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Inteligencia emocional



Seguramente el lector ha oído hablar alguna vez de inteligencia emocional. Los libros pululan en librerías y bibliotecas, logorroicos expertos en autoayuda hablan continuamente de ella, gente en televisión y en el trabajo pontifican, nos la encontramos en inquietantes cursos de formación empresarial impartidos por instructores ricos en palabras y pobres en contenidos. Como la materia de la que deben hablar del resto. Todos ellos convencidos de decir algo profundo e importante, de que la inteligencia emocional sea un hito en la psicología y el pensamiento; el mismo término lo da a entender, sugiriendo el descubrimiento de una nueva forma de inteligencia, o un equivalente de ésta, que opera con las emociones en vez de con los conceptos.

En resumen, es algo que está muy de moda, y sólo esto nos debe poner una mosca de buen tamaño tras la oreja. Como buena moda que es, hay detrás de ello mucha banalidad y palabrería, que recubre un contenido viejo y archiconocido bajo nuevo nombre. Pobreza de fondo por tanto, como la mayor parte de lo que pasa hoy por pensamiento o incluso por ciencia.

La inteligencia emocional se suele definir esencialmente como la habilidad de identificar, analizar y controlar las emociones en sí mismo, en otros y en grupos humanos. Algo tan viejo como las relaciones humanas, habilidades que algunos poseen en gran medida, otros menos y algunos sólo en mínima parte. Como la inteligencia y sus varias formas, porque tampoco es una cualidad unívoca con una sola dimensión. Pero inteligencia no es control de las emociones y tampoco manipulacion emotiva de otros; usar el término inteligencia emocional es impropio y sirve sólo para confundir sin aportar nada.

Además de mezclar cosas, porque una cosa es controlar las propias emociones, otra las de otros a través de una relación personal y otra aún manejar o pastorear un grupo humano. Una cosa no va con la otra necesariamente.

El control y más aún saber manejar las propias emociones es privilegio de poquísimas personas, y desde luego no hace falta que los listillos de la inteligencia emocional nos enseñen algo que las mejores tradiciones de sabiduría han siempre sabido e intentado transmitir. En particular, el autocontrol emocional es también propio de un ideal específicamente masculino, del modelo al cual un varón debía aspirar y que se le intentaba transmitir. Desde luego esto era así entre nosotros antes de que la sociedad moderna destruyera la figura del padre y pervirtiera los modelos de referencia para el varón a través del cine, la televisión y la propaganda de los lloricas por la igualdad, con el objeto de transformar a los hombres en un hatajo de nenazas histéricas.

El segundo aspecto, el de manipular o –para el que no le guste la palabra- actuar sobre los demás a través de las emociones es algo en que las mujeres han tenido desde siempre ventaja sobre el varón. Aunque no tanto en controlar sus propias emociones y menos aún la mujer actual. Aquí cabe notar de pasada la ironía de la fémina moderna: se ha emancipado de todo y de todos menos de ella misma, que es lo más importante. Para esto necesitaría al varón pero es precisamente lo que el feminismo le ha prohibido.

En fin, la habilidad de saber manejar, o cuanto menos gestionar, a los grupos y más aún a las masas es una rara habilidad de liderazgo que sólo pocas personas poseen.

En cualquiera de los tres aspectos arriba mencionados, se trata de algo que sólo muy limitadamente se puede enseñar, se trata de talento y de cualidades diversas que algunos poseen y otros no. El intento de analizar estas habilidades, de sistematizar su aprendizaje, no digo que no sirva de nada pero ciertamente, tratándose de factores tan humanos e imponderables, el enfoque de reducirlo a manuales y recetas de fácil aplicación es bastante superficial. Tal es sin embargo la aspiración de la cultura actual que ante todo valora las soluciones fáciles a buen mercado.

Cierto es que hay un aspecto positivo en el interés por estos temas; a menudo se peca de un excesivo énfasis en la inteligencia y los aspectos cognitivos, propios de una actitud intelectualista y racionalista en exceso, y esto necesita un contrapeso. Existen muchas habilidades importantes que se salen de lo conceptual y lo racional. Pero desde luego no necesitamos a los listillos de la inteligencia emocional para que nos digan que la vida no es sólo razón, cálculo y conocimientos y nos ilustren la importancia de las habilidades personales.

Pero claro, si lo que se ha llamado siempre don de gentes se vende como inteligencia emocional parece la repera. Uno no vende libros ni organiza cursillos y seminarios para enseñar el don de gentes.

Existen tests que pretenden calcular la inteligencia emocional, e incluso definir un CE (coeficiente emocional) análogo al CI (cociente intelectual). Ya este último es problemático y algo simplista, pero por lo menos es un buen indicador del éxito escolar, y da indicaciones válidas a grandes rasgos. Pero para el CE, además de que predice sólo pobremente el éxito personal, encontramos que (por ejemplo el test MSCEIT) más bien parece medir el conformismo al ambiente y a la opinión de la masa. Otros tests son autoevaluaciones y por tanto no se mide más que la opinión de una persona sobre sí misma.

Ciertos rasgos de personalidad se suelen asociar a la inteligencia emocional y se les da un valor positivo; se tiene un alto coeficiente emocional si se puntúa alto en cualidades o criterios como bienestar, emocionalidad, sociabilidad, extroversión, apertura, autoconciencia. Aquí el carácter arbitrario y sesgado, cuando no de blablabla, lo podemos tocar con la mano.

Como he comentado antes, en la práctica el poder predictivo de éxito social de estos criterios ha resultado escaso, y lo podemos entender perfectamente porque se confunden aquí diferentes habilidades con la inteligencia y con rasgos de personalidad que no se pueden medir.

Si todo el discurso sobre la inteligencia emocional parece más bien una moda, con banalidades mezcladas con verdades, con aspectos válidos que otros han expresado antes y mejor, se trata de una moda con intención y un significado detrás. Y precisamente la mentalidad de fondo que hay debajo deriva hacia una atención morbosa por el mundo emocional. Pero no desde el punto de vista del dominio de sí mismo y de la propia reactividad, sino desde una perspectiva que considera las emociones el centro de la vida; algo que a menudo se resuelve en un remasticar morboso de las propias emociones y estados de ánimo, una apología del estar a merced de éstas considerando esta actitud como más auténtica y vital.

Como he apuntado más arriba, esto en particular para el varón es totalmente negativo y feminizante. No porque un varón no deba tener emociones. Al contrario las tiene, debe tenerlas en el máximo grado, pero también considerarlas con una cierta distancia sin que lo dominen. Me arriesgo incluso a decir que la insistencia sobre la inteligencia emocional y la pretensión de que los hombres tomen por oro colado tanto blablabla es una enésima vía hacia su feminización.

Del resto para cualquiera, varón o mujer, de criterio no pervertido, un hombre demasiado emotivo o preocupado por sus emociones, sobre todo si las rumia morbosamente, tiene algo de enfermizo y es una figura muy poco viril. Que este tipo masculino esté extraordinariamente difundido hoy en día y se haga su apología no significa que se haya evolucionado, muy al contrario es un claro índice de decadencia.

Como ironía y paradoja final, no sorprende que se hable tanto de inteligencia emocional en una sociedad en la que tantas personas están dominadas por sus emociones, cada vez más primitivas y a menudo manipuladas descaradamente, que se capitalizan con objetivos comerciales y políticos. O incluso por causas nobles, que es lo peor de todo.
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