Manuelita Rosas A la muerte de Encarnación emerge como protagonista Manuelita Rosas. Tenía 21 años y fue la antítesis de su madre. Nació, como ya anotamos, el 24 de mayo de 1817 y fue bautizada con el nombre de Manuela Robustiana. Fue el hada buena que le faltaba a Rosas. Su estatura aproximada de 1,70 mts, más que buena estatura para una mujer, coronaba en una cabeza proporcionada al cuerpo luciendo un magnífico cabello castaño que cuidaba con esmero y coquetería. Ojos chispeantes y nariz algo prominente como su padre, no fue una belleza como sus tías Agustina o Mercedes Rosas, pero repasando las memorias de sus contemporáneos, la ven atractiva, de bonito cuerpo, cintura leve y flexible, y por sobre todas las cosas la ven esbelta, que con sus movimientos trasmite gracia y voluptuosidad. Agustina Rosas de Mansilla Una descripción de Manuelita hacia 1840, hecha por el reverendo Pontoppidan, de la fragata danesa Bellona, nos la muestra así: “Manuelita presenta un aspecto interesante sin ser regularmente hermosa. Espiritualidad y alma se reflejan en todo su exterior, pero sus modales son exaltados, sus ojos echan llamas y en todos sus rasgos y movimientos se puede leer cuál es su situación singular en la vida. Los oficiales se sienten cómodos en compañía de doña Manuelita y admiran a esta mujer graciosa y guapa que monta los caballos más incómodos, fuma un cigarrillo si el caso se ofrece, toca el piano y canta no mal, y entretiene una conversación corriente en español bueno y francés malo mezclado”. A la muerte de su madre comenzó a desempeñar las comisiones oficiales de representación que le indicaba su padre a quien siempre llamo “tatita”. Rosas le encargó incluso el cuidado de los papeles públicos y hasta los secretos de los problemas políticos de Estado, y hasta ejecutaba muchas de las acciones sugeridas por su padre. Originó sentimientos amorosos en más de un diplomático importante que cayeron rendidos ante su gracia femenina. Tal el caso de Lord Howden, embajador inglés que junto con el francés Walesky vinieron a negociar el fracaso que experimentaron en la guerra del Paraná. Lord Howden En una oportunidad Manuelita invitó a Lord Howden a una excursión a caballo desde Palermo hasta Santos Lugares. En el trayecto el inglés se le declaró pero Manuelita manifestó, en una carta posterior, que a él lo consideraba con el afecto que se siente a un hermano. El inglés a los pocos días de ese año 1847 ordenó unilateralmente levantar el bloqueo de los buques ingleses ante el estupor desagradable del conde Walesky, con quien debería haber actuado conjuntamente. El embajador Southern, que finalmente firmó el tratado de paz con la Confederación en 1848, alzándose la Argentina con un triunfo diplomático que no se repetiría en la historia de nuestras relaciones exteriores, también se dijo que cortejó a Manuelita. La “niña”, como le decía Rosas, tenía un salón en el que se hacían tertulias sociales en el que Manuelita mostraba su inalterable amabilidad y gracia femenina. La rodearon muchas niñas de la sociedad porteña: Josefa Gómez, Juanita Sosa, Dolores Merced, Sofía Frank, Telésfora Sánchez, Petronita Villegas, Marica Mariño y otras amigas que con los mozos de su edad bailaban despreocupadamente en ese Buenos Aires conducido por la mano de hierro de su padre. Una noche, el 25 de mayo de 1841, Manuelita recibió de manos del edecán del almirante francés Dupotet, una caja con una carta escrita por el cónsul de Portugal con sede en Montevideo en la que le decía que la caja portaba un diploma y una medalla de la Sociedad de Anticuarios de Copenhague como obsequio a Rosas. La niña dejó la caja en una mesa en el centro de la sala y al otro día se la llevó a su padre quien le pidió que la abriera. Manuelita se la llevó a su dormitorio acompañada de una amiga, Telésfora Sánchez. Dejemos que el hecho lo cuente la misma protagonista: “la llevé a mi dormitorio y sentada en una silla al lado de la ventana, llamé a una joven y amiga mía, Telésfora Sánchez, que entonces me acompañaba, para que me ayudase a descoser los forros. Puse a un lado los forros y papeles, y al abrir la caja con la llave, saltó la tapa de un modo tan violento haciendo tan fuerte ruido que Telésfora y yo dimos un