Tratado de Permuta
En julio de 1746 muere Felipe V. Lo sucede en el trono su hijo, Fernando VI, casado, sin elección de su padre y obedeciendo a conveniencias políticas, con Bárbara de Braganza, hija de Juan V, rey de Portugal, pero a la que concluirá amando profundamente, al punto de morir de pena cuando quede viudo.
Fernando VI
Si la historia es bella como sentimiento, será dañosa como influencia. Portugal, y detrás Inglaterra, aconsejarán -con distintos fines- a Bárbara de Braganza. Lo primero la paz, que siempre es buena en relaciones familiares. Pero no siempre coincide con las razones de Estado, en la mayoría de los casos por encima de situaciones personales.
Bárbara de Braganza
La mujer inducirá en el ánimo de Fernando VI para acabar con los litigios entre España y Portugal por sus posesiones en América. Surge así el Tratado de Permuta, signado en Madrid el 13 de enero de 1750, sobre un mapa de confección lusitana, según dirá el marqués de Grimaldi.
En el artículo XII, Portugal "cede para siempre a la Corona de España la Colonia del Sacramento", y en el XIV estará la compensación: "España cede para siempre a la Corona de Portugal todos y cualesquiera pueblos y establecimientos que se hayan hecho por parte de España en la tierra comprendida entre la ribera septentrional del río Ibicuy y la oriental del río Uruguay", entre otros puntos que menciona y agrega.
Los indios deberán entregar sus cultivos, casas, talleres, iglesias, la tierra que aprendieron a trabajar, todo a cambio de una indemnización fijada en 28.000 pesos. Sacadas cuentas, 93 centavos por cabeza. Y sin saber adónde ir. Una ley de desalojo que ni siquiera aventajará la de los conventillos porteños del novecientos.
En suma, Colonia -que es suelo español- a cambio de extensas regiones -también españolas- donde hay 7 pueblos guaraníes de las Reducciones Jesuíticas, con casi 30.000 indígenas, cuyos bienes, instalaciones y tierras pasan a manos portuguesas. Es decir, las provincias de Santa Catalina y Río Grande del Sur. Una conquista de dos siglos, y un esfuerzo misionero de 150 años, regalados en trueque a una fortaleza que es propia en derecho.
Armonía conyugal, Rey que ignora el destino de su pueblo, e Inglaterra ensanchando sus rutas comerciales, ahora camino del contrabando remozado.
En 1752 ya estaban en Montevideo el marqués de Valdelirios, enviado por Lisboa para efectivizar el Tratado, y el padre Luis Altamirano, en representación del general de la Orden.
Los jesuitas iniciaron de inmediato presentaciones ante el obispo de Tucumán, el virrey del Perú, la Audiencia, el Consejo de Indias, el propio Fernando VI, y a cuanta autoridad civil o eclesiástica pudiera inteceder para evitar esto, que más que un despojo, era una monstruosidad histórica. Las misiones de la Compañía habían vuelto feraces miles de hectáreas en monte vírgen, se irguieron antemural de la invasión mameluca, padecieron sus agresiones que les costó miles de vidas, cristianizaron al indio, aquerenciándolo en la patria común y que ahora iba a quedar a merced de los portugueses o de la selva.
Los Cabildos del interior, obispados, gobernadores, se pronunciaron en contra del Tratado, pero el imbécil Rey Fernando no modificó su voluntad.
La indiada que cultivó yerba mate, construyó edificios, editó libros y también sabía utilizar armas de fuego, desatará una guerra que no estaba prevista.
Se quiso acusar a los jesuitas de propiciar un levantamiento, pero el mismo fraile Altamirano estuvo a punto de ser muerto por los indígenas, al tratar de convencerlos de abandonar sus tierras.
Resistencia Guaraní
A principios de 1753 comenzó la insurrección nativa. Indiada hasta ayer salvaje, hoy peleando con arco y cañoncitos de algarrobo por suelo que era suyo, pero también del Rey, contra la estolidez de ese mismo monarca que desconocía vasallos y territorio.
