CADA ATARDECER
Es que la tarde me encierra por hastío y por rutina. Se pone de grises el cielo, y la vida es un témpano desganado que se desliza en mi espalda y me hiela el humor. Mi jardín está desencantado por el día y la estación, y ni luna ni sol que lo enciendan un poco.
Mi mente, de paso, no sale de su hospicio en vos. Se atrinchera, me dispara, me somete con tu imagen de atardecer dorado cayendo en el medio del mar como una bomba de mariposas.
Tanta fantasía me corta los tobillos y caigo.
El espacio en blanco que hay donde está escrita nuestra historia parece que va a seguir ardiendo un buen rato, y la vida misma tiene ganas de ser sal.