grito… Telésfora me dijo: Manuelita: fíjate, parecen cañones los tubos que la forman… Esa misma mañana la llevé a mi padre, y él, al mirar la máquina comprendió la terrible realidad. Guardó silencio un momento, y después mostrándosela al primer escribiente de la secretaría, le dijo: “es esta máquina infernal enviada por mis enemigos para matarme, pero Dios es justo. Vaya Vd inmediatamente a llamar al señor Ministro Arana”. No tardó en llegar dicho señor, quien quedó doblemente aterrado al saber si hubiera sido yo la víctima de tan espantosa trama. Tanto mi padre como él me abrazaron y besaron tiernamente, felicitándome por la protección que el Todopoderoso me había dispensado, y al decirme mi padre: “hija mía, demos fervientes gracias al Divino Ser que con tanta bondad nos ha salvado con su suprema protección, mi llamo, sin desprenderme de sus brazos, no le permitió continuar...”. "la máquina infernal" Como lo explica Manuelita, la caja estaba dispuesta para que al abrirse, los cañoncitos ubicados en un círculo hicieran fuego. La suerte quiso que la máquina, ya sea por humedad o por algún desperfecto mecánico no funcionara. Después del atentado se desató el torrente de felicitaciones y alabanzas a Manuelita por haber salido ilesa del intento de asesinato. Hubo manifestaciones y fiestas en las parroquias. Pero el hecho suscitó otra iniciativa: se empezó a pensar en la sucesión de Rosas por si éste falleciera víctima de otro atentado o por razones naturales, y los más encumbrados hombres del Partido Federal señalaron a Manuelita como sucesora de su padre. La iniciativa fue comunicada a Rosas por carta de José María Roxas y Patrón. Rosas rechazó el petitorio por lo improcedente e inapropiado de la idea. Fue tanta la simpatía que Manuelita suscitaba en la sociedad porteña por aquellos años, que el 28 de octubre de 1851 se le efectuó un homenaje impresionante ofrecido por las figuras de mayor prestigio de entonces y el comercio porteño. El agasajo se efectuó en el Coliseo (actualmente se levanta allí el Banco Nación, 25 de Mayo y Rivadavia). Manuelita deslumbró en el agasajo, escuchó poemas escritos para ella y se bailó hasta el amanecer. Eran los últimos meses de la era rosista y Manuelita siguió siendo hasta el final el hada buena de aquellos tiempos controvertidos. Ya en el exilio y liberada de las responsabilidades a las que estaba sujeta en Palermo, esperó a su novio Máximo Terrero, que dejó su patria y su familia, y fue al encuentro de su amada y también al encuentro de un futuro incierto. Máximo Terrero Manuelita y Máximo contrajeron matrimonio en octubre de 1852, Manuelita tenía 35 años y él otros tantos. “¡Petronita! – dice Manuelita el 26 de noviembre de 1852 en carta a su amiga -. El 23 del pasado octubre recibimos en la iglesia católico de este pueblo la santa bendición nupcial que nuestros amantes corazones han esperado tantos años. Tú, que conoces a mi Máximo, puedes tener la certidumbre de que me hará completamente feliz. Las bondades y la ventura de pertenecerle me han hecho olvidar ya los malos momentos y todas las contrariedades que he sufrido en mi vida. Abrázame muy fuerte, amiga mía, y gózate en la felicidad de tu amiga”. La pareja vivió un tiempo con Rosas en las casas que había alquilado, especialmente en una mansión llamada Rockstone House (el Restaurador exiliado tenía todavía el grueso de las sumas enviadas por Juan Nepomuceno Terrero, su amigo y socio, y padre de Máximo, esposo de Manuelita). Pero en febrero de 1854 tomando como pretexto un nuevo embarazo de Manuela (el primero lo había perdido) el matrimonio Terrero alquiló casa en las afueras de Londres donde se establecieron definitivamente. El hijo de ese nuevo embarazo falleció al nacer. Finalmente en 1856 nació un varón que llamaron Manuel Máximo y en 1858 Manuela dio a luz a otro varón al que llamaron Rodrigo. Burgess Farm, Southampton Ya instalado Rosas en la chacra Burgess Farm, en las afueras de Southampton, trasladó de Rockstone sus cajones llenos de documentos oficiales referidos a su gestión de gobierno. La pequeña granja en Southampton de 148 acres, unas 60 hectáreas, la empezó a refaccionar y la convirtió en una estanzuela criolla. Manuelita con su familia lo visitaba en las fiestas