José Andonaegui
El gobernador de Buenos Aires, brigadier José de Andonaegui, autoridad desde 1742 en sustitución de Ortíz de Rozas, trató de evadir la lucha que se vendría, sin encontrar ningún apoyo real, debiendo por el contrario dirigir una guerra de cuya justicia abominaba.
Así, por mediados de 1754 inició operaciones, avanzando por Yapeyú hasta San Borja, donde la resistencia y la hostilidad que halló en torno le obligaron a replegarse. Desde el norte, el comisario general Gómes Freire de Andrade avanzó con tropas portuguesas, que tuvieron peor suerte, pues a fines de ese mismo año debieron convenir un armisticio con los guaraníes.
Año 1755, acciones sueltas y sin avances. A principios del siguiente se resolvió una gran ofensiva combinada. Más de 3.000 efectivos de Andonaegui y Gómes Freire, 10.000 caballos, vacas, mulos, carretas con pertrechos de boca y fuego, se vinieron contra la indiada de lanza y cañoncitos de madera, sin mando militar alguno.
Dos batallas y basta. Caybaté. Principios de 1756, tres años de resistencia desmoronada y más de 3.000 indios masacrados en total. El resto fueron escaramuzas, que concluyeron con tropa apostada para vigilar el desalojo guaraní hacia la orilla oeste del río Uruguay.
Lo que durante tanto tiempo fuera defensa contra el avance portugués quedaba desparramado, y en abandono construcciones cuyo valor nos dan idea las ruinas jesuíticas de nuestro tiempo.
Pero este no será el fin. Harán falta todavía unos años más -once- para que la selva comience a enseñorearse de tanto esfuerzo, y la soledad testimonee con su silencio poblaciones barridas por la torpeza.
Jorge Perrone, "Historia Argentina", Tomo I (1516-1829)
En julio de 1746 muere Felipe V. Lo sucede en el trono su hijo, Fernando VI, casado, sin elección de su padre y obedeciendo a conveniencias políticas, con Bárbara de Braganza, hija de Juan V, rey de Portugal, pero a la que concluirá amando profundamente, al punto de morir de pena cuando quede viudo.
Fernando VI
Si la historia es bella como sentimiento, será dañosa como influencia. Portugal, y detrás Inglaterra, aconsejarán -con distintos fines- a Bárbara de Braganza. Lo primero la paz, que siempre es buena en relaciones familiares. Pero no siempre coincide con las razones de Estado, en la mayoría de los casos por encima de situaciones personales.
Bárbara de Braganza
La mujer inducirá en el ánimo de Fernando VI para acabar con los litigios entre España y Portugal por sus posesiones en América. Surge así el Tratado de Permuta, signado en Madrid el 13 de enero de 1750, sobre un mapa de confección lusitana, según dirá el marqués de Grimaldi.
En el artículo XII, Portugal "cede para siempre a la Corona de España la Colonia del Sacramento", y en el XIV estará la compensación: "España cede para siempre a la Corona de Portugal todos y cualesquiera pueblos y establecimientos que se hayan hecho por parte de España en la tierra comprendida entre la ribera septentrional del río Ibicuy y la oriental del río Uruguay", entre otros puntos que menciona y agrega.
Los indios deberán entregar sus cultivos, casas, talleres, iglesias, la tierra que aprendieron a trabajar, todo a cambio de una indemnización fijada en 28.000 pesos. Sacadas cuentas, 93 centavos por cabeza. Y sin saber adónde ir. Una ley de desalojo que ni siquiera aventajará la de los conventillos porteños del novecientos.
