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La monarquía española, sin censura

Info7/28/2008
Repaso a la salsa rosa de la monarquía española, sin censura Una coplilla popular nos ha dado pie a retocar el retrato que Goya hizo de godoy. La cancioncilla hacía referencia a las razones de los favores de María Cristina: “Tengo con ella un enredo. [...] Y siendo yo el que gobierna/ todo va por la entrepierna”. Germana de Foix tenía 17 años en el momento de la boda; no era, según los cronistas, demasiado guapa, incluso cojeaba algo, pero ofrecía, además de otros encantos de esa edad, un carácter vivaracho, amigo de fiestas y juguetón en el lecho. Su donaire obnubiló a Fernando el Católico, ya viudo, y su historia de amor es uno de los “episodios nacionales” más calientes de la historia de la realeza española. No solo por el gozo que Germana debió propiciar al talludito Fernando (tenía ya 53 años), sino porque él necesitó ayuda externa para dar la talla. Vasodilatar el pene del rey Al año siguiente de la boda nació un niño al que bautizaron con el nombre de Juan, pero que falleció al poco tiempo. El ardor sexual de Germana continuaba en plena ebullición, y exigía cumplimiento al cada vez más achacoso marido; por eso, los cortesanos se vieron en la necesidad de buscar remedios con que vigorizar a su señor. Entre los predecesores de la Viagra había dos que se preconizaban como utilísimos. El primero era la ingestión de testículos de toro, en todas las preparaciones culinarias imaginables. Luego se recurrió a la cantárida, un insecto que se ingiere en polvo. Contiene una sustancia que provoca la dilatación general de los vasos sanguíneos. Naturalmente, entre los vasos dilatados se encuentran los del pene, y de ahí el efecto “vigorizante”. Sus efectos vasodilatadores generales podían provocar graves episodios de congestión, y hasta la muerte por hemorragia cerebral, de vejiga y de las vías urinarias, acompañadas de insoportable escozor, o por sobrecarga cardíaca. Con 64 años a la espalda y en las arterias, Fernando el Católico debió de superar las cantidades prudentes de cantárida y falleció de una apoplejía. También su nieto, Carlos I, tuvo un tormentoso, y breve, romance con una adolescente: Bárbara Blomberg. El emperador se arrepintió después, pero el fruto de ese desliz tuvo enorme trascendencia para España: de esa unión nació don Juan de Austria. La insaciable María Luisa María Luisa de Parma tuvo 24 embarazos, de los cuales nacieron 14 hijos y solo le sobrevivieron cinco. Mencion de honor en el trono de las pasiones merece María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV desde que este era solo Príncipe de Asturias. La parmesana (como el queso) era fea de solemnidad, con una fealdad desagradable hasta decir basta. Y era mujer de libido tan exacerbada que de ninguna manera alcanzaba a satisfacerla el pusilánime Carlos. Los ojos se le iban detrás de cada joven caballero que pasara cerca, y pasó nada menos que Manuel Godoy, con su aspecto de príncipe de cuento de hadas y las galas de su brillante uniforme de la Guardia de Corps. Durante una parada militar, la princesa se fijó especialmente en él. Godoy inició a partir de ahí su prodigioso ascenso social, militar y político. Para la mayoría de la corte –menos para el marido– las relaciones de índole sexual entre María Luisa y Godoy eran flagrantes y se extendían de múltiples formas fuera de los límites de la alcoba. Uno de los rumores más extendidos fue que algunos de los hijos de la reina y, por tanto, infantes de España, eran fruto de esa relación íntima con Godoy. Pero ¿hubo en realidad relaciones sexuales “completas” entre ellos? Ese ha sido el criterio que ha transmitido la historiografía hasta recientes estudios revisionistas, según los cuales la unión carnal casi con certeza nunca se consumó. Embarazos secretos María Cristina de Borbón-Dos Sicilias nació en Palermo en 1806 y era sobrina de Fernando VII, veintiséis años mayor que ella, con quien se casó al enviudar el rey por tercera vez sin haber tenido descendencia. Esta mujer hubo de convivir cuatro años con un sujeto cuyo repulsivo aspecto físico no fue precisamente lo que le hizo “el deseado”. No habían pasado aún tres meses desde la muerte del rey cuando un guardia de Corps apareció ante ella y la prendó. El joven soldado se llamaba Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Aquello fue un flechazo. Contrajeron matrimonio secreto –y, por supuesto, morganático– al poco tiempo. La unión quizá