva y requiere una visión global de las cosas a la que puede aspirarse (fácilmente) pero no acercarse (realmente). Nunca se quejó (recordemos que había sellado sus labios) y además había un consuelo: con esos problemas tenía, al menos, algo en que pensar. Y tener en que ocupar la mente siempre es (relativamente) bueno y menos riesgoso que darle rienda suelta al volcán de ideas (ciertas o imaginarias) que pueblan malignamente agazapadas en lo más recóndito del alma humana. Pero, hay que aceptarlo, en realidad todo eso de nada le servía: no veía sus errores. No era capaz de verlos. Sentía que había hecho todo del modo correcto, creía haber realizado las cosas como las debía hacer; todo estaba en su lugar, pero... en fin, a veces es tan fácil soñar y no despertar...
Parte III - La del fin
Aun tenía pulso y la atmósfera era parcialmente respirable (¿qué más se puede pedir en estos días?). Eso sí, la mano con la que sostenía el arma le temblaba aun un poco. En cambio la otra, la que mantenía el vaso de whisky, estaba muy firme. De lejos, la imagen era curiosa: él parecía estar apoyándose en el vaso, como si fuera ese su único sostén en este mundo (y quizás lo era).
El pelo revuelto y los ojos rojos (recordemos además la mano temblorosa sosteniendo el arma, aun humeante), hacían que su aspecto general no sea el mejor. A esa altura su entendimiento real de la situación era bastante precario, hay que reconocerlo. Aunque eso no le impidió un último y sincero acto de lucidez: un solo y decidido movimiento para zamparse de un trago lo que quedaba de whisky. Luego se sentó en el piso, eligiendo el lugar para no mancharse con la sangre y esperó, con la mente en blanco (al fin descansando), la llegada de lo inevitable.