En suma, Colonia -que es suelo español- a cambio de extensas regiones -también españolas- donde hay 7 pueblos guaraníes de las Reducciones Jesuíticas, con casi 30.000 indígenas, cuyos bienes, instalaciones y tierras pasan a manos portuguesas. Es decir, las provincias de Santa Catalina y Río Grande del Sur. Una conquista de dos siglos, y un esfuerzo misionero de 150 años, regalados en trueque a una fortaleza que es propia en derecho.
Armonía conyugal, Rey que ignora el destino de su pueblo, e Inglaterra ensanchando sus rutas comerciales, ahora camino del contrabando remozado.
En 1752 ya estaban en Montevideo el marqués de Valdelirios, enviado por Lisboa para efectivizar el Tratado, y el padre Luis Altamirano, en representación del general de la Orden.
Los jesuitas iniciaron de inmediato presentaciones ante el obispo de Tucumán, el virrey del Perú, la Audiencia, el Consejo de Indias, el propio Fernando VI, y a cuanta autoridad civil o eclesiástica pudiera inteceder para evitar esto, que más que un despojo, era una monstruosidad histórica. Las misiones de la Compañía habían vuelto feraces miles de hectáreas en monte vírgen, se irguieron antemural de la invasión mameluca, padecieron sus agresiones que les costó miles de vidas, cristianizaron al indio, aquerenciándolo en la patria común y que ahora iba a quedar a merced de los portugueses o de la selva.
Los Cabildos del interior, obispados, gobernadores, se pronunciaron en contra del Tratado, pero el imbécil Rey Fernando no modificó su voluntad.
La indiada que cultivó yerba mate, construyó edificios, editó libros y también sabía utilizar armas de fuego, desatará una guerra que no estaba prevista.
Se quiso acusar a los jesuitas de propiciar un levantamiento, pero el mismo fraile Altamirano estuvo a punto de ser muerto por los indígenas, al tratar de convencerlos de abandonar sus tierras.
Resistencia Guaraní
A principios de 1753 comenzó la insurrección nativa. Indiada hasta ayer salvaje, hoy peleando con arco y cañoncitos de algarrobo por suelo que era suyo, pero también del Rey, contra la estolidez de ese mismo monarca que desconocía vasallos y territorio.
José Andonaegui
El gobernador de Buenos Aires, brigadier José de Andonaegui, autoridad desde 1742 en sustitución de Ortíz de Rozas, trató de evadir la lucha que se vendría, sin encontrar ningún apoyo real, debiendo por el contrario dirigir una guerra de cuya justicia abominaba.
Así, por mediados de 1754 inició operaciones, avanzando por Yapeyú hasta San Borja, donde la resistencia y la hostilidad que halló en torno le obligaron a replegarse. Desde el norte, el comisario general Gómes Freire de Andrade avanzó con tropas portuguesas, que tuvieron peor suerte, pues a fines de ese mismo año debieron convenir un armisticio con los guaraníes.
Año 1755, acciones sueltas y sin avances. A principios del siguiente se resolvió una gran ofensiva combinada. Más de 3.000 efectivos de Andonaegui y Gómes Freire, 10.000 caballos, vacas, mulos, carretas con pertrechos de boca y fuego, se vinieron contra la indiada de lanza y cañoncitos de madera, sin mando militar alguno.
Dos batallas y basta. Caybaté. Principios de 1756, tres años de resistencia desmoronada y más de 3.000 indios masacrados en total. El resto fueron escaramuzas, que concluyeron con tropa apostada para vigilar el desalojo guaraní hacia la orilla oeste del río Uruguay.
Lo que durante tanto tiempo fuera defensa contra el avance portugués quedaba desparramado, y en abandono construcciones cuyo valor nos dan idea las ruinas jesuíticas de nuestro tiempo.
Pero este no será el fin. Harán falta todavía unos años más -once- para que la selva comience a enseñorearse de tanto esfuerzo, y la soledad testimonee con su silencio poblaciones barridas por la torpeza.
Jorge Perrone, "Historia Argentina", Tomo I (1516-1829)