hubiera podido mantenerse oculta de no ser porque la pareja comenzó a tener hijos casi de inmediato. La reina, oficialmente viuda, aparecía en los actos públicos intentando disimular sus sucesivos estados de gestación a base de utilizar amplios vestidos que ocultasen su abultado vientre. Divulgada la situación, por los corrillos se decía que “La regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”. En 1840, el general Espartero promovió el levantamiento de las guarniciones militares para derrocar a la regente, y el matrimonio tuvo que exiliarse a Francia. En 1844 fue declarada reina efectiva Isabel II, y el nuevo Gobierno permitió el regreso de muchos exiliados; entre ellos, el de Fernando y María Cristina. Por decisión de Isabel, el matrimonio se legalizó ante las Cortes del reino y se celebró una nueva boda el 12 de octubre. Si no tuvieron más hijos fue por la edad de ambos, y no por el cese de su trato sexual, que se mantenía con el ardor de sus comienzos. Tras el golpe de Estado de O’Donnell, el matrimonio volvió a Francia definitivamente. María Cristina sólo volvió a España para asistir a la coronación de su nieto Alfonso XII. El general bonito la inició La jovencísima reina fue desde un principio objeto de deseo sexual por parte de ambiciosos hombres de su entorno. Cuando Isabel fue proclamada reina solo tenía trece años, pero a pesar de que su corta vida no había sido fácil, era de carácter vivaracho. Fue el militar Francisco Serrano, a quien la reina llamaba siempre “el general bonito”, quien inició a Isabel en el erotismo en un episodio que constituyó una verdadera violación. Isabel descubrió la sexualidad demasiado pronto y se sumió en su disfrute; los deslenguados, que nunca faltan entre el populacho, la llegarían a tildar de reina ninfómana. A la hora de elegir marido, la personalidad de quien sería su cónyuge se convirtió en una cuestión de Estado. Al final, la solución fue, quizá, la peor posible. Se eligió a Francisco de Asís de Borbón, primo carnal de Isabel. Don Francisco de Asís tenía fama de afeminado, no se le conocían amistades –y menos relaciones con mujer alguna– y sí en cambio afinidades más que sospechosas con otros hombres. La primera reacción de Isabel al conocer al elegido fue precisamente un lamento de horror: “¡No, con Paquita, no!” El 10 de octubre de 1846, día del cumpleaños de la reina, se celebró el matrimonio. La unión fue un desastre desde el mismo instante en que se quedaron a solas en los aposentos de palacio. Isabel hizo más tarde esta confesión con su acostumbrada sinceridad: “Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo”. Francisco halló pronto compañía en Antonio Ramón Meneses, un apuesto joven con quien logró estabilidad emocional. Oficialmente, el matrimonio real tuvo once hijos, que se inscribieron en los registros de la Real Familia como legítimos, aunque solo sobrevivieron cuatro. Francisco de Asís no tuvo ningún reparo en aceptar la paternidad de los hijos que alumbraba su esposa, a cambio de recibir un millón de reales por presentarlos en la Corte. A un bizarro militar, el capitán Enrique Puig Moltó, se le atribuye la paternidad del que sería el rey Alfonso XII. Cuentan que la reina se sinceró así con su heredero: “Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía”. Alfonso de Borbón, lejos aún de ser coronado como Alfonso XII, conoció en Viena, en 1872, a la cantante de ópera Elena Sanz, con la que inició una ardiente relación que no se interrumpió ni cuando él, en 1875, con la Restauración, alcanzó el trono español, ni durante los dos matrimonios del rey. Escenas de recreo Este grabado en madera, de 1894, recrea cómo Carlos I, con 46 años, viudo y desolado, encontró consuelo en una joven alemana que sabía cantar y reír: Bárbara Blomberg. Los borbones en pelota Un doble álbum de acuarelas cuyo título lo dice todo: Los Borbones en pelota, reunía una serie de 89 ilustraciones en las que, bajo pseudónimo, los hermanos Bécquer (Valeriano y Gustavo Adolfo) narraban con dibujos explícitos y ripios soeces las correrías de la reina Isabel II, tatarabuela del actual monarca borbón. Retrataron a la reina en acción con la larga lista de amantes que se le atribuían, a menudo observada por su marido, Francisco de Asís. En 1986, gracias a un intermediario desconocido, la Biblioteca Nacional adquirió las acuarelas y editó por primera vez el libro en 1991. fuente:http://www.quo.es/ciencia/historia/escenas_de_sexo_real
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