tradicionales, en los cumpleaños, en las Pascuas y en otras circunstancias. En carta a Josefa Gómez le comenta: “Te aseguro que los días que paso a su lado pasan como por encanto, no tan sólo por lo que me encanta estar cerca de él y verlo tan entretenido con los nietos, sino como me gusta tanto el campo, sus ranchos son para mí un palacio”. Manuelita con sus dos hijos Poco antes de fallecer Rosas, Manuelita había iniciado juicio a la Provincia de Buenos Aires, para recuperar los bienes que le correspondían por parte de su madre. La demanda la llevó a cabo Carlos D´Amico, autor del famoso libro “Buenos Aires, sus hombres, su política 1860-1890”. Ganado el juicio Manuelita y Máximo regresaron a Buenos Aires hacia 1896 para hacer efectiva parte de la herencia reclamada y volvió rápidamente a Inglaterra. Manuela Rosas de Terrero tenía por entonces 69 años, ya no era la “niña” agasajada y mimada por la sociedad porteña sino la “anciana” hija de un “tirano” sangriento, por lo que volvió a Londres y siguió con su vida rodeada de Máximo y sus dos hijos a los que dedicó su vida. No obstante, siempre añoró la que vivió en Buenos Aires, según lo demuestra su copiosa correspondencia con sus amigas porteñas: más de 40 cartas a Josefa Gómez, nueve cartas o quizás más a Petrona Villegas y otras a destinatarios diversos, como las que escribió a Antonino Reyes. En Buenos Aires algunas opiniones habían empezado a cambiar. No pudimos precisar la fecha que Manuela recibió la visita de Adolfo Saldías, un intelectual expectable formado en la cultura “liberal” de Buenos Aires. Saldías, discípulo de Mitre, había empezado a curiosear “La Gazeta Mercantil” de Mariño y el Archivo Americano de De Angelis, y se había encontrado con un mundo histórico diferente del que le habían contado. Allí estaban documentos oficiales de la Confederación rosista, comentarios de la prensa del mundo, los debates sobre el Plata en los parlamentos de Londres y París, los mensajes de Rosas anuales a la Legislatura, etc. Alguien, tal vez Bernardo de Irigoyen, que mantenía en reservado sus afectos hacia Rosas, le informa que Manuelita guardaba cajones llenos de documentos que Rosas se había llevado al exilio. No dudo más y se embarcó a Londres. Manuelita y Máximo le dieron acceso a ese tesoro documental que le sirvió a Saldías para escribir “Historia de Rosas y su época”, título que después cambiaría por el de “Historia de la Confederación Argentina”. En carta a Antonino Reyes, Manuelita le contaba entusiasmada: “esta obra de Saldías es colosal... Te aseguro las verídicas referencias a los antecedentes y hechos gloriosos de mi finado padre, bien me han conmovido…”. Iban pasando los años y el 5 de septiembre de 1896 Manuela recibió una carta personal conceptuosa del Dr. Adolfo P. Carranza, primer Directo del Museo Histórico Nacional. En dicha carta, después de expresar conceptos elogiosos a la actuación de Rosas por la defensa de la soberanía nacional durante su gestión, Carranza le solicitó para el museo el sable corvo de San Martín que el Libertador legara a Rosas, y fallecido este heredara Manuelita. Hubo reunión familiar; Máximo en un primer momento se opuso pero Manuelita, espíritu conciliador al fin, accede. El sable del Libertador entregado en la Embajada Argentina en Londres y despachado en un vapor inglés, arribó al puerto de la Plata el 28 de febrero de 1897. Si la obra de Saldías conmovió los cimientos historiográficos en los que se asentaba el juicio condenatorio a Rosas, hacia 1898 otro autor, Ernesto Quesada, sociólogo y fecundo historiador también salido de los ámbitos liberales publicó “La época de Rosas”, dando un magnífico marco sociológico y metodológico a la reivindicación de Rosas. Manuelita no llegó a leerlo. Ese mismo año, el 17 de Septiembre Manuela Rosas de Terrero entregaba su alma a Dios. Tenía 81 años y de acuerdo a su voluntad fue enterrada al lado de los restos de su padre. Fuente: "Cinco mujeres de Rosas", Jorge Oscar Sulé, Ed. Fabro, págs 25-31 ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- LOS INVITO A PASAR POR MIS POSTS ANTERIORES, GRACIAS A TODOS POR PASAR POR ESTE! http://www.taringa.net/alientina/posts
Manuelita Rosas
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